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Estos son dos fanfic que escribí para el taller de escritura fantástica al cual asisto. La consigna era tomar un personaje y ambientarlo veinte años después. Yo tomé dos personajes de Marvel, de la última película que estrenó hace poco y los llevé veinte años más tarde. Todo porque me enamoré de Tom Hiddleston. El problema es que tenía que escribir un fic, pero terminé escribiendo dos porque el primero no me gustó. A continuación pueden disfrutar quemando sus neuronas y leyendo ambos para luego comentar cuál les gustó más :) 

Basura sentimentalista
En la profunda oscuridad se retuerce un niño. Está sufriendo, no puede mantenerse en pie. El dolor es tan fuerte que lo domina y doblega. Desea con ansias detener aquello. Pero no está seguro, aún no cree que sea el momento de abandonarlo todo. ¿Qué es lo que hace que esos fuertes  sentimientos lo invadan por completo? No tiene la menor idea, o quizá si la tiene y no piensa aceptarla. Jamás creyó que sería tan difícil cumplir con sus ambiciones.
Durante toda su infancia fue tratado con desprecio, arrojado a las sombras de alguien más, obligado a observar cómo su vida era robada.  Por más superior que fuera, sus vanos esfuerzos para superar a su hermanastro siempre fracasaban. Jamás conseguía ridiculizarlo, destruirlo, apartarlo de su camino. En su interior terminaba sufriendo, consiguiendo el rechazo de su padre una y otra vez. Él, que solo ansiaba llegar al trono y gobernar con absoluta libertad, era desterrado. Mientras que su hermanastro lo conseguía todo. Con el paso del tiempo se alejaba de poder cumplir aquel deseo. Y su furia no cesaba de crecer, ahogándolo en maldad pura.
Sus  objetivos siempre habían sido claros. Sólo debía deshacerse de aquel odioso Dios que no hacía más que estorbar en el camino que había decidido tomar. ¡Cómo si fuera lo más sencillo del universo! Con su increíble dominio sobre la magia podía conseguirlo con facilidad, sin dejar lugar a errores. Pero había un obstáculo, algo que arruinaba todos sus planes por más distintos que estos fueran. No importaba cuánto intentase bloquearlo, en un oculto lugar de su inconsciente podía llegar a reconocer que Asgard no era lo mismo sin su poderoso hermano.
¿Entonces por qué lo detestaba tanto? Cada vez que veía aquella melena rubia ondearse con el viento junto a una capa color escarlata, su mirada era eclipsada y su mente se perdía en un agujero negro sin retorno.  No era solo la dorada apariencia de aquel hombre lo que arruinaba sus intentos por eliminarlo de aquella historia. Había algo más, en el corazón de aquel enorme sujeto, que hacía derrumbar todas sus murallas. ¿Por qué tenía que ser tan puro y sentimental? ¿Por qué siempre le perdonaba cuando él  solo le deseaba el mal?  Había bastado que le confesara lo mucho que había llorado su pérdida para casi volver a atraparlo en su red. Pero no iba a permitir que lo engañara con sus trucos de amor fraternal. Él le había robado todo lo que deseaba, se había apoderado de la atención de todos, impidiendo que pudieran verlo. ¡Lo odiaba porque había tenido todo lo que él no!  
Había jurado convertirse en el Dios más poderoso de Asgard, casi lo había conseguido. Luego de tanto tiempo volvía a estar en el Reino, podía lograrlo esta vez. Sin embargo ya estaba cansado de aquello. Su hermano lo miraba con cariño a pesar de todos sus errores y lo había traído de vuelta para que todos lo perdonaran. No entendía la bondad de aquel Dios, pero era sobrecogedora. Estar de regreso en aquel sitio que en un pasado había sido su hogar lo llenaba de recuerdos infantiles e infinitos sentimientos que lo volvían débil. Muy pocas veces, como aquella, debía quitarse el casco y aceptar la derrota.
 Es así cómo acabó en aquel deplorable estado. Está de pie, observando el reino que podría haber sido suyo. Pero en su interior existe un niño que ansía morir, desaparecer. Observa la sonrisa de su hermano, la mano extendida que lo incita a regresar a su lado. Y el pequeño gime en la oscuridad, quiere rechazar aquella invitación porque el rencor y la furia no piensan abandonarlo jamás. 
Pero por otro lado está el Dios indestructible que acepta las cosas tal cual son. Debe reconocer que en su infancia hubo un chico rubio que estuvo siempre para él, con el cual vivió aventuras inolvidables. Sabe que aún que no compartan sangre, él siempre va a ser su hermano y nadie lo apartará de su lado. ¿Piensa seguir dejando que el otro Dios se salga con las suyas? La mejor libertad es cuando te libras de aquello que te hace daño, ¿no? Él intentó deshacerse de eso que lo lastimaba, pero le fue imposible. Entonces tiene que aprender a convivir con aquello, con él. Ya no le importa ser esclavo de los profundos sentimientos que siente por su hermano. Puede dejar el mal, el resentimiento, la envidia y los celos lejos, ya no le servirán. Piensa disfrutar del calor que desprende aquella mano y permitir que su hermano ilumine su mundo, detenga todo el dolor y lo salve por última vez.

El último error: 
Cree que logró escapar. Era una persecución interminable, estuvieron a punto de acorralarlo. Por un instante se vio atrapado, listo para morir bajo aquellas manos de seis dedos. Pero él era el Dios más poderoso de casi todo el universo, no pensaba terminar de aquella manera. Así que juntó todo el poder que le quedaba para ocultarse. Se transportó a un sitio donde jamás lo buscarían:La Tierra.
   Veinte años pasaron desde que intentó dominar aquel planeta poblado de seres arrogantes y rebeldes. Sin embargo su maravilloso plan fue arruinado por un grupo de incompetentes junto a su hermano. Pensar en aquel Dios de cabellera rubia lo hacía cabrear bastante. Mas no podía tensar sus músculos sin sentir un agudo dolor recorrerle todo el cuerpo. Temía que lo encontraran, estaba oculto en un depósito abandonado, aún recuperandose de las heridas que le habían inflingido. Pero no le preocupaba enfrentarse a un humano debilucho. Lo que menos deseaba era que su hermano lo hallara.
¿Por qué lo detestaba tanto? En realidad no tenía un motivo concreto. Lo cierto era que Thor le había robado la vida que él deseaba tener. Se había tenido que conformar con vivir a la sombra de aquel Dios puro y dorado. Todos habían despreciado al hijo ilegitimo que era y le habían negado la posibilidad de alcanzar el trono de Asgard. ¡Por eso odiaba a su hermanastro! Porque cuando todos le miraban con desdén, sus ojos azul profundo le miraban con cariño. A pesar de que no compartían sangre Thor siempre lo había amado como a un hermano. Luego de los fallidos intentos por eliminarlo, él seguía queriendolo y perdonandolo. Era un dolor de cabeza.
-Loki-dijo una voz fuerte como un trueno.
El aludido no tuvo que voltear para reconocer la voz de su hermanastro. Incluso los brazos que lo rodeaban con impulsivo afecto eran familiares para su persona. Hizo varias muecas de asco, que en realidad ocultaban el dolor que sentía en todo el cuerpo e intentó resistirse.
-Vamos, Loki. Volvamos a casa-insistió el grandulón.
Su sonrisa cariñosa, sus ojos brillantes como los de un cachorro. ¿Cómo decirle que no a aquel hombre? Necesitaba recurrir a mucha fuerza de voluntad para ignorarlo y negar de manera seca. No deseaba regresar, porque Asgard ya no era su hogar, nadie le quería allí además de Thor. Y su padre adoptivo no haría más que castigarle, como hacía siempre que estaba de vuelta en el reino. Jamás se repetirían los días en que era un niño y encontraba consuelo en aquel reino mágico junto al amoroso de su hermano. Ahora lo odiaba y no quería estar con él.
-¿Por qué Loki? No quiero volver a perderte. Volvamos juntos-suplicó con su voz grave y lo sacudió provocando que arrugara el ceño.
-Thor...
-¿Qué tiene de malo Asgard? Nos críamos allí, es nuestro hogar...-comenzó a decir el rubio.
-Thor.
-¿Es que me sigues odiando? ¿Qué hice yo para que me odies? ¿Qué tengo que hacer para...-era demasiado tonto y no paraba de hablar.
-¡Thor, para ya!-exclamó Loki con la paciencia hecha trizas.
El mayor se quedó en silencio y observó a su hermano con asombro e interés. Aguardaba a que siguiera hablando. Pero Loki no tenía nada que decir. No iba a volver a explicarle que lo odiaba por quién era, como odiaba a su padre y a todos los asgardianos. No pensaba repetirle que no había nada que pudiera hacer para cambiar aquellos sentimientos que habitaban en su interior. Y ya estaba harto de indicarle que Asgard no era más su hogar. Sin embargo tampoco podía seguir negandose a la petición que le hacía. Debía decir algo antes de que el silencio volviera a llenarse de su estruendosa voz.
-Me duele todo Thor. Volvamos a casa-murmuró con horrible resignación.
La radiante sonrisa que le dirigió su hermano le cosquilleo las palmas de las manos y le produjo escalofríos en la nuca. O era el extenso cabello que le rozaba el cuello lo que lo hacía temblar como una hoja acariciada por el viento de otoño. Quizá solo era el calor corporal del Dios lo que le provocaba repulsión y al mismo tiempo un profundo alivio. Sabía que estaba seguro bajo aquel abrazo protector. Pensaba disfrutar de aquello hasta que el dolor cesara o mucho más tiempo si es que podía. Solo tenía que dejar que lo rescatara por última vez...    
Sophie Black



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Este es un fanfic (oneshot) para Emmett. Ambientado en el mundo de Harry Potter, creado por J.K. Rowling. 

