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Profanaron el jardín, irrumpieron al caer la noche. Los hombres del pueblo vinieron sin dar aviso. Arrancaron a mi dueña de su santuario. Blasfemaron en su rostro pétreo, tallado por el repentino horror. La acusaron de asesina; bruja. La juzgaron sin piedad: culpable.

En el jardín procedió el castigo. Los gritos erizaron mi pelaje negro. No pude apartar la mirada. El brillo carmesí me dejó mudo. Igual no me escuchaban, apenas repararon en mi presencia para adjudicarme alma de demonio y propinarme una patada. A ella, la mataron. 

Le arrancaron el cabello y la piel antes. Mi dueña yació en el césped, sin vida. La bruja acudió en vano, presenció el carnal escenario y mostró una total ausencia de emociones. Los hombres la ignoraron. Me ofrecieron parte del sacrificio, me arrojaron la carne y aguardaron. Esperaban que mostrara ser tan animal como ellos, aunque sólo fuera un gato. 

No los defraudé. Mordí la esencia misma de mi dueña. Bajo el brillo de la pálida luna mis dientes se tiñeron de su sangre. Mi corazón se revolucionó con el festejo final de las bestias. Clavé mis ojos en la bruja, por última vez, observé su espalda alejarse. 

La inocencia muerta apestando mis fauces, esa misma noche, en el jardín, juré vengarme.


Sophie Black

Este escrito está relacionado con un texto de Marosa di Giorgio que pueden leer en la reseña que hice de un libro de esta escritora. Se encuentra en la entrada anterior.
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Título: Rosa Mística
Autor: Marosa di Giorgio
N° de páginas: 93
Editorial: El cuenco de plata
Sinopsis: 
Si nada persiste en su ser, cualquier individuo puede fundirse en su contrario y por ello el gran modelo del mundo de Marosa di Giorgio es erótico: César Aira ha intuido que sus relatos eróticos de la última época no difieren mucho de su poesía porque se diría que “toda su obra confluye hacia el erotismo”. [...] En sus historias no hay parejas convencionales de hombres y mujeres: la realidad copula en cualquiera de sus términos femeninos y masculinos, no importa su identidad, sean ángeles, hurones o niñas. Con formas fálicas, concavidades de vulva, humores, bisbiseos, intenciones, raptos, esponsales, todo el dinamismo del amor es la verdadera potencia del cosmos, donde los seres se atraen e interpenetran, y los signos se dilatan, levan, estallan. Rara vez en la literatura puede hallarse semejante éxtasis sexual, esa inocente inventiva obscena, esa alegría ritual, esa sombría y peligrosa corporalidad imantada. Jorge Monteleone

Vengo a presentarles una lectura bastante especial. Llegó a mi por medio del taller de escritura al que asisto. Me sumergí por primera vez en el mundo de Marosa di Giorgio y su erotismo, con un texto breve, poético y muy especial. Desde ese entonces su narrativa es atrapante y las historias que ofrece rozan casi lo perturbador.

Marosa di Giorgio  fue una escritora uruguaya que se aventuró en una prosa sumamente inusual y sin precedentes en la historia literaria de su país, que produjo intriga y fascinación, tanto en la crítica como en los lectores y lectoras del mundo.

En su libro Rosa Mística se la observa explorando desde diversos puntos de vista el rol de la mujer en una silenciosa, y al mismo tiempo llena de gritos, critica al sexismo desde muchas formas. En este libro los personajes tienen relaciones sexuales de mil maneras distintas pero siempre arraigando el mismo acto. No importa si se trata de personas humanas o incluso animales. La violencia y el salvajismo es algo que se repite. Es increíble cómo cada pequeño texto ofrece un millón de interpretaciones, dependiendo de quién lo lea.

Es difícil de explicar lo que esta lectura genera en uno mismo. La narrativa de Marosa es fuerte, causa impacto. Creo que pone todo de cabeza. Tiene un toque poético, lo cual impide que sus escritos terminen de ser cuentos. Y con esta poesía genera un mundo aparte, un mundo sinéstesico donde los sentidos se mezclan, se confunden, no son los clásicos que conocemos. Entonces una manzana sabe aterciopelada y una flor suena como la melodía de un piano. ¿Me explico? Marosa juega con los colores y las flores de forma rara, única. Nada es lo que parece y todo es lo que nosotros mismos interpretamos. Arte.

El libro se divide en dos partes. La primera con textos cortos, que difícilmente llegan a ocupar una pagina o un poco más. Cada cual plasma una idea, una historia, un algo mágico y perturbador en el que detenerse a pensar y analizar. La segunda parte es un relato más extenso, podría decirse que casi una pequeña nouvelle, llamado Rosa Mística. 

Para cerrar esta reseña paso a dejarles el texto que leímos en el taller, con el que conocí por vez primera a Marosa.

Me dijeron que estaban carneando a una mujer. Que fuera. Pregunté si la conocía; no. Entonces, fui.
Ella ya estaba en un círculo, le habían quitado la piel. Había quedado roja como un tomate. Era un tomate gigantesco. Le habían sacado ya varias tajadas grandes, la mitad del pelo negro. Ella aún miraba como una oveja, o un serafín. Daba pequeño jadeo, jaleo, gemido ronco, bajito. La nombraron Amelia, Delia, Rosa, Emilia, Carmen, Libertad, todos los nombres y por uno solo.
Le sacaron la otra mitad del pelo, que ella quiso retener con su mano roja, y aún quedaba un pedazo de señora.
Al fin, la liquidaron.
Al gato, que siempre había vivido en el jardín, le entregaron el sexo, rojo, cerrado, delicado, grueso, rodeado de pestañas negras, y el gato lo comió con miedo y gusto, mirando hacia los hombres como diciendo Vean; vaciló, sí, al principio. Luego, se agazapó mirando a la luna que subió de golpe, casi hecha con granos de uva, y en un lila aterrador jamás visto.  
¿Qué opinan? Ofrece una descripción que ayuda a visualizar lo que ocurre. Genera cierto trauma y terror con lo que plasma. No resulta un simple texto erótico, común y corriente. A mí particularmente me hizo pensar en el juicio a una bruja. Un compañero del taller pensó en la condena a una mujer por 'puta'. Mientras que otra chica pensó en adulterio, una condena por infidelidad. ¿A ustedes que se les ocurrió al leerlo?

Quizá no sea una lectura para cualquiera, pero me parece interesante difundirla y que otros puedan conocerla.

