Imagine

  • INICIO
  • About me
    • Here
    • Autobiografía
  • ESCRITOS
  • RESEÑAS
  • OTROS
    • Desahogo
    • Random
    • Fanfics
  • INICIATIVAS



El golpe llegó de repente y sin piedad. Fuegos artificiales estallaron delante de mis ojos. Me tomó un segundo entender lo que estaba ocurriendo. El mundo dio una vuelta, luego dos y a la tercera supliqué que se detuviera porque deseaba bajarme. Dentro de mi cabeza comenzaba a instalarse un dolor agudo que apenas me permitía concentrar en mis pensamientos. Él me estaba golpeando, solo sabía eso. No había realidad más arrolladora que esas manos atentando contra mi estabilidad física. Ni siquiera su mirada bestial o sus gruñidos ahogados podían compararse con esos puños cerrados, esos nudillos de acero ardiente fundiéndose en mi piel, amenazando con triturar mis huesos... 


A continuación procuré aferrarme a lo poco de cordura que me quedaba. Me defendí, o al menos eso me pareció que intentaba hacer mientras sacudía mis extremidades con la intención de lastimarlo o mantenerlo apartado. Incluso procuré mantener cierta distancia, mis uñas arañaban el suelo tratando de encontrar un impulso hacia atrás, un espacio lejos de aquel monstruo. Pero mi histeria de poco sirvió para frenar el siguiente golpe, ni el que le siguió a ese. Los arrebatos de furia contenida venían directo a mí y yo estaba indefensa, era el remplazo para cualquier bolsa de boxeo: yo y mi rostro.

El dolor estalló en mis oídos, mi nariz, mis pómulos. Toda mi cara palpitaba cuando sus nudillos se apartaban. Algo húmedo comenzó a esparcirse sobre mis labios y más allá de mi mentón. El sabor metálico me permitió identificar la sangre y atoró los gemidos en mi garganta, clavándolos como bonitos cuadros de terror en las paredes de mi laringe. No había cuerdas que me ayudaran a expresar lo insufrible de aquel momento. Y tampoco lágrimas. Yo no las había derramado y no pensaba hacerlo. Ni una sola gota salada escaparía de mis ojos rojos. Tenía la mirada ausente, la ventana que daba a mis sentimientos completamente bloqueada. No le daría el gusto, no dejaría que se retorciera de placer al ver el dolor y el pánico que se apoderaba lentamente de mi cuerpo.

Quizá por eso había tanta sangre derramándose sobre mis labios. O tal vez se debía a que acababa de romperme la nariz y el labio. Y mis huesos se quejaban tanto que pronto terminarían por el mismo camino. No comprendía cómo aún mi cráneo resistía aquellos golpes tan duros, tan atroces. Seguro comenzaba a agrietarse, con lentitud, disfrutando la oportunidad. Y mi cabello se iba soltando, abandonándome cada vez que él lo jalaba para tenerme a su merced. ¿Por qué no dejaba de sacudirme? ¿Por qué tenía que deformar mi rostro hasta dejarlo irreconocible? ¿Por qué me hacía todo esto? Apenas tuve la oportunidad le dirigí esa mirada, le pregunté en silencio, exigí una explicación. ¿Por qué? 

—Te amo, cariño —explicó con un grado de adoración en su voz que parecía tan descolocado—, lo eres todo para mi. Tienes que entenderlo...

Fue entonces que me partí en dos, en diez, en mil pedazos. La marea me consumió, el llanto escapó a través de los barrotes de mi propia prisión. Comencé a temblar descontroladamente y él me abrazó. Me aferré a su cuerpo, buscando no ahogarme en el mar de dolor. Y él acarició mi cabello mientras que el sufrimiento me consumía. Él me consoló con cariño, aumentando el sangrado en mi interior. Sus susurros se volvieron un pequeño arrullo; el terrible canto de una sirena. Un millón de cuchilladas directas a mi pecho.

—Te amo, mi amor. Te amo —murmuraba junto a mi oído. 

Y deseé que en lugar de hacer eso continuara golpeándome. Porque no había nada más doloroso que sus palabras.


Sophie Black


1
Share




Vamos a morir.

Desde pequeño supe lo que quería. Fue una especie de amor a primera vista. Solo tuve que ver una película para declarar con certeza cuál sería el verdadero sentido de mi vida. El maravilloso mago de Oz era la novela en que se basó esa cinta. El lugar estaba repleto de niños, adultos, toda clase de personas que iban al cine para matar el tiempo. Yo tenía seis y mi madre deseaba que pasáramos un momento juntos. Creo que fui el único que realmente disfrutó esos ciento un minutos. Mas lo que en realidad me cautivó fue la escena del tornado. El cielo se oscureció, las nubes parecieron cobrar vida propia y el viento espantó a todos los seres vivos en busca de un refugio. En ese momento deseé con todo mí ser ocupar el lugar de Dorothy. Mi mayor placer era contemplar la furia de la naturaleza, el poder inmensurable de una tormenta violenta y monstruosa, los remolinos de viento, tierra y todo lo que levantase vuelo destrozando casas y camionetas sin que nada pudiera detener su avance. En mis oídos solo había lugar para esa increíble imitación del rugido de un tren. Mi mayor deseo: alcanzar un lugar sobre el arcoiris, descubrir Oz.

Vamos a morir.

La fantasía de un niño es objeto de risas. Cualquiera, ya adulto, miraría atrás y se burlaría de las aspiraciones que uno se planteaba con tanta convicción. Muchos pequeños habrán gritado a los cuatro vientos su deseo de convertirse en súper héroes, pero hoy en día estarían encerrados en una oficina haciendo cuentas y tecleando mecánicamente en una computadora. Nada de policías, soldados o agentes solidarios. La vida puede absorber la niñez, arrancarla de raíz, borrarla por completo de nuestros seres para dejar simples carcasas. Yo luché hasta el final. Mi fascinación con los tornados jamás se extinguió. A los veinte años comencé a perseguir mis primeras tormentas. Nunca solté una mísera carcajada cuando recordaba mi deseo de llegar a Oz.

Vamos a morir.

Por supuesto que maduré, con el tiempo me convertí en un adulto como cualquiera. O al menos intenté adaptarme a la realidad que me rodeaba. Siempre fui autodidacta y me instruí por mis propios medios, estudiando constantemente. Me convertí en un operador de radio, pero mi inclinación siempre fue hacia la investigación de los tornados. Ellos eran mi tormento, mi fascinación, no podía simplemente mantenerlos fuera de mi cabeza. Mi objetivo se priorizó, dejando de lado las fantasías sobre arcoiris y mundos mágicos: me centré en conocer la naturaleza y el funcionamiento de los tornados. Me planté de pie a la puerta de la ciencia y golpeé incesantes veces hasta que esta contestó a mi llamado. Reducido por la inexistencia de los instrumentos meteorológicos, necesarios para avanzar con mi investigación, jamás me di por vencido. Me convertí en ingeniero e inventor, diseñé y creé los objetos que me facilitarían el trabajo. Y así alcancé más escalones de los que jamás nadie se habría imaginado.  

Vamos a morir.

A medida que crecía, como persona, como investigador, como el hombre que estaba destinado a ser, mucha gente pasó a formar parte de mi vida. Me enamoré de una hermosa mujer, a la cual me atreví a pedirle matrimonio. Su nombre era Kathy, a veces conseguía hacer que me olvidara de las tormentas y con su aire felino me engatusaba hasta el infierno. Ella era mi sol, mi arcoiris. Nos casamos, tuvimos tres hijos. Y a pesar de que tenía una familia hermosa continué persiguiendo tormentas. Dediqué mi vida a eso, escribí sobre el tema, ayudé a las personas afectadas por tornados, fundé un equipo de investigación, participé en un programa televisivo. Mi placer fue infinito. Incluso mi hijo mayor comenzó a acompañarme en las persecuciones de tornados. Fui afortunado.

Vamos a morir.

Era primavera, época de tornados. En esos momentos era como un niño en navidad. Siempre supe que estar cerca de un tornado era algo increíble. En esos instantes puedes ver en detalles el tornado, escucharlo y olerlo. Huele a hierba recién cortada, o de vez en cuando, si se destruye una casa, a gas natural.¹ Con el equipo estábamos realizando una investigación relámpago cuando se me ocurrió poner a prueba unos sensores de tornados que todavía estaban en desarrollo. Todos estuvimos de acuerdo y nos pusimos en marcha. El tornado era increíble, de tal magnitud que nos tomó desprevenidos. Cuando fuimos a darnos cuenta del potencial que poseían sus vientos, la cantidad de vórtices con la que contaba y la velocidad a la que avanzaba fue demasiado tarde como para actuar con precisión. La camioneta roja estaba más cerca del tornado, iba a ser la primera presa si no comenzábamos a movernos. Volteé cuando Paul tomaba una foto y le grité que dejara de jugar. Lo vi de pie, mas alto que yo, ya no era un niño. Comencé a disparar órdenes, la retirada era inmediata y apresurada si queríamos salir con vida.