Breve encuentro:

Se despertó con calma, mucho antes que sus compañeras. Tomó su tiempo para salir de la cama y alistarse. Se dio una ducha caliente y luego de vestirse con el uniforme se dirigió al gran comedor. Los pasillos, inclusive las mesas de cada casa, estaban casi desiertas en aquel horario. Muy pocos madrugaban tan temprano así que pudo disfrutar de un apacible desayuno mientras leía las pobres noticias del Profeta. Y en cuanto el lugar comenzó a llenarse de alumnos se largó a dar vueltas por el castillo. Tenía que hacer tiempo hasta que diera comienzo la primera clase de ese día.



Cuando faltaba un cuarto de hora para que empezara la clase de pociones optó por esperar en un pasillo poco concurrido que se encontraba estratégicamente cerca del salón de clases. A pesar de que las mazmorras eran uno de los sitios más fríos del colegio ella ya estaba acostumbrada.  En aquellos momentos, cuando no tenía nada que hacer más que esperar, el tiempo pasaba con extremada lentitud y le habría gustado tener un giratiempo o algo con lo que entretenerse. Se situó contra una pared, cerca de una antorcha y comenzó a jugar con las sombras que el fuego producía.

No pasaron ni tres minutos antes de que oyera un par de pasos apresurados acercarse a la distancia. Pensaba que el alumno que fuera a pasar por allí la ignoraría y seguiría de largo. Era lo más sensato que podían hacer ya que ella no quería perder el tiempo con nadie, estaba más que perfecta sola. Pero todos sus ideales se derrumbaron junto con su cuerpo cuando un grandulón la llevó por delante. De sus labios escapó un grito de indignación mientras el ágil muchacho rodeaba su cintura y la hacía girar para que no cayera sobre el suelo sino que sobre él mismo.
Un par de minutos le costó recuperar el aliento luego de aquella caída. Permaneció encima del chico, mirándolo con enorme ira contenida en los ojos, sin saber muy bien qué hacer. Si abría la boca solo lograría decir una extensa lista de insultos que siempre tenía preparada para ocasiones como aquella. Sin embargo aquel sujeto que la penetraba con la mirada conocía cada letra de aquella enumeración de maldiciones. Entonces cerró los ojos y se rindió ante la silenciosa sonrisa que le dirigía. ¿Qué más podía hacer?
Fue cuestión de segundos para que ambos rostros cortaran toda la distancia que alguna vez había existido. Los labios masculinos, cálidos y al mismo tiempo helados, se apoderaron de la boca femenina con sabor a fresas. Por su parte, ella disfrutó del sabor a café fuerte y placentero que él tenía mientras con sus pequeñas manos delineó el ángulo de su barbilla hasta llegar a sus lacios y oscuros cabellos para despeinarlos por completo.  Podía sentir los ardorosos dedos colarse por debajo de su camisa y de su falda, apoderándose del calor de su cuerpo con agonizantes caricias.
Diez largos minutos duró la guerra entre ambos cuerpos. Hasta que ella se separó, con la excusa de recuperar el aire. Se puso de pie y acomodó su uniforme, que había quedado hecho un desastre luego de las libertades que se había tomado el slytherin. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no volver a arrojarse sobre el castaño y seguir con aquello que habían empezado. Pero consiguió alzar el rostro y mirarle con cierto aire altivo antes de retirarse de aquel pasillo desolado y asistir a clases.  


