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La sonrisa de la azafata es igual a una patada en el estómago. Me cansa los ojos, rojos e hinchados. Ella se percata y suaviza el gesto. Me sorprende descubrir que es la misma muchacha, delgada y rubia, que estuvo en el vuelo anterior; que me trajo a esta tierra olvidada en donde, hace bastante tiempo, llegué a nacer. Me pregunto si alguna vez alguien escribió sobre ella: la azafata, no el país que estoy dejando atrás. Hace una semana podría haber dicho que tiene una sonrisa sin igual. 

Aún no puedo quitarme el recuerdo de ese olor. Lo sentí primero con la nariz, luego vibró por todo mi cuerpo como una realización: así es como huele la muerte. Me lo dije en el pasillo del geriátrico donde aguardaba para despedirme de mi madre. Hacía meses que estaba atrapada allí y yo me rehusaba a visitarla. Tiene un corazón fuerte, decían. Pero ya no la dejaban despertar y tampoco le permitían morir. Se encontraba ausente cuando pasé a verla. Las drogas, se suponía, debían ayudarla. No me querían dejar hablar con ella. La imagen que yacía en la cama con los ojos cerrados y una respiración dificultosa no era más mi madre. No lo supe en cuanto la vi. El olor me lo dijo todo.

Aquel encuentro fue el casillero final de un extenso juego. Uno que a mi madre y a mí nos había gustado jugar. Donde las malas decisiones abundaban. Cuando mi padre murió comenzó la historia. Fue entonces que fui a un internado mientras que mamá se pasaba los días enteros trabajando. Fue entonces que un eslabón de nuestra relación se partió y la distancia comenzó a crecer. Quizá ahí fue que nació mi pasión por la escritura, cuando hacía unos vanos intentos por acercarme a esa madre ausente, mediante cartas. Esas que escondí en lo más profundo de mi armario y jamás envié. Al final, la mujer que me apoyó en mi sueño de convertirme en escritor, e iniciar una vida en el extranjero, fue una completa desconocida para mí; al igual que el cascarón vacío al que tuve que decir adiós. 

¿Cómo se despide uno de su propia madre? Aún sigo preguntándome eso. No puedo perderla, si es que nunca la tuve. No sé qué me llevó a terminar en este avión, ahogando el llanto entre el sonido de las turbulencias. Es demasiado tarde para enmendar mis errores. Ya todo está dicho y hecho. Mi madre no iba a despertar. De hacerlo no me iba a perdonar. La abandoné. Yo la convertí en lo que ahora es. Ella hizo de mí un gran hijo. Uno que realizó su vida lejos y regresó cuando ya era tarde. La metí en ese geriátrico como ella me dejó en aquel internado. Y regresé, quizá, para matarla, pero esa es mi forma de liberarla. Espero que no sufra más, porque vine a verla después de tanto tiempo y le susurré al oído la verdad absoluta: que siempre la amé. 


Sophie Black


Este relato fue un ejercicio del taller literario que consistía en una re-escritura del texto Madre de John Berger desde el punto de vista de un alter ego. Así que escribí esto pensando en mi tía que falleció este mes y su hijo que fue a verla por última vez. Personalmente no creo haber cumplido con el ejercicio...
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"Paren el mundo, me quiero bajar."


Resulta que llevo desde casi siempre huyendo a la verdad, a la figura de mi misma, a la realidad que me rodea constantemente y no puedo evitar de por vida. Pero se supone que ya no más.

Este es mi blog personal, al cual nunca me atreví a dedicarle mucho trabajo. A medida que pasaban los años siempre fui subiendo historias que escribía. Sin embargo ahora le dedicaré mucha más atención y no sólo va a tratarse de mis cuentos sino que ocuparé el espacio para subir otros escritos y hasta quizá reseñas o compartir cultura y arte con los que deseen leer. 

Como primer paso haré una breve introducción a mi persona, colgando dos autobiografías que escribí en el transcurso de este año. No dicen absolutamente todo de mi, pero tienen un poco de todo. Y estoy abierta a recibir preguntas. Al comienzo del blog firmaba cono Jessica Black, mi primer seudónimo pero luego pasé a firmar como Sophie Black y puede que en algún momento dado termine aceptando mi nombre. La primer autobiografía está ambientada en el futuro. La segunda en la actualidad. Las fechas indican cuándo fueron escritas. Ojalá disfruten la lectura.

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“So love is about finding the right person to hurt you?”

“Pretty much.” —Matt Haig 

Hay veces que conoces a una persona y sabes que es inevitable enamorarse de ella. Lo intentas, procuras mantener una distancia prudente y un pensamiento frío. Pero va más allá de todo eso. Así que, lo quieras o no, escapa de tu control. Es cuestión de tiempo para que caigas en su red. Tarde o temprano: terminas enamorándote.

Luego, llega el miedo. Los temores primero hacen fila y al rato se abalanzan para aplastarte. Millones de dudas te impiden pensar con claridad. Arriesgarse no es opción, te repites constantemente. Una vez que es acepada la idea, guardas esos sentimientos, que son tan confusos, sólo para ti. Mantienes el peso sobre tus hombros a como dé lugar. No hay confesión que valga. No lo dirás. Tienes tu propio mantra para evadir el asunto.

Prefieres alejarte y mantener una horrible distancia antes que caer en el peor error de tu vida. El segundo si contamos haberte enamorado. Las palabras se atoran en tu garganta y los sentimientos te asfixian. No hay llave para ese sangrante corazón que llevas dentro. Buscas la primera puerta de salida. Es mucho más sencillo efectuar una huida. El camino que debes tomar, si liberas y sigues a tus emociones, se encuentra lleno de matorrales con filosas espinas. No estás dispuesto a hacer el sacrificio de circular por ahí. Prefieres no intentarlo. Crees que cualquier otra opción es mucho más confiable y mejor, crees que no merecen la pena tantos rasguños. Parece tan fácil largarse en la dirección contraria.

Así es cómo terminas perdiendo a esa persona que una vez amaste y que ahora no puedes olvidar. Lo único que logras conservar es el recuerdo de lo que una vez fue y la agonía de lo que nunca pudo ser. Sin embargo ya es tarde para echarse atrás. Cuando la decisión fue tomada tu ya sabías con certeza cuáles serían las consecuencias y aun así seguiste adelante hasta este ineludible punto. La duda puede carcomer tu cerebro, muchos quizá y tal vez asomen por tu cabeza de vez en cuando. Pero intentas convencerte de que hiciste lo correcto. Haces el mejor esfuerzo por seguir adelante.

Hay veces que conoces a una persona, te enamoras y aceptas perderla por temor a salir lastimado. Crees que así te ahorras muchos dolores, que así estarás más seguro. Pero, luego, el daño es irreparable. Por eso mismo, a veces, es mejor que estés atento y no conozcas a esa persona. Ese hecho tan factible puede ahorrarte un millón de problemas. Aunque así te pierdas de conocer a alguien sensacional y el precio a pagar sea, en efecto, no enamorarte. Hazme caso y voltea, no la mires. Deja que siga con su camino y se vaya lejos de tu vida antes de que sea demasiado tarde. Hay veces que tienen que hacerse tales sacrificios…

La pregunta del millón, la mayor parte del tiempo, es cómo ignorarla si continuamente aparece ante ti, lo quieras o no. Es entonces que uno llega a la trágica conclusión de que el destino juega en su contra. Y quizá todo sería mucho más simple si, en lugar de tantas vueltas y miedos, uno simplemente es sincero consigo mismo y con esa persona. Porque la verdad es sencilla, tan fácil como decirle a ese alguien tan especial que te gusta de un millón de formas distintas y que no lo cambiarías por nada en el mundo, ni siquiera por la oportunidad de tener un poco de seguridad sin ningún enamoramiento.


Enfrentarse al rechazo ya es otro tema muy distinto. Nadie es perfecto. La tristeza no dura para siempre. El mundo está plagado de personas especiales de las que puedes llegar a enamorarte y algún día encontrarás a la indicada. Sólo tienes que hacer las cosas bien. Enamórate. Di las cosas sin dudarlo. Levántate sin importar las veces que puedas tropezar. Y, si quieres llorar, hazlo. No te avergüences de nada.

