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Hey! Gracias por leerme! Este es un ejercicio para el taller que me costó mucho, ya que lo armé con frases que nos dio el profesor. El problema es que tuve que colocar todas las frases al principio y al final de cada párrafo. Este es el resultado. Espero que les guste. 



Jalando hilos, jugando con marionetas

Los dos sujetos estaban parados en medio de la calle, con los brazos abiertos en cruz. Era de noche y estaba bastante oscuro para que algún simple mortal los pudiera ver. Sin embargo él notaba que ambos llevaban los ridículos vestidos negros de siempre. Incluso alrededor de sus cuellos colgaba la tan característica cruz de madera, ya pasada de moda hacia más o menos un siglo. Tan sólo debía mirar aquellos ojos, cegados por la falsa ira de Dios, para sentir puro asco y repulsión. No importaba cuánto tiempo pasara, los sacerdotes seguían siendo una espina en el trasero que, por más intentos que hiciera, no podía sacarse de encima. Así que los iluminó con los faros de su moto y contempló el asfalto. Dos sombras de algodón negro. Qué desperdicios. Fantasmas eran los de la infancia.
Una pequeña y otra más grande. Iba a ser fácil. Hizo rugir el motor de su moto y sonrió de lado. No había nada más bueno que una pelea antes de que saliera el sol. De vez en cuando le venía bien un poco de ejercicio. Por eso mismo aceleró a fondo y enfrentó a los dos párrocos que lo esperaban con inhumana paciencia. Pasó junto al sujeto que llevaba consigo el demonio de menor tamaño y le acarició la mejilla. Mientras daba la vuelta para enfrentarse al siguiente oyó el delicioso sonido de un cuello roto. Volteó y su sonrisa se ensanchó. Ya sabía hacia dónde tenía que dirigirse, esta vez pensaba atacar de frente y sin desvíos. Pero un disparo le señaló el camino.
–Vampiro – gruñó la bestia dentro del cura, cuando notó que la bala no le hacía ningún daño.
–Jacques – le corrigió el aludido.  
Con unos tenía un nombre, y con otros, otro. Pero si había algo que detestaba era que lo llamaran con aquel calificativo. En realidad él no recordaba haber tenido un nombre, había dejado atrás su vida como mortal. Era molesto tener que escarbar en el oscuro entramado de su mente para buscar un simple nombre. Por eso prefería dejar el pasado intacto y olvidado. Inventar apodos, crear infinitas identidades, aquello resultaba mucho más sencillo y divertido. ¿Por qué debía conformarse con ser la triste criatura que había sido en el pasado cuando ahora podía ser quien quisiera? No existían las limitaciones, no existía el tiempo, no existía nada capaz de entrometerse en su camino. Ni siquiera existiría aquel insignificante demonio dentro de unos minutos. Volvió a acelerar y elevó un brazo, dejando que de la manga de su chaqueta escapara una soga de cuero. Tres latigazos fueron suficiente.
Sin embargo alguien daba vueltas alrededor del lugar. La vio: no era ni un animal ni un monstruo. El dulce aroma que inundó sus fosas nasales se lo confirmó. Se trataba de una apetitosa figura femenina que quizá había contemplado la agresiva escena desarrollada minutos antes. ¿Llamaría a la policía? Tenía que marcharse de allí antes de que llegaran más problemas. Una sola persona no podía arruinar su noche. Todo lo contrario, podía terminar de hacerla perfecta. No importaba ese extraño presentimiento que lo invadía por completo. Algo invisible le acarició el cabello y el cuello.
Entonces ella surgió de la penumbra y no tuvo miedo. Era maravilloso que la presa acudiera a él con tanta voluntad. La mujer terminó de acercarse y no se oían sirenas en la lejanía. Parecía querer seducirlo, contoneaba sus caderas de manera coqueta mientras sus tacones golpeaban el suelo. Incluso se tomó su tiempo mientras se inclinaba sobre la moto para lucir mejor su prominente escote y acariciaba con descaro el salpicadero, deslizando sus dedos sobre el frío metal. Actuaba bien. Casi había logrado engañarlo.
–¿Te invito a un tomar trago, preciosa? – propuso con voz ronca por la inminente sed.
Vestía de negro y asustaba con sus movimientos. Acababa de asesinar a dos hombres en la oscuridad de una calle desolada y ella no parecía preocupada en absoluto. Aceptó a la invitación con un ágil movimiento, se subió a la moto y le rodeó la cintura con sus finos brazos. Así que ante la obviedad de los hechos él arrancó y se dirigió hacia su bar favorito. Seguía sintiendo un extraño cosquilleo en la nuca, pero se limitaba a disfrutarlo. No muy a menudo tenía el placer de sentir aquel tipo de cosas. Al llegar abrió la puerta del bar, un gesto que hacía décadas no se usaba. Entró detrás de ella  y respiró hondo. Algo en aquel sitio había cambiado. O quizá era él.
Ella era una mujer difícil de conformar pero fácil de engañar. Lo supo enseguida. Sus brillantes ojos azul marino no paraban de interrogarlo y su lengua no dejaba de moverse ni siquiera para darle un respiro. Se dio cuenta demasiado tarde de que los motivos por los cuales ella se impulsó a seguirlo hasta allí eran su insaciable curiosidad e inocente torpeza. Llevaba una larga hora empujando sus copas con un gentil gesto para que el alcohol la callara de una vez por todas. Pronto estaría tan embriagada que aceptaría sin dudar acompañarlo a un lugar mucho más privado. O quizá no hacía falta que siguiera bebiendo.
–No más, querida. Ya ha sido suficiente vodka por hoy – reprendió separando la copa de la dulce mano.
Era un tipo que ya no tenía ningún misterio.  Tal vez estaba tratando con una simple tonta, pero podía estar seguro de que ella ya lo sabía todo. Por eso creyó que apartarla de la bebida era lo correcto. Solo debía jalar de ella y lo seguiría. Eso pensó antes de que el cuerpo voluptuoso se arrojara sobre él sin darle tiempo a reaccionar. Qué irónico, sus reflejos habían sido pisoteados por una mujer, una simple humana. Alguien tan peligroso como él se había dado el lujo de dudar, era imperdonable. Se maldecía mentalmente mientras dejaba que los dulces labios femeninos acariciaran los suyos, que sus frías manos recorrieran las curvas del diminuto cuerpo que tenía a su merced, que la húmeda lengua de ella lamiera sus colmillos. ¡Demonios, todo se escapaba de sus manos, estaban yendo muy lejos! Un arrasador calor los dominó por completo, arrullándolos en un mar de placer. Ardían como estrellas en el cielo nocturno. Fuegos artificiales. Eso eran.
Pero ella tenía una manera única de manifestar lo que no le gustaba. En cuanto quiso atraerla más hacia él, para así poder cargarla y llevarla lejos, ella se resistió. Los dientes se clavaron con fuerza sobre su lengua, le perforaron el músculo sin piedad. Abrió los ojos con espanto al notar el sabor metálico de la sangre, su propia sangre. El dolor se mezcló con la ira y ella lo notó aterrorizada. ¿Pensaba salir con vida? Enterró sus dedos en los hombros de la mujer y la atrajo hacia él, sin permitir que pusiera resistencia. Le hincó los dientes en su delicado cuello y comenzó a beber con avidez, provocando grotescos sonidos con su garganta cuando esta tragaba los borbotones de sangre. Pensaba apoderarse de aquella vida que oscilaba al borde de sus colmillos.

El de cabello rubio ya no le gustaba nada. Había pensado que sería divertido jugar con un hombre que se encontraba en medio de una calle oscura. Estaba segura de que él andaba buscando alguna ramera con quien divertirse aquella noche. Así que el destino se lo había dejado allí para que ella jugara un rato. Aceptó tomar algo, dejó que él la llevase y se encargó de exprimirlo con preguntas. Sin embargo sus respuestas eran vagas, carentes de seguridad, una mentira tras otra. Por eso mismo comenzó a dudar, creyó que un poco de alcohol la ayudaría a dar el siguiente paso. No podía ser tan cobarde y arrepentirse en aquel momento, no después de haberlo seguido hasta allí. Debía admitir que lo deseaba, desde que lo había visto sobre su moto, sonriendo de aquella manera, un deseo irrefrenable la había dominado. Quería creer que él también sentía lo mismo, que él no la consideraba una mujer más. Era una tonta virgen y quería o intentaba imaginar que ella no iba a durar una sola noche. Necesitaba aferrarse a aquella fantasía: estaban perdidos y se encontraron.             
   Era fuerte y nunca le importaba lo que pensaran los demás. Siempre había vivido en su mundo de fantasías, ajena al resto. Pero todo había cambiado hacía un par de semanas atrás. Que sea rubio original, le pidieron. ¿Quiénes? No lo sabía muy bien. Eso era lo que más le había dado confianza. Aquel pálido y rubio motociclista era lo que le habían pedido. Sin embargo no tuvo el valor de hacerlo. Intentó resistirse, impedir que la llevara con él. Cometió el peor error de su vida al morderlo, presa del pánico. Lo que ocurrió luego fue demasiado rápido y agresivo. Pensó dejarse matar, no pelear por aquella vida que era suya. Pero no podía hacerlo.
La chica lánguida sacó lo que se guardaba. Elevó la mano en la que aferraba una navaja y la clavó en la axila del vampiro. Juntando sus últimas fuerzas deslizó el arma blanca hasta la cintura masculina y aprovechó  para echar a correr. No podía creer cómo luego de perder tanta sangre podía seguir en pie, pensar con tanta claridad mientras el corazón bombeaba acelerado y su cuello seguía perforado. Sin embargo descubrió su coche estacionado a unos metros del lugar y con manos temblorosas sacó las llaves de su bolsillo, se adentró en el vehículo y se marchó. Aunque sabía que jamás podría escapar. Un día. Una semana. Un mes. Un año. A él debía darle lo mismo. Él tiempo no era su medida.
Lo supo cuando se detuvo en el primer semáforo. Sentía que la paranoia se apoderaba de su mente. Creía que en cualquier momento él aparecería. Su cuerpo experimentaba horribles temblores, dominado por el trauma. Pero lo que más la espantaba era que a pesar de la sangre en su ropa, en el coche, en todos lados, no había más orificios en su cuello. Volteó esperando encontrarse con él, pero lo que vio la desorbitó. ¿Aquello qué significaba? En el asiento trasero del auto, alguien había dejado su muñeca rubia. Tenía el cuello cortado…