Vamos a morir. 

El paisaje que tenía frente a mis ojos era deslumbrante, digno de la fotografía que acababa de tomar mi hijo. La bestia de viento se retorcía con furia mientras acortaba distancia. Era un horrible gusano que arrasaba con todo lo que tenía a su paso. Sin embargo el cielo era una pintura de arte: a un lado claro y celeste con algunas nubes como si nada pudiera arruinar su calma y al otro lado horribles nubes de tierra eran iluminadas por un tenue sol que comenzaba a ocultarse. Los campos verdes encuadraban esta preciosa y enfurecida imagen. Por un par de segundos me quedé congelado contemplando lo que se avecinaba.

Vamos a morir. Vamos a morir.

La camioneta roja aceleró, pasó a nuestro lado como si fuera perseguida por el mismísimo diablo.  En nuestro auto íbamos mi hijo Paul, Carl Young y yo. En un cerrar y abrir de ojos ya me encontraba en el asiento del copiloto. Habíamos sintonizado una radio y advertíamos sobre el tornado que nos perseguía. El problema era que no había ningún sitio a donde ir, no podíamos acelerar más y el monstruo ya casi nos alcanzaba. Carl conducía desesperado, vi cómo el terror poseía su rostro antes de voltear para echar un vistazo. Mi hijo Paul se veía tan indefenso que se me antojó llorar. No importó cuánto deseara que el auto se alejara, la distancia disminuyó hasta lo inevitable. Escuché los gritos de mi hijo, los gritos de Carl y mis gritos, una mujer al otro lado de la radio aún nos oía.

¡Vamos a morir! ¡Vamos a morir! ¡Vamos a morir!        

Todo ocurrió demasiado rápido. El auto fue arrancado de la carretera, nos elevamos en el aire siendo golpeados desde todos los lados. Pensé en mi esposa y mis otros hijos, en cómo no pude despedirme de ellos. Esperé escuchar el rugido de un tren, mas en mis oídos se ahogaban los gritos y el tormento del viento. Tampoco pude decir adiós a Paul ni a Carl. La velocidad con la que fuimos arrasados fue inexplicablemente veloz. Toda mi vida pasó por delante de mis ojos, como si se tratase de una película. Recordé aquella vez en el cine, mi juventud como cazador de tormentas, los inolvidables momentos junto con todas las personas que conocí. Ya nada importaba realmente. Estábamos muriendo, yendo directo a ese lugar sobre el arcoiris. 



     ¹ En una de sus últimas entrevistas, Tim Samaras describía así sus sensaciones ante un tornado.


N.A. Éste relato lo escribí en honor al cazador de tornados Tim Samaras. Fue un ejercicio para un taller literario que se basaba en narrar la historia de una foto y yo escogí la del tornado que coloqué más arriba.

Sophie Black
0
Share

http://th07.deviantart.net/fs70/PRE/f/2014/048/e/0/find_you_by_yukix-d76pks3.jpg


Un grito en el aire, la porcelana se quiebra en infinitos trozos. Pero solo somos tú y yo, no importa nada más. El ambiente es cálido, la cercanía irresistible. Cómo me gustaría detener el tiempo, poder sentir los rayos del sol acariciando mi piel.  Llevas el cabello platinado, revuelto como a mí más me gusta. Muero por extender mi mano y acariciarlo. Los minutos pasan y estas más cerca, pero al mismo tiempo te siento tan lejos. Estoy harta de esta espera, de esas manos que te acarician y alejan de mí. Esas mismas manos que me apartan y me manipulan a su antojo. ¿Por qué todo no puede ser más sencillo? Un beso, una caricia, un suspiro. Actuar por voluntad propia. Todo eso debería ser fácil. Pero no lo es. Te suplico con la mirada, solo un segundo. No te apartes, no me dejes. Temo ser yo quien se rompa en mil pedazos si no te quedas a mi lado.

La habitación continúa iluminada, tenemos un poco más de tiempo. Al otro lado de la ventana se escucha a las personas pasear. Ellas si pueden salir, experimentar los pequeños placeres que ofrece la vida. Nosotros en cambio permanecemos inmóviles; mi palma en tu pecho, tu mano en mi cabello. Creo que todo mi cuerpo cosquillea de puro deleite. Aún así es imposible experimentar la verdadera felicidad. Por más que lo intente, no puedo evitar pensar en el después. Ese momento en que tú y yo dejamos de ser algo más que presas del deseo. Luego de que ambos nos vemos obligados a apartar del lado del otro. Quiero permanecer así, aunque no sienta mi corazón palpitar y menos el tuyo. Por más que el frío posea nuestros cuerpos a pesar de la calidez del cuarto. No dejes de mirarme, por favor no lo hagas. Solo un minuto más, eso pido.

—Ya es hora, mis preciosos —anuncia una voz en trueno, esa que proviene de todos lados y de ninguno en particular.

El aire se sobrecarga, nuestro espacio es invadido. Quiero llorar, mas no puedo. La criatura que jamás se cansa de llamarnos como si fuéramos obras de arte robadas de un museo, se  inclina con una cámara fotográfica. Otro momento para conservar por el fin de los tiempos, otro suceso que se congelará en una imagen dura y sin vida. El proceso diario que arranca trozos de nuestras almas para dejarnos cada noche sin las energías suficientes como para poder alcanzar al otro. Somos fríos modelos de plástico, y no importa cuanta vida haya en nuestros ojos. Tú y yo estamos destinados al desconsuelo de existir sin llegar a concebir nuestros sueños.

No la mires a ella, no formes parte de su juego. No importa cuánto insista, es inevitable. No somos dueños de nuestros actos, no hay fuerza de voluntad que nos ayude a mover con el único fin de huir. Así que el tiempo se clava como agujas en mi cuerpo, no siento nada. Tu mano se aleja, tu cuerpo ya no está a mi lado. Caigo sobre la mesa, abandonada. En mi mente solo reside la idea de volver a vernos. Mi mirada perdida en el olvido…    
0
Share
Un sentimiento que nunca muere

El final puede llegar de un momento a otro. No importa cuánto puedas alimentarte, los cuerpos se descomponen, la piel se reseca, los órganos se pudren, la movilidad comienza a ser limitada hasta que de repente pierdes la poca consciencia que aún te impulsa a continuar con todo aquello y te conviertes en cenizas. Nadie renace, todos desaparecen con el paso del tiempo. No  existen sobrevivientes. Es entonces cuando te das cuenta que si tienes que afrontar el fin del mundo, esfumarte con el viento y dejar de existir. ¿Por qué no hacerlo en compañía? Quizá exista un sentimiento que nunca muere, a pesar de que el resto del cuerpo lo haga, ese sentimiento solo puede existir entre dos…

Andrea murió a sus veintiún años, en el momento más pleno de juventud y energía, cuando su vida podía tener un futuro envidiable, un presente con diferentes caminos por tomar y una meta fija. No era un muchacho perdido, indeciso, más bien sabía lo que hacía, luchaba por sus convicciones. Como podía llegar a tenerlo todo, incluso aquel coche deportivo que tanto había soñado, su vida fue arrebatada sin sentido, junto con aquel caos repentino que se desató en el mundo. No fue uno de los primeros en caer victima de aquella pandemia, luchó todo lo que pudo hasta que fue mordido. Su muerte no fue dolorosa, de un momento a otro había perdido prácticamente cualquier motivo para existir, cualquier pensamiento coherente que lo guiara por el plano de la realidad, solo existía para mover un pie delante del otro y saciar aquella feroz hambre que amenazaba con hacer estallar cada uno de sus huesos. Andrea se convirtió en un zombie, pero a pesar de que carecía de juicio alguno, era consciente de una sola cosa: el fin estaba cerca.

Elena acaba de morir, con diecinueve años y ningún motivo del cual arrepentirse no continuar con vida, ya que prácticamente nadie la va a extrañar, ni siquiera ella misma se puede echar de menos. No sabe lo que ocurre, no esta segura de cómo debe actuar, pero allí esta, sin vida alguna. A su alrededor se encuentran los restos de quienes fueron sus compañeros, personas que alguna vez conoció, con las cuales compartió momentos que se suponía eran inolvidables, pero ahora solo aplasta sus trozos de carne, patea sus huesos, mientras que intenta alejarse, buscar algo que la consuele. Sus pasos son torpes, los movimientos le cuestan demasiado, su cerebro demora en dar las órdenes correctas, los estímulos son lentos y parecen distraídos. No hace más que vagar, merodear por aquella ciudad fantasma. Aún no siente esa hambre insaciable, solo se mueve como lo que es, se impulsa a seguir caminando porque no quiere sentir la verdadera muerte. Sus órganos han dejado de funcionar, esta casi segura de ello porque si intenta respirar de sus labios escapan ronquidos, como si se atragantara, y eso es lo único que puede escuchar, los complicados ruidos que escapan de su boca y las fuertes pisadas de sus pies. No hay ningún corazón latiendo, ese músculo ha dejado de bombear sangre por su cuerpo, lo que implica que se debe ver pálida y cadavérica. Debería importarle, quizá si encontrara el modo de verse en el reflejo de un vidrio, podría intentar arreglarse el cabello y hacer algo con ese hilillo de saliva que hay por debajo de sus labios, manchando parte de su barbilla. Debería buscar la manera de vendarse las heridas, encontrar una solución a su pronta descomposición. Pero no es del todo consciente, por supuesto que no le importa nada más que continuar moviéndose. Y a pesar de que no ha visto cómo los zombies van perdiéndose a si mismos, hasta convertirse en polvo, no esta segura de aquel extraño presentimiento que la invade, pero sabe que es cierto: el fin se acerca.