Sophie Black



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Ante mí todo es verde. Los árboles, el interminable césped. El aroma a tierra y hojas de pino se pelea contra la punta de mi nariz, mecido por el viento. En el cielo existe una sola nube que lo cubre todo. O más bien un conjunto de cúmulos oscuros que fácilmente se apoderaron del firmamento que alguna vez fue azul. Lo único blanco es aquella casa en medio de la nada, donde trabajo. Una enorme cabaña de madera blanca con techo de tejas rojas. Un recinto para enfermos que nadie quiere volver a ver. Se ve tan fuera de lugar, estando en medio de la nada. Quizá tanto como yo, recostada contra el marco de la puerta y contemplando el cielo gris. Es difícil sentir que uno encaja cuando las piezas del rompecabezas están perdidas.
El paciente que estoy tratando últimamente sufre de una severa acuafobia. Es un hombre de avanzada edad, que debe estar rondando los setenta años. Su cuerpo no demuestra demasiado deterioro por el paso de los años. Sólo está un poco encorvado y arrugado, con el cabello todo canoso. Sigue siendo más alto que yo. Cuando elevo la mirada para buscar sus ojos me encuentro con dos charcos azules. A simple vista parece un sujeto tranquilo y agradable de conversar. Rara vez sonríe. Parece ser que siempre fue alguien inteligente y serio. Sin embargo pierde el control y la cordura cuando se trata del agua.
Debería preocuparme ante el claro pronóstico del tiempo. Adentro de la casa debe de haber a un señor Benson caminando con demasiada prisa de un lado a otro, poseído por el nerviosismo. No importa cuántas veces le asegure que la lluvia no puede alcanzarlo si permanece dentro y resguardado, Earnest Benson no quiere ni oír el sonido de las gotas de agua estrellándose contra el techo y las ventanas de la casa. La mera idea lo perturba. Así que lo más sensato es darle su medicación, ayudarlo a acostarse y procurar que se duerma. De todos modos sigo clavada al suelo de madera, junto al marco de la puerta. Es sólo otra tormenta más y yo continúo sin poder ayudar al pobre señor Benson.
No me muevo hasta que comienzo a oír los gritos. No suenan realmente desesperados, sino más bien son un llamado de atención. La voz rasposa y perturbada de Earnest rebota contra las paredes de la casa y rueda hasta mis pies. Consigue que cierre la puerta a mis espaldas y me dirija hacia la sala de estar, donde él se encuentra sentado en una mesa.
—Señorita Harper, señorita Harper —repite esas dos palabras sin cesar, es lo único que parece decir. Lo miro intrigada.
—¿Qué ocurre, señor Benson? —le pregunto con verdadera intriga. Porque sus ojos parecen tener un brillo fuera de lo común. No entiendo lo que ocurre.
—El agua está viniendo, quiere llevarme. No descansará hasta llevarme —dice con notable paranoia. Echa un vistazo a su alrededor, se rasca la nuca con ansiedad y luego vuelve la mirada al tablero de ajedrez que descansa sobre la mesa delante suyo. Mueve un peón.
Las furiosas nubes negras espían desde la ventana, pero todavía no descargan su violenta agua contra la casa. Sé que es cuestión de tiempo antes de que Earnest pierda los estribos. No ha tomado su medicina, no está durmiendo, no es alguien que yo pueda manejar con facilidad. Me dobla en tamaño y fuerza, aunque este ya viejo. Lo que voy a hacer es una completa locura. Pero estando rodeada de enfermos que la padecen es fácil contagiarse un poco. Me justifico pensando que nunca tendré una oportunidad igual. Deslizo un peón negro y contengo el aliento por un instante.
—¿A dónde quiere llevarlo el agua, señor Benson? —pregunto a continuación. Él nunca contesta a mis preguntas, pero yo tampoco desisto.
Por supuesto que no obtengo respuesta alguna. Earnest mueve su mano huesuda y desliza un alfil blanco sobre el tablero. Luego me mira de manera insistente, espera a que yo haga mi siguiente movimiento. No quiero concentrarme en el juego. El tiempo está siendo considerado conmigo y aún la lluvia no se desata. Debo fingir que le sigo la corriente si espero sacar algún atisbo de información a mi paciente. Muevo otro peón. El abuelo que tengo delante mío se muestra decepcionado.
—No lo sé, querida. Si lo supiera no me aterraría tanto, ¿sabes? —comenta aquello con extrema tranquilidad, mientras mueve otra pieza blanca.
De no ser por el temblor de su cuerpo habría jurado que es un hombre completamente distinto y superado. Le aterra pensar y hablar del tema, eso está más que claro. Incluso yo me siento nerviosa debido a la proximidad de la tormenta. Sin embargo estoy mucho más emocionada por aquel pequeño avance. El señor Benson acaba de hablar y eso sólo puede significar que planea abrirse. Sólo así podrá superar al fin su fobia: confiando y prestándose. De manera automática muevo otra pieza negra y esta vez ni siquiera tengo que abrir la boca para formular una pregunta. El anciano se encuentra sumido en sus pensamientos, mirando el tablero de ajedrez al tiempo que comienza a narrar su historia.
—Volvía del trabajo, un día como cualquiera —me explica—. El sol comenzaba a hundirse en el horizonte, jugando a las escondidas entre las casas. Busqué a mi mujer en la cocina, donde siempre solía estar cuando yo regresaba del trabajo. Pero nadie había estado allí preparando la cena. Así que la busqué en el jardín, esperando verla entre las flores, con las rodillas hundidas en el barro y el rostro manchado por el esfuerzo. A ella le encantaban las plantas, siempre las cuidaba con mucho esmero. Pero aquel día nadie las había regado —su frente se arruga ante el recuerdo—. Entonces comencé a llamarla por su nombre, esperando que respondiera desde el cuarto de baño o nuestra habitación en el primer piso. No la escuché mientras subía las escaleras de dos en dos. Me percaté del rumor del agua en cuanto pise el último escalón. Sentía gran alivio al creer que simplemente se estaba duchando. Volví a llamarle, me cansé de repetir su nombre. Como ella nunca contestó decidí abrir la puerta y fue entonces que la encontré —parece que ahí se detiene.

Sus dedos danzan en el aire sobre la figura de un caballo. Aguarda, duda y prefiere continuar la historia antes que el juego.

— Estaba en la ducha. El agua se había llevado todo su color —le toma esfuerzo decirlo, se estremece—. No pude hacer nada para salvarla. La rodeé con mis brazos, sacudí su cuerpo tieso. Intenté que abriera sus ojos, que moviera sus labios para respirar. El agua seguía corriendo sobre nuestros cuerpos y el color se iba por el desagüe. El amor de mi vida se encontraba sin vida. El agua se la llevó… —eso es todo lo que dice antes de mover, al final, a la reina blanca—. Jaque.
—Siento mucho su pérdida, señor Benson —me atrevo a decirle mientras intento salvar a mi rey—. Pero tiene que darse cuenta de que sólo fue un accidente, el agua no va a llevarlo a ningún lado, no puede dañarlo a no ser que usted lo permita. Los accidentes ocurren, Earn. No fue culpa suya, ni de nadie. Ella no murió para que se convierta en esto, tiene que superar su fobia al agua —termino de decir.
La verdad: no creo que mis palabras puedan ser suficiente para ayudar al señor Benson. Su pérdida y su dolor son un peso demasiado importante en su vida como para hacerlo a un lado con tanta rapidez. No espero que en este preciso instante él comprenda lo que le estoy diciendo y tampoco espero que supere de inmediato su fobia. Lo he visto espantado cuando abrían el grifo de la cocina o cuando escuchaba correr el agua del baño. Le he obligado a bañarse sin tomar sus pastillas y contemplé impresionada cómo sufría un verdadero ataque de pánico al sentir las gotas de agua correr por su piel. Incluso cuando se baña medicado no deja de repetir que el agua lo limpia demasiado, que el agua le roba su color. Nunca entendí aquella extraña metáfora en la cual él aseguraba que su piel se desteñía. Hasta este preciso instante, luego de oír la historia tan triste que Earnest llevaba oculta.
El viento sigue soplando contra las ventanas mientras que Earn y yo continuamos jugando al ajedrez, ahora en absoluto silencio. Sin embargo el agua no llega a caer del cielo. Las nubes comienzan a dispersarse lentamente, aburridas por la inminente victoria del señor Benson. Un rayo de sol alcanza a filtrarse por una ventana y los ojos azules del anciano se sienten atraídos por ese brillo dorado. Yo también fijo la mirada en el día soleado que lucha por reinar el cielo.
—Parece que va a llover —comenta Earnest.
Estoy a punto de contradecirlo, pero entonces me fijo mejor. Los charcos azules que son sus ojos están derramando gruesas corrientes de lágrimas. Su cuerpo se estremece y él llora en silencio. No demuestra temor alguno a que su rostro se destiña o a que el agua se lo lleve. Ha desatado el nudo que amenazaba con ahogarlo. Llora porque le han arrebatado lo más preciado de su vida y no pudo hacer nada para evitarlo. No puede hacer nada ahora tampoco, más que llorar.