Había una enorme posibilidad de que su noche se arruinara. Jamás se imaginó que aquella mujer lo llevaría hasta aquellos extremos. Se dio cuenta demasiado tarde del error que acababa de cometer cuando la herida que le había hecho la desgraciada comenzó a cicatrizar con avanzada rapidez. Ahora que había escapado no podría matarla. Pensaba guiarse por el dulce aroma de su sangre que le recorría por los torrentes de venas. Pero cuando la fragancia de ella se extinguió por completo supo que ya no había más vida para ella. Era un caso perdido. Así que fijó su atención en los cientos de ojos que lo miraban con distintas expresiones de asombro y miedo. ¿Podían ser los humanos más molestos y desagradables aún?
–¡¿Qué diablos miran?! ¡¿Quieren ser los siguientes?! – exclamó sin una sola gota de paciencia.
Entonces las miradas se desviaron de él. Seguramente aquel suceso saldría en las noticias, pero cuando empezaran a buscarlo él ya estaría demasiado lejos. Se marchó sin preocuparse por pagar las bebidas y montó en su moto. Estaba por olvidarse de todo cuando notó un papel, un mensaje para él. Se rascó la nuca, porque volvía a sentir el molesto hormigueo de nuevo y tomó la carta. Abrió el sobre, en letras rojas estaba escrito: “Por fin lo abriste, ahora da la vuelta”. Y se dio vuelta.


Sophie Black


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Allí, en un mundo muy diferente al de las altas clases, corría la señorita Ming como si un fantasma la persiguiera. El recuerdo de su viejo padre, demacrado por el tiempo, la atormentaba sin cesar. Solo había bastado con leer las primeras líneas de la carta, escrita en un papel arrugado y desteñido con una caligrafía tan horrenda como la de un niño que apenas sabía escribir su nombre, para echar a correr.
Aún su mano se aferraba a aquel escrito repleto de palabras sin sentido. Su qipao chino, que en un momento había sido plateado con diseños de preciosas flores en tonos purpuras, estaba lleno de barro. El tajo que delineaba su pierna derecha se había rasgado hasta su cintura dejando una atractiva vista de su prenda íntima. Pero a ella no le importaba, la ayudaba a correr con más velocidad. Necesitaba llegar cuanto antes.
Sus ojos estaban bañados de lágrimas que se negaba a dejar caer, a pesar de que sus pasos la hacían tropezar innumerables veces y volvía a ponerse de pie, para seguir con aquella prisa que la dominaba. Estaba tan preocupada que ni siquiera había notado que una de sus sandalias se había roto y perdido en el camino. Nunca se dio cuenta de lo lejos que se había ido de su padre, hasta aquella fría noche.
Podía recordar como si hubiese sido ayer el día en que le dio la espalda al hombre que la crió con tanto esfuerzo y cariño para buscar una mejor vida. Ella nunca había querido vivir en un chiquero como aquel, criando aves y muriendo de hambre en el intento por sobrevivir. Pero en cuanto consiguió introducirse dentro del corazón de un importante duque no esperó un solo minuto para enviar dinero a su progenitor. Se había sentido como un monstruo al abandonar al pobre hombre solo, luego de la pérdida de su amada esposa. Sin embargo no pudo encontrar otra solución. Ella quería sentirse como una princesa, vestirse y comer exquisiteces como una. Lo consiguió, estaba por comprometerse con un importante y adinerado hombre dentro de un par de días.
Sin embargo leer la carta de su padre le había partido el corazón. Había bebido más de una copa de aquel vino de uvas dulces que le cosquilleaba el paladar, hasta que la copa se resbaló de sus finos dedos y cayó al suelo ensuciando una importante alfombra. Al principio se había preocupado por quitar la mancha, temiendo que pudieran enfadarse con ella por aquel descuido. Pero luego reparó en que aquella no era su vida. Había disfrutado bastante de lujos inimaginables mas no podía dejar que aquello siguiera hasta atraparla por completo y dejarla sin salida. Así fue cómo tomó la carta y escapó.
¿Quién quería ser la mujer de un viejo al cual las joyas se le pegaban al cuerpo como sanguijuelas? Debía reconocer que le daba repulsión ver cómo los objetos de oro y plata se incrustaban en su blanda y pegajosa piel. Había soportado tantas cosas, como tener que dejar a aquellos gruesos y sucios dedos recorrer su cuerpo sin ninguna restricción. Pero había sido un justo intercambio, jamás olvidaría la deliciosa vida en aquel enorme palacio. Ahora solo le quedaba volver con su padre, ayudarlo a beber su medicina y acompañarlo en aquella enorme soledad en la cual lo había abandonado.
Pudo sentir un terrible alivio cuando su pie descalzo alcanzó el frío suelo de su viejo hogar, aquella pocilga sin futuro. Recorrió el lugar de habitación en habitación, esperando encontrar el asombro en el rojo brillo de los ojos de su padre. Pero se vio envuelta en una completa ira mientras descubría la verdad detrás de las palabras de aquel viejo. Cayó de rodillas en la habitación que una vez había sido de él y releyó la carta. Esta vez llegó hasta la última línea, leyó la fecha en que había sido escrita y quiso morir. Su cuerpo se convulsionó de dolor y amargura antes de que la adrenalina volviera a invadirla. Con los ojos ardiendo por el llanto comenzó a destrozar todo lo que había a su alcance.
Había llegado demasiado tarde. No quería aceptarlo, pero encontrar todo el dinero que le había enviado, para cubrir los gastos necesarios, oculto en lo profundo del armario fue un duro golpe para ella. No fue solo el hecho de que no aceptara la ayuda monetaria que se había encargado de proporcionarle, sino que incluso halló algo más entre los restos de su difunto padre. No podía creer lo que veía, no quería creer que había sido privada de poseer aquel valioso objeto. Su padre había sido egoísta e increíblemente terco hasta su muerte.
Sus manos intentaron tomar el delicado anillo de compromiso que una vez le había pertenecido a su madre y descansaba allí escondido de todos, de ella. Era el primer rastro que veía en toda su larga vida y verificaba el hecho de que una vez su madre había existido. Nunca encontró fotos, ropa vieja, como vestidos o zapatos, no conocía el aroma ni la apariencia de la mujer que la había dado a luz. Pero su padre siempre se había limitado a decirle que la amaba mucho y recordarla le dolía demasiado. ¿Cómo es que no podía sujetar aquella pequeña argolla entre sus delgados dedos?
Por más veces que lo intentó falló. Su cuerpo se congeló por un instante, para luego dejar de temblar. No hubo más frío ni calor, ni odio ni miedo, el dolor se esfumó. Recordó repentinamente el agrio sabor que se deslizó por su garganta antes de que la copa de vino se desplomara, junto a su vida. Observó el dinero abandonado, el anillo que nunca le habían entregado y la foto de su padre con una impecable sonrisa mirándolo desde la mesa de luz. Entonces deseó vivir. 

Sophie Black
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Estos son dos fanfic que escribí para el taller de escritura fantástica al cual asisto. La consigna era tomar un personaje y ambientarlo veinte años después. Yo tomé dos personajes de Marvel, de la última película que estrenó hace poco y los llevé veinte años más tarde. Todo porque me enamoré de Tom Hiddleston. El problema es que tenía que escribir un fic, pero terminé escribiendo dos porque el primero no me gustó. A continuación pueden disfrutar quemando sus neuronas y leyendo ambos para luego comentar cuál les gustó más :) 