Sophie Black
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«Bienvenido a la pensión “El séptimo infierno”, aquí es un bonito sitio donde usted vivirá de manera ardiente y cómoda, siempre y cuando sea ordenado y no disturbe la paz de los demás huéspedes. Se acepta toda clase de criaturas sobrenaturales, mientras que no traigan problemas al albergue. Tampoco debe olvidarse de pagar la renta todos los número siete del mes, sino se sufrirán las consecuencias. Luego de eso no hay nada más que decir ¿Cuánto planea quedarse?»
Esas habrían sido mis palabras de bienvenida de no ser por el nuevo huésped que me observaba desde la acera. Yo había abierto la puerta con la misma amabilidad de siempre, llevaba la misma sonrisa falsa para los nuevos inquilinos, e incluso me había cepillado el cabello color zanahoria para que no estuviera peor que una vieja escoba. Pero de mis carnosos labios no salió una sola palabra. Me había congelado en el umbral, sin saber qué diantres podía hacer con lo que tenía allí. No podía negarle una habitación a un cliente, iba en contra de todos mis principios e incluso podría traerme problemas con el ministerio. Sin embargo me vi obligada a cerrar y volver a abrir la deteriorada puerta de entrada, esperando en vano que no hubiera nadie afuera. El resultado de mis groseros actos fue un gutural sonido por parte del sujeto que tenía delante. ¿Ahora qué debía hacer?
Sin necesidad alguna de magia llegué a la fatídica conclusión de que mi vida siempre sería igual de desdichada. Pero todo aquello debía tener un lado positivo. Había una imagen que me había atormentado desde el momento en que tomé la carta de la baraja de un viejo tarot que encontré en el desván.  ¿Cómo podía pensar que aquel costal de huesos putrefactos sería el cambio que sufriría en mi vida? La muerte nunca es bien recibida dentro de la magia tarotista, sin embargo luego de la dolorosa destrucción venía una renovación o eso se suponía. Aceptar a aquel nuevo huésped podía convenirme tanto como arruinarme en el negocio. Debía correr todo un riesgo. Que no supondría problemas si aquello era una broma pesada del inquilino del segundo piso: Un hombre lobo resentido por que hacía un par de días le había dado calabazas por séptima vez. ¿Es que acaso nunca iba a entender que no me relacionaba con mis clientes? Sacudí mi cabeza, alejando todos mis pensamientos y aceptando el pequeño reto que tenía delante de mis narices y que ya comenzaba a apestar a muerte…  
-Por favor, pase usted al salón y póngase cómodo que pronto tendrá una habitación…-indiqué con grandes gestos hacia dónde tenía que dirigirse, sin intenciones de colocar un solo dedo sobre su persona-¿No ha traído equipaje alguno, no?
Estaba buscando alguna valija que pudiera pertenecerle, pero no había rastros de sus pertenencias. Aquel zombi que se adentró en mi pensión era un mal augurio y lo supe en seguida. No solo porque no traía alguna muda de ropa, sino porque pude oír claramente desde el hall los agudos chillidos del grupo de hadas que se hospedaban en la habitación cinco. ¿Cómo podía causar problemas desde tan temprano? Apenas había hecho veinte pasos dentro de la pensión, y ya había perdido un dedo en el camino. Decidí que luego limpiaría aquello y corrí a ver qué sucedía. Pero al llegar al cuarto de estar el alma abandonó mi cuerpo de un sobresalto, como si el mismísimo diablo la persiguiera. La única diferencia era que el humo purpura que salía a borbotones de la mandíbula desencajada de mi gato era lo que me perseguiría hasta el fin del mundo…
Lo primero que hice fue mirar con espanto a mi pobre gato negro. Él era mi tercer familiar, y había durado mucho más tiempo que los anteriores por aquel insignificante detalle: se había comido una lámpara mágica. Hubiese sido menos problemático utilizar un simple hechizo para quitársela del estómago. Pero eran más las posibilidades de que alguien frotara una lámpara esperando para que saliera un genio a cumplir sus deseos y menos las que alguien se pusiera a acariciar al familiar de una bruja. ¿Y por qué no? Siempre estaba la remota opción de un zombi sacudiendo a tu felino animal con claras intenciones de comerlo, hasta que este terminó liberando al genio que habitaba en su interior. Aún así era un pequeño alivio ver que el gato seguía moviendo su cola y no había perdido la vida, me ahorraba la tarea de buscarme otro animal. Pero mi mayor preocupación no se hizo esperar mucho más, podía verse una figura entre todo el humo que inundaba la sala.
-¿Dónde está la bruja que robó mi corazón?-la dulce voz que pronunció esas palabras me provocó un escalofrío y estoy segura que pudo oírse en todos los pisos de la pensión, incluso en los recovecos más recónditos.  
El humo purpura fue subiendo hacia el techo de la habitación hasta desvanecerse y en el centro del lugar apareció la figura de una atractiva chica que con atrevidas vestimentas árabes. Por un momento atisbé a mirar la manera en que iba vestida yo, con jeans agujereados, zapatillas de lona negras y una camisa verde desgastada ¿Así pensaba permanecer soltera por el resto de mi vida, no? La encantadora mujer comenzó a danzar en el aire y volvió a atraer mi atención. Sus movimientos eran sensuales y exóticos, demostraban el fuerte carácter de la mujer que los realizaba, pero incluso hipnotizaban con una increíble magia a todo aquel que los observara. Por eso mismo no solo yo acabé embobada mirando las delineadas curvas de la morena, sino que un vampiro y un hombre lobo acabaron contemplando fascinados desde el marco de la puerta. Habríamos estado durante eternas horas admirando su danza de no haber sido por una celosa ninfa, vestida con hojas y pétalos de flores, que cortó la música de un repentino y potente aplauso.
-Se ve que a la deidad del boque no le agrada mi presencia-notó enseguida la Genio, pero no le dio mucha importancia ya que sus ojos se clavaron en mi persona-Dime, bella Aby ¿Quién es el afortunado que me liberará de mi condena para así al final poder casarme contigo?
Pude sentir los ojos de todos los presentes sobre mi desarreglada persona y quise volverme invisible. Allí nadie entendía nada de lo que estaba sucediendo y podía notarse en las miradas cargadas de incógnita. Así que sólo yo entendía la rebuscada pregunta que me acababan de hacer. Era la única que estaba en terribles apuros. Debido a que si aquella mujer cumplía un último deseo entonces sería libre y haría lo imposible para hacerme suya. ¿Acaso importaba lo que yo quería? No, allí había un truco para todo, incluso para quitarme mi amada libertad. Es por eso que comenzaba a sentir nauseas y también porque detestaba aquel diminutivo de mi nombre. ¡Yo me llamaba Abigail y le habría lanzado un poderoso conjuro por haberme puesto un apodo tan ridículo de no ser porque ella era inmune a la magia!  
-Ese idiota putrefacto te ha llamado.
Señalé a regañadientes al zombi que estaba rascándose un oído, demostrando que no nos escuchaba. En cuanto todos desviaron la atención de mi persona para centrarla en el muerto en vida, a éste se le terminó de caer la oreja y el dedo que utilizaba sin delicadeza quedó atrapado dentro del orificio del oído. Se escuchó una queja de asco por parte de la mayoría y el grupo de pequeña hadas no tardó en marcharse junto a la ninfa. Los que permanecieron fueron el licántropo y el vampiro, que no dudaron en ponerse cómodos sentándose en uno de los sillones.      
-¡¿Cómo voy a hacer para cumplirle un deseo a… eso?!-protestó decepcionada la Genio.
Mientras ella preguntaba yo me preocupaba por cómo hacer para que no cumpliera ese deseo. Sería cuestión de minutos para que alguien de los presentes tuviera una solución al problema del zombi. Incluso podía tener la mala suerte de que el psíquico del tercer piso estuviera dispuesto a utilizar sus poderes telepáticos con el muerto vivo, que no parecía tener el suficiente intelecto como para pronunciar una palabra coherente. ¿Podría pensar un deseo o en su mente también balbucearía incoherencias? No quería saber la respuesta a eso, sería arriesgarme demasiado. Así que la idea de ayudar a la Genio se descartó enseguida.  Sin embargo mis atentos huéspedes no estaban al tanto de la situación…
-Seguro desea un banquete de cerebros-bromeó el lobo.
-Puede desear volver a ser humano-propuso el vampiro.
-¡Pero debe decirlo el zombi!-apunté yo, esperando que el deseo no se cumpliera tan fácilmente. 
Mi réplica había sido justa y la morena que me fulminó con la mirada lo sabía. El único que la había invocado frotando la lámpara, en este caso mi gato, era el que debía pedir el deseo. En esta peliaguda situación debía de haber una opción para que el zombi pudiera pedir su deseo, aún así todavía no se la había descubierto. Y como si fuera poco un cegador destello ubicado en una esquina de la sala hizo aparecer a un sujeto vestido con un viejo traje gris, sombrero hongo e incluso un bastón con empuñadura de plata. A simple vista creí que era un alquimista, ya que no vestía como un hombre común del siglo veinte. Pero con solo verle mejor no supe decir con certeza qué era, solo podía acotar que tenía un atractivo inigualable y me relamí los labios mientras contemplaba los gestos que atravesaban aquel marcado rostro.
Los ojos de un azul tan profundo como el del mar no paraban de analizar la situación que había allí presente. Cada vez torcía más los labios cuando pasaba su vista desde el zombi a la morena que se mantenía pensativa y luego volvía a mi persona. La manera en que me miraba provocaba cierto rubor en mis mejillas, o quizá mi acaloramiento se debía  al número de personas en la habitación, eso debía provocar que la temperatura subiera...  Lo cierto era que nuevamente maldecía lo desarreglada que iba ese día, seguro podría haberme puesto un vestido más bonito y aplicarme un poco de maquillaje no me habría matado. Mi cabeza comenzaba a llenarse de pensamientos de adolescente cuando hacía décadas que había pasado esa etapa y debía estar preocupada por el tema del deseo…
-Por lo que veo llegué tarde y calculé mal la moda de la época-comentó el recién llegado y todos lo miramos de manera interrogativa mientras dejaba el sombrero, el saco y el bastón a un lado. Era cierto que se había vestido para volver un siglo más atrás pero no le sentaba nada mal y estaba demostrando tener una vista bastante aguda. Más nosotros esperábamos que nos explicara más que solo aquello y no se hizo esperar mucho más para continuar hablando:-Mi nombre es Christopher, como habrán visto soy un viajero del tiempo y planeaba evitar que el sujeto podrido, hace ya varios días, liberara a la chica de la lámpara… Digamos que ahora no podré evitar una catástrofe del futuro, pero llegué tarde y ya no se puede hacer nada…-se encogió de hombros con tal naturalidad que todos nos quedamos helados por una milésima de segundo.
 La peor ironía del mundo estaba ocurriendo delante de mis propios ojos. Estaba escuchando las inservibles palabras de un loco que había aparecido de la nada y no planeaba ayudarme ni un poco a salir de aquella complicación. En mi siglo de vida nunca había tenido que sufrir tanta desesperación junta. ¿Cómo podía ser que un hombre que puede controlar el espacio tiempo llegara tarde a un momento tan importante? Y para colmo explicaba su enorme error con aquella increíble calma… ¡Era exasperante! Pero demasiado ingenioso para tomarlo de idiota. Mis ojos brillaron al caer en la cuenta de la solución a todos mis problemas e intercambiamos una sonrisa con disimulada astucia. Aún no era demasiado tarde y ambos lo sabíamos.
-¿Alguien quiere tomar el te?
Mi repentina propuesta no fue rechazada por ninguno. La idea de un relajante momento bebiendo algo caliente como una taza de té, una copa de sangre o lo que se le ocurriera desear a cada uno era demasiado tentadora. Lo que nadie más sabía, aparte de Christopher y yo, era que tomar el te solo servía como la excusa perfecta para perder tiempo. Y nuestra torpe y enamorada Genio jamás sería consciente del apresurado paso en que se movían las manecillas del reloj, porque para ella el tiempo no existía luego de vivir milenios encerrada dentro de su lámpara. Pensando en ello estuve a punto de sentirme culpable por impedir que cumpliera su último deseo. Sin embargo mi libertad estaba en juego, y yo no deseaba casarme con aquella chica por más bonita que fuera. Cada uno de los presentes aportó un tema de charla para llenar el silencio y a medida que íbamos acabando nuestras bebidas las posibilidades de cumplir el deseo al zombi se agotaron…
-Por esta vez he perdido-admitió la morena colgándose de mi cuello. Quise apartarla, pero fue imposible.-Pero me cobrare la pérdida.
Tuve que cerrar los ojos y contar hasta diez antes de intentar golpearla y acabar sacudiendo los brazos en el aire. Al final la chica se había ido, más bien había regresado dentro de mi gato y yo me había quedado con su dulce sabor en mis labios. ¿Hubiese sido tan malo vivir con ella el resto de mi vida? Alejé la idea de mi cabeza y volví a la realidad antes de que el zombi volviera a atrapar a al felino negro. Me encargué de evitar que todo ocurriera nuevamente con gran facilidad y luego mi atención se concentró en el viajero, aquel atractivo hombre que me miraba con una irresistible sonrisa…
-Abigail parece ser que tienes tu reloj adelantado, por eso llegué tarde…-comentó con su profunda voz y en ágil gesto tomó mi mano para depositar un sutil beso en el dorso de la misma-Nos vemos dentro de unos meses, cariño. En el altar.
Me asombró que conociera mi nombre y que destacara aquel asunto del tiempo, aún así supuse que un hombre que viajaba de tal manera debía acostumbrar a hacer aquellos comentarios. Pero la manera en que se despidió fue realmente encantadora y se robó un romántico suspiro de mis labios. Mis mejillas estaban tan coloradas como mi cabello y las últimas palabras, acompañadas de un guiño del ojo, dejaron mi corazón palpitando acelerado. ¿Había dicho altar? ¿En el futuro me casaría con aquel hombre? Eso me valió unas cuantas burlas por parte de los únicos dos huéspedes que seguían allí de espectadores, pero no me molestó en absoluto. Les seguí la corriente diciendo que estarían invitados a la ceremonia.
Después corrí a arreglar el reloj y a atender las pociones que había dejado cosiendo. No sin antes ordenarle al hombre lobo que se deshiciera de su amigo el zombi y advertirle que si volvía a hacer una broma por el estilo no lo sacaría a patadas de la pensión sino que lo envenenaría junto a sus pulgas… Todo volvía a la normalidad.
Sophie Black
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El reflejo de mi rostro estaba impregnado de miedo. Aparté la mano que reposaba sobre el cristal, temiendo ser absorbida. Aquellos ojos que me devolvían la mirada eran tan oscuros y profundos. La muchacha delante mío era tan preciosa y frágil. ¿Quién era? Me preguntaba silenciosamente mientras deslizaba con suavidad una mano entre mis cabellos dorados. Tenía pesadillas todas las noches. Aquella no era diferente a las otras. En mis sueños sufría por aquel que se alejaba en la oscuridad. Me convertía en otra mujer, muy distinta a mí, una que amaba a ese tétrico ser que rondaba por allí fuera. Observando a través de la ventana, podía distinguir el callejón de mis sueños. A partir de allí comenzaba a huir y lo perdía de vista. Y con sólo despertar me olvidaba de él, de su apariencia, de su nombre. Pero el sufrimiento, la pérdida seguían presente en mi pecho. ¿Qué habría en aquella escalofriante oscuridad? ¿Algo que en algún momento me había pertenecido con tanto ahínco? ¿Alguien capaz de llenar aquel vacío en mi corazón, capaz de ahuyentar el terror de mi vida? Simplemente no me reconocía al pensar en ello. No necesitaba nada que proviniera de lo desconocido. Sólo deseaba que las pesadillas desaparecieran y me dejaran tranquila por las noches. Ya suficiente tenía con los nervios de vivir el día a día sin oír un fogonazo en el silencio reinante. No deseaba preocuparme por un ser que aparecía en mis nocturnas alucinaciones.