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–Abuela, ¿qué es ese olor tan asqueroso? –preguntó su nieta de siete años, con la pequeña nariz arrugada para acompañar al comentario.

–¡Huele a mierda! –exclamó el hermano mayor, con la adolescencia comenzando a causar estragos en su vocabulario. 

–No lo sé, terminen de almorzar antes que su padre venga a buscarlos. Vamos que se les hace tarde sino... 


Edna también arrugó la nariz y se preguntó, quizá por enésima vez, de dónde provenía aquel espantoso hedor. La presencia poco bienvenida se había ido instalando en el ambiente de la casa desde hacía ya unas semanas. Sus nietos ya no lo toleraban. Ella culpaba a su marido, que llevaba ausente hacía ya demasiado tiempo. El pequeño viaje que Rigoberto había planeado para visitar a su hija, que vivía en la otra punta del país, lo había demorado más de lo esperado. A ese paso ella tendría que hacerse cargo del obvio problema. 

 –Mamá, algo huele a podrido –le advirtió su hijo cuando pasó a buscar a los niños. 

Ese comentario fue el colmo, el empujón necesario para investigar mejor, de una vez por todas, la procedencia de tal pestilencia. Quizá una rata muerta, pensó mientras caminaba por la casa. La peste se hacía cada vez más fuerte a medida que se acercaba al garaje. Abrió la puerta con la misma naturalidad de siempre. Ni se sorprendió al ver la habitación amplia y oscura, sin rastro del auto que su marido se había llevado. 

Entonces un único detalle llamó su atención. Un movimiento casi imperceptible. Al encender la luz sus ojos demoraron en acostumbrarse al brillo y luego se fijaron en el militar camino de insectos. Marchaban con una cadencia hipnotizante, guiaban hacia el objeto que los atraía con una promesa manchada en el aire. Ahora sabía qué desprendía el gran hedor: el viejo refrigerador que Rigoberto había comprado de oferta, un mes atrás, a la hija de la vecina. 

–Ella dijo que es una capsula del tiempo, ¡eso significa que debe congelar de puta madre! –explicó su marido la vez que apareció con el congelador recién adquirido–. Además sólo me cobró cincuenta pesos… 

Parecía que hubiese sido ayer cuando discutieron por culpa de ese trasto. Sin embargo allí estaba ahora, luego de haber perdido media batalla contra su esposo. Habían acordado que el freezer se quedaría en el garaje y sería utilizado en casos de extrema necesidad. Edna comprobó que no estaba enchufado y, por ende, no se encontraba en funcionamiento. Así que el problema residía en el interior de aquella caja blanca e inútil. 

Cuando abrió la puerta del refrigerador notó el aire condensado y apestoso que se lanzó sobre su rostro, como si quisiera atacarla. Se vio obligada a retroceder un par de pasos y sacudir una mano para ventilar. Tosió, se demoró en volver a llenar sus pulmones y enfocó la vista en su descubrimiento. Los insectos estaban por todas partes, se revolvían sobre el gran festín de carne. Por un instante la imagen fue nauseabunda y luego el reconocimiento trajo al pánico. Edna volvió a cerrar la puerta y se alejó a toda prisa. Sus manos temblaban mientras discaba los números en el teléfono. 

–¿Policía? Creo que tengo a la vecina en el refrigerador, la vecina… ella está… en el refrigerador… 

Lo repitió, una y otra vez, presa de un llanto silencioso. Al otro lado de la línea intentaron calmarla, Edna aceptó permanecer en la puerta de su casa hasta que llegara la patrulla. 

Sophie Black

Escribí esta historia en base a un ejercicio del taller de escritura, donde debíamos basarnos en una noticia insólita y crear la historia detrás. Así que yo encontré esta que me pareció re interesante. Es decir que más o menos este cuento se basa en hechos reales ♥
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VERBORRAGIA MENTAL


La vida es una mentira. Desde el comienzo hasta el final. Promesas falsas. Deseos insaciables. Sueños inalcanzables. Horas inacabables. La vida es una farsa. El peor engaño de todos. Ficción pura y frustrante. La vida es esa historia que te cuentan al principio, cuando eres apenas un niño. Ser adulto, la gloria misma. Un castillo en medio de las nubes. Alas de papel. La vida es una venda sobre los ojos y llevarse por delante todo lo que se interponga. Es esa rosa con espinas. Esas cadenas que te amarran al suelo. La vida es un peso en la espalda, una soga al cuello. ¿Qué es la vida? Una ilusión. Un problema sin solución. 

Quitenme la vida, que quiero volar. En busca de libertad, más allá de la existencia.

9:59 pm on sunday, february 14, 2016
Almost happy birthday to me...
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Título: Que el mundo me conozca
Autor: Alfred Hayes
N° de páginas: 155
Editorial: La bestia equilatera

Sinopsis: 
Todo comienza con un guionista de Hollywood durante una fiesta en una casa frente al mar. Está solo y aburrido, y para evadirse de la charla convencional sale a la terraza y ve a uno de los invitados, una chica, que camina hasta la orilla. Primero no hace más que admirar su figura, pero en seguida advierte que ella quiere suicidarse y se precipita a la playa para intentar rescatarla. Un acto de compromiso, que tiempo después va a lamentar.
En esta nueva novela, Alfred Hayes toma a dos personajes característicos, el escritor cínico y una aspirante a actriz, y describe la relación entre ellos revirtiendo todos los estereotipos de las historias de amor desencantado. Hayes sabe retratar como nadie a las personas que no pueden ayudarse a sí mismas y que tampoco pueden resistir la tentación de lastimar, y tiene el don de analizarlas y diseccionarlas con una precisión lapidaria. Esa visión de la conducta humana es, como en Los enamorados, despiadada pero admirable. Con su arte refinadísimo, Que el mundo me conozca proyecta en la página un relato conmovedor en el que ningún valor permanece inalterado, salvo la verdad y la belleza.


Alfred Hayes (1911-1985) nació en Inglaterra, pero fue criado en Nueva York. 

No puedo ofrecerles una reseña imparcial y objetiva, no después de quedar completamente obsesionada con la narrativa de este hombre. Así a continuación les diré con mis palabras cuán maravilloso y perturbante resultó para mí este libro y este autor.