Basura sentimentalista
En la profunda oscuridad se retuerce un niño. Está sufriendo, no puede mantenerse en pie. El dolor es tan fuerte que lo domina y doblega. Desea con ansias detener aquello. Pero no está seguro, aún no cree que sea el momento de abandonarlo todo. ¿Qué es lo que hace que esos fuertes  sentimientos lo invadan por completo? No tiene la menor idea, o quizá si la tiene y no piensa aceptarla. Jamás creyó que sería tan difícil cumplir con sus ambiciones.
Durante toda su infancia fue tratado con desprecio, arrojado a las sombras de alguien más, obligado a observar cómo su vida era robada.  Por más superior que fuera, sus vanos esfuerzos para superar a su hermanastro siempre fracasaban. Jamás conseguía ridiculizarlo, destruirlo, apartarlo de su camino. En su interior terminaba sufriendo, consiguiendo el rechazo de su padre una y otra vez. Él, que solo ansiaba llegar al trono y gobernar con absoluta libertad, era desterrado. Mientras que su hermanastro lo conseguía todo. Con el paso del tiempo se alejaba de poder cumplir aquel deseo. Y su furia no cesaba de crecer, ahogándolo en maldad pura.
Sus  objetivos siempre habían sido claros. Sólo debía deshacerse de aquel odioso Dios que no hacía más que estorbar en el camino que había decidido tomar. ¡Cómo si fuera lo más sencillo del universo! Con su increíble dominio sobre la magia podía conseguirlo con facilidad, sin dejar lugar a errores. Pero había un obstáculo, algo que arruinaba todos sus planes por más distintos que estos fueran. No importaba cuánto intentase bloquearlo, en un oculto lugar de su inconsciente podía llegar a reconocer que Asgard no era lo mismo sin su poderoso hermano.
¿Entonces por qué lo detestaba tanto? Cada vez que veía aquella melena rubia ondearse con el viento junto a una capa color escarlata, su mirada era eclipsada y su mente se perdía en un agujero negro sin retorno.  No era solo la dorada apariencia de aquel hombre lo que arruinaba sus intentos por eliminarlo de aquella historia. Había algo más, en el corazón de aquel enorme sujeto, que hacía derrumbar todas sus murallas. ¿Por qué tenía que ser tan puro y sentimental? ¿Por qué siempre le perdonaba cuando él  solo le deseaba el mal?  Había bastado que le confesara lo mucho que había llorado su pérdida para casi volver a atraparlo en su red. Pero no iba a permitir que lo engañara con sus trucos de amor fraternal. Él le había robado todo lo que deseaba, se había apoderado de la atención de todos, impidiendo que pudieran verlo. ¡Lo odiaba porque había tenido todo lo que él no!  
Había jurado convertirse en el Dios más poderoso de Asgard, casi lo había conseguido. Luego de tanto tiempo volvía a estar en el Reino, podía lograrlo esta vez. Sin embargo ya estaba cansado de aquello. Su hermano lo miraba con cariño a pesar de todos sus errores y lo había traído de vuelta para que todos lo perdonaran. No entendía la bondad de aquel Dios, pero era sobrecogedora. Estar de regreso en aquel sitio que en un pasado había sido su hogar lo llenaba de recuerdos infantiles e infinitos sentimientos que lo volvían débil. Muy pocas veces, como aquella, debía quitarse el casco y aceptar la derrota.
 Es así cómo acabó en aquel deplorable estado. Está de pie, observando el reino que podría haber sido suyo. Pero en su interior existe un niño que ansía morir, desaparecer. Observa la sonrisa de su hermano, la mano extendida que lo incita a regresar a su lado. Y el pequeño gime en la oscuridad, quiere rechazar aquella invitación porque el rencor y la furia no piensan abandonarlo jamás. 
Pero por otro lado está el Dios indestructible que acepta las cosas tal cual son. Debe reconocer que en su infancia hubo un chico rubio que estuvo siempre para él, con el cual vivió aventuras inolvidables. Sabe que aún que no compartan sangre, él siempre va a ser su hermano y nadie lo apartará de su lado. ¿Piensa seguir dejando que el otro Dios se salga con las suyas? La mejor libertad es cuando te libras de aquello que te hace daño, ¿no? Él intentó deshacerse de eso que lo lastimaba, pero le fue imposible. Entonces tiene que aprender a convivir con aquello, con él. Ya no le importa ser esclavo de los profundos sentimientos que siente por su hermano. Puede dejar el mal, el resentimiento, la envidia y los celos lejos, ya no le servirán. Piensa disfrutar del calor que desprende aquella mano y permitir que su hermano ilumine su mundo, detenga todo el dolor y lo salve por última vez.

El último error: 
Cree que logró escapar. Era una persecución interminable, estuvieron a punto de acorralarlo. Por un instante se vio atrapado, listo para morir bajo aquellas manos de seis dedos. Pero él era el Dios más poderoso de casi todo el universo, no pensaba terminar de aquella manera. Así que juntó todo el poder que le quedaba para ocultarse. Se transportó a un sitio donde jamás lo buscarían:La Tierra.
   Veinte años pasaron desde que intentó dominar aquel planeta poblado de seres arrogantes y rebeldes. Sin embargo su maravilloso plan fue arruinado por un grupo de incompetentes junto a su hermano. Pensar en aquel Dios de cabellera rubia lo hacía cabrear bastante. Mas no podía tensar sus músculos sin sentir un agudo dolor recorrerle todo el cuerpo. Temía que lo encontraran, estaba oculto en un depósito abandonado, aún recuperandose de las heridas que le habían inflingido. Pero no le preocupaba enfrentarse a un humano debilucho. Lo que menos deseaba era que su hermano lo hallara.
¿Por qué lo detestaba tanto? En realidad no tenía un motivo concreto. Lo cierto era que Thor le había robado la vida que él deseaba tener. Se había tenido que conformar con vivir a la sombra de aquel Dios puro y dorado. Todos habían despreciado al hijo ilegitimo que era y le habían negado la posibilidad de alcanzar el trono de Asgard. ¡Por eso odiaba a su hermanastro! Porque cuando todos le miraban con desdén, sus ojos azul profundo le miraban con cariño. A pesar de que no compartían sangre Thor siempre lo había amado como a un hermano. Luego de los fallidos intentos por eliminarlo, él seguía queriendolo y perdonandolo. Era un dolor de cabeza.
-Loki-dijo una voz fuerte como un trueno.
El aludido no tuvo que voltear para reconocer la voz de su hermanastro. Incluso los brazos que lo rodeaban con impulsivo afecto eran familiares para su persona. Hizo varias muecas de asco, que en realidad ocultaban el dolor que sentía en todo el cuerpo e intentó resistirse.
-Vamos, Loki. Volvamos a casa-insistió el grandulón.
Su sonrisa cariñosa, sus ojos brillantes como los de un cachorro. ¿Cómo decirle que no a aquel hombre? Necesitaba recurrir a mucha fuerza de voluntad para ignorarlo y negar de manera seca. No deseaba regresar, porque Asgard ya no era su hogar, nadie le quería allí además de Thor. Y su padre adoptivo no haría más que castigarle, como hacía siempre que estaba de vuelta en el reino. Jamás se repetirían los días en que era un niño y encontraba consuelo en aquel reino mágico junto al amoroso de su hermano. Ahora lo odiaba y no quería estar con él.
-¿Por qué Loki? No quiero volver a perderte. Volvamos juntos-suplicó con su voz grave y lo sacudió provocando que arrugara el ceño.
-Thor...
-¿Qué tiene de malo Asgard? Nos críamos allí, es nuestro hogar...-comenzó a decir el rubio.
-Thor.
-¿Es que me sigues odiando? ¿Qué hice yo para que me odies? ¿Qué tengo que hacer para...-era demasiado tonto y no paraba de hablar.
-¡Thor, para ya!-exclamó Loki con la paciencia hecha trizas.
El mayor se quedó en silencio y observó a su hermano con asombro e interés. Aguardaba a que siguiera hablando. Pero Loki no tenía nada que decir. No iba a volver a explicarle que lo odiaba por quién era, como odiaba a su padre y a todos los asgardianos. No pensaba repetirle que no había nada que pudiera hacer para cambiar aquellos sentimientos que habitaban en su interior. Y ya estaba harto de indicarle que Asgard no era más su hogar. Sin embargo tampoco podía seguir negandose a la petición que le hacía. Debía decir algo antes de que el silencio volviera a llenarse de su estruendosa voz.
-Me duele todo Thor. Volvamos a casa-murmuró con horrible resignación.
La radiante sonrisa que le dirigió su hermano le cosquilleo las palmas de las manos y le produjo escalofríos en la nuca. O era el extenso cabello que le rozaba el cuello lo que lo hacía temblar como una hoja acariciada por el viento de otoño. Quizá solo era el calor corporal del Dios lo que le provocaba repulsión y al mismo tiempo un profundo alivio. Sabía que estaba seguro bajo aquel abrazo protector. Pensaba disfrutar de aquello hasta que el dolor cesara o mucho más tiempo si es que podía. Solo tenía que dejar que lo rescatara por última vez...    
Sophie Black



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Este es un fanfic (oneshot) para Emmett. Ambientado en el mundo de Harry Potter, creado por J.K. Rowling. 

Breve encuentro:

Se despertó con calma, mucho antes que sus compañeras. Tomó su tiempo para salir de la cama y alistarse. Se dio una ducha caliente y luego de vestirse con el uniforme se dirigió al gran comedor. Los pasillos, inclusive las mesas de cada casa, estaban casi desiertas en aquel horario. Muy pocos madrugaban tan temprano así que pudo disfrutar de un apacible desayuno mientras leía las pobres noticias del Profeta. Y en cuanto el lugar comenzó a llenarse de alumnos se largó a dar vueltas por el castillo. Tenía que hacer tiempo hasta que diera comienzo la primera clase de ese día.



Cuando faltaba un cuarto de hora para que empezara la clase de pociones optó por esperar en un pasillo poco concurrido que se encontraba estratégicamente cerca del salón de clases. A pesar de que las mazmorras eran uno de los sitios más fríos del colegio ella ya estaba acostumbrada.  En aquellos momentos, cuando no tenía nada que hacer más que esperar, el tiempo pasaba con extremada lentitud y le habría gustado tener un giratiempo o algo con lo que entretenerse. Se situó contra una pared, cerca de una antorcha y comenzó a jugar con las sombras que el fuego producía.