La pena me embarga por completo. Duele pensar en cómo me gustaría poder ayudar en verdad. Pero no puedo traer de vuelta a su mujer. Ni siquiera alcanzo a comprender el profundo dolor que debe de pasar cada día al despertar y recordar. Así que, tan pronto como lo realizo, también rompo en un silencioso llanto. Me doy cuenta que Earn tuvo razón. Realmente comenzó a llover…

Sophie Black
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(Otro día)

El timbre. Es en algún momento, pasado el mediodía, que el timbre suena. Noiz gira en la cama. Lo ignora. Le gusta dormir aunque el sol ya este danzando sobre el cielo, retozando entre un montón de nubes que es muy probable vengan a mear Londres como cualquier día. El clima muchas veces apesta, pero lo que más apesta es no tener el dinero suficiente para hacer lo que se le de la gana. Por eso Noiz duerme. Y porque le gusta dormir. El timbre sigue sonando, cada vez más insistente. Seguro se trata de alguien decidido a sacar al francés de la cama. ¡Enhorabuena! Lo ha conseguido. Alguien se ha ganado un puñetazo en la cara por parte de un malhumorado francés que acaba de despertar.



—Quel salop! Quel enculé! C’est un vrai fils de pute! —masculla por lo bajo mientras desliza las piernas dentro de un pantalón cualquiera, el primero que encuentra a mano. 


Se revuelve el cabello rubio, no se molesta en buscar una camiseta ni calzarse nada. Abre la puerta y amaga a golpear. Su puño se detiene justo a tiempo delante de la narizita de una joven. Cabellos cortos y multicolores, un ojo de cada color con lentillas llamativas, ropa fosforescente y botas de demasiado centímetros de alto. No es una niña, es una muchachita con una sonrisa picara y es una buena noticia. Así que Noiz la deja pasar y en silencio van a la cocina.

—¿Café? —ofrece sin muchos ánimos, aún no está del todo despierto.

—Es tarde y deberías estar almorzando, no desayunando, so bobo —replica la mujercita con voz muy aguda—. Hoy a la noche tienes un trabajo —sigue explicando, acomodándose en una silla y sonriendo—Te pagaran un dineral por pasar buena música en el cumpleaños de una niñita de papá, ¿qué opinas? —

—Estoy tan desesperado que no puedo opinar —replicó el francés.

—Lo sé, lo sé. Ambos preferimos trabajar en una fiesta de verdad, pero la de hoy es una gran oportunidad —insiste, sumamente convencida—. Ahora deja de llorar y trae aquí tus manos, te arreglaré las uñas. ¿Qué color te apetece? —

—Negro, para que convine con mi alma.

Taza de café en mano, trasero en silla y uñas siendo pintadas por la mujercita de todos colores. Conversan, deciden la música que va a pasar en la fiesta de esa noche. No son sólo compañeros de trabajo, son amigos. Hablan de la vida, de la mierda que les toca a cada uno y de los puntos positivos, los cuales son pocos pero por lo menos existen. Noiz es el que menos habla, pero tiene buen oído y no sólo para la música. Una vez se queda sin café y las uñas se secan, le abre la puerta a la chica arcoiris para que siga con su vida. A la noche se vuelven a ver.

Cuando Noiz termina de armar su equipo de música los niños recién empiezan a llegar. No entiende cómo acabó en una mansión enorme, acomodado en una sala de baile, poniendo música para un grupo de adolescentes hormonados y malcriados. No hay un sólo chiquillo que no lleve algo de oro encima. Podría ponerse a robar. Pero apenas puede mirarlos, porque al hacerlo se ve a él mismo unos años más joven. Los detesta y se detesta. Pero sigue pasando música. La cosa se vuelve aburrida y Noiz deja una lista de reproducción para salir a tomar un poco de aire, fumarse un cigarro. Su teléfono suena y atiende el llamado. Es un cliente, uno con demasiada información. Sabe donde diablos esta parado y quiere un encargo rápido. Al francés no le gusta ni un pelo lo que ocurre. Se siente observado, y al mismo tiempo acorralado. Tiene un arma en el bolso que trajo, tiene un cuchillo escondido en el tobillo. Matar a alguien es pan comido. Es más dinero fácil. No puede rechazar la oferta. Aunque se trate del padre de la cumpleañera. Así que acepta. Arroja el cigarrillo, lo pisotea con fuerza y se encuentra de cara con un hombre que tiene todo el aspecto de guardia. Claramente no esta en la casa de un ricachón cualquiera.

—Soy el DJ, sólo salí a tomar aire —explica el rubio. Se rasca la cabeza y finge el tonto. Cosa que el guardia no se cree.     

Manos en el aire, mostrando lo vacías e inofensivas que se ven. Un paso, dos al frente. Una distancia corta y accesible. El guardia amaga a sacar algo, quizá un arma. Noiz no le da tiempo. Lo atrapa, lo jala, le rodea el cuello con un brazo y crack. Toca deshacerse del cuerpo. Lo arroja entre unos arbustos junto a la puerta por donde salió. Entonces se detiene un segundo y escucha, piensa, observa. Tiene que buscar y encontrar a Paul Dolce antes de que encuentren al guardia muerto y se dispare cualquier alarma. La música sigue sonando, la lista de reproducción entretiene a los chicos. Él planea entretenerse también.



N.A. Este texto lo saqué de un rol. Por alguna razón me gustó cómo quedó.

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El golpe llegó de repente y sin piedad. Fuegos artificiales estallaron delante de mis ojos. Me tomó un segundo entender lo que estaba ocurriendo. El mundo dio una vuelta, luego dos y a la tercera supliqué que se detuviera porque deseaba bajarme. Dentro de mi cabeza comenzaba a instalarse un dolor agudo que apenas me permitía concentrar en mis pensamientos. Él me estaba golpeando, solo sabía eso. No había realidad más arrolladora que esas manos atentando contra mi estabilidad física. Ni siquiera su mirada bestial o sus gruñidos ahogados podían compararse con esos puños cerrados, esos nudillos de acero ardiente fundiéndose en mi piel, amenazando con triturar mis huesos... 


A continuación procuré aferrarme a lo poco de cordura que me quedaba. Me defendí, o al menos eso me pareció que intentaba hacer mientras sacudía mis extremidades con la intención de lastimarlo o mantenerlo apartado. Incluso procuré mantener cierta distancia, mis uñas arañaban el suelo tratando de encontrar un impulso hacia atrás, un espacio lejos de aquel monstruo. Pero mi histeria de poco sirvió para frenar el siguiente golpe, ni el que le siguió a ese. Los arrebatos de furia contenida venían directo a mí y yo estaba indefensa, era el remplazo para cualquier bolsa de boxeo: yo y mi rostro.

El dolor estalló en mis oídos, mi nariz, mis pómulos. Toda mi cara palpitaba cuando sus nudillos se apartaban. Algo húmedo comenzó a esparcirse sobre mis labios y más allá de mi mentón. El sabor metálico me permitió identificar la sangre y atoró los gemidos en mi garganta, clavándolos como bonitos cuadros de terror en las paredes de mi laringe. No había cuerdas que me ayudaran a expresar lo insufrible de aquel momento. Y tampoco lágrimas. Yo no las había derramado y no pensaba hacerlo. Ni una sola gota salada escaparía de mis ojos rojos. Tenía la mirada ausente, la ventana que daba a mis sentimientos completamente bloqueada. No le daría el gusto, no dejaría que se retorciera de placer al ver el dolor y el pánico que se apoderaba lentamente de mi cuerpo.

Quizá por eso había tanta sangre derramándose sobre mis labios. O tal vez se debía a que acababa de romperme la nariz y el labio. Y mis huesos se quejaban tanto que pronto terminarían por el mismo camino. No comprendía cómo aún mi cráneo resistía aquellos golpes tan duros, tan atroces. Seguro comenzaba a agrietarse, con lentitud, disfrutando la oportunidad. Y mi cabello se iba soltando, abandonándome cada vez que él lo jalaba para tenerme a su merced. ¿Por qué no dejaba de sacudirme? ¿Por qué tenía que deformar mi rostro hasta dejarlo irreconocible? ¿Por qué me hacía todo esto? Apenas tuve la oportunidad le dirigí esa mirada, le pregunté en silencio, exigí una explicación. ¿Por qué? 