La historia comienza con un protagonista cínico y en apariencia cansado de la sociedad de la que se ve rodeado. Es un fuerte critico que, al mismo tiempo, parece tener destellos de alguien que esta perdido y no sabe lo que dice. Este hombre es quien termina rescatando a una mujer que a punto estuvo de ahogarse en el mar, por un posible suicidio. Y así es cómo se desarrolla todo, con este personaje sintiendo una extraña conexión hacia la mujer que salvó pero viviendo una de muchas aventuras. 

El modo en que se critica a la sociedad, en que se critica al mundo hollywoodense y en que las venas quedan abiertas para sangrar es sencillamente exquisito. Se trata el romance desde un punto alejado, con pinzas, con critica, con mucho cuidado. Lo importante esta en lo psicológico, en el constante disgusto que oculta cierto gusto, casi resignado, por mucho de lo que ocurre. 

"Se oyó el agua en el baño, y ella reapareció en seguida, lista para la noche, con una sonrisa que, pensé, había elegido de la pequeña colección de sonrisas que reservaba para esos casos." 
Hay que saber apreciar las imágenes que el protagonista va arrojando aquí y allá a medida que narra la historia. La forma en que lo hace tiene un ritmo atrapante. Así que se trata de una lectura fugaz, adictiva. Al igual que uno se enamora del patetismo del personaje narrador, él se enamora del patetismo que encuentra en ella: una joven mujer dañada.

"Posiblemente había oído lo mismo en una escena que era un duplicado fiel de esa: el coche estacionado sobre una colina, dos cigarrillos, y abajo la ciudad, que lucía como luciría el infierno si tuviera un electricista."
Por favor, el sujeto salta con este tipo de frases para dejarte sin aliento.  Cada vez que avanza la historia siguen apareciendo y uno necesita saber cómo sigue, qué ocurre a continuación, si las cosas cambian. Entonces es fácil identificarse con él o con ella, identificarse en la historia de una novela que fue escrita hace casi sesenta años atrás.

"Estaba encantada. Un alma: un alma de verdad. Nadie había usado esa palabra en años. […] Pero había sido un desperdicio haberse molestado en darle una, ¿no? Algo tan superfluo. Era una de las cosas que menos falta hacía. Un alma, qué tontería. ¿De qué servía, salvo para enredársele a una y hacer que tropezara en momentos difíciles, como un camisón demasiado largo?"

Es una novela que apunto a lo realista pero desde un sitio en la ficción y critica sin muchos tapujos. Eso queda más que claro. Sin embargo hay un par de detalles complicados. Primero está que en toda la novela es difícil dilucidar de qué trabaja el protagonista si no se lee la sinopsis. Segundo está el final que, personalmente, resulta un poco traumático porque se espera mucho más de este hombre y resulta que las esperanzas quedan aniquiladas. No quiero hacer mucho spoiler, así que sólo diré que el final deja un gusto raro en la boca. Pero al mismo tiempo es una deliciosa cuchilla que aporta al trauma y el goce absoluto de principio a fin de este libro.

¿Lo leyeron? Sino pueden conseguirlo a un buen precio y creo que no se van a arrepentir. Al menos yo no lo hice. Me gustaría tener otras opiniones, así que son más que bienvenidos a comentar al respecto.

Sophie Black
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Ya ni siquiera sé lo que significa luchar.

No sé cómo te sentís vos, pero yo siento que soy un pez. Con un anzuelo bien agarrado en la mejilla y una lancha alejándose por el mar. Y yo salgo del agua y vuelvo a sumergirme y salgo del agua y vuelvo a sumergirme. No alcanzo a que me suban a la lancha pero no puedo estar tranquila en el agua...

Yo a eso no le llamaría luchar.

Igual creo que, quizá, con un enfoque diferente tendría alguna pequeña solución y, quizá, eso de cambiar el enfoque es lo que más me molesta. No quiero que me suban a la lancha y al mismo tiempo parece la única solución, porque como en medio está el anzuelo...

¿Podría subir y bajar cuando quisiera? ¿Sería capaz? ¿Tendría la fuerza suficiente?

Sophie Black
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En cuanto la tinta sobra,
se derrama de sus heridas.
Esas que la vida le cobra,
sin lugar a despedidas.

Entonces las marcas gritan,
ese lamento sin palabras.
Las rosas se marchitan,
brincan en su cabeza las cabras.

Amor desquiciado,
con fecha de caducidad.
Aire viciado,
con tu perfume a soledad.

Existió un pasado,
se inventó una verdad.
Se lamenta haber dejado
que ganara la ansiedad.

Matame,
pidió con dulzura.
Ámame,
pidió sin cordura.
Dejame,
decidió con soltura.

Si haz de partir:
no mires atrás.
Si haz de sentir:
no mientas más.
Deja de sufrir,
con cada paso que das.

Sophie Black
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La sonrisa de la azafata es igual a una patada en el estómago. Me cansa los ojos, rojos e hinchados. Ella se percata y suaviza el gesto. Me sorprende descubrir que es la misma muchacha, delgada y rubia, que estuvo en el vuelo anterior; que me trajo a esta tierra olvidada en donde, hace bastante tiempo, llegué a nacer. Me pregunto si alguna vez alguien escribió sobre ella: la azafata, no el país que estoy dejando atrás. Hace una semana podría haber dicho que tiene una sonrisa sin igual. 

Aún no puedo quitarme el recuerdo de ese olor. Lo sentí primero con la nariz, luego vibró por todo mi cuerpo como una realización: así es como huele la muerte. Me lo dije en el pasillo del geriátrico donde aguardaba para despedirme de mi madre. Hacía meses que estaba atrapada allí y yo me rehusaba a visitarla. Tiene un corazón fuerte, decían. Pero ya no la dejaban despertar y tampoco le permitían morir. Se encontraba ausente cuando pasé a verla. Las drogas, se suponía, debían ayudarla. No me querían dejar hablar con ella. La imagen que yacía en la cama con los ojos cerrados y una respiración dificultosa no era más mi madre. No lo supe en cuanto la vi. El olor me lo dijo todo.

Aquel encuentro fue el casillero final de un extenso juego. Uno que a mi madre y a mí nos había gustado jugar. Donde las malas decisiones abundaban. Cuando mi padre murió comenzó la historia. Fue entonces que fui a un internado mientras que mamá se pasaba los días enteros trabajando. Fue entonces que un eslabón de nuestra relación se partió y la distancia comenzó a crecer. Quizá ahí fue que nació mi pasión por la escritura, cuando hacía unos vanos intentos por acercarme a esa madre ausente, mediante cartas. Esas que escondí en lo más profundo de mi armario y jamás envié. Al final, la mujer que me apoyó en mi sueño de convertirme en escritor, e iniciar una vida en el extranjero, fue una completa desconocida para mí; al igual que el cascarón vacío al que tuve que decir adiós. 