No pasaron ni tres minutos antes de que oyera un par de pasos apresurados acercarse a la distancia. Pensaba que el alumno que fuera a pasar por allí la ignoraría y seguiría de largo. Era lo más sensato que podían hacer ya que ella no quería perder el tiempo con nadie, estaba más que perfecta sola. Pero todos sus ideales se derrumbaron junto con su cuerpo cuando un grandulón la llevó por delante. De sus labios escapó un grito de indignación mientras el ágil muchacho rodeaba su cintura y la hacía girar para que no cayera sobre el suelo sino que sobre él mismo.
Un par de minutos le costó recuperar el aliento luego de aquella caída. Permaneció encima del chico, mirándolo con enorme ira contenida en los ojos, sin saber muy bien qué hacer. Si abría la boca solo lograría decir una extensa lista de insultos que siempre tenía preparada para ocasiones como aquella. Sin embargo aquel sujeto que la penetraba con la mirada conocía cada letra de aquella enumeración de maldiciones. Entonces cerró los ojos y se rindió ante la silenciosa sonrisa que le dirigía. ¿Qué más podía hacer?
Fue cuestión de segundos para que ambos rostros cortaran toda la distancia que alguna vez había existido. Los labios masculinos, cálidos y al mismo tiempo helados, se apoderaron de la boca femenina con sabor a fresas. Por su parte, ella disfrutó del sabor a café fuerte y placentero que él tenía mientras con sus pequeñas manos delineó el ángulo de su barbilla hasta llegar a sus lacios y oscuros cabellos para despeinarlos por completo.  Podía sentir los ardorosos dedos colarse por debajo de su camisa y de su falda, apoderándose del calor de su cuerpo con agonizantes caricias.
Diez largos minutos duró la guerra entre ambos cuerpos. Hasta que ella se separó, con la excusa de recuperar el aire. Se puso de pie y acomodó su uniforme, que había quedado hecho un desastre luego de las libertades que se había tomado el slytherin. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no volver a arrojarse sobre el castaño y seguir con aquello que habían empezado. Pero consiguió alzar el rostro y mirarle con cierto aire altivo antes de retirarse de aquel pasillo desolado y asistir a clases.  