La descomposición es parte de la muerte, es parte de la existencia de un zombie. Andrea lo sabe, por eso ha aprendido a aceptarla, a vivir con ella. No esta seguro de cuántas partes de su cuerpo faltan, pero mantiene las dos piernas, los diez dedos de las manos, y la mandíbula prácticamente intacta aunque su mejilla derecha lleva la piel rasgada hará meses y puede verse el interior de su boca. Varias zonas están destrozadas de aquella manera, los músculos abiertos, cortados, mostrando órganos en desastroso estado o vislumbrando huesos que aún conserva. No recuerda cuántas costillas le quedan, ni qué ocurrió con su páncreas, incluso ha perdido el dedo gordo de su pie izquierdo, allí donde el zapato se ha roto. Igualmente se alegra demasiado de conservar ambos ojos en un perfecto estado, si se podría decir que la mirada muerta es agradable a la vista de cualquiera. Incluso se siente afortunado de conservar el cráneo intacto, con una sucia, despeinada pero igualmente bonita mata de abundante cabello negro y grasiento. Desde que fue mordido viste aquellos jeans desgastados, que con el tiempo adquirieron nuevos tajos e innumerables manchones de sangre reseca. La camisa que llevaba era sin mangas, bastante bonita, ahora le falta un gran trozo que deja al descubierto su costillar izquierdo, mientras que el otro lado esta intacto y mugriento. La tela es de un color azul que combina con la tez verde pálida de todo su cuerpo. Comparado con otros cadáveres andantes, aún le falta para caer rendido y hacerse polvo. Por eso continúa caminando hasta que encuentra un motivo que lo paraliza en su sitio.

Cuando Elena logra que su columna vertebral la obedezca, consigue que su rostro se eleve en el ángulo exacto y sus ojos muertos enfoquen lo que a simple vista es otro de esos cadáveres vivientes, un zombie que ha decidido dejar de moverse. Pero a ella no le importa si aquel atractivo muerto sigue o no en movimiento, porque Elena no piensa dejar de caminar. Continúa hacia delante, directo hacia el joven que parece estar contemplándola pero su mirada esta tan lejos de allí que nadie podría asegurarlo. La muchacha siente que no tiene nada de lo que avergonzarse, ya que no esta para nada podrida como la mayoría de las mujeres zombies que ha visto. Su cabellera negra seguramente se ve brillante y fuera de contraste con el vestido rosado y decorado con sangre y trozos de algo más consistente como si se tratara de algún esponjoso relleno humano. Quizá podría haberse sonrojado si la sangre corriese por sus venas muertas, pero tal cosa era imposible. Solo se choca contra el fornido cuerpo del zombie que tiene delante suyo y abre la boca mostrando una mueca, lo que debería ser una especie de sonrisa. ¿Los zombies interactúan entre si? No esta segura, pero le gustaría poder comunicarse con aquel chico, conocer su nombre, su historia, dejar de sentirse sola y sin rumbo.

Andrea y Elena se encuentran tan cerca uno del otro que podrían llegar a olfatear el olor putrefacto de sus alientos. Pero a ellos no les importa, no piensan, simplemente se guían por un estímulo, una voz interior que les obliga a moverse por inercia, como si aquello fuese lo más normal del mundo y estuvieran destinados a que fuera de aquel modo. Estiran sus brazos muertos y rodean sus cinturas. Cuando estaban vivos hacían aquello muy a menudo, era algo natural, un gesto de cariño al cual llamaban abrazo. Ahora no saben exactamente qué ocurre pero, como siempre, continúan adelante. Ambos inclinan sus cabezas hasta que sus frentes se golpean de manera fuerte, produciendo un sonido sordo. No les importa, no sienten dolor ante aquellos movimientos torpes y bruscos. Los labios de Elena, aún suaves, se encuentran con los ásperos y resecos labios de Andrea que se presionan con fuerza sobra la boca femenina, hasta que comienzan a moverse de manera extraña, como si intentara morderla pero si necesidad de usar sus dientes. ¿Qué esta ocurriendo? Ninguno sabe por qué de repente comenzaron con aquel beso, pero los impulsos son más fuertes y no pueden separarse, no aún.   
  
Cuando por fin Andrea se echa hacia atrás, como si de repente hubiera sufrido una descarga eléctrica, Elena aparta las manos del chico muerto y permanece quieta en su sitio. Ninguno sabe qué hacer en el segundo siguiente, que se extiende entre ambos provocando un incómodo silencio. Es imposible hablar, no hay palabras que puedan salir de sus labios, no hay modo que sus cuerdas vocales, carentes de vida, logren funcionar. Como no existe magia que los ayude a conversar, que les indique cuál es el nombre de cada uno, la historia, el motivo por el cual están haciendo aquello, entonces deciden continuar adelante. Pero Andrea no desea hacerse a un lado y seguir con el camino que estaba haciendo, no quiere permitir que aquella chica que lleva poco y nada muerta se aleje en otra dirección para nunca más volver a verla, porque sabe que en cuanto haga mas de un paso lejos la olvidará como hace con todo lo demás que lo rodea. Ya se ha olvidado de la cantidad de muertes que provocó desde que fue mordido, no recuerda los rostros de las personas antes de que los hubiera matado para poder alimentarse de ellas. ¿Entonces cómo piensa mantener en su memoria el recuerdo de aquella chica que apenas vio antes de que su instinto lo obligara a besarla? Es prácticamente imposible, así que decide actuar de la manera más descabellada jamás pensada. Esta cansado de existir de aquella manera, sin sentido alguno hasta que el tiempo se lo lleve a quién sabe dónde, dejando en su lugar penosas cenizas. Es por eso que su mano cobra vida para sujetar la muñeca de la chica, aferrarse a ella como si la necesitara para existir, jalar con fuerza para llevarla con él a un lugar donde puedan estar juntos y afrontar el fin. Elena no opone resistencia.

La pareja de zombies invade la primera casa que encuentran con la puerta destrozada, quitada de su sitio, adornando el suelo como si de una alfombra se tratara. Con pasos decididos aplastan la madera húmeda y mohosa, ingresan en el que alguna vez fue hogar de alguien, observan con su mirada perdida las distintas habitaciones y encuentran lo que buscan. La cama parece intacta, como si esperara a su bella durmiente, fiel a pesar del paso del tiempo. Pero las princesas que se duermen son comida para los zombies. No hay ninguna joven que muerda manzanas. Cada muchachita envenenada, cada jovencita que muere, se mantiene en pie y continúa adelante, olvidando lo que alguna vez fue aquel lugar de descanso, aquel objeto en el cual acostumbraban a reposar. Pero Elena no es como el resto, ella se siente especial, cuando creía que estaba completamente muerta siente el atisbo de algo más allá de la muerte, algo increíblemente vivo se remueve en su interior. Disfruta el momento en que Andrea la empuja hacia la cama y ella cae de espaldas sobre el colchón que se mantiene en una condición razonable. Incluso intenta reírse, produce un sonido estrangulado con su destrozada garganta cuando Andrea se sube a la cama, aplastándola bajo su peso muerto. Una extraña felicidad la invade cuando las manos masculinas, podridas y lastimadas, mostrando a simple vista algunos huesos, comienzan a acariciarla lentamente, subiendo por debajo de su vestido, sintiendo su intacta y fría piel. Andrea es presa de una lujuria que no debería sentir, no siente hambre, no siente muerte, siente un deseo inexplicable por poseer a aquella extraña chica recién muerta y lo demuestra con sus actos, con sus caricias. Lo demuestra cuando la mira, porque sus ojos parecen brillar y le gustaría poder aunque sea preguntarle su nombre, decirle un cumplido, explicarle lo bonita que se ve con los cabellos revueltos y esparcidos sobre la cama, mientras que él la desnuda como mejor puede.