¿Cómo se despide uno de su propia madre? Aún sigo preguntándome eso. No puedo perderla, si es que nunca la tuve. No sé qué me llevó a terminar en este avión, ahogando el llanto entre el sonido de las turbulencias. Es demasiado tarde para enmendar mis errores. Ya todo está dicho y hecho. Mi madre no iba a despertar. De hacerlo no me iba a perdonar. La abandoné. Yo la convertí en lo que ahora es. Ella hizo de mí un gran hijo. Uno que realizó su vida lejos y regresó cuando ya era tarde. La metí en ese geriátrico como ella me dejó en aquel internado. Y regresé, quizá, para matarla, pero esa es mi forma de liberarla. Espero que no sufra más, porque vine a verla después de tanto tiempo y le susurré al oído la verdad absoluta: que siempre la amé. 


Sophie Black


Este relato fue un ejercicio del taller literario que consistía en una re-escritura del texto Madre de John Berger desde el punto de vista de un alter ego. Así que escribí esto pensando en mi tía que falleció este mes y su hijo que fue a verla por última vez. Personalmente no creo haber cumplido con el ejercicio...
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"Paren el mundo, me quiero bajar."


Resulta que llevo desde casi siempre huyendo a la verdad, a la figura de mi misma, a la realidad que me rodea constantemente y no puedo evitar de por vida. Pero se supone que ya no más.

Este es mi blog personal, al cual nunca me atreví a dedicarle mucho trabajo. A medida que pasaban los años siempre fui subiendo historias que escribía. Sin embargo ahora le dedicaré mucha más atención y no sólo va a tratarse de mis cuentos sino que ocuparé el espacio para subir otros escritos y hasta quizá reseñas o compartir cultura y arte con los que deseen leer. 

Como primer paso haré una breve introducción a mi persona, colgando dos autobiografías que escribí en el transcurso de este año. No dicen absolutamente todo de mi, pero tienen un poco de todo. Y estoy abierta a recibir preguntas. Al comienzo del blog firmaba cono Jessica Black, mi primer seudónimo pero luego pasé a firmar como Sophie Black y puede que en algún momento dado termine aceptando mi nombre. La primer autobiografía está ambientada en el futuro. La segunda en la actualidad. Las fechas indican cuándo fueron escritas. Ojalá disfruten la lectura.

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“So love is about finding the right person to hurt you?”

“Pretty much.” —Matt Haig 

Hay veces que conoces a una persona y sabes que es inevitable enamorarse de ella. Lo intentas, procuras mantener una distancia prudente y un pensamiento frío. Pero va más allá de todo eso. Así que, lo quieras o no, escapa de tu control. Es cuestión de tiempo para que caigas en su red. Tarde o temprano: terminas enamorándote.

Luego, llega el miedo. Los temores primero hacen fila y al rato se abalanzan para aplastarte. Millones de dudas te impiden pensar con claridad. Arriesgarse no es opción, te repites constantemente. Una vez que es acepada la idea, guardas esos sentimientos, que son tan confusos, sólo para ti. Mantienes el peso sobre tus hombros a como dé lugar. No hay confesión que valga. No lo dirás. Tienes tu propio mantra para evadir el asunto.

Prefieres alejarte y mantener una horrible distancia antes que caer en el peor error de tu vida. El segundo si contamos haberte enamorado. Las palabras se atoran en tu garganta y los sentimientos te asfixian. No hay llave para ese sangrante corazón que llevas dentro. Buscas la primera puerta de salida. Es mucho más sencillo efectuar una huida. El camino que debes tomar, si liberas y sigues a tus emociones, se encuentra lleno de matorrales con filosas espinas. No estás dispuesto a hacer el sacrificio de circular por ahí. Prefieres no intentarlo. Crees que cualquier otra opción es mucho más confiable y mejor, crees que no merecen la pena tantos rasguños. Parece tan fácil largarse en la dirección contraria.

Así es cómo terminas perdiendo a esa persona que una vez amaste y que ahora no puedes olvidar. Lo único que logras conservar es el recuerdo de lo que una vez fue y la agonía de lo que nunca pudo ser. Sin embargo ya es tarde para echarse atrás. Cuando la decisión fue tomada tu ya sabías con certeza cuáles serían las consecuencias y aun así seguiste adelante hasta este ineludible punto. La duda puede carcomer tu cerebro, muchos quizá y tal vez asomen por tu cabeza de vez en cuando. Pero intentas convencerte de que hiciste lo correcto. Haces el mejor esfuerzo por seguir adelante.

Hay veces que conoces a una persona, te enamoras y aceptas perderla por temor a salir lastimado. Crees que así te ahorras muchos dolores, que así estarás más seguro. Pero, luego, el daño es irreparable. Por eso mismo, a veces, es mejor que estés atento y no conozcas a esa persona. Ese hecho tan factible puede ahorrarte un millón de problemas. Aunque así te pierdas de conocer a alguien sensacional y el precio a pagar sea, en efecto, no enamorarte. Hazme caso y voltea, no la mires. Deja que siga con su camino y se vaya lejos de tu vida antes de que sea demasiado tarde. Hay veces que tienen que hacerse tales sacrificios…

La pregunta del millón, la mayor parte del tiempo, es cómo ignorarla si continuamente aparece ante ti, lo quieras o no. Es entonces que uno llega a la trágica conclusión de que el destino juega en su contra. Y quizá todo sería mucho más simple si, en lugar de tantas vueltas y miedos, uno simplemente es sincero consigo mismo y con esa persona. Porque la verdad es sencilla, tan fácil como decirle a ese alguien tan especial que te gusta de un millón de formas distintas y que no lo cambiarías por nada en el mundo, ni siquiera por la oportunidad de tener un poco de seguridad sin ningún enamoramiento.


Enfrentarse al rechazo ya es otro tema muy distinto. Nadie es perfecto. La tristeza no dura para siempre. El mundo está plagado de personas especiales de las que puedes llegar a enamorarte y algún día encontrarás a la indicada. Sólo tienes que hacer las cosas bien. Enamórate. Di las cosas sin dudarlo. Levántate sin importar las veces que puedas tropezar. Y, si quieres llorar, hazlo. No te avergüences de nada.