Sophie Black
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«Bienvenido a la pensión “El séptimo infierno”, aquí es un bonito sitio donde usted vivirá de manera ardiente y cómoda, siempre y cuando sea ordenado y no disturbe la paz de los demás huéspedes. Se acepta toda clase de criaturas sobrenaturales, mientras que no traigan problemas al albergue. Tampoco debe olvidarse de pagar la renta todos los número siete del mes, sino se sufrirán las consecuencias. Luego de eso no hay nada más que decir ¿Cuánto planea quedarse?»
Esas habrían sido mis palabras de bienvenida de no ser por el nuevo huésped que me observaba desde la acera. Yo había abierto la puerta con la misma amabilidad de siempre, llevaba la misma sonrisa falsa para los nuevos inquilinos, e incluso me había cepillado el cabello color zanahoria para que no estuviera peor que una vieja escoba. Pero de mis carnosos labios no salió una sola palabra. Me había congelado en el umbral, sin saber qué diantres podía hacer con lo que tenía allí. No podía negarle una habitación a un cliente, iba en contra de todos mis principios e incluso podría traerme problemas con el ministerio. Sin embargo me vi obligada a cerrar y volver a abrir la deteriorada puerta de entrada, esperando en vano que no hubiera nadie afuera. El resultado de mis groseros actos fue un gutural sonido por parte del sujeto que tenía delante. ¿Ahora qué debía hacer?
Sin necesidad alguna de magia llegué a la fatídica conclusión de que mi vida siempre sería igual de desdichada. Pero todo aquello debía tener un lado positivo. Había una imagen que me había atormentado desde el momento en que tomé la carta de la baraja de un viejo tarot que encontré en el desván.  ¿Cómo podía pensar que aquel costal de huesos putrefactos sería el cambio que sufriría en mi vida? La muerte nunca es bien recibida dentro de la magia tarotista, sin embargo luego de la dolorosa destrucción venía una renovación o eso se suponía. Aceptar a aquel nuevo huésped podía convenirme tanto como arruinarme en el negocio. Debía correr todo un riesgo. Que no supondría problemas si aquello era una broma pesada del inquilino del segundo piso: Un hombre lobo resentido por que hacía un par de días le había dado calabazas por séptima vez. ¿Es que acaso nunca iba a entender que no me relacionaba con mis clientes? Sacudí mi cabeza, alejando todos mis pensamientos y aceptando el pequeño reto que tenía delante de mis narices y que ya comenzaba a apestar a muerte…  
-Por favor, pase usted al salón y póngase cómodo que pronto tendrá una habitación…-indiqué con grandes gestos hacia dónde tenía que dirigirse, sin intenciones de colocar un solo dedo sobre su persona-¿No ha traído equipaje alguno, no?
Estaba buscando alguna valija que pudiera pertenecerle, pero no había rastros de sus pertenencias. Aquel zombi que se adentró en mi pensión era un mal augurio y lo supe en seguida. No solo porque no traía alguna muda de ropa, sino porque pude oír claramente desde el hall los agudos chillidos del grupo de hadas que se hospedaban en la habitación cinco. ¿Cómo podía causar problemas desde tan temprano? Apenas había hecho veinte pasos dentro de la pensión, y ya había perdido un dedo en el camino. Decidí que luego limpiaría aquello y corrí a ver qué sucedía. Pero al llegar al cuarto de estar el alma abandonó mi cuerpo de un sobresalto, como si el mismísimo diablo la persiguiera. La única diferencia era que el humo purpura que salía a borbotones de la mandíbula desencajada de mi gato era lo que me perseguiría hasta el fin del mundo…
Lo primero que hice fue mirar con espanto a mi pobre gato negro. Él era mi tercer familiar, y había durado mucho más tiempo que los anteriores por aquel insignificante detalle: se había comido una lámpara mágica. Hubiese sido menos problemático utilizar un simple hechizo para quitársela del estómago. Pero eran más las posibilidades de que alguien frotara una lámpara esperando para que saliera un genio a cumplir sus deseos y menos las que alguien se pusiera a acariciar al familiar de una bruja. ¿Y por qué no? Siempre estaba la remota opción de un zombi sacudiendo a tu felino animal con claras intenciones de comerlo, hasta que este terminó liberando al genio que habitaba en su interior. Aún así era un pequeño alivio ver que el gato seguía moviendo su cola y no había perdido la vida, me ahorraba la tarea de buscarme otro animal. Pero mi mayor preocupación no se hizo esperar mucho más, podía verse una figura entre todo el humo que inundaba la sala.
-¿Dónde está la bruja que robó mi corazón?-la dulce voz que pronunció esas palabras me provocó un escalofrío y estoy segura que pudo oírse en todos los pisos de la pensión, incluso en los recovecos más recónditos.  
El humo purpura fue subiendo hacia el techo de la habitación hasta desvanecerse y en el centro del lugar apareció la figura de una atractiva chica que con atrevidas vestimentas árabes. Por un momento atisbé a mirar la manera en que iba vestida yo, con jeans agujereados, zapatillas de lona negras y una camisa verde desgastada ¿Así pensaba permanecer soltera por el resto de mi vida, no? La encantadora mujer comenzó a danzar en el aire y volvió a atraer mi atención. Sus movimientos eran sensuales y exóticos, demostraban el fuerte carácter de la mujer que los realizaba, pero incluso hipnotizaban con una increíble magia a todo aquel que los observara. Por eso mismo no solo yo acabé embobada mirando las delineadas curvas de la morena, sino que un vampiro y un hombre lobo acabaron contemplando fascinados desde el marco de la puerta. Habríamos estado durante eternas horas admirando su danza de no haber sido por una celosa ninfa, vestida con hojas y pétalos de flores, que cortó la música de un repentino y potente aplauso.
-Se ve que a la deidad del boque no le agrada mi presencia-notó enseguida la Genio, pero no le dio mucha importancia ya que sus ojos se clavaron en mi persona-Dime, bella Aby ¿Quién es el afortunado que me liberará de mi condena para así al final poder casarme contigo?
Pude sentir los ojos de todos los presentes sobre mi desarreglada persona y quise volverme invisible. Allí nadie entendía nada de lo que estaba sucediendo y podía notarse en las miradas cargadas de incógnita. Así que sólo yo entendía la rebuscada pregunta que me acababan de hacer. Era la única que estaba en terribles apuros. Debido a que si aquella mujer cumplía un último deseo entonces sería libre y haría lo imposible para hacerme suya. ¿Acaso importaba lo que yo quería? No, allí había un truco para todo, incluso para quitarme mi amada libertad. Es por eso que comenzaba a sentir nauseas y también porque detestaba aquel diminutivo de mi nombre. ¡Yo me llamaba Abigail y le habría lanzado un poderoso conjuro por haberme puesto un apodo tan ridículo de no ser porque ella era inmune a la magia!  
-Ese idiota putrefacto te ha llamado.
Señalé a regañadientes al zombi que estaba rascándose un oído, demostrando que no nos escuchaba. En cuanto todos desviaron la atención de mi persona para centrarla en el muerto en vida, a éste se le terminó de caer la oreja y el dedo que utilizaba sin delicadeza quedó atrapado dentro del orificio del oído. Se escuchó una queja de asco por parte de la mayoría y el grupo de pequeña hadas no tardó en marcharse junto a la ninfa. Los que permanecieron fueron el licántropo y el vampiro, que no dudaron en ponerse cómodos sentándose en uno de los sillones.      
-¡¿Cómo voy a hacer para cumplirle un deseo a… eso?!-protestó decepcionada la Genio.
Mientras ella preguntaba yo me preocupaba por cómo hacer para que no cumpliera ese deseo. Sería cuestión de minutos para que alguien de los presentes tuviera una solución al problema del zombi. Incluso podía tener la mala suerte de que el psíquico del tercer piso estuviera dispuesto a utilizar sus poderes telepáticos con el muerto vivo, que no parecía tener el suficiente intelecto como para pronunciar una palabra coherente. ¿Podría pensar un deseo o en su mente también balbucearía incoherencias? No quería saber la respuesta a eso, sería arriesgarme demasiado. Así que la idea de ayudar a la Genio se descartó enseguida.  Sin embargo mis atentos huéspedes no estaban al tanto de la situación…
-Seguro desea un banquete de cerebros-bromeó el lobo.
-Puede desear volver a ser humano-propuso el vampiro.
-¡Pero debe decirlo el zombi!-apunté yo, esperando que el deseo no se cumpliera tan fácilmente. 
Mi réplica había sido justa y la morena que me fulminó con la mirada lo sabía. El único que la había invocado frotando la lámpara, en este caso mi gato, era el que debía pedir el deseo. En esta peliaguda situación debía de haber una opción para que el zombi pudiera pedir su deseo, aún así todavía no se la había descubierto. Y como si fuera poco un cegador destello ubicado en una esquina de la sala hizo aparecer a un sujeto vestido con un viejo traje gris, sombrero hongo e incluso un bastón con empuñadura de plata. A simple vista creí que era un alquimista, ya que no vestía como un hombre común del siglo veinte. Pero con solo verle mejor no supe decir con certeza qué era, solo podía acotar que tenía un atractivo inigualable y me relamí los labios mientras contemplaba los gestos que atravesaban aquel marcado rostro.
Los ojos de un azul tan profundo como el del mar no paraban de analizar la situación que había allí presente. Cada vez torcía más los labios cuando pasaba su vista desde el zombi a la morena que se mantenía pensativa y luego volvía a mi persona. La manera en que me miraba provocaba cierto rubor en mis mejillas, o quizá mi acaloramiento se debía  al número de personas en la habitación, eso debía provocar que la temperatura subiera...  Lo cierto era que nuevamente maldecía lo desarreglada que iba ese día, seguro podría haberme puesto un vestido más bonito y aplicarme un poco de maquillaje no me habría matado. Mi cabeza comenzaba a llenarse de pensamientos de adolescente cuando hacía décadas que había pasado esa etapa y debía estar preocupada por el tema del deseo…
-Por lo que veo llegué tarde y calculé mal la moda de la época-comentó el recién llegado y todos lo miramos de manera interrogativa mientras dejaba el sombrero, el saco y el bastón a un lado. Era cierto que se había vestido para volver un siglo más atrás pero no le sentaba nada mal y estaba demostrando tener una vista bastante aguda. Más nosotros esperábamos que nos explicara más que solo aquello y no se hizo esperar mucho más para continuar hablando:-Mi nombre es Christopher, como habrán visto soy un viajero del tiempo y planeaba evitar que el sujeto podrido, hace ya varios días, liberara a la chica de la lámpara… Digamos que ahora no podré evitar una catástrofe del futuro, pero llegué tarde y ya no se puede hacer nada…-se encogió de hombros con tal naturalidad que todos nos quedamos helados por una milésima de segundo.
 La peor ironía del mundo estaba ocurriendo delante de mis propios ojos. Estaba escuchando las inservibles palabras de un loco que había aparecido de la nada y no planeaba ayudarme ni un poco a salir de aquella complicación. En mi siglo de vida nunca había tenido que sufrir tanta desesperación junta. ¿Cómo podía ser que un hombre que puede controlar el espacio tiempo llegara tarde a un momento tan importante? Y para colmo explicaba su enorme error con aquella increíble calma… ¡Era exasperante! Pero demasiado ingenioso para tomarlo de idiota. Mis ojos brillaron al caer en la cuenta de la solución a todos mis problemas e intercambiamos una sonrisa con disimulada astucia. Aún no era demasiado tarde y ambos lo sabíamos.
-¿Alguien quiere tomar el te?
Mi repentina propuesta no fue rechazada por ninguno. La idea de un relajante momento bebiendo algo caliente como una taza de té, una copa de sangre o lo que se le ocurriera desear a cada uno era demasiado tentadora. Lo que nadie más sabía, aparte de Christopher y yo, era que tomar el te solo servía como la excusa perfecta para perder tiempo. Y nuestra torpe y enamorada Genio jamás sería consciente del apresurado paso en que se movían las manecillas del reloj, porque para ella el tiempo no existía luego de vivir milenios encerrada dentro de su lámpara. Pensando en ello estuve a punto de sentirme culpable por impedir que cumpliera su último deseo. Sin embargo mi libertad estaba en juego, y yo no deseaba casarme con aquella chica por más bonita que fuera. Cada uno de los presentes aportó un tema de charla para llenar el silencio y a medida que íbamos acabando nuestras bebidas las posibilidades de cumplir el deseo al zombi se agotaron…
-Por esta vez he perdido-admitió la morena colgándose de mi cuello. Quise apartarla, pero fue imposible.-Pero me cobrare la pérdida.
Tuve que cerrar los ojos y contar hasta diez antes de intentar golpearla y acabar sacudiendo los brazos en el aire. Al final la chica se había ido, más bien había regresado dentro de mi gato y yo me había quedado con su dulce sabor en mis labios. ¿Hubiese sido tan malo vivir con ella el resto de mi vida? Alejé la idea de mi cabeza y volví a la realidad antes de que el zombi volviera a atrapar a al felino negro. Me encargué de evitar que todo ocurriera nuevamente con gran facilidad y luego mi atención se concentró en el viajero, aquel atractivo hombre que me miraba con una irresistible sonrisa…
-Abigail parece ser que tienes tu reloj adelantado, por eso llegué tarde…-comentó con su profunda voz y en ágil gesto tomó mi mano para depositar un sutil beso en el dorso de la misma-Nos vemos dentro de unos meses, cariño. En el altar.
Me asombró que conociera mi nombre y que destacara aquel asunto del tiempo, aún así supuse que un hombre que viajaba de tal manera debía acostumbrar a hacer aquellos comentarios. Pero la manera en que se despidió fue realmente encantadora y se robó un romántico suspiro de mis labios. Mis mejillas estaban tan coloradas como mi cabello y las últimas palabras, acompañadas de un guiño del ojo, dejaron mi corazón palpitando acelerado. ¿Había dicho altar? ¿En el futuro me casaría con aquel hombre? Eso me valió unas cuantas burlas por parte de los únicos dos huéspedes que seguían allí de espectadores, pero no me molestó en absoluto. Les seguí la corriente diciendo que estarían invitados a la ceremonia.
Después corrí a arreglar el reloj y a atender las pociones que había dejado cosiendo. No sin antes ordenarle al hombre lobo que se deshiciera de su amigo el zombi y advertirle que si volvía a hacer una broma por el estilo no lo sacaría a patadas de la pensión sino que lo envenenaría junto a sus pulgas… Todo volvía a la normalidad.
Sophie Black
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El reflejo de mi rostro estaba impregnado de miedo. Aparté la mano que reposaba sobre el cristal, temiendo ser absorbida. Aquellos ojos que me devolvían la mirada eran tan oscuros y profundos. La muchacha delante mío era tan preciosa y frágil. ¿Quién era? Me preguntaba silenciosamente mientras deslizaba con suavidad una mano entre mis cabellos dorados. Tenía pesadillas todas las noches. Aquella no era diferente a las otras. En mis sueños sufría por aquel que se alejaba en la oscuridad. Me convertía en otra mujer, muy distinta a mí, una que amaba a ese tétrico ser que rondaba por allí fuera. Observando a través de la ventana, podía distinguir el callejón de mis sueños. A partir de allí comenzaba a huir y lo perdía de vista. Y con sólo despertar me olvidaba de él, de su apariencia, de su nombre. Pero el sufrimiento, la pérdida seguían presente en mi pecho. ¿Qué habría en aquella escalofriante oscuridad? ¿Algo que en algún momento me había pertenecido con tanto ahínco? ¿Alguien capaz de llenar aquel vacío en mi corazón, capaz de ahuyentar el terror de mi vida? Simplemente no me reconocía al pensar en ello. No necesitaba nada que proviniera de lo desconocido. Sólo deseaba que las pesadillas desaparecieran y me dejaran tranquila por las noches. Ya suficiente tenía con los nervios de vivir el día a día sin oír un fogonazo en el silencio reinante. No deseaba preocuparme por un ser que aparecía en mis nocturnas alucinaciones.

Los faroles de la calle no funcionaban y sólo podía distinguirse la mirada de un felino callejero. Si no fuera porque me consideraba una chica muy fantasiosa. Hubiera creído que el maullido que había sonado en la habitación no era solo obra de mi imaginación. Sin embargo sabía que era imposible oír a aquel gato desde el primer piso de mi departamento. Ese animal debía hallarse cómo mínimo a dos cuadras de distancia, sólo el brillo de sus ojos permitía distinguirlo. La falta de sueño me hacía delirar bastantes veces. O quizá era la falta de compañía, mi solitaria vida comenzaba a exigirme que me relacionara con personas. Si no hacía algo al respecto rápidamente podría acabar por perder toda la cordura. Ya era difícil seguir adelante con aquel increíble remordimiento que se atoraba en mi corazón y habitaba en mi mochila. No quería pensarlo, pero venía inconscientemente hacia mi mente, sin que lo llamara. ¿Qué podía hacer para vivir de manera apacible? Por un momento se me antojó irresistible arrojar el arma por la ventana. Estuve a punto, pero me contuve justo a tiempo. Creía que si lo hacía era igual que suicidarme, condenarme a una muerte segura. No podía permitirme aquello. Ahora comprendía más o menos el extraño cariño que le tenía el sujeto que me la había obsequiado a aquella arma. Detestaba compararme con aquel hombre, pero yo también había comenzado a considerar aquel objeto como una parte más de mí, no podía permitir que le pasara nada, era el valor de mi vida.