El sexo no es algo que pueda llevarse a cabo entre dos muertos. Elena lo sabe, lleva recordando que no hay sangre que corra por sus venas desde que ha perdido la vida. No necesita ser inteligente para darse cuenta que a pesar de lo mucho que ella pueda acariciar el miembro masculino de aquel zombie, nunca logrará que endurezca o que en algún momento expulse algún fluido corporal. Pero Andrea no quiere entenderlo, no parece importarle, él continúa con su trabajo de arrancar el bonito y mugriento vestido de la chica muerta. Las manos de Elena, cansadas de descansar inertes sobre el colchón, deciden comenzar a moverse y se dirigen hacia el cabello lacio del muchacho, enredándose en él y disfrutando del tacto que se imagina debe tener. Cuando Andrea consigue hacer a un lado la tela que estorba sus lascivas intenciones inclina el rostro hacia uno de los senos femeninos y muerde sin piedad, arrancando el botón erecto de carne y masticándolo con ansiedad. Un gruñido mezcla de gemido y asombro escapa de los labios de Elena al descubrir que aún hay sangre en su cuerpo, que el líquido viscoso y carmesí tiñe los labios del chico muerto y parte de su pecho. Pero en lugar de enfadarse por lo que acaba de ocurrir, se siente más excitada que nunca. Elena acerca su rostro al oído masculino, como si fuera a intentar susurrarle que le gusta aquel juego, pero en su lugar abre su boca y con sus dientes atrapa el borde superior de la oreja. De un mordisco arranca la carne, el cartílago, y descubre que a pesar de estar muerto no sabe nada mal, quiere incluso más.

Una lucha apasionada se desarrolla entre ambos zombies. Los cuerpos se rozan, se acarician, se mueven el uno contra el otro en un acto puramente sexual. Poco a poco se dejan llevar por la situación, adaptando lo que en vida era el más ardiente sexo a la situación que allí tenían, mordiendo partes de sus cuerpos, alimentándose de ellos mismos al tiempo que hacían más excitante el momento. Pero ambos sabían que si mordían todo lo que querían, terminarían dejándose sin nada. Podía llegar a ser un suicidio de lo más atractivo, solo que ninguno de los dos quería aquello. A pesar de que estaban muertos le temían a lo que había después de aquella penosa existencia. Por eso, para intentar mantenerse lo más vivos que podían, hacían aquello. Elena se movía como mejor podía, sin vergüenza alguna a pesar de encontrarse completamente desnuda. Andrea estaba ciego, solo veía aquella extensión de piel pálida, aquellas perfectas curvas que sus manos no podían dejar de recorrer. Había conseguido abrir de piernas a la muchacha, y sus huesudos dedos se turnaban para inspeccionar el interior de la chica, esperando encontrar reacciones por parte de ella, acostumbrado a lo que eran las relaciones sexuales cuando tenían vida. Pero cansado de no obtener quejido alguno, terminó optando por lo nuevo, lo excitante. Volvió a inclinar su cabeza hasta atrapar con sus dientes un trozo de aquella delicada piel que aún se conservaba, y arrancó la pequeña campana que logró extraer extraños sonidos de la boca de Elena. Solo Dios sabía cuán deliciosa era aquella chica muerta, y Andrea por supuesto.

Elena se dejaba hacer, disfrutaba con los mordiscos, las caricias, los juegos que el chico zombie hacia con ella. Se sentía mucho más viva que cuando caminaba por las calles desoladas, sin rumbo alguno. Y qué irónico era, que en ese momento a pesar de sentirse de aquella manera estaba simplemente echada sobre una cama, sin moverse en absoluto. No quería quedarse así, no quería parecer una muerta a pesar de que ya lo hacía. Así que sin previo aviso sacó fuerzas de quién sabe dónde y se incorporó de la cama, haciendo que el muchacho muerto se hiciera a un lado. Parecía que entre sus intenciones estaba la de irse, pero no era así. Se inclinó como pudo sobre Andrea y forcejeó con los pantalones del chico hasta que consiguió rasgar la tela de jean y la ropa interior, apoderándose del miembro masculino que se ocultaba por allí. Y si algo no había dejado de producir, eso era saliva. Extrañamente su lengua no estaba completamente muerta, ya que podía producir uno que otro gruñido. No guardaba ninguna esperanza para poder hablar, pero si que estaba segura de poder hacer cosas un poco más interesantes en aquella situación. Mientras se acomodaba sobre la cama, para inclinarse hasta acabar con la cabeza entre las piernas del zombie, pudo notar que algunos de sus huesos se desencajaban, como por ejemplo su hombro o una vértebra que se movía ligeramente hacia un lado. Estaba segura que eso arruinaría su postura, pero en aquel momento poco le importaba. Había conseguido introducirse el pequeño y arrugado trozo de carne masculina dentro de su boca, llenándolo de saliva mientras procuraba no morderlo. Entonces comenzó a mover su cabeza de manera que pareciera estar haciendo una perfecta felación. Cualquier otra chica zombie habría tenido envidia de aquello, ya que Andrea se sentía morir y renacer mientras recordaba lo que en vida le producían aquella clase de acciones que hacía la chica muerta. Incluso soltó un rugido desgarrador, como si llegara a un punto culminante, cuando Elena hincó sus dientes en la piel y arrancó un gran trozo que comenzó a masticar con gusto. Ambos se sonrieron, haciendo una asquerosa mueca que se suponía debía ser una sonrisa y quizá estuvieron silenciosamente de acuerdo en que el sexo entre zombies no estaba nada mal. 

 Una vez culminada la pasión, la vida comenzaba a extinguirse, la energía se esparcía lejos y ambos caían en un extraño sueño. No estaban seguros si era un simple recuerdo de sus momentos más humanos, cuando luego de una perfecta sesión de actividad sexual se dejaban caer en los brazos de su pareja y dormían plácidamente  Pero Andrea y Elena hicieron aquello. Ya no le encontraban sentido a seguir moviéndose, por lo que se acurrucaron en una especie de abrazo, estirados en aquella cama que parecía haber adquirido nuevos dueños. Estaban muertos, pero existían en aquel momento y no iban a irse dentro de mucho tiempo. Aún les faltaba un largo camino por recorrer, el tiempo debía comerlos lentamente hasta que estuvieran listos para caerse a pedazos por si mismos, abandonando aquel cuerpo al cual estaban encadenados. Pero algo había cambiado. Ya no tenían miedo de lo que les traería el porvenir, ya no les importaba ser inconscientes, dejarse llevar por los impulsos y no recordar absolutamente nada. Incluso el hambre supondría un problema mínimo. A partir de aquel entonces, ambos estaban juntos y se tenían a si mismos para poder superar el obstáculo que se les interpusiera. Porque siendo dos, tanto la vida como la muerte, podía ser mucho más amena…



0
Share
¡Choose your color!


Pequeños fragmentos de cualquier cosa que salieron a partir de un ejercicio de taller. El mismo consistía en subrayar palabras de un texto de Octavio Paz titulado: El poema. Y luego hacer lo mismo subrayando palabras de un poema del mismo autor titulado: La poesía. No importa lo redundante que pueda ser, ni lo tedioso que me pareció en el ensayo de Paz tratando de inculcar su modo de ver la poesía. Me entretuve bastante subrayando palabras (porque en la secundaria hacia eso con todos los textos que nos daban) y termine con una cantidad enorme de palabras. Así que como no tenía inspiración para unir tantas palabras en una misma historia, terminé armando estos fragmentos de todo y nada. Dividí las palabras en tres grupos, diferenciandolas por tres colores que caracterizan el tema de la historia que les narro. Así que pueden leer los tres pequeños textos, o solo uno dependiendo del color que más les guste. Los colores son rojo, naranja y verde. Buena suerte y que lo disfruten (:


Naranja:

El caos seduce de inmediato, sin miramientos. No busca a la persona mas adecuada, no se detiene a observar dentro de nadie. Está armado de engaños y mentiras, falsas ilusiones, crueldad pura disfrazada de fantasmas. Tiene algo místico, un extraño secreto que todos hemos olvidado. Los niños pueden sentirse algo seguros, viven ajenos a este sospechoso y aterrador encanto. Pero nosotros, los adultos, no podemos romper el hechizo. No importa la angustia que nos invada, no hay lucha que valga. Él siempre aparece de repente, sin hacerse esperar, sin nombre por el cual poderlo llamar. Te detiene sin importar lo que estés haciendo, sin importar la duda marcada en tu rostro. Y la revelación, de que algo va mal, se queda dormida hasta que es demasiado tarde para evitar su avance. Al caos le gusta destruir, le gusta la sangre y la muerte. Pero también le gustas tú. 

Verde:

Quiero creer que soy el único. Sé que es egoísta, pero no puedo evitarlo. Es insólito, como en un instante, la gravedad desaparece, se lleva con ella al equilibrio y caigo como una pesada ola para ir a tu encuentro. Es algo magnético, mi ser es absorbido por tus ojos, tan distintos a cualquier otros que haya visto en mi vida entera. Tus encantos son fríos, tu mirada espumosa, puedo verlo, eres como el mar para mí. Todo este tiempo que tan solitario me sentí, de repente desaparece en cuestión de minutos y en su lugar deja una agradable sensación de plenitud. El silencio se hace eterno, cargado de secretos que jamás conoceremos. Pero entonces decides mostrar tu carácter y sonríes con confianza. Aún silenciosa solo que ahora me das un pequeño acceso a tu alma, que brilla bonita a traces de esos curvados labios. Eres insensata, porque ahora muero por besarte. Desearía ser otro, seguramente ser ese por el cual te dejarías arrastrar hasta el infinito y más allá. Pero soy la triste imagen que ves. Mi ser suelta una lagrima silenciosa mientras me aparto y te ayudo a poner en pie. Con tu increíble belleza eres vencedora y mientras te veo marchar me pregunto qué harás con ese nuevo trofeo, mi pobre corazón que te acabas de ganar. Quisiera creer que todo es un sueño, pero sé que existes y espero algún día llegar a conocerte. 