—Te amo, cariño —explicó con un grado de adoración en su voz que parecía tan descolocado—, lo eres todo para mi. Tienes que entenderlo...

Fue entonces que me partí en dos, en diez, en mil pedazos. La marea me consumió, el llanto escapó a través de los barrotes de mi propia prisión. Comencé a temblar descontroladamente y él me abrazó. Me aferré a su cuerpo, buscando no ahogarme en el mar de dolor. Y él acarició mi cabello mientras que el sufrimiento me consumía. Él me consoló con cariño, aumentando el sangrado en mi interior. Sus susurros se volvieron un pequeño arrullo; el terrible canto de una sirena. Un millón de cuchilladas directas a mi pecho.

—Te amo, mi amor. Te amo —murmuraba junto a mi oído. 

Y deseé que en lugar de hacer eso continuara golpeándome. Porque no había nada más doloroso que sus palabras.


Sophie Black


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Vamos a morir.

Desde pequeño supe lo que quería. Fue una especie de amor a primera vista. Solo tuve que ver una película para declarar con certeza cuál sería el verdadero sentido de mi vida. El maravilloso mago de Oz era la novela en que se basó esa cinta. El lugar estaba repleto de niños, adultos, toda clase de personas que iban al cine para matar el tiempo. Yo tenía seis y mi madre deseaba que pasáramos un momento juntos. Creo que fui el único que realmente disfrutó esos ciento un minutos. Mas lo que en realidad me cautivó fue la escena del tornado. El cielo se oscureció, las nubes parecieron cobrar vida propia y el viento espantó a todos los seres vivos en busca de un refugio. En ese momento deseé con todo mí ser ocupar el lugar de Dorothy. Mi mayor placer era contemplar la furia de la naturaleza, el poder inmensurable de una tormenta violenta y monstruosa, los remolinos de viento, tierra y todo lo que levantase vuelo destrozando casas y camionetas sin que nada pudiera detener su avance. En mis oídos solo había lugar para esa increíble imitación del rugido de un tren. Mi mayor deseo: alcanzar un lugar sobre el arcoiris, descubrir Oz.

Vamos a morir.

La fantasía de un niño es objeto de risas. Cualquiera, ya adulto, miraría atrás y se burlaría de las aspiraciones que uno se planteaba con tanta convicción. Muchos pequeños habrán gritado a los cuatro vientos su deseo de convertirse en súper héroes, pero hoy en día estarían encerrados en una oficina haciendo cuentas y tecleando mecánicamente en una computadora. Nada de policías, soldados o agentes solidarios. La vida puede absorber la niñez, arrancarla de raíz, borrarla por completo de nuestros seres para dejar simples carcasas. Yo luché hasta el final. Mi fascinación con los tornados jamás se extinguió. A los veinte años comencé a perseguir mis primeras tormentas. Nunca solté una mísera carcajada cuando recordaba mi deseo de llegar a Oz.

Vamos a morir.

Por supuesto que maduré, con el tiempo me convertí en un adulto como cualquiera. O al menos intenté adaptarme a la realidad que me rodeaba. Siempre fui autodidacta y me instruí por mis propios medios, estudiando constantemente. Me convertí en un operador de radio, pero mi inclinación siempre fue hacia la investigación de los tornados. Ellos eran mi tormento, mi fascinación, no podía simplemente mantenerlos fuera de mi cabeza. Mi objetivo se priorizó, dejando de lado las fantasías sobre arcoiris y mundos mágicos: me centré en conocer la naturaleza y el funcionamiento de los tornados. Me planté de pie a la puerta de la ciencia y golpeé incesantes veces hasta que esta contestó a mi llamado. Reducido por la inexistencia de los instrumentos meteorológicos, necesarios para avanzar con mi investigación, jamás me di por vencido. Me convertí en ingeniero e inventor, diseñé y creé los objetos que me facilitarían el trabajo. Y así alcancé más escalones de los que jamás nadie se habría imaginado.  

Vamos a morir.

A medida que crecía, como persona, como investigador, como el hombre que estaba destinado a ser, mucha gente pasó a formar parte de mi vida. Me enamoré de una hermosa mujer, a la cual me atreví a pedirle matrimonio. Su nombre era Kathy, a veces conseguía hacer que me olvidara de las tormentas y con su aire felino me engatusaba hasta el infierno. Ella era mi sol, mi arcoiris. Nos casamos, tuvimos tres hijos. Y a pesar de que tenía una familia hermosa continué persiguiendo tormentas. Dediqué mi vida a eso, escribí sobre el tema, ayudé a las personas afectadas por tornados, fundé un equipo de investigación, participé en un programa televisivo. Mi placer fue infinito. Incluso mi hijo mayor comenzó a acompañarme en las persecuciones de tornados. Fui afortunado.

Vamos a morir.

Era primavera, época de tornados. En esos momentos era como un niño en navidad. Siempre supe que estar cerca de un tornado era algo increíble. En esos instantes puedes ver en detalles el tornado, escucharlo y olerlo. Huele a hierba recién cortada, o de vez en cuando, si se destruye una casa, a gas natural.¹ Con el equipo estábamos realizando una investigación relámpago cuando se me ocurrió poner a prueba unos sensores de tornados que todavía estaban en desarrollo. Todos estuvimos de acuerdo y nos pusimos en marcha. El tornado era increíble, de tal magnitud que nos tomó desprevenidos. Cuando fuimos a darnos cuenta del potencial que poseían sus vientos, la cantidad de vórtices con la que contaba y la velocidad a la que avanzaba fue demasiado tarde como para actuar con precisión. La camioneta roja estaba más cerca del tornado, iba a ser la primera presa si no comenzábamos a movernos. Volteé cuando Paul tomaba una foto y le grité que dejara de jugar. Lo vi de pie, mas alto que yo, ya no era un niño. Comencé a disparar órdenes, la retirada era inmediata y apresurada si queríamos salir con vida.

Vamos a morir. 

El paisaje que tenía frente a mis ojos era deslumbrante, digno de la fotografía que acababa de tomar mi hijo. La bestia de viento se retorcía con furia mientras acortaba distancia. Era un horrible gusano que arrasaba con todo lo que tenía a su paso. Sin embargo el cielo era una pintura de arte: a un lado claro y celeste con algunas nubes como si nada pudiera arruinar su calma y al otro lado horribles nubes de tierra eran iluminadas por un tenue sol que comenzaba a ocultarse. Los campos verdes encuadraban esta preciosa y enfurecida imagen. Por un par de segundos me quedé congelado contemplando lo que se avecinaba.

Vamos a morir. Vamos a morir.

La camioneta roja aceleró, pasó a nuestro lado como si fuera perseguida por el mismísimo diablo.  En nuestro auto íbamos mi hijo Paul, Carl Young y yo. En un cerrar y abrir de ojos ya me encontraba en el asiento del copiloto. Habíamos sintonizado una radio y advertíamos sobre el tornado que nos perseguía. El problema era que no había ningún sitio a donde ir, no podíamos acelerar más y el monstruo ya casi nos alcanzaba. Carl conducía desesperado, vi cómo el terror poseía su rostro antes de voltear para echar un vistazo. Mi hijo Paul se veía tan indefenso que se me antojó llorar. No importó cuánto deseara que el auto se alejara, la distancia disminuyó hasta lo inevitable. Escuché los gritos de mi hijo, los gritos de Carl y mis gritos, una mujer al otro lado de la radio aún nos oía.

¡Vamos a morir! ¡Vamos a morir! ¡Vamos a morir!        

Todo ocurrió demasiado rápido. El auto fue arrancado de la carretera, nos elevamos en el aire siendo golpeados desde todos los lados. Pensé en mi esposa y mis otros hijos, en cómo no pude despedirme de ellos. Esperé escuchar el rugido de un tren, mas en mis oídos se ahogaban los gritos y el tormento del viento. Tampoco pude decir adiós a Paul ni a Carl. La velocidad con la que fuimos arrasados fue inexplicablemente veloz. Toda mi vida pasó por delante de mis ojos, como si se tratase de una película. Recordé aquella vez en el cine, mi juventud como cazador de tormentas, los inolvidables momentos junto con todas las personas que conocí. Ya nada importaba realmente. Estábamos muriendo, yendo directo a ese lugar sobre el arcoiris. 