Los faroles de la calle no funcionaban y sólo podía distinguirse la mirada de un felino callejero. Si no fuera porque me consideraba una chica muy fantasiosa. Hubiera creído que el maullido que había sonado en la habitación no era solo obra de mi imaginación. Sin embargo sabía que era imposible oír a aquel gato desde el primer piso de mi departamento. Ese animal debía hallarse cómo mínimo a dos cuadras de distancia, sólo el brillo de sus ojos permitía distinguirlo. La falta de sueño me hacía delirar bastantes veces. O quizá era la falta de compañía, mi solitaria vida comenzaba a exigirme que me relacionara con personas. Si no hacía algo al respecto rápidamente podría acabar por perder toda la cordura. Ya era difícil seguir adelante con aquel increíble remordimiento que se atoraba en mi corazón y habitaba en mi mochila. No quería pensarlo, pero venía inconscientemente hacia mi mente, sin que lo llamara. ¿Qué podía hacer para vivir de manera apacible? Por un momento se me antojó irresistible arrojar el arma por la ventana. Estuve a punto, pero me contuve justo a tiempo. Creía que si lo hacía era igual que suicidarme, condenarme a una muerte segura. No podía permitirme aquello. Ahora comprendía más o menos el extraño cariño que le tenía el sujeto que me la había obsequiado a aquella arma. Detestaba compararme con aquel hombre, pero yo también había comenzado a considerar aquel objeto como una parte más de mí, no podía permitir que le pasara nada, era el valor de mi vida.

Me dormí con un sabor extraño en la boca. Nada iba como me hubiese gustado. Pero tampoco podía hacer algo para cambiarlo. No estaba en mis manos, así que debía limitarme a seguir como si nada. Ignorar mis lamentos interiores, enfrentar la realidad con valentía. Sin embargo era fácil pensarlo y difícil hacerlo. Cada mañana despertaba con meno ganas de salir de aquel acogedor mono ambiente. Por que un nuevo día implicaba insospechables sucesos a los que no sabía si quería enfrentarme. Quería pensar que no estaba lista para aquello. Aún así salía preparada para las largas jornadas de estudio en una calmada facultad, con prolijos estudiantes. Era todo demasiado surrealista y en parte lo detestaba. No importaba las veces que hiciera el camino hacia el establecimiento, nunca ocurría algo inusual, siempre estaba tranquilo. Yo no sabía si ansiaba que hubiera problemas, pero esperaba inútilmente que algo fuera de lo normal ocurriera. Estaba acostumbrada a otro tipo de vida. Una en el que podían asaltarte a la vuelta de la esquina, amenazarte con una cuchilla y robar todas tus pertenencias, como burlarse de ti mientras pasabas sin que tu pudieras hacer algo al respecto, es decir que en mi antigua vida el respeto no existía. Allí el miedo dominaba a las masas. Era extraordinaria la seguridad que brindaban en aquella ciudad. Realmente era lo único fuera de lo normal que podía encontrar…

Esos deseos ocultos en lo más profundo de mi ser no se hicieron esperar. Había ansiado tanto encontrarme con problemas que esa misma tarde se habían materializado en el camino de vuelta a casa. Estaba acostumbrada a pasar por una pequeña plaza pública que siempre resultaba estar vacía. Las ventanas de los departamentos que rodeaban el lugar siempre estaban cerradas y parecía que allí no vivía nadie. Nunca me había cruzado con niños correteando o personas paseando sus perros. El piso de cemento siempre estaba impecable, sin un solo rastro de basura o papeles que el viento pudiera arrastrar. Sin embargo esta vez el barullo de una multitud se oía a lo lejos. Así que apuré el paso emocionada y me encontré con un grupo de jóvenes de distintas edades, armando un enorme círculo. Desde los balcones se asomaban todos los vecinos contemplando el espectáculo que allí brindaban. No recordaba haber visto tanta gente desde mi primer día de clases. Dominada por la curiosidad me hice espacio entre los presentes, empujando a uno que otro para que me dejaran pasar, hasta que llegué delante de todo y pude contemplar lo que llamaba tanto la atención. Simplemente me quedé sin aliento.

-¿Qué hacen?-pregunté sin darme cuenta y no esperé que alguien fuera a contestar, un papel llegó hasta mis pies y lo tomé, pero no me preocupé en leerlo.

Mis ojos no podían apartarse de aquellos dos cuerpos sudados y agresivos que se propinaban golpes sin parar. El sujeto que más llamaba mi atención era aquel que no llevaba camiseta y dejaba al descubierto unos increíbles pectorales para que todas las mujeres presentes suspiraran de placer. Mi corazón desbocado por la emoción y el desconcierto me estaba haciendo una mala jugada. Lo que más me fascinaba de aquel muchacho agresivo y rebelde era el color chillón de su cabello, rojo sangre. ¿Podía estar enamorándome a primera vista? No era un simple enamoramiento, tampoco era una repentina obsesión, era algo más profundo. O de eso quería convencerme mientras tragaba saliva, conmocionada. Una chica bastante viva, de cabellos anaranjados y brillantes ojos esmeralda, me sonrió al tiempo que jalaba de mi brazo, su sonrisa me mareó más de la cuenta. Me había estado hablando durante un rato pero como no la había oído, por el embobamiento en el que había caído, comenzó a tironearme del brazo. Quería seguir contemplando aquella escena, por más que no la entendiera. Pero la chica terminó por colmar mi paciencia y ganar mi completa atención…

-Es una pelea callejera. Ocurren en distintos sitios al azar, hasta que aparece la guardia y todos corremos. Resulta ser que Eric está furioso hoy y el sujeto todo golpeado de ahí debe tener algunas cuentas sin saldar. Yo soy Merry, encantada.

Correspondí a su sonrisa, azucarada por su dulce voz y volví la vista hacia el tan afamado Eric. No deseaba que aquello acabara nunca. En cuanto todos salieran corriendo yo no volvería a verlo, ni a él ni a ella que parecía ser una buena candidata como mejor amiga. ¿Qué podía hacer para detener el tiempo? No lo pensé mucho. Yo iba a actuar, no pensaba quedarme más de brazos cruzados mientras el resto actuaba como si cargar con revólveres fuera lo más normal del mundo. Aquella situación era muy surrealista. No podían andar luchando en sitio públicos, para algo estaban las armas. Si aquel hombre debía algo y no podía pagarlo entonces solo merecía un tiro en la sien. Eso si, yo no se lo obsequiaría. Pero no dude en mi obligación de poner orden a todo aquello. Sino antes de que la guardia llegara allí habría un muerto. Abrí mi mochila y acaricie el frío metal durante un instante en el que no pensé las consecuencias de mis futuros actos. Elevé mi mano enfundada por el arma y presioné el gatillo. El disparo seco resonó en mis oídos y todo el mundo salió corriendo, soltando gritos de terror mientras yo miraba espantada el fruto de mis acciones. Había conseguido que todos huyeran en manada y dejara la plaza casi desierta.

-¡¿Acaso estas loca, chiflada, se te zafó un tornillo, rubia hueca?!-chilló Eric dejando de golpear violentamente a su victima, sosteniéndola del cuello de la camiseta mientras colgaba semi-consciente chorreando cantidades extravagantes de sangre. Lo primero que pensé fue que el pobre no viviría para contarlo.

Un extraño calor recorrió mi cuerpo, de repente sentí que la sangre corría por mis venas con una velocidad asombrosa. Desde que me había mudado no me había sentido tan bien y feliz como lo estaba haciendo en ese momento. Había conseguido justo lo que deseaba, que el atractivo chico centrara su atención en mí. Sin embargo parecía molesto, extremadamente furioso y temí que aquellos puños fueran a golpearme y dejarme tan desfigurada como su reciente victima. Así que apunté con mi arma al muchacho y me mordí el labio inferior, insegura. Aún no sabía controlar aquel objeto que portaba con aparente seguridad y no estaba midiendo el riesgo que corría al apuntar al objeto de mis deseos como si fuera lo más normal del mundo, no obstante continúe con mi actuación. La mirada divertida de Merry me recorría con aparente tranquilidad y mi cerebro no sabía cómo reaccionar ahora que los dos estaban atentos a mí. El repentino congelamiento de mi mente me advirtió que no siguiera adelante. Y tuve que obedecerle por más que no quisiera. Tragué saliva y decidí desperdiciar aquella oportunidad.