Sophie Black



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Ante mí todo es verde. Los árboles, el interminable césped. El aroma a tierra y hojas de pino se pelea contra la punta de mi nariz, mecido por el viento. En el cielo existe una sola nube que lo cubre todo. O más bien un conjunto de cúmulos oscuros que fácilmente se apoderaron del firmamento que alguna vez fue azul. Lo único blanco es aquella casa en medio de la nada, donde trabajo. Una enorme cabaña de madera blanca con techo de tejas rojas. Un recinto para enfermos que nadie quiere volver a ver. Se ve tan fuera de lugar, estando en medio de la nada. Quizá tanto como yo, recostada contra el marco de la puerta y contemplando el cielo gris. Es difícil sentir que uno encaja cuando las piezas del rompecabezas están perdidas.
El paciente que estoy tratando últimamente sufre de una severa acuafobia. Es un hombre de avanzada edad, que debe estar rondando los setenta años. Su cuerpo no demuestra demasiado deterioro por el paso de los años. Sólo está un poco encorvado y arrugado, con el cabello todo canoso. Sigue siendo más alto que yo. Cuando elevo la mirada para buscar sus ojos me encuentro con dos charcos azules. A simple vista parece un sujeto tranquilo y agradable de conversar. Rara vez sonríe. Parece ser que siempre fue alguien inteligente y serio. Sin embargo pierde el control y la cordura cuando se trata del agua.
Debería preocuparme ante el claro pronóstico del tiempo. Adentro de la casa debe de haber a un señor Benson caminando con demasiada prisa de un lado a otro, poseído por el nerviosismo. No importa cuántas veces le asegure que la lluvia no puede alcanzarlo si permanece dentro y resguardado, Earnest Benson no quiere ni oír el sonido de las gotas de agua estrellándose contra el techo y las ventanas de la casa. La mera idea lo perturba. Así que lo más sensato es darle su medicación, ayudarlo a acostarse y procurar que se duerma. De todos modos sigo clavada al suelo de madera, junto al marco de la puerta. Es sólo otra tormenta más y yo continúo sin poder ayudar al pobre señor Benson.
No me muevo hasta que comienzo a oír los gritos. No suenan realmente desesperados, sino más bien son un llamado de atención. La voz rasposa y perturbada de Earnest rebota contra las paredes de la casa y rueda hasta mis pies. Consigue que cierre la puerta a mis espaldas y me dirija hacia la sala de estar, donde él se encuentra sentado en una mesa.
—Señorita Harper, señorita Harper —repite esas dos palabras sin cesar, es lo único que parece decir. Lo miro intrigada.
—¿Qué ocurre, señor Benson? —le pregunto con verdadera intriga. Porque sus ojos parecen tener un brillo fuera de lo común. No entiendo lo que ocurre.
—El agua está viniendo, quiere llevarme. No descansará hasta llevarme —dice con notable paranoia. Echa un vistazo a su alrededor, se rasca la nuca con ansiedad y luego vuelve la mirada al tablero de ajedrez que descansa sobre la mesa delante suyo. Mueve un peón.
Las furiosas nubes negras espían desde la ventana, pero todavía no descargan su violenta agua contra la casa. Sé que es cuestión de tiempo antes de que Earnest pierda los estribos. No ha tomado su medicina, no está durmiendo, no es alguien que yo pueda manejar con facilidad. Me dobla en tamaño y fuerza, aunque este ya viejo. Lo que voy a hacer es una completa locura. Pero estando rodeada de enfermos que la padecen es fácil contagiarse un poco. Me justifico pensando que nunca tendré una oportunidad igual. Deslizo un peón negro y contengo el aliento por un instante.
—¿A dónde quiere llevarlo el agua, señor Benson? —pregunto a continuación. Él nunca contesta a mis preguntas, pero yo tampoco desisto.
Por supuesto que no obtengo respuesta alguna. Earnest mueve su mano huesuda y desliza un alfil blanco sobre el tablero. Luego me mira de manera insistente, espera a que yo haga mi siguiente movimiento. No quiero concentrarme en el juego. El tiempo está siendo considerado conmigo y aún la lluvia no se desata. Debo fingir que le sigo la corriente si espero sacar algún atisbo de información a mi paciente. Muevo otro peón. El abuelo que tengo delante mío se muestra decepcionado.
—No lo sé, querida. Si lo supiera no me aterraría tanto, ¿sabes? —comenta aquello con extrema tranquilidad, mientras mueve otra pieza blanca.
De no ser por el temblor de su cuerpo habría jurado que es un hombre completamente distinto y superado. Le aterra pensar y hablar del tema, eso está más que claro. Incluso yo me siento nerviosa debido a la proximidad de la tormenta. Sin embargo estoy mucho más emocionada por aquel pequeño avance. El señor Benson acaba de hablar y eso sólo puede significar que planea abrirse. Sólo así podrá superar al fin su fobia: confiando y prestándose. De manera automática muevo otra pieza negra y esta vez ni siquiera tengo que abrir la boca para formular una pregunta. El anciano se encuentra sumido en sus pensamientos, mirando el tablero de ajedrez al tiempo que comienza a narrar su historia.
—Volvía del trabajo, un día como cualquiera —me explica—. El sol comenzaba a hundirse en el horizonte, jugando a las escondidas entre las casas. Busqué a mi mujer en la cocina, donde siempre solía estar cuando yo regresaba del trabajo. Pero nadie había estado allí preparando la cena. Así que la busqué en el jardín, esperando verla entre las flores, con las rodillas hundidas en el barro y el rostro manchado por el esfuerzo. A ella le encantaban las plantas, siempre las cuidaba con mucho esmero. Pero aquel día nadie las había regado —su frente se arruga ante el recuerdo—. Entonces comencé a llamarla por su nombre, esperando que respondiera desde el cuarto de baño o nuestra habitación en el primer piso. No la escuché mientras subía las escaleras de dos en dos. Me percaté del rumor del agua en cuanto pise el último escalón. Sentía gran alivio al creer que simplemente se estaba duchando. Volví a llamarle, me cansé de repetir su nombre. Como ella nunca contestó decidí abrir la puerta y fue entonces que la encontré —parece que ahí se detiene.