     ¹ En una de sus últimas entrevistas, Tim Samaras describía así sus sensaciones ante un tornado.


N.A. Éste relato lo escribí en honor al cazador de tornados Tim Samaras. Fue un ejercicio para un taller literario que se basaba en narrar la historia de una foto y yo escogí la del tornado que coloqué más arriba.

Sophie Black
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Un grito en el aire, la porcelana se quiebra en infinitos trozos. Pero solo somos tú y yo, no importa nada más. El ambiente es cálido, la cercanía irresistible. Cómo me gustaría detener el tiempo, poder sentir los rayos del sol acariciando mi piel.  Llevas el cabello platinado, revuelto como a mí más me gusta. Muero por extender mi mano y acariciarlo. Los minutos pasan y estas más cerca, pero al mismo tiempo te siento tan lejos. Estoy harta de esta espera, de esas manos que te acarician y alejan de mí. Esas mismas manos que me apartan y me manipulan a su antojo. ¿Por qué todo no puede ser más sencillo? Un beso, una caricia, un suspiro. Actuar por voluntad propia. Todo eso debería ser fácil. Pero no lo es. Te suplico con la mirada, solo un segundo. No te apartes, no me dejes. Temo ser yo quien se rompa en mil pedazos si no te quedas a mi lado.

La habitación continúa iluminada, tenemos un poco más de tiempo. Al otro lado de la ventana se escucha a las personas pasear. Ellas si pueden salir, experimentar los pequeños placeres que ofrece la vida. Nosotros en cambio permanecemos inmóviles; mi palma en tu pecho, tu mano en mi cabello. Creo que todo mi cuerpo cosquillea de puro deleite. Aún así es imposible experimentar la verdadera felicidad. Por más que lo intente, no puedo evitar pensar en el después. Ese momento en que tú y yo dejamos de ser algo más que presas del deseo. Luego de que ambos nos vemos obligados a apartar del lado del otro. Quiero permanecer así, aunque no sienta mi corazón palpitar y menos el tuyo. Por más que el frío posea nuestros cuerpos a pesar de la calidez del cuarto. No dejes de mirarme, por favor no lo hagas. Solo un minuto más, eso pido.

—Ya es hora, mis preciosos —anuncia una voz en trueno, esa que proviene de todos lados y de ninguno en particular.

El aire se sobrecarga, nuestro espacio es invadido. Quiero llorar, mas no puedo. La criatura que jamás se cansa de llamarnos como si fuéramos obras de arte robadas de un museo, se  inclina con una cámara fotográfica. Otro momento para conservar por el fin de los tiempos, otro suceso que se congelará en una imagen dura y sin vida. El proceso diario que arranca trozos de nuestras almas para dejarnos cada noche sin las energías suficientes como para poder alcanzar al otro. Somos fríos modelos de plástico, y no importa cuanta vida haya en nuestros ojos. Tú y yo estamos destinados al desconsuelo de existir sin llegar a concebir nuestros sueños.

No la mires a ella, no formes parte de su juego. No importa cuánto insista, es inevitable. No somos dueños de nuestros actos, no hay fuerza de voluntad que nos ayude a mover con el único fin de huir. Así que el tiempo se clava como agujas en mi cuerpo, no siento nada. Tu mano se aleja, tu cuerpo ya no está a mi lado. Caigo sobre la mesa, abandonada. En mi mente solo reside la idea de volver a vernos. Mi mirada perdida en el olvido…    
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Un sentimiento que nunca muere

El final puede llegar de un momento a otro. No importa cuánto puedas alimentarte, los cuerpos se descomponen, la piel se reseca, los órganos se pudren, la movilidad comienza a ser limitada hasta que de repente pierdes la poca consciencia que aún te impulsa a continuar con todo aquello y te conviertes en cenizas. Nadie renace, todos desaparecen con el paso del tiempo. No  existen sobrevivientes. Es entonces cuando te das cuenta que si tienes que afrontar el fin del mundo, esfumarte con el viento y dejar de existir. ¿Por qué no hacerlo en compañía? Quizá exista un sentimiento que nunca muere, a pesar de que el resto del cuerpo lo haga, ese sentimiento solo puede existir entre dos…

Andrea murió a sus veintiún años, en el momento más pleno de juventud y energía, cuando su vida podía tener un futuro envidiable, un presente con diferentes caminos por tomar y una meta fija. No era un muchacho perdido, indeciso, más bien sabía lo que hacía, luchaba por sus convicciones. Como podía llegar a tenerlo todo, incluso aquel coche deportivo que tanto había soñado, su vida fue arrebatada sin sentido, junto con aquel caos repentino que se desató en el mundo. No fue uno de los primeros en caer victima de aquella pandemia, luchó todo lo que pudo hasta que fue mordido. Su muerte no fue dolorosa, de un momento a otro había perdido prácticamente cualquier motivo para existir, cualquier pensamiento coherente que lo guiara por el plano de la realidad, solo existía para mover un pie delante del otro y saciar aquella feroz hambre que amenazaba con hacer estallar cada uno de sus huesos. Andrea se convirtió en un zombie, pero a pesar de que carecía de juicio alguno, era consciente de una sola cosa: el fin estaba cerca.

Elena acaba de morir, con diecinueve años y ningún motivo del cual arrepentirse no continuar con vida, ya que prácticamente nadie la va a extrañar, ni siquiera ella misma se puede echar de menos. No sabe lo que ocurre, no esta segura de cómo debe actuar, pero allí esta, sin vida alguna. A su alrededor se encuentran los restos de quienes fueron sus compañeros, personas que alguna vez conoció, con las cuales compartió momentos que se suponía eran inolvidables, pero ahora solo aplasta sus trozos de carne, patea sus huesos, mientras que intenta alejarse, buscar algo que la consuele. Sus pasos son torpes, los movimientos le cuestan demasiado, su cerebro demora en dar las órdenes correctas, los estímulos son lentos y parecen distraídos. No hace más que vagar, merodear por aquella ciudad fantasma. Aún no siente esa hambre insaciable, solo se mueve como lo que es, se impulsa a seguir caminando porque no quiere sentir la verdadera muerte. Sus órganos han dejado de funcionar, esta casi segura de ello porque si intenta respirar de sus labios escapan ronquidos, como si se atragantara, y eso es lo único que puede escuchar, los complicados ruidos que escapan de su boca y las fuertes pisadas de sus pies. No hay ningún corazón latiendo, ese músculo ha dejado de bombear sangre por su cuerpo, lo que implica que se debe ver pálida y cadavérica. Debería importarle, quizá si encontrara el modo de verse en el reflejo de un vidrio, podría intentar arreglarse el cabello y hacer algo con ese hilillo de saliva que hay por debajo de sus labios, manchando parte de su barbilla. Debería buscar la manera de vendarse las heridas, encontrar una solución a su pronta descomposición. Pero no es del todo consciente, por supuesto que no le importa nada más que continuar moviéndose. Y a pesar de que no ha visto cómo los zombies van perdiéndose a si mismos, hasta convertirse en polvo, no esta segura de aquel extraño presentimiento que la invade, pero sabe que es cierto: el fin se acerca.

La descomposición es parte de la muerte, es parte de la existencia de un zombie. Andrea lo sabe, por eso ha aprendido a aceptarla, a vivir con ella. No esta seguro de cuántas partes de su cuerpo faltan, pero mantiene las dos piernas, los diez dedos de las manos, y la mandíbula prácticamente intacta aunque su mejilla derecha lleva la piel rasgada hará meses y puede verse el interior de su boca. Varias zonas están destrozadas de aquella manera, los músculos abiertos, cortados, mostrando órganos en desastroso estado o vislumbrando huesos que aún conserva. No recuerda cuántas costillas le quedan, ni qué ocurrió con su páncreas, incluso ha perdido el dedo gordo de su pie izquierdo, allí donde el zapato se ha roto. Igualmente se alegra demasiado de conservar ambos ojos en un perfecto estado, si se podría decir que la mirada muerta es agradable a la vista de cualquiera. Incluso se siente afortunado de conservar el cráneo intacto, con una sucia, despeinada pero igualmente bonita mata de abundante cabello negro y grasiento. Desde que fue mordido viste aquellos jeans desgastados, que con el tiempo adquirieron nuevos tajos e innumerables manchones de sangre reseca. La camisa que llevaba era sin mangas, bastante bonita, ahora le falta un gran trozo que deja al descubierto su costillar izquierdo, mientras que el otro lado esta intacto y mugriento. La tela es de un color azul que combina con la tez verde pálida de todo su cuerpo. Comparado con otros cadáveres andantes, aún le falta para caer rendido y hacerse polvo. Por eso continúa caminando hasta que encuentra un motivo que lo paraliza en su sitio.