-No vuelvan a pelear por aquí-dije con voz temblorosa, aunque deseaba que sonara como una amenaza.

Luego de aquel vergonzoso dialogo tomé la mano de Merry y jalé de ella para que corriera conmigo. Presentía que si me quedaba allí mucho más tiempo terminaría en enormes problemas y no lo deseaba. No pensaba quedarme esperando a que la guardia llegara y me encontrara en mi modo más rebelde. Solo dejé que la adrenalina dominara mi cuerpo y corrí lo más veloz que pude, soltando carcajadas sonoras junto a aquella chica que me había hablado e inspirado tanto confianza. No la solté hasta que llegamos a la puerta de mi departamento y la invité a pasar, con la respiración bastante agitada. Sentía que nos conocíamos de toda la vida, que podía llevarme tan bien con ella como si fuera mi hermana genética, la deseaba a mí lado y no pensaba ocultarlo.

-Lo siento chica. Así no son las normas aquí. Nos veremos en la facu. ¿Me dices tu nombre?

Mi primer instinto fue presionar con fuerza los labios, apenada. Creí que podríamos forjar una amistad, un lazo profundo y fuerte. Ahora que me miraba con seriedad comenzaba a inspirarme desconfianza, de ella, de todos los que me rodeaban. Si le decía cómo me llamaba podía denunciarme, delatar que yo había abierto fuego de la nada, que estaba loca. Aún así estaba tan desesperada que ansiaba una amistad cuanto antes y no quería desperdiciar el momento, otra vez. Ya había hecho el ridículo con Eric, el chico que me había flechado. Ahora no podía dejar las cosas así con Merry, seguramente la encontraría en la facultad, si la buscaba bien. Tenía que correr el riesgo alguna vez ¿No? O seguir actuando de manera tan imprudente, total luego aceptaría las consecuencias.

-Shizuko, mi nombre es Shizuko. Espero que nos volvamos a ver…

-Esta bien, Shizuko, nos veremos mañana. Pon atención de ese folleto, si logras descifrar oculto puedes
tener un encuentro con Eric. He visto cómo le echabas el ojo, no te pongas roja, si tienes suerte puede ser tuyo. Adios!

Fue mucha información junta. Las palabras de Merry me provocaron muchos sentimientos confusos y se marchó antes de que pudiera formularle algunas de mis muchas preguntas. Habían ocurrido demasiados sucesos, uno detrás del otro. Luego de todo aquello no pude estudiar ni concentrarme en la cena. Tampoco presté atención al silencio del vecindario. Me olvidé por completo del arma que descansaba en mi bolso. Apenas entré en mi departamento con el papel aferrado en mi mano, lo dejé en la mesa y procuré no volver a tocarlo. ¿De qué me servía participar de aquel juego? Si conseguía ganar no tendría ningún sentido enfrentar de nuevo a aquel pelirrojo infernal. Debía querer matarme luego de lo que le había hecho… Esa noche mis pesadillas cambiaron y tomaron un rumbo completamente nuevo. El lugar se prendía fuego, el callejón se llenaba de llamas que se asemejaban al color de su cabello. Aquel calor abrazador no se comparaba con nada. Solo deseaba que aquello ojos oscuros como la noche me miraran y absorbieran mi alma. Desperté jadeando, con el cuerpo ardiendo y abrí la ventana que había dejado cerrada para que el frío nocturno invadiera mi vida. Volví a dormir esperando dejar de lado mis sueños extraños y esperando que el día de mañana llegara con rapidez, para poder comprobar con claridad cuán real había sido todo lo que me había ocurrido y así re-ordenar mis ideas…



Gracias por leer!

Este cap. se lo dedico a Ankoku Tengoku!

Espero que les haya gustado.