Me dormí con un sabor extraño en la boca. Nada iba como me hubiese gustado. Pero tampoco podía hacer algo para cambiarlo. No estaba en mis manos, así que debía limitarme a seguir como si nada. Ignorar mis lamentos interiores, enfrentar la realidad con valentía. Sin embargo era fácil pensarlo y difícil hacerlo. Cada mañana despertaba con meno ganas de salir de aquel acogedor mono ambiente. Por que un nuevo día implicaba insospechables sucesos a los que no sabía si quería enfrentarme. Quería pensar que no estaba lista para aquello. Aún así salía preparada para las largas jornadas de estudio en una calmada facultad, con prolijos estudiantes. Era todo demasiado surrealista y en parte lo detestaba. No importaba las veces que hiciera el camino hacia el establecimiento, nunca ocurría algo inusual, siempre estaba tranquilo. Yo no sabía si ansiaba que hubiera problemas, pero esperaba inútilmente que algo fuera de lo normal ocurriera. Estaba acostumbrada a otro tipo de vida. Una en el que podían asaltarte a la vuelta de la esquina, amenazarte con una cuchilla y robar todas tus pertenencias, como burlarse de ti mientras pasabas sin que tu pudieras hacer algo al respecto, es decir que en mi antigua vida el respeto no existía. Allí el miedo dominaba a las masas. Era extraordinaria la seguridad que brindaban en aquella ciudad. Realmente era lo único fuera de lo normal que podía encontrar…

Esos deseos ocultos en lo más profundo de mi ser no se hicieron esperar. Había ansiado tanto encontrarme con problemas que esa misma tarde se habían materializado en el camino de vuelta a casa. Estaba acostumbrada a pasar por una pequeña plaza pública que siempre resultaba estar vacía. Las ventanas de los departamentos que rodeaban el lugar siempre estaban cerradas y parecía que allí no vivía nadie. Nunca me había cruzado con niños correteando o personas paseando sus perros. El piso de cemento siempre estaba impecable, sin un solo rastro de basura o papeles que el viento pudiera arrastrar. Sin embargo esta vez el barullo de una multitud se oía a lo lejos. Así que apuré el paso emocionada y me encontré con un grupo de jóvenes de distintas edades, armando un enorme círculo. Desde los balcones se asomaban todos los vecinos contemplando el espectáculo que allí brindaban. No recordaba haber visto tanta gente desde mi primer día de clases. Dominada por la curiosidad me hice espacio entre los presentes, empujando a uno que otro para que me dejaran pasar, hasta que llegué delante de todo y pude contemplar lo que llamaba tanto la atención. Simplemente me quedé sin aliento.

-¿Qué hacen?-pregunté sin darme cuenta y no esperé que alguien fuera a contestar, un papel llegó hasta mis pies y lo tomé, pero no me preocupé en leerlo.

Mis ojos no podían apartarse de aquellos dos cuerpos sudados y agresivos que se propinaban golpes sin parar. El sujeto que más llamaba mi atención era aquel que no llevaba camiseta y dejaba al descubierto unos increíbles pectorales para que todas las mujeres presentes suspiraran de placer. Mi corazón desbocado por la emoción y el desconcierto me estaba haciendo una mala jugada. Lo que más me fascinaba de aquel muchacho agresivo y rebelde era el color chillón de su cabello, rojo sangre. ¿Podía estar enamorándome a primera vista? No era un simple enamoramiento, tampoco era una repentina obsesión, era algo más profundo. O de eso quería convencerme mientras tragaba saliva, conmocionada. Una chica bastante viva, de cabellos anaranjados y brillantes ojos esmeralda, me sonrió al tiempo que jalaba de mi brazo, su sonrisa me mareó más de la cuenta. Me había estado hablando durante un rato pero como no la había oído, por el embobamiento en el que había caído, comenzó a tironearme del brazo. Quería seguir contemplando aquella escena, por más que no la entendiera. Pero la chica terminó por colmar mi paciencia y ganar mi completa atención…

-Es una pelea callejera. Ocurren en distintos sitios al azar, hasta que aparece la guardia y todos corremos. Resulta ser que Eric está furioso hoy y el sujeto todo golpeado de ahí debe tener algunas cuentas sin saldar. Yo soy Merry, encantada.

Correspondí a su sonrisa, azucarada por su dulce voz y volví la vista hacia el tan afamado Eric. No deseaba que aquello acabara nunca. En cuanto todos salieran corriendo yo no volvería a verlo, ni a él ni a ella que parecía ser una buena candidata como mejor amiga. ¿Qué podía hacer para detener el tiempo? No lo pensé mucho. Yo iba a actuar, no pensaba quedarme más de brazos cruzados mientras el resto actuaba como si cargar con revólveres fuera lo más normal del mundo. Aquella situación era muy surrealista. No podían andar luchando en sitio públicos, para algo estaban las armas. Si aquel hombre debía algo y no podía pagarlo entonces solo merecía un tiro en la sien. Eso si, yo no se lo obsequiaría. Pero no dude en mi obligación de poner orden a todo aquello. Sino antes de que la guardia llegara allí habría un muerto. Abrí mi mochila y acaricie el frío metal durante un instante en el que no pensé las consecuencias de mis futuros actos. Elevé mi mano enfundada por el arma y presioné el gatillo. El disparo seco resonó en mis oídos y todo el mundo salió corriendo, soltando gritos de terror mientras yo miraba espantada el fruto de mis acciones. Había conseguido que todos huyeran en manada y dejara la plaza casi desierta.

-¡¿Acaso estas loca, chiflada, se te zafó un tornillo, rubia hueca?!-chilló Eric dejando de golpear violentamente a su victima, sosteniéndola del cuello de la camiseta mientras colgaba semi-consciente chorreando cantidades extravagantes de sangre. Lo primero que pensé fue que el pobre no viviría para contarlo.

Un extraño calor recorrió mi cuerpo, de repente sentí que la sangre corría por mis venas con una velocidad asombrosa. Desde que me había mudado no me había sentido tan bien y feliz como lo estaba haciendo en ese momento. Había conseguido justo lo que deseaba, que el atractivo chico centrara su atención en mí. Sin embargo parecía molesto, extremadamente furioso y temí que aquellos puños fueran a golpearme y dejarme tan desfigurada como su reciente victima. Así que apunté con mi arma al muchacho y me mordí el labio inferior, insegura. Aún no sabía controlar aquel objeto que portaba con aparente seguridad y no estaba midiendo el riesgo que corría al apuntar al objeto de mis deseos como si fuera lo más normal del mundo, no obstante continúe con mi actuación. La mirada divertida de Merry me recorría con aparente tranquilidad y mi cerebro no sabía cómo reaccionar ahora que los dos estaban atentos a mí. El repentino congelamiento de mi mente me advirtió que no siguiera adelante. Y tuve que obedecerle por más que no quisiera. Tragué saliva y decidí desperdiciar aquella oportunidad.

-No vuelvan a pelear por aquí-dije con voz temblorosa, aunque deseaba que sonara como una amenaza.

Luego de aquel vergonzoso dialogo tomé la mano de Merry y jalé de ella para que corriera conmigo. Presentía que si me quedaba allí mucho más tiempo terminaría en enormes problemas y no lo deseaba. No pensaba quedarme esperando a que la guardia llegara y me encontrara en mi modo más rebelde. Solo dejé que la adrenalina dominara mi cuerpo y corrí lo más veloz que pude, soltando carcajadas sonoras junto a aquella chica que me había hablado e inspirado tanto confianza. No la solté hasta que llegamos a la puerta de mi departamento y la invité a pasar, con la respiración bastante agitada. Sentía que nos conocíamos de toda la vida, que podía llevarme tan bien con ella como si fuera mi hermana genética, la deseaba a mí lado y no pensaba ocultarlo.

-Lo siento chica. Así no son las normas aquí. Nos veremos en la facu. ¿Me dices tu nombre?

Mi primer instinto fue presionar con fuerza los labios, apenada. Creí que podríamos forjar una amistad, un lazo profundo y fuerte. Ahora que me miraba con seriedad comenzaba a inspirarme desconfianza, de ella, de todos los que me rodeaban. Si le decía cómo me llamaba podía denunciarme, delatar que yo había abierto fuego de la nada, que estaba loca. Aún así estaba tan desesperada que ansiaba una amistad cuanto antes y no quería desperdiciar el momento, otra vez. Ya había hecho el ridículo con Eric, el chico que me había flechado. Ahora no podía dejar las cosas así con Merry, seguramente la encontraría en la facultad, si la buscaba bien. Tenía que correr el riesgo alguna vez ¿No? O seguir actuando de manera tan imprudente, total luego aceptaría las consecuencias.

-Shizuko, mi nombre es Shizuko. Espero que nos volvamos a ver…

-Esta bien, Shizuko, nos veremos mañana. Pon atención de ese folleto, si logras descifrar oculto puedes
tener un encuentro con Eric. He visto cómo le echabas el ojo, no te pongas roja, si tienes suerte puede ser tuyo. Adios!