Rojo:

Es una nueva experiencia, a pesar de que no es el primer encuentro. Nuestras almas se funden en las llamas del infierno. La tentativa se convierte en impulso, la disposición de nuestros cuerpos es perfecta. El contacto de nuestras pieles deja un rasgo de huellas abrasadoras. Tu pecho golpea contra el mío, a un ritmo delirante. Tus labios, de un sabor único, dejan lugar a mi traviesa lengua para que pueda habitar tu húmeda boca. Deleite total. Los sentimientos desbordando en cada gesto, cada acción y cada jadeo. Tu espada arranca balbuceos de mis labios. El tacto introduce fuego, calor. Provoca irrefrenables contoneos de caderas. Tu espíritu me posee, soy tuyo y de nadie más. Creo que estoy enamorado… 


Sophie Black
0
Share

De escapes y fantasía

Me ahogo en tinta. Es espesa y oscura, es fría y espantosa. No sé cómo llegué a este punto en el que la oscuridad me posee y las palabras se disuelven para convertirse en un profundo océano de tinta. Pero estoy segura de que, si quisiera, podría evitarlo. Puedo tener mi propio barco y navegar con seguridad, puedo tomar prevenciones y no dejarme llevar. Sin embargo eso no es lo que quiero. No me conformo con sentarme a la orilla de este enorme charco de tinta. Porque si lo hiciera, no sería lo mismo. No sentiría lo que siento cuando el líquido inunda mis pulmones y me roba el aliento. Ya que si no brincara por voluntad propia dentro de la tinta, nunca tendría la aventura de mi vida. Me quedaría eternamente viendo los años pasar, aceptando lo que me toca ser y vivir, sin correr riesgos que me lleven lejos. Es por eso que todos los días brinco, me rodeo de esa brillante oscuridad y me ahogo en otros mundos. No tengo miedo cuando salto porque sé que voy a volver a estar en la orilla de nuevo. Pero si me aterra saber que no importa las veces que intente escapar, todo va a seguir como siempre… 

¡Qué adictivo es leer un libro! Y que deprimente volver a la realidad…

____________________________________________________________________________________________________________

NA. Este es un pequeño relato escrito en el nuevo taller que empece. La consigna era escribir sobre mi dinosaurio, ese tormento que aún esta cuando despertamos de nuestro sueño. Basado en el microrrelato de Augusto Monterroso, que les dejo a continuación:

"Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí."

¿Pueden adivinar cual es el dinosaurio de mi historia? (:

Sophie Black

1
Share


No existe nada peor que la hora de ir a dormir. Cuando comienza a oscurecer mi cuerpo se tensa, me vuelvo intranquila. Le repito una y otra vez a mi mamá que no quiero dormir sola. Mis hermanos duermen en su cuarto, ella duerme en su cuarto con su novio y yo tengo que acostarme sola en esa habitación nueva que hicieron para mí. ¡Pero si yo no quiero! Le grito de vez en cuando a mamá. Es una mujer terca, mucho más terca que yo. Siempre me explica lo mismo: que ya tengo doce años, debo aprender a dormir sola y darle el ejemplo a mis hermanos que son más pequeños. Aún así ella no sabe lo que dice, no me entiende en absoluto. Todos los días es la misma historia y todas las noches soy yo la única que sufre.

Sin embargo esta noche es distinta. Estoy asomada en el balcón y veo cómo los rayos de sol me abandonan. Alguien derrama la tinta y de repente todo el cielo oscurece. La cena es como siempre, mamá hace una comida riquísima. No puedo quejarme de la familia que me tocó, los quiero mucho a todos. A mi papá también, aunque viva en otra casa. El asunto es que mi mamá a veces no entiende, no me comprende para nada. ¡No importa que la mayoría de mis compañeros haya visto esa película de terror que ahora está tan de moda! Yo simplemente no quiero saber nada acerca de ella, no quiero ni verla. Ya suficiente tuve con una película de terror que me obligaron a ver mis amigas cuando nos quedamos a dormir todas juntas en una casa. Era el cumpleaños de una, no dormimos en toda la noche. Y luego de eso me había demorado una semana entera para poder dormir sin pesadillas. Ni siquiera podía ir al baño sola, porque sentía que una cosa se escondía detrás de la cortina de la ducha. Así que no sabía cómo mi madre esperaba que pudiera dormir en una habitación sola. Y menos podía creer cómo mi madre preparaba todo para que pudiéramos ver esa película que acababa de rentar.

Por supuesto que me negué. No me emocionaba en absoluto la idea, así que me negué rotundamente. Esto no ocurrió durante mucho tiempo, ya que mamá suplicó tantas veces e insistió en que si la veíamos juntas no iba a dar ningún miedo. Por lo cual no pude seguir resistiendo ante su insistencia y acepté. Nos tiramos en un colchón que ella había acomodado en el suelo y apagamos las luces. El título de la película era: La llamada. Supuse que luego de esa noche me dejarían dormir con mis hermanos y no volvería a tocar un teléfono por el resto de mi vida. Sin embargo la realidad fue muy distinta. No despegué la vista del televisor ni por un instante, seguí toda la historia hasta los créditos y cuando desvié la vista hacia mi madre, ésta dormía.

No sonó el teléfono, nadie llamó anunciando los pocos días de vida que me quedaban. El terror, mezclado con indignación, corría por mis venas sin piedad, ardiendo como las llamas del mismísimo infierno. Mi madre se marchó a su cama, para seguir durmiendo. Me olvidé de suplicarle que me dejara dormir con mis hermanos, solo le recriminé el abandono por el cual me sometió durante la película y ella desinteresadamente se excusó diciendo que estaba muy cansada. Eso me hizo enfadar más. Y me fui furiosa a mi cuarto. Me olvidé de los monstruos bajo la cama y los fantasmas al otro lado de la ventana. Me cubrí con el acolchado hasta el cuello y procuré dormir. Esta vez ni se me ocurrió encender el televisor para tener algo con lo que distraerme. Ya que en la película había un extraño vídeo  la causa por la cual todos morían, y pensé que, si encendía la tele, entonces vería ese vídeo y el resto de la historia era obvio.

Cualquier adulto en mi lugar habría dormido tranquilamente. En cambio, yo, no tuve pesadillas, solo sentí que me observaban. Intenté ignorarlo, continuar fingiendo que dormía. Pero era imposible. Y en un momento de la noche mis ojos lo buscaron. ¿Qué era lo que me observaba con tanta atención? Sentía que me arrancaban la piel lentamente, solo con la vista. Era dolorosamente terrorífico. Y cuando lo busqué me di cuenta de mi error.

¡Qué tonta había sido! La oscuridad repentinamente parecía demasiado clara y me brindaba una vista bastante nítida de mi nueva habitación. Será el resplandor de la luna, diría mi mamá. Pero yo sabía que no era tal cosa, era algo distinto, algo mucho más siniestro. Y no me tomó mucho tiempo encontrarlo. Estaba allí, al borde de la cama. Solo tenía que fijar la vista un poco más allá de mis pies. Sentado en una pequeña silla de madera había un escalofriante muñeco. Si hubiese sido un peluche no me habría asustado como lo hizo esta figura del tamaño de un niño de dos años con una enorme cabeza de payaso. Es para que te haga compañía, habría dicho mamá. Pero ella no comprendía o no recordaba el pánico que me daban los payasos.

En ese momento recordé un fragmento de un cuento que nos habían leído en la escuela. Precisamente estábamos estudiando el género de terror. En la historia escrita por Edgar Allan Poe decía algo así: “Aquella inexplicable expresión de realidad y vida, que al principio me hiciera estremecer, acabó por subyugarme.” Y yo le pregunté a la maestra qué significaba: subyugar. Ella me explicó algo que no comprendí del todo. Hasta que me encontré en esa posición, al borde de un abismo de terror de puro.

Vi al payaso sonreír con maldad y observarme como si yo fuera su próxima víctima. Hasta podría haber jurado que sus labios se movieron, su cabeza se ladeó y esperó a mi reacción. Pero yo no podía moverme, no podía gritar. Simplemente cerré los ojos con fuerza. Intenté concentrarme para volver a dormir. Aunque ya sabía que era algo imposible. Mi corazón latía muy deprisa, era increíble. Solo podía oír ese batir apresurado, corriendo su última maratón. Lo sabía con certeza. Mañana no iba a despertar. Y mamá nunca entendería.   