Jessica C. Black
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Es la primera vez que siento el alma tan pesada. No puedo con esta terrible carga. Ni siquiera cuando robé o mentí por primera vez me sentí tan mal. No quiero cargar con esto, estoy más que segura. Hay una diferencia entre la situación a la que debo enfrentarme y mis otras primeras veces, intento ignorarla. Era una niña que actuaba impulsivamente guiada por sus caprichos, ahora soy una adolescente llegando a la madurez y tengo que saber tomar decisiones correctas. Sin embargo no puedo evitar pensar que lo que estoy cargando no es correcto.
Todo comenzó hace poco. Faltaba medio año para que cumpliera la mayoría de edad. Algunas de mis amigas me envidiaban, por ser la más joven del grupo. Creía comprenderlas, sólo deseaba poder retrasar el tiempo y volver a mi niñez. Estaba segura que la universidad no era lo mío, que las responsabilidades no iban conmigo. Sin embargo nada había evitado que me inscribiera en una. Tenía una familia que se enorgullecía de mí, no podía defraudarles, iría a una de las mejores universidades. Tendría que adaptarme a un nuevo mundo, uno donde mis compañeros de secundaria no estarían, donde mi familia no estaría, donde el estudio era lo primordial. Me alejaría de todo lo que había conocido hasta ahora para tener un extraño nuevo comienzo…
El sitio donde estudio es un establecimiento común y corriente. Puedes presenciar a estudiantes y profesores ingresar en él y marcharse del mismo con sus expresiones de cansancio o seriedad. El rumoreo inunda todas las salas, los pasillos, los aseos, los jardines. Cuando no se escuchan voces el sonido es reemplazado por el del rasgueo de las plumas sobre los papeles o las tizas sobre las pizarras. Si uno se detiene a oír puede distinguir hasta el sonido de los trapeadores manipulados por los asistentes de limpieza. Nada fuera de lugar, excepto ese siniestro presentimiento.
La ciudad es de lo más normal. Soy muy nueva así que aún no la conozco del todo. Pero donde vivo, cerca de la universidad, es muy tranquilo. A cierto horario pareciera que todas las personas se fueran a dormir, como si se desconectaran del mundo. Las únicas luces que alumbran la ciudad son viejos faroles, al menos en el distrito en el que me mudé. Los vecinos son amables y tranquilos. Puedo llegar a creer que no tienen niños o que éstos son muy obedientes ya que no se oyen gritos ni llantos. En el aire solo puede sentirse una atmosfera demasiado tensa. Al menos así es como pienso yo, la seguridad es lo que más me importa así que acostumbro a encerrarme en el mono ambiente que alquilo. Habitúo pasar largas horas sentada en la ventana y jamás he visto a mucha gente pasar. Es muy fácil sentirse solo.
Podría decirse que he tomado una de las decisiones más exitosas de mi vida. En unos años obtendré una licencia y comenzaré a trabajar, tendré gran éxito y muchas opciones de trabajo porque voy a estudiar en una universidad prestigiosa que me brindará las mejores salidas laborales. Mis padres podrán estar orgullosos de su hija mayor. Sin embargo mi vida no es tan sencilla como parece. En ningún folleto, ni siquiera en internet, decía sobre lo terrible que debía enfrentar en aquella anormal clase de sociedad donde había acabado. Desearía poder regresar a mi vida anterior, mi ciudad natal, al abrigo de mis padres, a mi infancia. Mas estoy atrapada en esta situación sin salida.
El primer día de la universidad fue cuando comenzó mi tormento. Comenzó como cualquier otro día. Me vestí sencilla y desayuné, luego partí hacia la institución. Al llegar el tumulto de gente no me asombró, ni siquiera me incomodó, ya que todos estaban ensimismados en sus problemas o estaban con sus respectivos grupos de amigos. Yo no era la única nueva, todo un gran alivio. Un hombre apareció en la entrada, tomó un megáfono y solicitó que primero ingresaran únicamente los novatos. En seguida me apresuré a ingresar, creyendo que nos explicarían algunos términos importantes antes de que comenzáramos a estudiar allí.
Mi primera sospecha, más bien lo primero que me incomodó, fue el extraño sujeto que nos había llamado. Con una seña nos obligó a seguirle hasta una extraña habitación que al principio no supe reconocer. En lo único que pude fijarme era la andanza descolocada del hombre, parecía que era cojo, y sus ojos eran desiguales, uno era definitivamente de vidrio. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza cuando en su rostro se dibujó una sonrisa afilada como una navaja y dio a conocer la ausencia de unos numerosos dientes. Pero lo que más me impactó fue lo que cargaba en su cintura, un revolver del cual no apartaba su mano izquierda. ¿Cuál era el peligro para estar tan pendiente?
Mi pregunta resonó varios instantes en mi cabeza hasta que él se dignó a hablar. Su voz era gruesa y algo incomprensible, pero todos procuraban hacer un silencio sepulcral. La explicación fue sencilla, todos asintieron ante la última palabra y comenzaron a retirarse. Aunque yo no lo hice, no asentí, no me moví, yo no aceptaba aquellas palabras. Estaba helada, la temperatura de la habitación parecía haber bajado notoriamente, o la idea que representaban las afiladas palabras de aquel hombre me helaron la sangre.
-¿Qué edad tienes, pequeña?-consultó sin preocuparse en la mirada de terror que le devolvía, lo había observado cómo se acercaba rengueando, y aún así su voz no había cambiado ni siquiera un poco, parecía monocorde y desinteresada, eso logró que reaccionara.
-Diecisiete, señor-contesté con voz firme, como si me hallara en un reformatorio, o algo por el estilo.
No quise burlarme, tampoco sonar graciosa.  Simplemente estaba nerviosa, asustada, me sentí demasiado pequeña y mi voz sonó algo cortada. Él sólo rió, fue algo escalofriante ya que se asemejaba al sonido de la cama vieja de mis padres al moverse, había noches en que ese ruido no me dejaba dormir. Estaba segura de que aquella noche no dormiría nada después de haberlo conocido, después de haberme enterado de lo que tendría que soportar durante unos largos años. Su mano huesuda se aferró a mi hombro y me dirigió una directa mirada de seriedad, parecía querer transmitirme confianza, pero con eso sólo me espantaba aún más. Tomó mi mano izquierda, con cierta solemnidad, y en ella depositó su arma. Las luces del sitio aumentaron y pude distinguir como la habitación crecía dejando, para mi mal gusto, ver una sala de práctica de tiro.   
-Te enseñaré a utilizarla, así te acostumbrarás. Es sencillo, sólo tienes que elevar las manos así…-comentó depositando sus manos en lugares de mi cuerpo donde nadie más que mis hermanos o padres habían tocado y guiándome en una posición demasiado complicada.-No tengas miedo, con mis indicaciones le darás fácilmente al blanco.  
Si me detenía a fijar en las reacciones de mi cuerpo, podía compararme con una gelatina. Temblaba demasiado, no podía mantener firme los brazos. Me esforcé por mantener la cordura, respirando hondo. Pero él tomó unos objetos y se acercó tomándome desprevenida. Sentí cómo me colocaba unas orejeras en mi cabeza y unas gafas. Sus acciones no eran torpes, sino seguras, podría haberle considerado un padre de no ser porque uno no me enseñaría a disparar un arma. Contuve las lágrimas, cerrando los ojos y jalé del gatillo.
-¡Estuviste cerca! Eres fantástica ¿Esta es tu primera vez? Es difícil manipular a esta preciosidad, pero tú no has tenido muchos problemas..-comentó con un extraño orgullo en la voz desordenando mi cabello como si fuera un niño.
Mi cara se contrajo del asco al oír la manera en que se refería el hombre a aquella aberración que sujetaba con fuerza entre mis manos. No comprendía nada, sólo deseaba que todo fuese un sueño. Respiré hondo y suavicé el agarre, dejando que mis manos colgaran sin vida a ambos lados de mi cuerpo. Tenía tantas preguntas sin respuestas en mi cabeza que comenzaba a dolerme. La sonrisa del extraño hombre aumentaba mis dolores…
-¿Por qué? ¿Por qué hay que recurrir a las armas? ¿Qué clase de vida es esta?
-Es una manera segura de brindar paz a los ciudadanos, solo tienes que vivirla para comprenderla.
Un estruendoso golpe sonó por toda la habitación, retumbando en mis oídos. Inevitablemente pegué un brinco y grité del susto. Alguien se sostenía sobre sus rodillas, realmente agitado tratando de componerse en la puerta del recinto. Miré aterrada al muchacho y solté un suspiro. Aunque no había motivo para azotar la puerta de tal manera estaba aliviada de que el sonido no fuera proveniente de un disparo.
-Señor, nos falta alguien… Morgan Shizuko…-explicó con la respiración entrecortada y sin darme cuenta levanté la mano.
-Presente.
Mi reacción tan poco usual en una joven de mi edad, como había explicado el hombre entre escalofriantes risas, cortó el ambiente de tensión que se había instalado ante mis incómodas preguntas. Deseaba saber más pero al parecer debía descubrirlo por mi cuenta. Estaba molesta aunque no lo demostraba. El joven que irrumpió se marchó más tranquilo y mi acompañante se acercó a la puerta, riendo mientras me daba la espalda.
- Tú nombre dice que eres una niña tranquila, sin embargo te manejas bien con las armas… ¿Cómo es que tu origen es distinto al de tu nombre?
-Una madre aficionada…
-Cuida bien del regalo que te di, ya nos veremos más adelante-se limitó a contestar con una sonrisa menos horripilante y más compasiva de lo que merecía…
En realidad me gustaba mi nombre. No importaba que fuera japonés mientras que toda mi persona, mi familia, hasta mi apellido fueran ingleses. Tampoco importaba que el significado del nombre tuviera algo que ver conmigo misma o no. Yo era Shizuko y nadie podría cambiar eso. Pensando en mi inusual nombre me olvidé de preguntarle el suyo al hombre que terminó regalándome la pistola y dejándome sola en aquella sala de tiro.
Un a vez hube estado sin nadie a mi alrededor mis piernas fallaron y caí de rodillas al suelo, sin poder contener las lágrimas. Yo no quería portar un arma, no quería estar pendiente de las acciones de los demás, no quería vivir en un sitio donde cualquiera podía pegarte un tiro ante la más mínima provocación. Había podido fingir bien mi incomodidad, pero ya sin nadie que pudiera verme no podía contener mi angustia. Ver el arma tirada en el suelo me desesperaba. Con movimientos rápidos la oculté en la mochila y sollocé un largo rato más. En ese momento estaba demasiado asustada como para continuar con una vida normal…  
A pesar de que comenzaba a pensar que todo era irreal, que equivocadamente estaba soñando que formaba parte de alguna extraña película de acción donde las armas eran tan comunes, me puse de pie y fui a clases. Primero me detuve en un aseo y me encargué de limpiar el rastro de lágrimas. Aunque desde cualquier punto de vista mis ojos rojos e hinchados me hacían ver fatal, como si no hubiese dormido en toda la noche. Igual asistí a todas las clases, ese primer día y luego volví a encerrarme en la seguridad de mi pequeño hogar, si es que podía llamarlo así.
Dormí al lado de la ventana, con el teléfono celular junto a mí. Estuve debatiendo durante largas horas la idea de llamar a casa y contarles todo, o de llorarle a mis padres que me dejaran volver. Pero cierto orgullo me lo impidió, acabé profundamente dormida con las mejillas húmedas. La ventana aún permanece siempre abierta, a la espera de que se pueda oír algún tiro, pero nunca ocurrirá.
Actualmente llevo tres largos meses tratando de acostumbrarme a este estilo de vida. No es nada sencillo vivir en un sitio donde es común cargar un arma de fuego. Uno está consciente del peligro, de que en cualquier momento alguien puede disparar y darte. Es tan desesperante andar todo el tiempo preocupada por el hecho de que puedes perder la vida en un instante. También temo presenciar el acto en que alguien muera en frente de mis ojos, en que alguien dispare a una persona ajena a mí. Sin embargo ninguna de mis preocupaciones se hace realidad, solo viven en mi cabeza y se alimentan de mi miedo y angustia.  

Continuará...