Sus dedos danzan en el aire sobre la figura de un caballo. Aguarda, duda y prefiere continuar la historia antes que el juego.

— Estaba en la ducha. El agua se había llevado todo su color —le toma esfuerzo decirlo, se estremece—. No pude hacer nada para salvarla. La rodeé con mis brazos, sacudí su cuerpo tieso. Intenté que abriera sus ojos, que moviera sus labios para respirar. El agua seguía corriendo sobre nuestros cuerpos y el color se iba por el desagüe. El amor de mi vida se encontraba sin vida. El agua se la llevó… —eso es todo lo que dice antes de mover, al final, a la reina blanca—. Jaque.
—Siento mucho su pérdida, señor Benson —me atrevo a decirle mientras intento salvar a mi rey—. Pero tiene que darse cuenta de que sólo fue un accidente, el agua no va a llevarlo a ningún lado, no puede dañarlo a no ser que usted lo permita. Los accidentes ocurren, Earn. No fue culpa suya, ni de nadie. Ella no murió para que se convierta en esto, tiene que superar su fobia al agua —termino de decir.
La verdad: no creo que mis palabras puedan ser suficiente para ayudar al señor Benson. Su pérdida y su dolor son un peso demasiado importante en su vida como para hacerlo a un lado con tanta rapidez. No espero que en este preciso instante él comprenda lo que le estoy diciendo y tampoco espero que supere de inmediato su fobia. Lo he visto espantado cuando abrían el grifo de la cocina o cuando escuchaba correr el agua del baño. Le he obligado a bañarse sin tomar sus pastillas y contemplé impresionada cómo sufría un verdadero ataque de pánico al sentir las gotas de agua correr por su piel. Incluso cuando se baña medicado no deja de repetir que el agua lo limpia demasiado, que el agua le roba su color. Nunca entendí aquella extraña metáfora en la cual él aseguraba que su piel se desteñía. Hasta este preciso instante, luego de oír la historia tan triste que Earnest llevaba oculta.
El viento sigue soplando contra las ventanas mientras que Earn y yo continuamos jugando al ajedrez, ahora en absoluto silencio. Sin embargo el agua no llega a caer del cielo. Las nubes comienzan a dispersarse lentamente, aburridas por la inminente victoria del señor Benson. Un rayo de sol alcanza a filtrarse por una ventana y los ojos azules del anciano se sienten atraídos por ese brillo dorado. Yo también fijo la mirada en el día soleado que lucha por reinar el cielo.
—Parece que va a llover —comenta Earnest.
Estoy a punto de contradecirlo, pero entonces me fijo mejor. Los charcos azules que son sus ojos están derramando gruesas corrientes de lágrimas. Su cuerpo se estremece y él llora en silencio. No demuestra temor alguno a que su rostro se destiña o a que el agua se lo lleve. Ha desatado el nudo que amenazaba con ahogarlo. Llora porque le han arrebatado lo más preciado de su vida y no pudo hacer nada para evitarlo. No puede hacer nada ahora tampoco, más que llorar.

La pena me embarga por completo. Duele pensar en cómo me gustaría poder ayudar en verdad. Pero no puedo traer de vuelta a su mujer. Ni siquiera alcanzo a comprender el profundo dolor que debe de pasar cada día al despertar y recordar. Así que, tan pronto como lo realizo, también rompo en un silencioso llanto. Me doy cuenta que Earn tuvo razón. Realmente comenzó a llover…

Sophie Black
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(Otro día)

El timbre. Es en algún momento, pasado el mediodía, que el timbre suena. Noiz gira en la cama. Lo ignora. Le gusta dormir aunque el sol ya este danzando sobre el cielo, retozando entre un montón de nubes que es muy probable vengan a mear Londres como cualquier día. El clima muchas veces apesta, pero lo que más apesta es no tener el dinero suficiente para hacer lo que se le de la gana. Por eso Noiz duerme. Y porque le gusta dormir. El timbre sigue sonando, cada vez más insistente. Seguro se trata de alguien decidido a sacar al francés de la cama. ¡Enhorabuena! Lo ha conseguido. Alguien se ha ganado un puñetazo en la cara por parte de un malhumorado francés que acaba de despertar.



—Quel salop! Quel enculé! C’est un vrai fils de pute! —masculla por lo bajo mientras desliza las piernas dentro de un pantalón cualquiera, el primero que encuentra a mano. 


Se revuelve el cabello rubio, no se molesta en buscar una camiseta ni calzarse nada. Abre la puerta y amaga a golpear. Su puño se detiene justo a tiempo delante de la narizita de una joven. Cabellos cortos y multicolores, un ojo de cada color con lentillas llamativas, ropa fosforescente y botas de demasiado centímetros de alto. No es una niña, es una muchachita con una sonrisa picara y es una buena noticia. Así que Noiz la deja pasar y en silencio van a la cocina.

—¿Café? —ofrece sin muchos ánimos, aún no está del todo despierto.

—Es tarde y deberías estar almorzando, no desayunando, so bobo —replica la mujercita con voz muy aguda—. Hoy a la noche tienes un trabajo —sigue explicando, acomodándose en una silla y sonriendo—Te pagaran un dineral por pasar buena música en el cumpleaños de una niñita de papá, ¿qué opinas? —

—Estoy tan desesperado que no puedo opinar —replicó el francés.

—Lo sé, lo sé. Ambos preferimos trabajar en una fiesta de verdad, pero la de hoy es una gran oportunidad —insiste, sumamente convencida—. Ahora deja de llorar y trae aquí tus manos, te arreglaré las uñas. ¿Qué color te apetece? —

—Negro, para que convine con mi alma.

Taza de café en mano, trasero en silla y uñas siendo pintadas por la mujercita de todos colores. Conversan, deciden la música que va a pasar en la fiesta de esa noche. No son sólo compañeros de trabajo, son amigos. Hablan de la vida, de la mierda que les toca a cada uno y de los puntos positivos, los cuales son pocos pero por lo menos existen. Noiz es el que menos habla, pero tiene buen oído y no sólo para la música. Una vez se queda sin café y las uñas se secan, le abre la puerta a la chica arcoiris para que siga con su vida. A la noche se vuelven a ver.