Cuando Elena logra que su columna vertebral la obedezca, consigue que su rostro se eleve en el ángulo exacto y sus ojos muertos enfoquen lo que a simple vista es otro de esos cadáveres vivientes, un zombie que ha decidido dejar de moverse. Pero a ella no le importa si aquel atractivo muerto sigue o no en movimiento, porque Elena no piensa dejar de caminar. Continúa hacia delante, directo hacia el joven que parece estar contemplándola pero su mirada esta tan lejos de allí que nadie podría asegurarlo. La muchacha siente que no tiene nada de lo que avergonzarse, ya que no esta para nada podrida como la mayoría de las mujeres zombies que ha visto. Su cabellera negra seguramente se ve brillante y fuera de contraste con el vestido rosado y decorado con sangre y trozos de algo más consistente como si se tratara de algún esponjoso relleno humano. Quizá podría haberse sonrojado si la sangre corriese por sus venas muertas, pero tal cosa era imposible. Solo se choca contra el fornido cuerpo del zombie que tiene delante suyo y abre la boca mostrando una mueca, lo que debería ser una especie de sonrisa. ¿Los zombies interactúan entre si? No esta segura, pero le gustaría poder comunicarse con aquel chico, conocer su nombre, su historia, dejar de sentirse sola y sin rumbo.

Andrea y Elena se encuentran tan cerca uno del otro que podrían llegar a olfatear el olor putrefacto de sus alientos. Pero a ellos no les importa, no piensan, simplemente se guían por un estímulo, una voz interior que les obliga a moverse por inercia, como si aquello fuese lo más normal del mundo y estuvieran destinados a que fuera de aquel modo. Estiran sus brazos muertos y rodean sus cinturas. Cuando estaban vivos hacían aquello muy a menudo, era algo natural, un gesto de cariño al cual llamaban abrazo. Ahora no saben exactamente qué ocurre pero, como siempre, continúan adelante. Ambos inclinan sus cabezas hasta que sus frentes se golpean de manera fuerte, produciendo un sonido sordo. No les importa, no sienten dolor ante aquellos movimientos torpes y bruscos. Los labios de Elena, aún suaves, se encuentran con los ásperos y resecos labios de Andrea que se presionan con fuerza sobra la boca femenina, hasta que comienzan a moverse de manera extraña, como si intentara morderla pero si necesidad de usar sus dientes. ¿Qué esta ocurriendo? Ninguno sabe por qué de repente comenzaron con aquel beso, pero los impulsos son más fuertes y no pueden separarse, no aún.   
  
Cuando por fin Andrea se echa hacia atrás, como si de repente hubiera sufrido una descarga eléctrica, Elena aparta las manos del chico muerto y permanece quieta en su sitio. Ninguno sabe qué hacer en el segundo siguiente, que se extiende entre ambos provocando un incómodo silencio. Es imposible hablar, no hay palabras que puedan salir de sus labios, no hay modo que sus cuerdas vocales, carentes de vida, logren funcionar. Como no existe magia que los ayude a conversar, que les indique cuál es el nombre de cada uno, la historia, el motivo por el cual están haciendo aquello, entonces deciden continuar adelante. Pero Andrea no desea hacerse a un lado y seguir con el camino que estaba haciendo, no quiere permitir que aquella chica que lleva poco y nada muerta se aleje en otra dirección para nunca más volver a verla, porque sabe que en cuanto haga mas de un paso lejos la olvidará como hace con todo lo demás que lo rodea. Ya se ha olvidado de la cantidad de muertes que provocó desde que fue mordido, no recuerda los rostros de las personas antes de que los hubiera matado para poder alimentarse de ellas. ¿Entonces cómo piensa mantener en su memoria el recuerdo de aquella chica que apenas vio antes de que su instinto lo obligara a besarla? Es prácticamente imposible, así que decide actuar de la manera más descabellada jamás pensada. Esta cansado de existir de aquella manera, sin sentido alguno hasta que el tiempo se lo lleve a quién sabe dónde, dejando en su lugar penosas cenizas. Es por eso que su mano cobra vida para sujetar la muñeca de la chica, aferrarse a ella como si la necesitara para existir, jalar con fuerza para llevarla con él a un lugar donde puedan estar juntos y afrontar el fin. Elena no opone resistencia.

La pareja de zombies invade la primera casa que encuentran con la puerta destrozada, quitada de su sitio, adornando el suelo como si de una alfombra se tratara. Con pasos decididos aplastan la madera húmeda y mohosa, ingresan en el que alguna vez fue hogar de alguien, observan con su mirada perdida las distintas habitaciones y encuentran lo que buscan. La cama parece intacta, como si esperara a su bella durmiente, fiel a pesar del paso del tiempo. Pero las princesas que se duermen son comida para los zombies. No hay ninguna joven que muerda manzanas. Cada muchachita envenenada, cada jovencita que muere, se mantiene en pie y continúa adelante, olvidando lo que alguna vez fue aquel lugar de descanso, aquel objeto en el cual acostumbraban a reposar. Pero Elena no es como el resto, ella se siente especial, cuando creía que estaba completamente muerta siente el atisbo de algo más allá de la muerte, algo increíblemente vivo se remueve en su interior. Disfruta el momento en que Andrea la empuja hacia la cama y ella cae de espaldas sobre el colchón que se mantiene en una condición razonable. Incluso intenta reírse, produce un sonido estrangulado con su destrozada garganta cuando Andrea se sube a la cama, aplastándola bajo su peso muerto. Una extraña felicidad la invade cuando las manos masculinas, podridas y lastimadas, mostrando a simple vista algunos huesos, comienzan a acariciarla lentamente, subiendo por debajo de su vestido, sintiendo su intacta y fría piel. Andrea es presa de una lujuria que no debería sentir, no siente hambre, no siente muerte, siente un deseo inexplicable por poseer a aquella extraña chica recién muerta y lo demuestra con sus actos, con sus caricias. Lo demuestra cuando la mira, porque sus ojos parecen brillar y le gustaría poder aunque sea preguntarle su nombre, decirle un cumplido, explicarle lo bonita que se ve con los cabellos revueltos y esparcidos sobre la cama, mientras que él la desnuda como mejor puede.

El sexo no es algo que pueda llevarse a cabo entre dos muertos. Elena lo sabe, lleva recordando que no hay sangre que corra por sus venas desde que ha perdido la vida. No necesita ser inteligente para darse cuenta que a pesar de lo mucho que ella pueda acariciar el miembro masculino de aquel zombie, nunca logrará que endurezca o que en algún momento expulse algún fluido corporal. Pero Andrea no quiere entenderlo, no parece importarle, él continúa con su trabajo de arrancar el bonito y mugriento vestido de la chica muerta. Las manos de Elena, cansadas de descansar inertes sobre el colchón, deciden comenzar a moverse y se dirigen hacia el cabello lacio del muchacho, enredándose en él y disfrutando del tacto que se imagina debe tener. Cuando Andrea consigue hacer a un lado la tela que estorba sus lascivas intenciones inclina el rostro hacia uno de los senos femeninos y muerde sin piedad, arrancando el botón erecto de carne y masticándolo con ansiedad. Un gruñido mezcla de gemido y asombro escapa de los labios de Elena al descubrir que aún hay sangre en su cuerpo, que el líquido viscoso y carmesí tiñe los labios del chico muerto y parte de su pecho. Pero en lugar de enfadarse por lo que acaba de ocurrir, se siente más excitada que nunca. Elena acerca su rostro al oído masculino, como si fuera a intentar susurrarle que le gusta aquel juego, pero en su lugar abre su boca y con sus dientes atrapa el borde superior de la oreja. De un mordisco arranca la carne, el cartílago, y descubre que a pesar de estar muerto no sabe nada mal, quiere incluso más.