Fue mucha información junta. Las palabras de Merry me provocaron muchos sentimientos confusos y se marchó antes de que pudiera formularle algunas de mis muchas preguntas. Habían ocurrido demasiados sucesos, uno detrás del otro. Luego de todo aquello no pude estudiar ni concentrarme en la cena. Tampoco presté atención al silencio del vecindario. Me olvidé por completo del arma que descansaba en mi bolso. Apenas entré en mi departamento con el papel aferrado en mi mano, lo dejé en la mesa y procuré no volver a tocarlo. ¿De qué me servía participar de aquel juego? Si conseguía ganar no tendría ningún sentido enfrentar de nuevo a aquel pelirrojo infernal. Debía querer matarme luego de lo que le había hecho… Esa noche mis pesadillas cambiaron y tomaron un rumbo completamente nuevo. El lugar se prendía fuego, el callejón se llenaba de llamas que se asemejaban al color de su cabello. Aquel calor abrazador no se comparaba con nada. Solo deseaba que aquello ojos oscuros como la noche me miraran y absorbieran mi alma. Desperté jadeando, con el cuerpo ardiendo y abrí la ventana que había dejado cerrada para que el frío nocturno invadiera mi vida. Volví a dormir esperando dejar de lado mis sueños extraños y esperando que el día de mañana llegara con rapidez, para poder comprobar con claridad cuán real había sido todo lo que me había ocurrido y así re-ordenar mis ideas…



Gracias por leer!

Este cap. se lo dedico a Ankoku Tengoku!

Espero que les haya gustado.



Jessica C. Black
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Es la primera vez que siento el alma tan pesada. No puedo con esta terrible carga. Ni siquiera cuando robé o mentí por primera vez me sentí tan mal. No quiero cargar con esto, estoy más que segura. Hay una diferencia entre la situación a la que debo enfrentarme y mis otras primeras veces, intento ignorarla. Era una niña que actuaba impulsivamente guiada por sus caprichos, ahora soy una adolescente llegando a la madurez y tengo que saber tomar decisiones correctas. Sin embargo no puedo evitar pensar que lo que estoy cargando no es correcto.
Todo comenzó hace poco. Faltaba medio año para que cumpliera la mayoría de edad. Algunas de mis amigas me envidiaban, por ser la más joven del grupo. Creía comprenderlas, sólo deseaba poder retrasar el tiempo y volver a mi niñez. Estaba segura que la universidad no era lo mío, que las responsabilidades no iban conmigo. Sin embargo nada había evitado que me inscribiera en una. Tenía una familia que se enorgullecía de mí, no podía defraudarles, iría a una de las mejores universidades. Tendría que adaptarme a un nuevo mundo, uno donde mis compañeros de secundaria no estarían, donde mi familia no estaría, donde el estudio era lo primordial. Me alejaría de todo lo que había conocido hasta ahora para tener un extraño nuevo comienzo…
El sitio donde estudio es un establecimiento común y corriente. Puedes presenciar a estudiantes y profesores ingresar en él y marcharse del mismo con sus expresiones de cansancio o seriedad. El rumoreo inunda todas las salas, los pasillos, los aseos, los jardines. Cuando no se escuchan voces el sonido es reemplazado por el del rasgueo de las plumas sobre los papeles o las tizas sobre las pizarras. Si uno se detiene a oír puede distinguir hasta el sonido de los trapeadores manipulados por los asistentes de limpieza. Nada fuera de lugar, excepto ese siniestro presentimiento.
La ciudad es de lo más normal. Soy muy nueva así que aún no la conozco del todo. Pero donde vivo, cerca de la universidad, es muy tranquilo. A cierto horario pareciera que todas las personas se fueran a dormir, como si se desconectaran del mundo. Las únicas luces que alumbran la ciudad son viejos faroles, al menos en el distrito en el que me mudé. Los vecinos son amables y tranquilos. Puedo llegar a creer que no tienen niños o que éstos son muy obedientes ya que no se oyen gritos ni llantos. En el aire solo puede sentirse una atmosfera demasiado tensa. Al menos así es como pienso yo, la seguridad es lo que más me importa así que acostumbro a encerrarme en el mono ambiente que alquilo. Habitúo pasar largas horas sentada en la ventana y jamás he visto a mucha gente pasar. Es muy fácil sentirse solo.
Podría decirse que he tomado una de las decisiones más exitosas de mi vida. En unos años obtendré una licencia y comenzaré a trabajar, tendré gran éxito y muchas opciones de trabajo porque voy a estudiar en una universidad prestigiosa que me brindará las mejores salidas laborales. Mis padres podrán estar orgullosos de su hija mayor. Sin embargo mi vida no es tan sencilla como parece. En ningún folleto, ni siquiera en internet, decía sobre lo terrible que debía enfrentar en aquella anormal clase de sociedad donde había acabado. Desearía poder regresar a mi vida anterior, mi ciudad natal, al abrigo de mis padres, a mi infancia. Mas estoy atrapada en esta situación sin salida.
El primer día de la universidad fue cuando comenzó mi tormento. Comenzó como cualquier otro día. Me vestí sencilla y desayuné, luego partí hacia la institución. Al llegar el tumulto de gente no me asombró, ni siquiera me incomodó, ya que todos estaban ensimismados en sus problemas o estaban con sus respectivos grupos de amigos. Yo no era la única nueva, todo un gran alivio. Un hombre apareció en la entrada, tomó un megáfono y solicitó que primero ingresaran únicamente los novatos. En seguida me apresuré a ingresar, creyendo que nos explicarían algunos términos importantes antes de que comenzáramos a estudiar allí.
Mi primera sospecha, más bien lo primero que me incomodó, fue el extraño sujeto que nos había llamado. Con una seña nos obligó a seguirle hasta una extraña habitación que al principio no supe reconocer. En lo único que pude fijarme era la andanza descolocada del hombre, parecía que era cojo, y sus ojos eran desiguales, uno era definitivamente de vidrio. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza cuando en su rostro se dibujó una sonrisa afilada como una navaja y dio a conocer la ausencia de unos numerosos dientes. Pero lo que más me impactó fue lo que cargaba en su cintura, un revolver del cual no apartaba su mano izquierda. ¿Cuál era el peligro para estar tan pendiente?
Mi pregunta resonó varios instantes en mi cabeza hasta que él se dignó a hablar. Su voz era gruesa y algo incomprensible, pero todos procuraban hacer un silencio sepulcral. La explicación fue sencilla, todos asintieron ante la última palabra y comenzaron a retirarse. Aunque yo no lo hice, no asentí, no me moví, yo no aceptaba aquellas palabras. Estaba helada, la temperatura de la habitación parecía haber bajado notoriamente, o la idea que representaban las afiladas palabras de aquel hombre me helaron la sangre.
-¿Qué edad tienes, pequeña?-consultó sin preocuparse en la mirada de terror que le devolvía, lo había observado cómo se acercaba rengueando, y aún así su voz no había cambiado ni siquiera un poco, parecía monocorde y desinteresada, eso logró que reaccionara.
-Diecisiete, señor-contesté con voz firme, como si me hallara en un reformatorio, o algo por el estilo.
No quise burlarme, tampoco sonar graciosa.  Simplemente estaba nerviosa, asustada, me sentí demasiado pequeña y mi voz sonó algo cortada. Él sólo rió, fue algo escalofriante ya que se asemejaba al sonido de la cama vieja de mis padres al moverse, había noches en que ese ruido no me dejaba dormir. Estaba segura de que aquella noche no dormiría nada después de haberlo conocido, después de haberme enterado de lo que tendría que soportar durante unos largos años. Su mano huesuda se aferró a mi hombro y me dirigió una directa mirada de seriedad, parecía querer transmitirme confianza, pero con eso sólo me espantaba aún más. Tomó mi mano izquierda, con cierta solemnidad, y en ella depositó su arma. Las luces del sitio aumentaron y pude distinguir como la habitación crecía dejando, para mi mal gusto, ver una sala de práctica de tiro.   
-Te enseñaré a utilizarla, así te acostumbrarás. Es sencillo, sólo tienes que elevar las manos así…-comentó depositando sus manos en lugares de mi cuerpo donde nadie más que mis hermanos o padres habían tocado y guiándome en una posición demasiado complicada.-No tengas miedo, con mis indicaciones le darás fácilmente al blanco.  
Si me detenía a fijar en las reacciones de mi cuerpo, podía compararme con una gelatina. Temblaba demasiado, no podía mantener firme los brazos. Me esforcé por mantener la cordura, respirando hondo. Pero él tomó unos objetos y se acercó tomándome desprevenida. Sentí cómo me colocaba unas orejeras en mi cabeza y unas gafas. Sus acciones no eran torpes, sino seguras, podría haberle considerado un padre de no ser porque uno no me enseñaría a disparar un arma. Contuve las lágrimas, cerrando los ojos y jalé del gatillo.
-¡Estuviste cerca! Eres fantástica ¿Esta es tu primera vez? Es difícil manipular a esta preciosidad, pero tú no has tenido muchos problemas..-comentó con un extraño orgullo en la voz desordenando mi cabello como si fuera un niño.
Mi cara se contrajo del asco al oír la manera en que se refería el hombre a aquella aberración que sujetaba con fuerza entre mis manos. No comprendía nada, sólo deseaba que todo fuese un sueño. Respiré hondo y suavicé el agarre, dejando que mis manos colgaran sin vida a ambos lados de mi cuerpo. Tenía tantas preguntas sin respuestas en mi cabeza que comenzaba a dolerme. La sonrisa del extraño hombre aumentaba mis dolores…
-¿Por qué? ¿Por qué hay que recurrir a las armas? ¿Qué clase de vida es esta?
-Es una manera segura de brindar paz a los ciudadanos, solo tienes que vivirla para comprenderla.
Un estruendoso golpe sonó por toda la habitación, retumbando en mis oídos. Inevitablemente pegué un brinco y grité del susto. Alguien se sostenía sobre sus rodillas, realmente agitado tratando de componerse en la puerta del recinto. Miré aterrada al muchacho y solté un suspiro. Aunque no había motivo para azotar la puerta de tal manera estaba aliviada de que el sonido no fuera proveniente de un disparo.
-Señor, nos falta alguien… Morgan Shizuko…-explicó con la respiración entrecortada y sin darme cuenta levanté la mano.
-Presente.
Mi reacción tan poco usual en una joven de mi edad, como había explicado el hombre entre escalofriantes risas, cortó el ambiente de tensión que se había instalado ante mis incómodas preguntas. Deseaba saber más pero al parecer debía descubrirlo por mi cuenta. Estaba molesta aunque no lo demostraba. El joven que irrumpió se marchó más tranquilo y mi acompañante se acercó a la puerta, riendo mientras me daba la espalda.
- Tú nombre dice que eres una niña tranquila, sin embargo te manejas bien con las armas… ¿Cómo es que tu origen es distinto al de tu nombre?
-Una madre aficionada…
-Cuida bien del regalo que te di, ya nos veremos más adelante-se limitó a contestar con una sonrisa menos horripilante y más compasiva de lo que merecía…
En realidad me gustaba mi nombre. No importaba que fuera japonés mientras que toda mi persona, mi familia, hasta mi apellido fueran ingleses. Tampoco importaba que el significado del nombre tuviera algo que ver conmigo misma o no. Yo era Shizuko y nadie podría cambiar eso. Pensando en mi inusual nombre me olvidé de preguntarle el suyo al hombre que terminó regalándome la pistola y dejándome sola en aquella sala de tiro.
Un a vez hube estado sin nadie a mi alrededor mis piernas fallaron y caí de rodillas al suelo, sin poder contener las lágrimas. Yo no quería portar un arma, no quería estar pendiente de las acciones de los demás, no quería vivir en un sitio donde cualquiera podía pegarte un tiro ante la más mínima provocación. Había podido fingir bien mi incomodidad, pero ya sin nadie que pudiera verme no podía contener mi angustia. Ver el arma tirada en el suelo me desesperaba. Con movimientos rápidos la oculté en la mochila y sollocé un largo rato más. En ese momento estaba demasiado asustada como para continuar con una vida normal…  
A pesar de que comenzaba a pensar que todo era irreal, que equivocadamente estaba soñando que formaba parte de alguna extraña película de acción donde las armas eran tan comunes, me puse de pie y fui a clases. Primero me detuve en un aseo y me encargué de limpiar el rastro de lágrimas. Aunque desde cualquier punto de vista mis ojos rojos e hinchados me hacían ver fatal, como si no hubiese dormido en toda la noche. Igual asistí a todas las clases, ese primer día y luego volví a encerrarme en la seguridad de mi pequeño hogar, si es que podía llamarlo así.
Dormí al lado de la ventana, con el teléfono celular junto a mí. Estuve debatiendo durante largas horas la idea de llamar a casa y contarles todo, o de llorarle a mis padres que me dejaran volver. Pero cierto orgullo me lo impidió, acabé profundamente dormida con las mejillas húmedas. La ventana aún permanece siempre abierta, a la espera de que se pueda oír algún tiro, pero nunca ocurrirá.
Actualmente llevo tres largos meses tratando de acostumbrarme a este estilo de vida. No es nada sencillo vivir en un sitio donde es común cargar un arma de fuego. Uno está consciente del peligro, de que en cualquier momento alguien puede disparar y darte. Es tan desesperante andar todo el tiempo preocupada por el hecho de que puedes perder la vida en un instante. También temo presenciar el acto en que alguien muera en frente de mis ojos, en que alguien dispare a una persona ajena a mí. Sin embargo ninguna de mis preocupaciones se hace realidad, solo viven en mi cabeza y se alimentan de mi miedo y angustia.  