Jessica C. Black
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Nunca supe cómo se sentía ser fuerte, hasta que ser fuerte fue la única opción que me quedó. Cuando más quise llorar: fue en ese momento que aprendí que las lágrimas no iban a solucionar absolutamente nada. No importaba lo que pudiera llegar a hacer, nadie me devolvería a mis seres queridos. Porque si existía un Dios había sido tan egoísta como para arrebatármelos sin cuidado. Así fue como terminé con un corazón destrozado, sin rumbo alguno en el futuro. ¿Crees que alguien podría rescatarme?
He intentado olvidar esa noche y continuar adelante. Pero por más que lo intente no consigo lograrlo. No me arrepiento de lo que he hecho, sino de lo que no hice. El remordimiento de haberlos matado, es nada comparado con la culpabilidad de no haberles salvado la vida. Porque estoy convencido de que pude haberlo hecho.
¿Por qué sus fantasmas no dejan de atormentarme? Llegué tarde, siempre fui de retrasarme, e incluso ahora mi muerte se ha demorado… Si no hubiese aceptado conversar con aquella chica ahora estaría descomponiéndome bajo tierra, junto a mi familia. ¿Eso era lo que realmente quería, estar muerto?
Juro que cuando vi la figura de aquella joven deslizarse por entre la multitud supe que debía agradecerle. Es por eso que la seguí a través de las personas y acabamos en una callejuela. Pero me asustó que ella supiera que lo seguía…
— ¿Al final vas a matarme?
Las finas palabras lanzadas al aire por aquella diminuta boca me dejaron un momento helado. No entendí a qué se refería hasta que noté mis manos en forma de puño, mis dientes chirriando. ¡Ella había evitado que yo llegara a tiempo! ¿Pero acaso podía hacerla responsable de todo? Las dudas se arremolinaban en mi rostro tensado. Aquella preciosa mujer, que ya no era una tonta niña enamorada, no era culpable de que un par de psicópatas se metieran en mi casa en aquel preciso momento en que decidió citarme… ¿Por qué no podía dejar el pasado atrás?
— Puedes tener en claro que no ha sido culpa mía. Que hayan entrado…
— Detente.
— Ven a matarme.
Pude escuchar claramente los gritos de mi madre y mi hermana. Incluso visualicé cómo mi padre se desplomaba en el suelo, victima de uno de aquellos sujetos. Luego fue el turno de mamá, ella no diría ni una sola palabra, no luego de haber visto cómo la vida de su esposo desaparecía en un abrir y cerrar de ojos. Ninguno de los dos se preocupó por la niña que abandonaban a merced de aquel par de hombres. ¿La habrán violado? De seguro disfrutaron haciéndola llorar, gemir… La mataron lenta y dolorosamente. Por más que hubiera llegado a tiempo no podría haberlos salvado. Habría muerto para defender a mi hermanita, habría muerto por mis padres. En conclusión: yo debería haberme ido en lugar de ellos.
— No me queda nada. Ni siquiera sed de venganza, ni ganas de vivir. Te agradezco que me hayas retenido aquella vez… Pero ahora estás hablando con un espíritu vagabundo…
— ¿Has pensado en una respuesta?— preguntó curiosa, ignorando mis profundas palabras. ¿Me molestó? En absoluto…  
Por un instante creí ver la ingenuidad de mi hermana. Estaba volviéndome completamente loco. Pero sabía a qué se estaba refiriendo y era algo completamente irreal. ¿Por qué habría de interesarle mi respuesta si habían pasado trece años? Una mujer tan bella como ella debía estar casada, formando una familia que jamás sería asesinada…
— ¿Es tan importante? — consulté nervioso, luego de tanto tiempo.
Su sonrisa fue deslumbrante. Como un rayo de luz en medio de la oscuridad me proporcionó la calidez necesaria para un frío día de invierno como aquel… ¿Qué le causaba tanta gracia? Se había metido con un tipo problemático ¿No lo sabía? Aún así no parecía molesta ni cansada. Simplemente asintió con su cabeza, expectante a mi tan esperada respuesta. Trece años y jamás se me había ocurrido pensarlo, cuando le había dicho que lo haría…
— Solo si estarías dispuesta a morir conmigo. Esa es mi respuesta.
Esta vez sonreí yo y volví por dónde había llegado. Realmente no deseaba conocer lo que seguía, no esperaba escuchar que le habría gustado recibir mejores palabras, trece años atrás. No quería pensar en lo que habría pasado si… pero lo estaba haciendo, me estaba imaginando si le hubiese dicho que si. ¿Habríamos vivido felices hasta que la muerte nos separase? Era algo difícil de imaginar, no podía ver el futuro.
— ¿A dónde nos dirigimos?—consultó su vocecita infantil, a mis espaldas.
Si no hubiese estado acostumbrado a esperar que la muerte me tomara por sorpresa en cualquier momento, su repentino comentario me hubiese asustado. Pero por el contrario me asombró. ¿No la había dejado atrás? Lo más importante era otro tema: ¿Por qué hablaba de un nosotros? No deseaba averiguarlo… Aunque en lo más oscuro de mi ser gozaba con su atractiva presencia, ella conseguía hacerme olvidar por pequeños instantes... 
—Yo a donde sea que mis pies me lleven. Tú a tu vida repleta de perfección.
— Para jugar con la muerte se necesitan dos personas. ¿No crees? ¿Quién dijo que la perfección existe y que yo la prefiera antes que a ti? Yo solo quiero danzar en el limbo contigo…
— Esperemos que tus sueños no terminen convirtiéndose en tus peores pesadillas, querida. Ni que tus acciones sean menos fuertes que tus palabras… Puesto que te haré sentir lo que es el amor en medio del infierno, mi pequeña princesa condenada…