Una lucha apasionada se desarrolla entre ambos zombies. Los cuerpos se rozan, se acarician, se mueven el uno contra el otro en un acto puramente sexual. Poco a poco se dejan llevar por la situación, adaptando lo que en vida era el más ardiente sexo a la situación que allí tenían, mordiendo partes de sus cuerpos, alimentándose de ellos mismos al tiempo que hacían más excitante el momento. Pero ambos sabían que si mordían todo lo que querían, terminarían dejándose sin nada. Podía llegar a ser un suicidio de lo más atractivo, solo que ninguno de los dos quería aquello. A pesar de que estaban muertos le temían a lo que había después de aquella penosa existencia. Por eso, para intentar mantenerse lo más vivos que podían, hacían aquello. Elena se movía como mejor podía, sin vergüenza alguna a pesar de encontrarse completamente desnuda. Andrea estaba ciego, solo veía aquella extensión de piel pálida, aquellas perfectas curvas que sus manos no podían dejar de recorrer. Había conseguido abrir de piernas a la muchacha, y sus huesudos dedos se turnaban para inspeccionar el interior de la chica, esperando encontrar reacciones por parte de ella, acostumbrado a lo que eran las relaciones sexuales cuando tenían vida. Pero cansado de no obtener quejido alguno, terminó optando por lo nuevo, lo excitante. Volvió a inclinar su cabeza hasta atrapar con sus dientes un trozo de aquella delicada piel que aún se conservaba, y arrancó la pequeña campana que logró extraer extraños sonidos de la boca de Elena. Solo Dios sabía cuán deliciosa era aquella chica muerta, y Andrea por supuesto.

Elena se dejaba hacer, disfrutaba con los mordiscos, las caricias, los juegos que el chico zombie hacia con ella. Se sentía mucho más viva que cuando caminaba por las calles desoladas, sin rumbo alguno. Y qué irónico era, que en ese momento a pesar de sentirse de aquella manera estaba simplemente echada sobre una cama, sin moverse en absoluto. No quería quedarse así, no quería parecer una muerta a pesar de que ya lo hacía. Así que sin previo aviso sacó fuerzas de quién sabe dónde y se incorporó de la cama, haciendo que el muchacho muerto se hiciera a un lado. Parecía que entre sus intenciones estaba la de irse, pero no era así. Se inclinó como pudo sobre Andrea y forcejeó con los pantalones del chico hasta que consiguió rasgar la tela de jean y la ropa interior, apoderándose del miembro masculino que se ocultaba por allí. Y si algo no había dejado de producir, eso era saliva. Extrañamente su lengua no estaba completamente muerta, ya que podía producir uno que otro gruñido. No guardaba ninguna esperanza para poder hablar, pero si que estaba segura de poder hacer cosas un poco más interesantes en aquella situación. Mientras se acomodaba sobre la cama, para inclinarse hasta acabar con la cabeza entre las piernas del zombie, pudo notar que algunos de sus huesos se desencajaban, como por ejemplo su hombro o una vértebra que se movía ligeramente hacia un lado. Estaba segura que eso arruinaría su postura, pero en aquel momento poco le importaba. Había conseguido introducirse el pequeño y arrugado trozo de carne masculina dentro de su boca, llenándolo de saliva mientras procuraba no morderlo. Entonces comenzó a mover su cabeza de manera que pareciera estar haciendo una perfecta felación. Cualquier otra chica zombie habría tenido envidia de aquello, ya que Andrea se sentía morir y renacer mientras recordaba lo que en vida le producían aquella clase de acciones que hacía la chica muerta. Incluso soltó un rugido desgarrador, como si llegara a un punto culminante, cuando Elena hincó sus dientes en la piel y arrancó un gran trozo que comenzó a masticar con gusto. Ambos se sonrieron, haciendo una asquerosa mueca que se suponía debía ser una sonrisa y quizá estuvieron silenciosamente de acuerdo en que el sexo entre zombies no estaba nada mal. 

 Una vez culminada la pasión, la vida comenzaba a extinguirse, la energía se esparcía lejos y ambos caían en un extraño sueño. No estaban seguros si era un simple recuerdo de sus momentos más humanos, cuando luego de una perfecta sesión de actividad sexual se dejaban caer en los brazos de su pareja y dormían plácidamente  Pero Andrea y Elena hicieron aquello. Ya no le encontraban sentido a seguir moviéndose, por lo que se acurrucaron en una especie de abrazo, estirados en aquella cama que parecía haber adquirido nuevos dueños. Estaban muertos, pero existían en aquel momento y no iban a irse dentro de mucho tiempo. Aún les faltaba un largo camino por recorrer, el tiempo debía comerlos lentamente hasta que estuvieran listos para caerse a pedazos por si mismos, abandonando aquel cuerpo al cual estaban encadenados. Pero algo había cambiado. Ya no tenían miedo de lo que les traería el porvenir, ya no les importaba ser inconscientes, dejarse llevar por los impulsos y no recordar absolutamente nada. Incluso el hambre supondría un problema mínimo. A partir de aquel entonces, ambos estaban juntos y se tenían a si mismos para poder superar el obstáculo que se les interpusiera. Porque siendo dos, tanto la vida como la muerte, podía ser mucho más amena…



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¡Choose your color!


Pequeños fragmentos de cualquier cosa que salieron a partir de un ejercicio de taller. El mismo consistía en subrayar palabras de un texto de Octavio Paz titulado: El poema. Y luego hacer lo mismo subrayando palabras de un poema del mismo autor titulado: La poesía. No importa lo redundante que pueda ser, ni lo tedioso que me pareció en el ensayo de Paz tratando de inculcar su modo de ver la poesía. Me entretuve bastante subrayando palabras (porque en la secundaria hacia eso con todos los textos que nos daban) y termine con una cantidad enorme de palabras. Así que como no tenía inspiración para unir tantas palabras en una misma historia, terminé armando estos fragmentos de todo y nada. Dividí las palabras en tres grupos, diferenciandolas por tres colores que caracterizan el tema de la historia que les narro. Así que pueden leer los tres pequeños textos, o solo uno dependiendo del color que más les guste. Los colores son rojo, naranja y verde. Buena suerte y que lo disfruten (:


Naranja:

El caos seduce de inmediato, sin miramientos. No busca a la persona mas adecuada, no se detiene a observar dentro de nadie. Está armado de engaños y mentiras, falsas ilusiones, crueldad pura disfrazada de fantasmas. Tiene algo místico, un extraño secreto que todos hemos olvidado. Los niños pueden sentirse algo seguros, viven ajenos a este sospechoso y aterrador encanto. Pero nosotros, los adultos, no podemos romper el hechizo. No importa la angustia que nos invada, no hay lucha que valga. Él siempre aparece de repente, sin hacerse esperar, sin nombre por el cual poderlo llamar. Te detiene sin importar lo que estés haciendo, sin importar la duda marcada en tu rostro. Y la revelación, de que algo va mal, se queda dormida hasta que es demasiado tarde para evitar su avance. Al caos le gusta destruir, le gusta la sangre y la muerte. Pero también le gustas tú. 

Verde:

Quiero creer que soy el único. Sé que es egoísta, pero no puedo evitarlo. Es insólito, como en un instante, la gravedad desaparece, se lleva con ella al equilibrio y caigo como una pesada ola para ir a tu encuentro. Es algo magnético, mi ser es absorbido por tus ojos, tan distintos a cualquier otros que haya visto en mi vida entera. Tus encantos son fríos, tu mirada espumosa, puedo verlo, eres como el mar para mí. Todo este tiempo que tan solitario me sentí, de repente desaparece en cuestión de minutos y en su lugar deja una agradable sensación de plenitud. El silencio se hace eterno, cargado de secretos que jamás conoceremos. Pero entonces decides mostrar tu carácter y sonríes con confianza. Aún silenciosa solo que ahora me das un pequeño acceso a tu alma, que brilla bonita a traces de esos curvados labios. Eres insensata, porque ahora muero por besarte. Desearía ser otro, seguramente ser ese por el cual te dejarías arrastrar hasta el infinito y más allá. Pero soy la triste imagen que ves. Mi ser suelta una lagrima silenciosa mientras me aparto y te ayudo a poner en pie. Con tu increíble belleza eres vencedora y mientras te veo marchar me pregunto qué harás con ese nuevo trofeo, mi pobre corazón que te acabas de ganar. Quisiera creer que todo es un sueño, pero sé que existes y espero algún día llegar a conocerte. 