Continuará...






Jessica C. Black
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Nunca supe cómo se sentía ser fuerte, hasta que ser fuerte fue la única opción que me quedó. Cuando más quise llorar: fue en ese momento que aprendí que las lágrimas no iban a solucionar absolutamente nada. No importaba lo que pudiera llegar a hacer, nadie me devolvería a mis seres queridos. Porque si existía un Dios había sido tan egoísta como para arrebatármelos sin cuidado. Así fue como terminé con un corazón destrozado, sin rumbo alguno en el futuro. ¿Crees que alguien podría rescatarme?
He intentado olvidar esa noche y continuar adelante. Pero por más que lo intente no consigo lograrlo. No me arrepiento de lo que he hecho, sino de lo que no hice. El remordimiento de haberlos matado, es nada comparado con la culpabilidad de no haberles salvado la vida. Porque estoy convencido de que pude haberlo hecho.
¿Por qué sus fantasmas no dejan de atormentarme? Llegué tarde, siempre fui de retrasarme, e incluso ahora mi muerte se ha demorado… Si no hubiese aceptado conversar con aquella chica ahora estaría descomponiéndome bajo tierra, junto a mi familia. ¿Eso era lo que realmente quería, estar muerto?
Juro que cuando vi la figura de aquella joven deslizarse por entre la multitud supe que debía agradecerle. Es por eso que la seguí a través de las personas y acabamos en una callejuela. Pero me asustó que ella supiera que lo seguía…
— ¿Al final vas a matarme?
Las finas palabras lanzadas al aire por aquella diminuta boca me dejaron un momento helado. No entendí a qué se refería hasta que noté mis manos en forma de puño, mis dientes chirriando. ¡Ella había evitado que yo llegara a tiempo! ¿Pero acaso podía hacerla responsable de todo? Las dudas se arremolinaban en mi rostro tensado. Aquella preciosa mujer, que ya no era una tonta niña enamorada, no era culpable de que un par de psicópatas se metieran en mi casa en aquel preciso momento en que decidió citarme… ¿Por qué no podía dejar el pasado atrás?
— Puedes tener en claro que no ha sido culpa mía. Que hayan entrado…
— Detente.
— Ven a matarme.
Pude escuchar claramente los gritos de mi madre y mi hermana. Incluso visualicé cómo mi padre se desplomaba en el suelo, victima de uno de aquellos sujetos. Luego fue el turno de mamá, ella no diría ni una sola palabra, no luego de haber visto cómo la vida de su esposo desaparecía en un abrir y cerrar de ojos. Ninguno de los dos se preocupó por la niña que abandonaban a merced de aquel par de hombres. ¿La habrán violado? De seguro disfrutaron haciéndola llorar, gemir… La mataron lenta y dolorosamente. Por más que hubiera llegado a tiempo no podría haberlos salvado. Habría muerto para defender a mi hermanita, habría muerto por mis padres. En conclusión: yo debería haberme ido en lugar de ellos.
— No me queda nada. Ni siquiera sed de venganza, ni ganas de vivir. Te agradezco que me hayas retenido aquella vez… Pero ahora estás hablando con un espíritu vagabundo…
— ¿Has pensado en una respuesta?— preguntó curiosa, ignorando mis profundas palabras. ¿Me molestó? En absoluto…  
Por un instante creí ver la ingenuidad de mi hermana. Estaba volviéndome completamente loco. Pero sabía a qué se estaba refiriendo y era algo completamente irreal. ¿Por qué habría de interesarle mi respuesta si habían pasado trece años? Una mujer tan bella como ella debía estar casada, formando una familia que jamás sería asesinada…
— ¿Es tan importante? — consulté nervioso, luego de tanto tiempo.
Su sonrisa fue deslumbrante. Como un rayo de luz en medio de la oscuridad me proporcionó la calidez necesaria para un frío día de invierno como aquel… ¿Qué le causaba tanta gracia? Se había metido con un tipo problemático ¿No lo sabía? Aún así no parecía molesta ni cansada. Simplemente asintió con su cabeza, expectante a mi tan esperada respuesta. Trece años y jamás se me había ocurrido pensarlo, cuando le había dicho que lo haría…
— Solo si estarías dispuesta a morir conmigo. Esa es mi respuesta.
Esta vez sonreí yo y volví por dónde había llegado. Realmente no deseaba conocer lo que seguía, no esperaba escuchar que le habría gustado recibir mejores palabras, trece años atrás. No quería pensar en lo que habría pasado si… pero lo estaba haciendo, me estaba imaginando si le hubiese dicho que si. ¿Habríamos vivido felices hasta que la muerte nos separase? Era algo difícil de imaginar, no podía ver el futuro.
— ¿A dónde nos dirigimos?—consultó su vocecita infantil, a mis espaldas.
Si no hubiese estado acostumbrado a esperar que la muerte me tomara por sorpresa en cualquier momento, su repentino comentario me hubiese asustado. Pero por el contrario me asombró. ¿No la había dejado atrás? Lo más importante era otro tema: ¿Por qué hablaba de un nosotros? No deseaba averiguarlo… Aunque en lo más oscuro de mi ser gozaba con su atractiva presencia, ella conseguía hacerme olvidar por pequeños instantes... 
—Yo a donde sea que mis pies me lleven. Tú a tu vida repleta de perfección.
— Para jugar con la muerte se necesitan dos personas. ¿No crees? ¿Quién dijo que la perfección existe y que yo la prefiera antes que a ti? Yo solo quiero danzar en el limbo contigo…
— Esperemos que tus sueños no terminen convirtiéndose en tus peores pesadillas, querida. Ni que tus acciones sean menos fuertes que tus palabras… Puesto que te haré sentir lo que es el amor en medio del infierno, mi pequeña princesa condenada…

Jessica Black
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