Cuando Noiz termina de armar su equipo de música los niños recién empiezan a llegar. No entiende cómo acabó en una mansión enorme, acomodado en una sala de baile, poniendo música para un grupo de adolescentes hormonados y malcriados. No hay un sólo chiquillo que no lleve algo de oro encima. Podría ponerse a robar. Pero apenas puede mirarlos, porque al hacerlo se ve a él mismo unos años más joven. Los detesta y se detesta. Pero sigue pasando música. La cosa se vuelve aburrida y Noiz deja una lista de reproducción para salir a tomar un poco de aire, fumarse un cigarro. Su teléfono suena y atiende el llamado. Es un cliente, uno con demasiada información. Sabe donde diablos esta parado y quiere un encargo rápido. Al francés no le gusta ni un pelo lo que ocurre. Se siente observado, y al mismo tiempo acorralado. Tiene un arma en el bolso que trajo, tiene un cuchillo escondido en el tobillo. Matar a alguien es pan comido. Es más dinero fácil. No puede rechazar la oferta. Aunque se trate del padre de la cumpleañera. Así que acepta. Arroja el cigarrillo, lo pisotea con fuerza y se encuentra de cara con un hombre que tiene todo el aspecto de guardia. Claramente no esta en la casa de un ricachón cualquiera.

—Soy el DJ, sólo salí a tomar aire —explica el rubio. Se rasca la cabeza y finge el tonto. Cosa que el guardia no se cree.     

Manos en el aire, mostrando lo vacías e inofensivas que se ven. Un paso, dos al frente. Una distancia corta y accesible. El guardia amaga a sacar algo, quizá un arma. Noiz no le da tiempo. Lo atrapa, lo jala, le rodea el cuello con un brazo y crack. Toca deshacerse del cuerpo. Lo arroja entre unos arbustos junto a la puerta por donde salió. Entonces se detiene un segundo y escucha, piensa, observa. Tiene que buscar y encontrar a Paul Dolce antes de que encuentren al guardia muerto y se dispare cualquier alarma. La música sigue sonando, la lista de reproducción entretiene a los chicos. Él planea entretenerse también.



N.A. Este texto lo saqué de un rol. Por alguna razón me gustó cómo quedó.

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El golpe llegó de repente y sin piedad. Fuegos artificiales estallaron delante de mis ojos. Me tomó un segundo entender lo que estaba ocurriendo. El mundo dio una vuelta, luego dos y a la tercera supliqué que se detuviera porque deseaba bajarme. Dentro de mi cabeza comenzaba a instalarse un dolor agudo que apenas me permitía concentrar en mis pensamientos. Él me estaba golpeando, solo sabía eso. No había realidad más arrolladora que esas manos atentando contra mi estabilidad física. Ni siquiera su mirada bestial o sus gruñidos ahogados podían compararse con esos puños cerrados, esos nudillos de acero ardiente fundiéndose en mi piel, amenazando con triturar mis huesos... 


A continuación procuré aferrarme a lo poco de cordura que me quedaba. Me defendí, o al menos eso me pareció que intentaba hacer mientras sacudía mis extremidades con la intención de lastimarlo o mantenerlo apartado. Incluso procuré mantener cierta distancia, mis uñas arañaban el suelo tratando de encontrar un impulso hacia atrás, un espacio lejos de aquel monstruo. Pero mi histeria de poco sirvió para frenar el siguiente golpe, ni el que le siguió a ese. Los arrebatos de furia contenida venían directo a mí y yo estaba indefensa, era el remplazo para cualquier bolsa de boxeo: yo y mi rostro.

El dolor estalló en mis oídos, mi nariz, mis pómulos. Toda mi cara palpitaba cuando sus nudillos se apartaban. Algo húmedo comenzó a esparcirse sobre mis labios y más allá de mi mentón. El sabor metálico me permitió identificar la sangre y atoró los gemidos en mi garganta, clavándolos como bonitos cuadros de terror en las paredes de mi laringe. No había cuerdas que me ayudaran a expresar lo insufrible de aquel momento. Y tampoco lágrimas. Yo no las había derramado y no pensaba hacerlo. Ni una sola gota salada escaparía de mis ojos rojos. Tenía la mirada ausente, la ventana que daba a mis sentimientos completamente bloqueada. No le daría el gusto, no dejaría que se retorciera de placer al ver el dolor y el pánico que se apoderaba lentamente de mi cuerpo.

Quizá por eso había tanta sangre derramándose sobre mis labios. O tal vez se debía a que acababa de romperme la nariz y el labio. Y mis huesos se quejaban tanto que pronto terminarían por el mismo camino. No comprendía cómo aún mi cráneo resistía aquellos golpes tan duros, tan atroces. Seguro comenzaba a agrietarse, con lentitud, disfrutando la oportunidad. Y mi cabello se iba soltando, abandonándome cada vez que él lo jalaba para tenerme a su merced. ¿Por qué no dejaba de sacudirme? ¿Por qué tenía que deformar mi rostro hasta dejarlo irreconocible? ¿Por qué me hacía todo esto? Apenas tuve la oportunidad le dirigí esa mirada, le pregunté en silencio, exigí una explicación. ¿Por qué? 

—Te amo, cariño —explicó con un grado de adoración en su voz que parecía tan descolocado—, lo eres todo para mi. Tienes que entenderlo...

Fue entonces que me partí en dos, en diez, en mil pedazos. La marea me consumió, el llanto escapó a través de los barrotes de mi propia prisión. Comencé a temblar descontroladamente y él me abrazó. Me aferré a su cuerpo, buscando no ahogarme en el mar de dolor. Y él acarició mi cabello mientras que el sufrimiento me consumía. Él me consoló con cariño, aumentando el sangrado en mi interior. Sus susurros se volvieron un pequeño arrullo; el terrible canto de una sirena. Un millón de cuchilladas directas a mi pecho.

—Te amo, mi amor. Te amo —murmuraba junto a mi oído. 

Y deseé que en lugar de hacer eso continuara golpeándome. Porque no había nada más doloroso que sus palabras.


Sophie Black


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Vamos a morir.

Desde pequeño supe lo que quería. Fue una especie de amor a primera vista. Solo tuve que ver una película para declarar con certeza cuál sería el verdadero sentido de mi vida. El maravilloso mago de Oz era la novela en que se basó esa cinta. El lugar estaba repleto de niños, adultos, toda clase de personas que iban al cine para matar el tiempo. Yo tenía seis y mi madre deseaba que pasáramos un momento juntos. Creo que fui el único que realmente disfrutó esos ciento un minutos. Mas lo que en realidad me cautivó fue la escena del tornado. El cielo se oscureció, las nubes parecieron cobrar vida propia y el viento espantó a todos los seres vivos en busca de un refugio. En ese momento deseé con todo mí ser ocupar el lugar de Dorothy. Mi mayor placer era contemplar la furia de la naturaleza, el poder inmensurable de una tormenta violenta y monstruosa, los remolinos de viento, tierra y todo lo que levantase vuelo destrozando casas y camionetas sin que nada pudiera detener su avance. En mis oídos solo había lugar para esa increíble imitación del rugido de un tren. Mi mayor deseo: alcanzar un lugar sobre el arcoiris, descubrir Oz.