Jessica Black
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Creí que iba a poder. Tenía la firmeza para hacerlo. La ayuda necesaria. Lo tenía todo. Pero no conté con sus interferencias. No supuse que me buscaría hasta dar conmigo. No creí que no pensaba dejarme ir tan fácilmente. Simplemente esperaba alejarme, huir como hacía siempre y dejarle en paz. Aún así él me lo impidió. Siguió hablándome, proponiendo de vernos, susurrando palabras tiernas a mi oído. Y todas mis barreras se derrumbaron. ¿Cómo iba a separarme de aquel hombre?  
Ahora podía despertar con una falsa tranquilidad instalada en mi interior. Sabía que volvería a verlo. Aunque aún tenía cierta inseguridad aferrada con garras a mi pecho. Nunca sería real un por siempre juntos. En cualquier momento él podía ponerle fin a todo aquello. Y el sufrimiento volvería, pero más profundo que nunca antes. Aún así parecía dispuesta a arriesgarlo con total de seguir a su lado.
No es nada difícil concentrarse en el trabajo. Simplemente de vez en cuando se me antoja ver la hora. A veces pasa rápido, a veces no. Aún así cuento los minutos que restan para volver a verlo. Intento no pensarlo, no necesitarlo en mi cabeza las cuarenta y ocho horas del día. Si, mis días son tan largos que parecieran tener el doble de horas que los días normales. Todo por su culpa. Más bien por la mía y de mis sentimientos. Pero es más fácil culpar a los demás que hacerse cargo de los problemas. Y por más responsable que sea de ellos, no puedo solucionarlos. Es demasiado triste…
Todo transcurre con normalidad. No puede decirse que bien o mal. Estaríamos en un punto neutro. El tiempo sin él es un completo martirio. Hasta que lo veo y puedo ser feliz por un momento. Son pequeñas dosis de su presencia lo que me mantienen en paz con la vida. Sin esa droga no podría con el día a día. Y volvería a vivir un completo infierno. No comprendo por qué dependo tanto de él, sin embargo tampoco puedo evitarlo. Debería de acostumbrarme, pero sé que llegará la hora de separarnos y quisiera poder dejarlo marcharse sin sufrir. Simplemente quisiera…
Podría, pero es imposible, tratar de tomarlo todo con menos seriedad. Como de seguro lo hace él. Si solo no estuviera tan involucrada sentimentalmente sería posible. Me detesto. No puedo odiarlo a él, no tiene la culpa. Me odio a mi misma por sentir tantas cosas, por hacerme sufrir, por ser una completa tonta. Quisiera dejar de ser una niña, corregir tantos errores. Pero es tan difícil. No puedo hacerlo, solo estoy segura de eso y de que lo amo. Ironías de la vida.  
Continúo siendo esclava de mis acciones. Yo fui a enamorarme de él. Pude haberle dicho que no, haberme ido con cualquier excusa tonta y haber evitado volver a conocerlo. De haber sabido que me volvería completamente loca por él, lo habría evitado a toda costa. Y me hubiera perdido de amar a una persona tan especial, de pasar momentos preciosos, noches hermosas junto al hombre de mi vida. Por que sí, ese hombre es el amor de mi vida. No hay nadie que pueda reemplazarlo. Se ha ganado el puesto por más que no lo quiera. Es decisión suya aceptarlo o no. Me rompe el corazón la mera idea de recibir un rechazo de su parte. Sufro porque estoy más que segura de que eso es lo que sucederá. No importa cuanto intente retrasarlo.
Cuando creí que ordenando las ideas podría ser todo mejor, me equivoqué rotundamente. Pues hice una limpieza de cerebro. Y sigo totalmente rendida ante esa persona. Es cuestión de un solo día sin verlo o tener señales de él, para que caiga en un profundo abismo. Aún así, si lo veo todos los días sigo siendo esclava de sus palabras, de su cuerpo, de todo su ser.
Ni siquiera puedo ser libre cuando intento alejarme. Siento las frías cadenas aferrando mi corazón, mis manos, mis piernas. Ejercen una fuerza increíble sobre mí, me hacen sufrir sin dejar marcas. El extremo de esas cadenas lo tiene él. Y ni cuenta se da de ello. Es un eterno sufrimiento, ligado a este amor que jamás será correspondido. 
Puedo soñar con falsas palabras de amor. Puedo embobarme ante sus pequeños actos de afecto. Y puedo ahogarme en un vaso de agua sin ver la verdad oculta. Supongo que es inútil esperar a que él me quiera como algo más que una mujer para pasar el rato. Solo son sueños que nunca formaran parte de la realidad. No puedo engañarme por siempre. 
Aunque disfrute de él, aceptando su compañía, sus caricias, sus sonrisas y palabras cargadas de algo incomprensiblemente sentimental. Todo es un simple y distorsionado reflejo de lo que en verdad deseo. Nunca llegaré a estar conforme con esto. Termino siendo esclava de mis propias pretensiones y de su aparente indecisión. No importa cuanto me esfuerce por formar parte de su vida. Soy patética y trabajo en vano. Jamás lograré cambiar las cosas. Creí que iba a conformarme, pero mi corazón egoísta pide más y más. Que alguien lo calle, por favor...    
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Abrir los ojos cuesta. Ni siquiera sé qué día es. ¿Es de día ya? Si, el sol da de lleno en mi rostro. Olvidé cerrar las cortinas. No puedo moverme. Sino iría rápido a impedir que la luz ingrese. Observo a mí alrededor y una sensación de vacío se instala en mi interior. Hay algo pesado en mi pecho, que no consigo quitarlo ni con el pasar del tiempo. ¿Cuánto hace desde que no lo veo? Ni siquiera durmiendo puedo apartar mis problemas. Y las otras alternativas son tentadoras pero poco factibles.  
Objetos pequeños, con bastante poder sobre el cuerpo, adorables y tentadores ante la vista de un niño. Las píldoras para dormir tienen bonitos colores. Hay de distintas clases, unas más potentes que otras. Se acumulan sobre la mesita de luz. Me llaman silenciosamente, me piden que las tome todas juntas. Pero el vaso que las acompaña esta vacío. Debería ir hasta al baño a por agua, y el valor que logro acumular se desvanece en esos pasos que doy lejos de las pastillas.
Por el momento las extremidades de mi cuerpo no responden. Se rebelan contra mi cuerpo y no responden. Necesitan de esa persona para funcionar. Mi cerebro intenta reconocer que no se puede tenerlo. Mis ojos no dejan de buscarlo hasta que el corazón sufre punzadas por su ausencia. Y al fin, luego de tanto dolor llega el reconocimiento: No está y no estará. Comienzo a moverme y realizo la rutina de todos los días. Cual robot sin sentimientos.
Otro día sin verlo, es un completo infierno. Me obligo a encerrarlo con llave en un sitio profundo de mi mente. Mientras me dedico a intentar trabajar. Las horas pasan con extremada lentitud. La vida se me hace interminable si no tengo la seguridad de que él forma parte de ella. Es un interminable sufrimiento. Sólo existe un calmante. No pienso aplicármelo. La decisión está tomada y no volveré a esas noches húmedas.
Esperar es una posible solución. El tiempo cicatriza las heridas. No importa cuanto sangre ésta. En algún momento dejará de doler. Y alguien más ocupará ese sitio tan importante. Aún así el tiempo es lo que provoca que duela más. Por que transcurre con tanta lentitud que me hace más consciente de su ausencia.
Sigo soñando con imposibles, sigo deseando que él aparezca y me salve de este malestar. Aunque no quiero ser la princesa encerrada en la torre, desearía que él fuera mi príncipe azul y venga a rescatarme. Ya estoy bastante adulta para estas pavadas. Y no puedo dejar de pensarlas. Algún día me encerrarán en un manicomio por soñadora compulsiva. Quizá allí me proporcionen algo para olvidarlo…
Sin embargo me es inevitable no pensarlo de vez en cuando. Él consigue la manera de escaparse del encierro y vagar libremente por mi cabeza. Hasta me traiciona el inconsciente y me encuentro buscándolo con la mirada. A los ojos de mis amigas finjo estar bien. Paseamos juntas por las calles de la ciudad, para invertir en algo el tiempo libre. Solemos charlar de cosas sin sentido. Intento prestarles atención. Pero mis ojos se desvían. Nunca lo encuentro, y eso es lo mejor. Así podré olvidarlo. O al menos me engaño a mi misma pensando que es posible.
Todo debía ser algo pasajero. No estaba en mis planes involucrarme tanto. Él era celoso, posesivo, no me merecía su amor. No podía devolverle el cariño que el me daba. Sabía a ciencia cierta que necesitaba a una mujer mejor. Yo no era la indicada, sólo lo hacía sufrir. Nos separamos y cada uno siguió con su vida por su lado. Intente borrarlo de mi vida, de todas las maneras posibles. Aunque el quiso corregir sus errores, volver conmigo, yo lo rechacé y lo traté horriblemente. Y luego de años tuve que volver a encontrarlo. Aunque ésta vez era un hombre distinto. ¿Cómo no volver a enamorarme de alguien tan distinto y perfecto?
Entonces se interpone en mis planes. Lo veo a lo lejos. Camina con total naturalidad. Él también va acompañado de su grupo de amigos. Parece mucho más feliz de lo normal. ¿O es todo obra de mi imaginación? Mis amigas también lo ven. Advierten mis claras intenciones de ir a saludarlo y me detienen. No debo. Está mal. Mi corazón lucha por salirse de mi pecho y correr hacia él. Pero mi cuerpo se deja arrastrar por mis fieles compañeras de vida. Es lo mejor, intentó pensar. Aún así me apena tanto. No poder formar parte de sus días, de sus noches, de su vida…
La realidad se estampa contra mí duramente. Es como si me estrellara contra una fría pared. Él no me necesita, no me quiere. Está tan bien sin mí como si nunca hubiera existido para él. Ni siquiera le preocupa por qué no contesté su llamado. No volvió a intentar contactarme. Para él todo anda perfectamente, con o sin mí. Tiene la conciencia bastante limpia. Y no creo que sea porque tiene mala memoria. Él simplemente me ha borrado así sin más. O tal vez nunca he formado parte de ella. Me inclino más por la segunda idea. Solo fui una mujer de entre muchas otras. Cuesta abrir los ojos y enfocar la crueldad que debo vivir…
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Es bonito despertar a su lado. Observarlo dormir con tamaña tranquilidad. Es encantador detener la mirada en tan apacible rostro. Reparar en el leve vaivén de su pecho, producido por la profunda respiración. Contemplar detalladamente la hermosa escultura griega que yace a mi lado. Hace tanto calor que las sabanas descansan en la punta de la cama. Comienzo a sofocarme con tan atractiva vista. Desearía que esto pudiera durar para siempre…
Pero las preocupaciones no me invaden aún. Todo puede durar unos minutos más. Aunque haya salido el sol, y ya sea un nuevo día. Los minutos son flexibles y se extienden. Prefiero dedicar un pequeño rato a recordar. Los momentos de la noche pasada se arremolinan en mi mente. Listos para hacerme sentir la mujer más feliz que puede encontrarse en la faz de la Tierra. Es cuestión de cerrar los ojos y volver el tiempo atrás. Todo con tal de retrasar la partida…
La felicidad comienza cuando nos encontramos. Él deseaba verme, así lo había expresado, y yo había acudido a su pedido. Antes era una rutina distinta. Primero salíamos a cenar. Ahora seguía siendo rutinario. Pero directamente me llevaba a su departamento. Podíamos jugar un rato, fingir que comíamos. Aunque lo que importaba era empezar con lo otro. No importaba cuán reacia estuviera a aceptarlo, la relación que teníamos nunca llegaría más lejos de la atracción física. Sólo era un bonito cuerpo a la vista de esos ojos.
Inevitablemente estaba rendida ante aquel hombre. Lo mío no era algo carnal. Debía admitir que lo adoraba tanto por  fuera como por dentro. Podía llegar a decir que lo amaba en cuerpo y alma. Era esclava de aquel par de perfectos labios. Prisionera de aquel fornido cuerpo, de aquel dulce ser. Víctima de un amor que jamás sería mío.
Aún así no podía apartarme. Iba a él siempre que me solicitaba. Comenzábamos con leves caricias. Que luego de recorrer la ropa se colaban en busca de más. El contacto de nuestras pieles siempre quemó. Él sabe cómo tocarme, conoce dónde hacerlo y tiene el don de volverme loca. Desearía tener la misma influencia sobre él. Pero parece que suelo soñar con imposibles. Sólo yo estoy tan loca que siento que el suelo se mueve bajo mis pies con solo percibir una mirada suya.  
Luego nos recibe acogedoramente la cama. Allí es donde pasamos la mayor parte del tiempo juntos. Conozco cada detalle de su cuerpo como si fuera el mío propio. Quisiera que fuera completamente mío. Como yo soy suya. Sin embargo eso no sucede. Y me dedico a disfrutar de las horas que compartimos allí. Llenas de pasión y deseo. En esos momentos es cuando abandono cualquier atisbo de realidad o razón. Los encierro en un frasco y los dejo a un costado de la cama. El vidrio impide que puedan gritarme frases como: ‘Está mal’ o ‘Cuando te toca piensa en otra’. Sé perfectamente que no debería estar haciendo esas cosas, que nunca ocupare un sitio en su corazón, por más especial que sea o haya sido. Por eso abandono todo, hasta las prendas caen lejos de la cama…
No importa pasado ni futuro. El presente y la necesidad de tenernos el uno al otro nos dominan. Nunca acabaré de comprender el motivo por el cual sigue llevándome a su cama. Como jamás comprenderé el por qué lo volví a amar después de tanto tiempo. En su momento fuimos una pareja feliz. Ahora sólo somos un par de torpes amantes. No hay normas, está todo en manos del azar. Caemos rendidos luego de una noche de amor momentáneo. Y nos abandonamos a los brazos del cansancio, soñando con nuestros más profundos deseos. En mis sueños vuelve a estar él.
Entonces una bella sonrisa se dibuja en su rostro. Parece ser que se ha despertado y se ha dado cuenta de que no puedo dejar de mirarlo. Aún así no abre sus ojos. Ya es la hora. Comienzo a vestirme, mientras le doy la espalda. No quiero que vea mi rostro lleno de tristeza. No hay lugar para mostrar sentimientos. Ya ha pasado el tiempo acordado y es hora de marcharse. Una mujer de una noche, eso es lo que siento que soy. Pero no me llega a molestar en absoluto. Ya que sólo para él puedo llegar hasta este punto. Aunque él nunca lo vaya a saber…
Simplemente ya nada importa. Fui feliz durante tres meses exactos. No puedo pedir más nada. No me arrepiento de haberme cruzado con él hace doce semanas atrás. Pero todo debe llegar a su fin. Y no puedo seguir alargando esto por mucho más tiempo. No si quiero dejar de sufrir. Por eso es hora de continuar adelante, sin él. Ha sido la primavera más bonita de mi vida. Aunque voy a extrañarlo, debo hacerlo. Ya he tomado la decisión. Es hora de apartar el dolor, de apartarlo de mi vida. Es bonito despertar a su lado, pero oprime el pecho…
-Adios.
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