Nota de autora: Hola! Muchas gracias por leerme. Paso a explicar cómo escribí este cuento. Empecé un nuevo taller literario y este es un ejercicio que tuvimos que escribir. La cosa trataba de inventar una historia de terror. Pero debíamos inspirarnos con la frase de Edgar Allan Poe que menciono en la historia. Ésta fue sacada del cuento que leímos: El retrato oval. Y bueno, este fue el resultado. Quizá tiene algunas experiencias mías, y cualquier similitud con la vida real no es una coincidencia. Odio los payasos... y me aterré buscando una imagen para esta historia >.< saludos! no dejen de leerme (:

Sophie Black

0
Share
Bueno, después de muchos días, semanas y meses sin poder escribir... aquí hay algo que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia... sepan disculpar que comparta esto... pero tenía que publicarlo. Gracias por leer.  
         

La historia de mi vida. Claro, eso es lo que podría planear escribir. Pero el resultado sería muy distinto. ¿Qué puedo contarles que sea cierto? Todo lo que vaya escribiendo sería modificado inconscientemente. Puedo expresarles el punto de vista que tengo acerca de mi vida. Sin embargo nunca voy a poder saber cuál es la historia de mi vida. ¿Qué pensaba el primer chico que me invito a salir? ¿Qué pensaban mis mejores amigas de mí? ¿Qué tiene en mente ese ex novio con el que no puedo dejar de dar vueltas? Lo que si tengo bastante en claro es lo que yo pensaba cada vez que tomaba una decisión. Yo soy responsable de encontrarme en el estado en el que estoy. No puedo culpar a nadie mas de lo que me toca vivir…

Estoy sonando algo trágica, cuando la verdad no es tan terrible. Es solo las idas y vueltas de una chica con problemas para tomar decisiones. Me pongo firme cuando no debo, flaqueo cuando tengo que decir que no y soy de si fácil. A las personas que quiero las lastimo o no les demuestro lo que en verdad siento. Por el contrario, a las personas que no quiero las evito o intento rechazarlas lo más gentil posible, fallando terriblemente en el intento.  Es decir que tengo una personalidad horrible, una actitud desastrosa y por más consciente que sea de ello, pues no puedo corregirlo. Problemático ¿no?

Lo peor de todo es que no me gusta haberlo escrito. No quiero releerlo. Voy a hacerlo público y por eso voy a explayarme en un tema, el más reciente acontecido: Un chico. Veamos, no es cualquiera, es él chico de mi vida. Aunque ahora no tenga un título con el cual denominarlo, él es y fue importante para mí. Sin embargo, con el tiempo fui desarrollando una extraña capacidad para ser fría y reservada. No es que no tenga sentimientos ¡Están ahí dentro mío! Solo que prefiero morir antes que expresarlos, ya sea en palabras o gestos. Es extraño, y no puedo evitarlo, aunque algunas veces me gustaría. Podría ser que tengo una especie de alarma anti declaraciones. Pongamos un claro ejemplo:

Hace cuatro años que conozco a este chico. A pesar de que a veces me parece no conocerlo, o mi mente juega conmigo y me hace pensar cosas que no son, a este chico lo conozco hace mucho tiempo. Estuvimos casi un año juntos, pero en su momento no pude soportar la manera en que era y no supe hablarlo por lo que tontamente decidí terminar con él. Claro, la decisión de mi vida. Los tres años siguientes nos los pasamos yendo y viniendo. Yo intentaba huir y él aparecía siempre en los momentos precisos para que yo no pudiera estar con ningún otro chico que no fuera él. Es decir, cuando voy a tener la chance con alguien más, él aparece mágicamente para frustrar todo, para hacerme dar cuenta de que no hay nadie como él. ¿Por qué? Ni siquiera yo lo entiendo…

Él no es perfecto, tiene muchos errores. Ojo, yo también los tengo, yo menos que nadie soy perfecta y soy muy consciente de ello. Sin embargo, actualmente hay algo que me impide estar con él de una manera estable. No quiere decir que no quiera, lo peor es que quiero, me encantaría. A veces llego a convencerme de que no, de que es imposible, jamás querría estar de vuelta con él. Pero al instante en que nos quedamos a solas… ¡Es mi perdición!

Cuestión, me fui de tema… El ejemplo que quería dar era que luego de cuatro años en los que él tenía un sueño que vivía repitiendo, al fin algo se hizo realidad. Él viene con su auto nuevo y me pasa a buscar por casa. Si, pensarán que es una pavada. Pero para nosotros era importante, al menos lo era para él y eso me afectaba muchísimo. Por eso cuando lo vi manejar y yo estuve en el asiento del copiloto… ¿Habíamos dicho que seríamos amigos? Yo en ese momento quise cerrar mis ojos e imaginar que el tiempo se volvía líquido y yo me sumergía en el pasado. Deseé abrir los ojos y que todo estuviera bien, que fuéramos una bonita pareja dando una vuelta… Qué ilusa ¿no?

Durante todo el tiempo que paseamos no pude decir nada lindo, por más que quería. Me sentí incómoda, deprimida, me veía volviendo a casa para arrojarme en la cama y romper en llanto. Pero claro, no todo iba a ser como se había dicho. La palabra amistad es muy falsa cuando se trata de nosotros dos y yo nunca aprendo. Amigos, vamos a jugar que podemos estar en la misma habitación, en el mismo coche y podemos ser simplemente amigos. La atracción es la que arruina esos malditos planes. Porque yo no puedo estar tan cerca de él sin querer romperle la boca de un beso. Y no me vengan a decir que se trata de hormonas, porque yo a esas ya las viví…

Entonces nos besamos. ¿Cómo no? Sus labios son únicos, suaves, me imantan para que jamás quiera o pueda dejar de besarlos. Su lengua sabe cómo jugar, sabe cómo mimetizarse con la mía para hacer que todo sea mucho más divertido. Y ni hablar de sus manos, grandes, ásperas y cálidas, deslizándose por encima y debajo de la ropa… Obviamente pongo un limite, yo no tenía esas intenciones, yo no quería nada de eso ¿o si? No importa, la cosa llega hasta cierto punto y no más. Lo disfruto hasta que mi cabeza empieza a pensar.

¿Qué estoy haciendo? ¿Qué pasó con mi determinación? Aquel mismo día le había dicho a mis amigas que no, que jamás iba a volver a hacer aquello, que no podía seguir así. Ellas me miraron escépticas y dijeron que no me creían. Entonces recién las entendí. Pobre de mí, pensé con pena. Quiero estar con este chico, quiero salir con él a bailar, quiero salir con él a tomar algo, quiero ser esa chica que él busca y decirle que la camisa le queda mal y poder viajar con él o invitarlo a comer a casa… Pero hay un pequeño problema. ¿Desde cuándo importa lo que yo quiero? Soy de darme los gustos, en lo mayor posible, sin embargo cuando se trata de él… No puedo hacer nada, no puedo decirle nada, no puedo dejarme llevar porque sé cómo va a acabar todo: igual que siempre.

Así que me callo. Me callo lo bueno y lo malo. Me ahogo en el silencio, mientras extermino todos mis sentimientos. Me limito a responder a todo con mis monótonas palabras: “no sé” o “nada”. Tengo que ser una chica fría, tengo que evitar los problemas. ¿Seguir adelante? Por supuesto, pero sin él cerca de mí… Es fácil, huyo por un indeterminado tiempo hasta que él vuelve a aparecer con su falsa amistad. Me quedo con las ganas de decirle las cosas en persona, de decirle las ganas que tengo de salir con él. Pero quiero creer que es lo correcto, porque no importa las veces que lo intentemos nunca sale bien... Aún así sé que seguramente él va a estar leyendo esto. Por eso, a vos, el chico de mi vida, no podré decírtelo a la cara, en persona, en voz alta, pero me gustaría que sepas… que te amo.  