Rojo:

Es una nueva experiencia, a pesar de que no es el primer encuentro. Nuestras almas se funden en las llamas del infierno. La tentativa se convierte en impulso, la disposición de nuestros cuerpos es perfecta. El contacto de nuestras pieles deja un rasgo de huellas abrasadoras. Tu pecho golpea contra el mío, a un ritmo delirante. Tus labios, de un sabor único, dejan lugar a mi traviesa lengua para que pueda habitar tu húmeda boca. Deleite total. Los sentimientos desbordando en cada gesto, cada acción y cada jadeo. Tu espada arranca balbuceos de mis labios. El tacto introduce fuego, calor. Provoca irrefrenables contoneos de caderas. Tu espíritu me posee, soy tuyo y de nadie más. Creo que estoy enamorado… 


Sophie Black
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De escapes y fantasía

Me ahogo en tinta. Es espesa y oscura, es fría y espantosa. No sé cómo llegué a este punto en el que la oscuridad me posee y las palabras se disuelven para convertirse en un profundo océano de tinta. Pero estoy segura de que, si quisiera, podría evitarlo. Puedo tener mi propio barco y navegar con seguridad, puedo tomar prevenciones y no dejarme llevar. Sin embargo eso no es lo que quiero. No me conformo con sentarme a la orilla de este enorme charco de tinta. Porque si lo hiciera, no sería lo mismo. No sentiría lo que siento cuando el líquido inunda mis pulmones y me roba el aliento. Ya que si no brincara por voluntad propia dentro de la tinta, nunca tendría la aventura de mi vida. Me quedaría eternamente viendo los años pasar, aceptando lo que me toca ser y vivir, sin correr riesgos que me lleven lejos. Es por eso que todos los días brinco, me rodeo de esa brillante oscuridad y me ahogo en otros mundos. No tengo miedo cuando salto porque sé que voy a volver a estar en la orilla de nuevo. Pero si me aterra saber que no importa las veces que intente escapar, todo va a seguir como siempre… 

¡Qué adictivo es leer un libro! Y que deprimente volver a la realidad…

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NA. Este es un pequeño relato escrito en el nuevo taller que empece. La consigna era escribir sobre mi dinosaurio, ese tormento que aún esta cuando despertamos de nuestro sueño. Basado en el microrrelato de Augusto Monterroso, que les dejo a continuación:

"Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí."

¿Pueden adivinar cual es el dinosaurio de mi historia? (:

Sophie Black

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No existe nada peor que la hora de ir a dormir. Cuando comienza a oscurecer mi cuerpo se tensa, me vuelvo intranquila. Le repito una y otra vez a mi mamá que no quiero dormir sola. Mis hermanos duermen en su cuarto, ella duerme en su cuarto con su novio y yo tengo que acostarme sola en esa habitación nueva que hicieron para mí. ¡Pero si yo no quiero! Le grito de vez en cuando a mamá. Es una mujer terca, mucho más terca que yo. Siempre me explica lo mismo: que ya tengo doce años, debo aprender a dormir sola y darle el ejemplo a mis hermanos que son más pequeños. Aún así ella no sabe lo que dice, no me entiende en absoluto. Todos los días es la misma historia y todas las noches soy yo la única que sufre.

Sin embargo esta noche es distinta. Estoy asomada en el balcón y veo cómo los rayos de sol me abandonan. Alguien derrama la tinta y de repente todo el cielo oscurece. La cena es como siempre, mamá hace una comida riquísima. No puedo quejarme de la familia que me tocó, los quiero mucho a todos. A mi papá también, aunque viva en otra casa. El asunto es que mi mamá a veces no entiende, no me comprende para nada. ¡No importa que la mayoría de mis compañeros haya visto esa película de terror que ahora está tan de moda! Yo simplemente no quiero saber nada acerca de ella, no quiero ni verla. Ya suficiente tuve con una película de terror que me obligaron a ver mis amigas cuando nos quedamos a dormir todas juntas en una casa. Era el cumpleaños de una, no dormimos en toda la noche. Y luego de eso me había demorado una semana entera para poder dormir sin pesadillas. Ni siquiera podía ir al baño sola, porque sentía que una cosa se escondía detrás de la cortina de la ducha. Así que no sabía cómo mi madre esperaba que pudiera dormir en una habitación sola. Y menos podía creer cómo mi madre preparaba todo para que pudiéramos ver esa película que acababa de rentar.

Por supuesto que me negué. No me emocionaba en absoluto la idea, así que me negué rotundamente. Esto no ocurrió durante mucho tiempo, ya que mamá suplicó tantas veces e insistió en que si la veíamos juntas no iba a dar ningún miedo. Por lo cual no pude seguir resistiendo ante su insistencia y acepté. Nos tiramos en un colchón que ella había acomodado en el suelo y apagamos las luces. El título de la película era: La llamada. Supuse que luego de esa noche me dejarían dormir con mis hermanos y no volvería a tocar un teléfono por el resto de mi vida. Sin embargo la realidad fue muy distinta. No despegué la vista del televisor ni por un instante, seguí toda la historia hasta los créditos y cuando desvié la vista hacia mi madre, ésta dormía.

No sonó el teléfono, nadie llamó anunciando los pocos días de vida que me quedaban. El terror, mezclado con indignación, corría por mis venas sin piedad, ardiendo como las llamas del mismísimo infierno. Mi madre se marchó a su cama, para seguir durmiendo. Me olvidé de suplicarle que me dejara dormir con mis hermanos, solo le recriminé el abandono por el cual me sometió durante la película y ella desinteresadamente se excusó diciendo que estaba muy cansada. Eso me hizo enfadar más. Y me fui furiosa a mi cuarto. Me olvidé de los monstruos bajo la cama y los fantasmas al otro lado de la ventana. Me cubrí con el acolchado hasta el cuello y procuré dormir. Esta vez ni se me ocurrió encender el televisor para tener algo con lo que distraerme. Ya que en la película había un extraño vídeo  la causa por la cual todos morían, y pensé que, si encendía la tele, entonces vería ese vídeo y el resto de la historia era obvio.

Cualquier adulto en mi lugar habría dormido tranquilamente. En cambio, yo, no tuve pesadillas, solo sentí que me observaban. Intenté ignorarlo, continuar fingiendo que dormía. Pero era imposible. Y en un momento de la noche mis ojos lo buscaron. ¿Qué era lo que me observaba con tanta atención? Sentía que me arrancaban la piel lentamente, solo con la vista. Era dolorosamente terrorífico. Y cuando lo busqué me di cuenta de mi error.

¡Qué tonta había sido! La oscuridad repentinamente parecía demasiado clara y me brindaba una vista bastante nítida de mi nueva habitación. Será el resplandor de la luna, diría mi mamá. Pero yo sabía que no era tal cosa, era algo distinto, algo mucho más siniestro. Y no me tomó mucho tiempo encontrarlo. Estaba allí, al borde de la cama. Solo tenía que fijar la vista un poco más allá de mis pies. Sentado en una pequeña silla de madera había un escalofriante muñeco. Si hubiese sido un peluche no me habría asustado como lo hizo esta figura del tamaño de un niño de dos años con una enorme cabeza de payaso. Es para que te haga compañía, habría dicho mamá. Pero ella no comprendía o no recordaba el pánico que me daban los payasos.

En ese momento recordé un fragmento de un cuento que nos habían leído en la escuela. Precisamente estábamos estudiando el género de terror. En la historia escrita por Edgar Allan Poe decía algo así: “Aquella inexplicable expresión de realidad y vida, que al principio me hiciera estremecer, acabó por subyugarme.” Y yo le pregunté a la maestra qué significaba: subyugar. Ella me explicó algo que no comprendí del todo. Hasta que me encontré en esa posición, al borde de un abismo de terror de puro.

Vi al payaso sonreír con maldad y observarme como si yo fuera su próxima víctima. Hasta podría haber jurado que sus labios se movieron, su cabeza se ladeó y esperó a mi reacción. Pero yo no podía moverme, no podía gritar. Simplemente cerré los ojos con fuerza. Intenté concentrarme para volver a dormir. Aunque ya sabía que era algo imposible. Mi corazón latía muy deprisa, era increíble. Solo podía oír ese batir apresurado, corriendo su última maratón. Lo sabía con certeza. Mañana no iba a despertar. Y mamá nunca entendería.   




Nota de autora: Hola! Muchas gracias por leerme. Paso a explicar cómo escribí este cuento. Empecé un nuevo taller literario y este es un ejercicio que tuvimos que escribir. La cosa trataba de inventar una historia de terror. Pero debíamos inspirarnos con la frase de Edgar Allan Poe que menciono en la historia. Ésta fue sacada del cuento que leímos: El retrato oval. Y bueno, este fue el resultado. Quizá tiene algunas experiencias mías, y cualquier similitud con la vida real no es una coincidencia. Odio los payasos... y me aterré buscando una imagen para esta historia >.< saludos! no dejen de leerme (:

Sophie Black

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