Sophie Black
2
Share
¿Para qué vivir? Yo vivo para brillar, tú no

—¿Nunca te has detenido a pensar a qué se parece este sitio?
Likon contempla a su amigo de reojo, una luz cálida y celeste danza a su lado. Luego decide seguirle la corriente a su compañera, deja vagar su mirada por el recinto. No hay nadie que se parezca a Ina, ninguno puede igualar su brillo. Es obvio que no puede evitar quererla, ya que se la asignaron los superiores. Pero jamás llego a creer que terminaría sintiendo tantas cosas por aquella pequeña alma. Aún después de tantas vidas, ella había sido la única que logró persistir en el tiempo, romper todas las barreras que había dentro de sí mismo. Y ahora estaba sintiendo un torbellino de sensaciones, no sabía cómo reaccionar.
—Pues, a mi me parece un centro comercial, ¿no? Una vez, cada mucho, venimos de compras… —responde Likon.
—Tienes razón, Lik —dice Ina.— Pero yo lo veo más parecido a una sala de juegos. Tú sabes, de esas que están repletas de maquinas recreativas, con millones de videojuegos… ¡Nosotros somos las monedas que se usan para poder jugar!
No importan las incansables veces que Likon dialogue con Ina, siempre se asombra de la capacidad que ella tiene para imaginar. Jamás se le hubiese ocurrido aquella comparación y ahora que se detiene a pensarlo es muy exacta. Pero en todas las vidas que ha vivido, muy pocas veces ha ido a una sala de juegos. Es más viejo que Ina, pero podría asegurar que ella ha vivido muchas más experiencias que él. Igual, no se arrepiente de nada. Solo una vida más y le subirán el rango.
Ina siente unas enormes ganas de bailar, le gustaría tomar de las manos a Likon y hacer que se muevan juntos. Cada vez que regresa a aquel enorme sitio una alegría indescriptible la inunda por completo. Y es que le encanta estar dentro de ese recinto, rodeada de altísimas paredes blancas y caminar junto a brillantes almas. Quizá sea porque aún es joven, todavía no se acostumbra a todo eso. Tampoco quiere hacerlo, no le agrada respetar las normas impuestas, simplemente le gustaría ser libre. Lo único bueno que le ha sucedido, gracias al orden impuesto por los superiores, fue conocer a Lik, él es su alma gemela y ella lo sabe perfectamente. 
Ninguna de las dos almas se percata de un ser alto y oscuro que se les acerca por delante. Cada una está ensimismada en sus pensamientos. Se detienen por inercia al notar el cambio en el ambiente cuando el superior se detiene frente a ambas. Ina se estremece, no le agradan aquellas criaturas que perdieron su brillo, no quiere convertirse en una de ellas. Pero Likon demuestra respeto y admiración.
—¡Menos vueltas y más trabajo! No están aquí para pasear, busquen su siguiente vida y lárguense —espetó el mayor y se alejó.
Ina odiaba que le dieran órdenes, eso hacía que su brillo se intensificara y varios se detuvieron para contemplarla. Entonces Likon optó por tocarla, le dio un empujoncito para que se calmara. Aunque ambas necesitaban calmarse. Sabían que en la siguiente vida todo se definiría.
Ya habían explotado todos los roles familiares que existían. Ina se había cansado de ser la hermanita, la primita, la tía, la madre e incluso la abuela de Lik. Mientras que Likon ya había tenido suficiente con ser el padre, el hermano, el tío y el primo de Ina. Luego de cortas conversaciones, entre vida y vida, habían decidido lo inevitable: optar por el hilo rojo del destino.
—¿Crees que funcionara? —cuestiona Ina, con un tono nervioso.
—Sabes que elegiré ese bonito cuerpo que tanto nos gusta y tú ya has averiguado quién está al otro extremo del hilo. Todo saldrá en orden.
Pero esas palabras suenan vacías para Ina. A pesar de que llevan demasiado tiempo planeándolo, hay un mal presentimiento instalado en su interior que no deja de perturbarla. Aún así no puede decir nada, sería preocupar de más a Likon y no quiere eso. Ambas almas se despiden, con la promesa de volver a verse y marchan a sus respectivos lugares.
Ina se permite imaginar lo que dijo Lik en un principio. Se ve a sí misma, en el cuerpo de la bonita muchacha que pronto ocupará, y recorre aquel centro comercial con aire decidido. Piensa que tiene una cita, se encontrará con el amor de su vida. Pero no puede evitar que su atención vague por los escaparates de las tiendas. Vuelve a la realidad cuando llega al cuarto dónde su destino será firmado.
No puede evitar inquietarse cuando el aroma a formol atesta el ambiente. Otra figura oscura se acerca a ella y le indica los preparativos. Sobre un escritorio de fino metal hay una hoja, una lapicera y una píldora. Primero debe firmar el contrato, luego fingir que consume la pequeña pastilla del olvido y entonces estará lista para comenzar su nueva vida. Todo saldrá en orden, se repite las palabras de Lik antes de actuar…
          Luego de catorce años de vida, todo le parece un infierno. Creía que, si recordaba todas las lecciones aprendidas, podría irle mucho mejor. Pero estaba cansada de esperar y de estar sola. No veía el momento de encontrarse con Likon, no veía la hora de estar junto a aquel cuerpo que vivía en sus sueños y pesadillas, las veinticuatro horas del día atormentándola en su cabeza. Quizá fue por eso que decidió buscarlo, o porque detestaba seguir el orden lineal del tiempo tal cual se lo habían indicado sus superiores. No pensaba que hubiera nada malo en adelantar el tan esperado encuentro. Estaba segura de que Lik también la extrañaba y se lo agradecería mucho.
—¡Sorpresa! —exclamó Ina, poniéndose en el camino de un muchacho alto y delgado, con cabellos y ojos oscuros y finos labios. —¿Me has extrañado, Likon?
—¿Quién es Likon? —pregunta el muchacho, sin comprender nada de lo que ocurre.
Por un instante, Ina cree haberse confundido de persona. A veces sucede que los cuerpos comparten muchos parecidos entre ellos y resultan ser casi todos iguales. Pero como no ha perdido la memoria, puede distinguir el leve brillo de su amigo a través de los ojos de aquel chico. ¿Acaso le está jugando una broma?
—¡Vamos, Likon! ¿Recuerdas que la última vez que nos vimos era en un sitio parecido a este centro comercial? —mientras Ina hablaba, el chico no mostraba ninguna señal de entender.
—Creo que te confundes de persona, mi nombre es Marcus —contesta él, con tranquilidad.
—¡Fue hace catorce años! ¡Acordamos no olvidar nada! ¡Dijiste que todo saldría en orden! —Ina comienza a gritar. — ¿No lo ves? ¿Acaso no ves el hilo el rojo? —pregunta al borde del llanto, sosteniendo el fino lazo entre sus manos.
Entonces un cambio atraviesa el rostro de Marcus. Ina lo nota, se permite albergar esperanzas. Aunque sabe perfectamente que Likon no fue capaz de desobedecer las reglas, que él se olvidó de todas las vidas que compartió con ella. Se le oprime el corazón y un dolor agudo la atormenta. No puede permanecer más junto a aquel chico, le da la espalda justo antes de que las primeras lágrimas comiencen a correr por sus mejillas. Sus pies la alejan, la llevan a una gran velocidad, esquivando personas, sin saber a dónde ir. Su carrera se acaba cuando alguien la empuja y cae dentro de una fuente.
—¿Por qué? ¿Por qué todo tenía que salir así? —Ina susurra para sí misma.
Pero ella se olvidó de algo muy importante. En verdad no está sola, nunca dejan de mirarla. Es por eso que las ranas que arrojan agua sobre ella comenzaron a moverse. Una a una despiertan de su sueño de piedra y la observan. Algo anda mal, ella lo sabe antes de que las ranas comiencen a hablar.
—Has corrompido el destino. El universo se reiniciará en tres, dos, uno.
 Sophie Black

Notas de autora: Bueno, esta historia describe más o menos cómo me imagino el mundo. La consigna del taller era utilizar un sitio conocido y convertirlo en algo fuera de lo común. Le dedico esta historia a mi hermanita, ya que a pedido suyo le coloqué su nombre a la protagonista. La foto que hay debajo del título es de ella, ¿no es hermosa? :3

1
Share

 El desgaste del tiempo en un sueño miserable
..... 
Extiendo mi mano. Violentamente intento alcanzarlo. El sonido de tu corazón se siente tan lejano. ¿Por qué te vas? ¿Por qué me dejas atrás? No entiendo lo que estoy haciendo mal. Solo puedo ver esa pequeña espalda alejarse, junto a ese oscuro cabello y un bonito vestido que revolotean por culpa del viento. Desprenden ese dulce perfume que conozco tanto. Pero apenas lo alcanzo a sentir. Yo estoy inmóvil, solo te observo, sin poder seguirte. Estoy rodeado de oscuridad, y allí a donde te diriges parece reinar la más pura luz. Me siento perdido sin ti a mi lado, no sé qué hacer.
Comienzo a llorar, las cálidas lágrimas bañan mis mejillas, mi cuerpo tiembla sin parar y mi corazón parece estallar. La impotencia me domina por completo, junto con miles de oscuros sentimientos. Ira, enojo, rabia, me odio por no seguirte o por no dejarte ir. Paso largo rato asimilando lo que sucede. Entonces no puedo contener todo eso dentro de mí y grito.
Un alarido desgarra mi garganta por milésima vez cuando abro los ojos y me encuentro en mi cama, bañado en sudor. Mi respiración agitada evidencia la horrible pesadilla que acabo de tener. Pero lo que más me lastima es ver tu rostro lleno de culpa mirándome desde la otra punta de la cama. Ya no me despiertas como hacías antes, ya no me arrullas para que vuelva a dormir. Te limitas a mirarme con miedo y remordimiento, hasta que digo que todo va bien y vuelves a sonreír. Amo esa sonrisa. Para mí con eso es suficiente. Vuelvo a cerrar los ojos hasta que el sol salga. 
Es otro día como todos los demás. No hago mucho más que regar el jardín mientras me miras, sentada en tu reposera. Observo las flores de diversos colores y recuerdo. Nos conocimos por casualidad, tu sombrero fue secuestrado por el travieso viento y lo trajo a mis pies. Aquel violento aire que se arremolina sobre nosotros, te condujo a mí. Desde ese entonces, por obra del destino, comenzamos a salir. Nos conocimos hasta el punto de enamorarnos perdidamente el uno del otro. Era un día soleado como hoy, cuando te pedí que fueras mi esposa, la madre de mis hijos, mi compañera durante la eternidad. Y así es como hoy seguimos juntos.
El tiempo pasa rápido cuando rememoro viejos tiempos y tú no dices nada. A veces hay visitas que me regañan por vivir del pasado. Pero ya no vienen tan seguido como antes, solo estamos nosotros dos en esta enorme casa de campo. Vuelvo a sumergirme en mi memoria mientras preparo la cena. Antes preparaba enormes cantidades de comida, a la mesa me esperaba un cálido ambiente familiar conformado por mis hijos y mi esposa. Ahora hace años que no veo a los niños que crié con tanto amor, se cansaron de decirme que abandonara el ayer. Solo cocino para mí mismo, una triste cantidad de comida. Porque tú ya no comes de noche, aludes haber comido durante el día cuando yo nunca te he visto. Entonces ceno junto a tu dulce compañía e ignoro el dolor en tus ojos cuando me miras.
Intenté conversar contigo, en vez de volver a aislarme en mis pensamientos. Hacía mucho que no charlábamos. Solo deseaba oír el sonido de tu voz. Pero te hice enfadar. No sé qué dije para que me miraras de aquella manera y te marcharas. Lavo los platos mientras intento descifrar el error que cometí. Sé que tú estás en la sala, has encendido el tocadiscos y esa música clásica que a ti tanto te gusta inunda la casa. Una vez que acabo de limpiar me acerco por detrás y toco tu mano. Ni la piel ni la temperatura son las mismas que yo conocía. Capas de incertidumbre lo envuelven todo. Pero no me importa en absoluto, sostengo con firmeza tu cintura y te llevo al centro de la sala, moviéndonos al compás de la música.
—¿Qué estás haciendo? —me preguntas después de tanto tiempo sin dirigirme la palabra.
—Bailar —contesto—.Sólo se trata de bailar, ¿no?
Una sonrisa traviesa se dibuja en mis labios y eso te enfada bastante, lo noto.
—¿Lo decís en serio? Si es una broma, no me causa ninguna gracia —reprochaste.
 Tus mejillas arreboladas demuestran el enojo que tienes, pero una sombra de tristeza en tus ojos me hiere profundamente. ¿Por qué sufres tanto si soy yo el que debería estar atormentado? Y es que en verdad lo estoy. No quiero aceptarlo pero así es. Me suplicas que acabe con todo esto, pero no puedo. Me rehúso a hablar en serio, a enfrentar la realidad.
Si solo hubiese esperado un poco más, si no te hubiese buscado y sacado a bailar, las cosas quizás habrían resultado muy diferentes. Podría haber durado todo por más tiempo. Era injusto, pero tenía que aceptarlo. Me llevó muchos años, pero lo conseguí.
—Estás muerta —dije, aceptando la realidad.
—Ah, te diste cuenta —esa es tu respuesta.
Sonríes con amargura y luego bajas la mirada. Apenas llego a oír tu susurro:
—Lo lamento.
Entonces la tristeza se hace a un lado para que la ira me haga compañía. ¡No lo digas, no digas que lo lamentas! Eso quiero gritarte pero no puedo. Aprieto con fuerza tu cuerpo, te sujeto en un último abrazo y me marcho. Ni siquiera me preocupo por buscar un saco, tengo que irme de esa casa, alejarme. Intento cerrar la puerta, pero ésta no cierra bien. Bueno, yo la cerraba, pero se abría sola.
—¡Deja de jugar conmigo! —reclamo al aire, pensando que son obras tuyas.
Sin embargo la puerta tiene vida propia, quiere retenerme allí y no pienso permitirlo. Abandono la casa sin preocuparme por nada más. Sé perfectamente adonde tengo que ir. El cementerio queda a un kilometro y no me importa caminarlo. No recuerdo cuándo tomé la pala, pero la sujeto con firmeza mientras el viento me golpea. Pareciera que quiere detenerme, evitar que cometa otro error, pero es demasiado tarde y estoy solo. No hay nadie para evitar que comience a cavar con desenfreno junto a la lápida que lleva tu nombre. No descanso hasta golpear la caja en la que estas encerrada. ¿En qué estoy pensando?
Ya estoy llorando antes siquiera de abrir el ataúd. Y cuando al fin te tengo en mis brazos, te liberé de ese horrible encierro, caigo en la cuenta de que no estoy llorando solo. El cielo comenzó a derramar lágrimas sobre nosotros. Apenas puedo leer el año de tu muerte y preguntarme cómo viví tanto tiempo alejado de ti. El dolor es tan profundo e insoportable que no siento el agua estrellarse sobre mi cuerpo o el frío calar mis huesos. Solo imagino tu calor y no quiero soltarte.
Estoy en el fin del mundo, de ese mundo plano y lineal, con un camino único. Revivo mis recuerdos mientras me abandono a merced de la inconsciencia. Quizá vuelvo a soñar o en realidad despierto, ya no estoy dentro del sueño que yo comencé, desde esa noche que te perdí. Ahora todo es distinto. Extiendo mi mano y logro sujetarte. Me obsequias una sonrisa sincera y alegre mientras nos dirigimos hacia la luz. 



Esto iba a ser una historia de terror. Pero acabó así. Quizá fue una manera de expresar lo que es el verdadero amor, o lo que es la vida de uno con el paso del tiempo. Tal vez incluso lo hice pensando en mis abuelos. Pero esto es lo que salió. Ah, y lo escribí inspirada en dos canciones de Gackt: Ghost y Mizerable. Espero les haya gustado...
 Sophie Black


2
Share
Entradas más recientes Entradas antiguas Inicio

About Me

Photo Profile
Sofi Dreamer and writer

Rosario, Argentina. 27 y.o.
Contacto: click acá

Follow Me

  • Instagram
  • Twitter
  • Facebook

Blog Archive

  • ▼  2019 (4)
    • ▼  mayo (4)
      • Nota económica 12/2018
      • Improvisando
      • Basura
      • Ahí va
  • ►  2018 (1)
    • ►  enero (1)
  • ►  2017 (4)
    • ►  septiembre (1)
    • ►  julio (1)
    • ►  junio (2)
  • ►  2016 (10)
    • ►  noviembre (1)
    • ►  octubre (5)
    • ►  septiembre (4)
  • ►  2015 (3)
    • ►  noviembre (1)
    • ►  julio (1)
    • ►  junio (1)
  • ►  2014 (3)
    • ►  noviembre (1)
    • ►  agosto (2)
  • ►  2013 (4)
    • ►  octubre (1)
    • ►  mayo (1)
    • ►  abril (1)
    • ►  marzo (1)
  • ►  2012 (11)
    • ►  septiembre (1)
    • ►  junio (1)
    • ►  mayo (7)
    • ►  abril (1)
    • ►  enero (1)
  • ►  2011 (2)
    • ►  diciembre (1)
    • ►  noviembre (1)
  • ►  2010 (20)
    • ►  noviembre (7)
    • ►  agosto (1)
    • ►  julio (2)
    • ►  junio (2)
    • ►  abril (1)
    • ►  febrero (3)
    • ►  enero (4)
  • ►  2009 (4)
    • ►  diciembre (2)
    • ►  agosto (2)
Johnny Depp. Con la tecnología de Blogger.


Seguidores


Etiquetas

¿Para qué vivir? Yo vivo para brillar tú no ¿Puedo tenerte esta noche? actualización ahi va alfred hayes Amor de Marioneta autobigrafia basura Basura Sentimentalista Breve Encuentro Calderón de la Barca Choose your color confianza construcciones de género De escapes y fantasía Desahogo Desahogo triste Detente Día Dramione ¿Cómo escapar a lo inevitable? economia ed ejercicio de escritura El alma definitiva El desgaste del tiempo en un sueño miserable el festin el testigo El tornado El último error Embrujada En lo mas oscuro de mi ser Encuentro erótica Escrito fanfic ficcion ficción filosofia futurista Ho paura dal buio improvisando italiano Jalando hilos jugando con marionetas La experiencia dicta la oferta la vida es sueño Madre Mamá no quiero dormir sola marosa di giorgio Más allá del precio Mi dinosaurio. Miedo a la obscuridad mil grullas por la paz Mirella Muñeca necesito orinar noticia Noticia falsa Parece que va a llover Personal Pez preguntá que el mundo me conozca random Realidad realista reseña Rimas nocturnas rosa mistica Segismundo Siempre pasa algo y no pasa nada tabla Tabla Les Luthiers This is my life trabajo Un autre jour Un ovni abdujo a una persona en el Monumento Un sentimiento que nunca muere Valquiria
my read shelf:
Sophie Black's book recommendations, liked quotes, book clubs, book trivia, book lists (read shelf)
Mi perfil en es.babelio.com
Copyright © 2015 Imagine

Created By ThemeXpose | Distributed By Gooyaabi Templates