Vamos a morir.

La fantasía de un niño es objeto de risas. Cualquiera, ya adulto, miraría atrás y se burlaría de las aspiraciones que uno se planteaba con tanta convicción. Muchos pequeños habrán gritado a los cuatro vientos su deseo de convertirse en súper héroes, pero hoy en día estarían encerrados en una oficina haciendo cuentas y tecleando mecánicamente en una computadora. Nada de policías, soldados o agentes solidarios. La vida puede absorber la niñez, arrancarla de raíz, borrarla por completo de nuestros seres para dejar simples carcasas. Yo luché hasta el final. Mi fascinación con los tornados jamás se extinguió. A los veinte años comencé a perseguir mis primeras tormentas. Nunca solté una mísera carcajada cuando recordaba mi deseo de llegar a Oz.

Vamos a morir.

Por supuesto que maduré, con el tiempo me convertí en un adulto como cualquiera. O al menos intenté adaptarme a la realidad que me rodeaba. Siempre fui autodidacta y me instruí por mis propios medios, estudiando constantemente. Me convertí en un operador de radio, pero mi inclinación siempre fue hacia la investigación de los tornados. Ellos eran mi tormento, mi fascinación, no podía simplemente mantenerlos fuera de mi cabeza. Mi objetivo se priorizó, dejando de lado las fantasías sobre arcoiris y mundos mágicos: me centré en conocer la naturaleza y el funcionamiento de los tornados. Me planté de pie a la puerta de la ciencia y golpeé incesantes veces hasta que esta contestó a mi llamado. Reducido por la inexistencia de los instrumentos meteorológicos, necesarios para avanzar con mi investigación, jamás me di por vencido. Me convertí en ingeniero e inventor, diseñé y creé los objetos que me facilitarían el trabajo. Y así alcancé más escalones de los que jamás nadie se habría imaginado.  

Vamos a morir.

A medida que crecía, como persona, como investigador, como el hombre que estaba destinado a ser, mucha gente pasó a formar parte de mi vida. Me enamoré de una hermosa mujer, a la cual me atreví a pedirle matrimonio. Su nombre era Kathy, a veces conseguía hacer que me olvidara de las tormentas y con su aire felino me engatusaba hasta el infierno. Ella era mi sol, mi arcoiris. Nos casamos, tuvimos tres hijos. Y a pesar de que tenía una familia hermosa continué persiguiendo tormentas. Dediqué mi vida a eso, escribí sobre el tema, ayudé a las personas afectadas por tornados, fundé un equipo de investigación, participé en un programa televisivo. Mi placer fue infinito. Incluso mi hijo mayor comenzó a acompañarme en las persecuciones de tornados. Fui afortunado.

Vamos a morir.

Era primavera, época de tornados. En esos momentos era como un niño en navidad. Siempre supe que estar cerca de un tornado era algo increíble. En esos instantes puedes ver en detalles el tornado, escucharlo y olerlo. Huele a hierba recién cortada, o de vez en cuando, si se destruye una casa, a gas natural.¹ Con el equipo estábamos realizando una investigación relámpago cuando se me ocurrió poner a prueba unos sensores de tornados que todavía estaban en desarrollo. Todos estuvimos de acuerdo y nos pusimos en marcha. El tornado era increíble, de tal magnitud que nos tomó desprevenidos. Cuando fuimos a darnos cuenta del potencial que poseían sus vientos, la cantidad de vórtices con la que contaba y la velocidad a la que avanzaba fue demasiado tarde como para actuar con precisión. La camioneta roja estaba más cerca del tornado, iba a ser la primera presa si no comenzábamos a movernos. Volteé cuando Paul tomaba una foto y le grité que dejara de jugar. Lo vi de pie, mas alto que yo, ya no era un niño. Comencé a disparar órdenes, la retirada era inmediata y apresurada si queríamos salir con vida.

Vamos a morir. 

El paisaje que tenía frente a mis ojos era deslumbrante, digno de la fotografía que acababa de tomar mi hijo. La bestia de viento se retorcía con furia mientras acortaba distancia. Era un horrible gusano que arrasaba con todo lo que tenía a su paso. Sin embargo el cielo era una pintura de arte: a un lado claro y celeste con algunas nubes como si nada pudiera arruinar su calma y al otro lado horribles nubes de tierra eran iluminadas por un tenue sol que comenzaba a ocultarse. Los campos verdes encuadraban esta preciosa y enfurecida imagen. Por un par de segundos me quedé congelado contemplando lo que se avecinaba.

Vamos a morir. Vamos a morir.

La camioneta roja aceleró, pasó a nuestro lado como si fuera perseguida por el mismísimo diablo.  En nuestro auto íbamos mi hijo Paul, Carl Young y yo. En un cerrar y abrir de ojos ya me encontraba en el asiento del copiloto. Habíamos sintonizado una radio y advertíamos sobre el tornado que nos perseguía. El problema era que no había ningún sitio a donde ir, no podíamos acelerar más y el monstruo ya casi nos alcanzaba. Carl conducía desesperado, vi cómo el terror poseía su rostro antes de voltear para echar un vistazo. Mi hijo Paul se veía tan indefenso que se me antojó llorar. No importó cuánto deseara que el auto se alejara, la distancia disminuyó hasta lo inevitable. Escuché los gritos de mi hijo, los gritos de Carl y mis gritos, una mujer al otro lado de la radio aún nos oía.

¡Vamos a morir! ¡Vamos a morir! ¡Vamos a morir!        

Todo ocurrió demasiado rápido. El auto fue arrancado de la carretera, nos elevamos en el aire siendo golpeados desde todos los lados. Pensé en mi esposa y mis otros hijos, en cómo no pude despedirme de ellos. Esperé escuchar el rugido de un tren, mas en mis oídos se ahogaban los gritos y el tormento del viento. Tampoco pude decir adiós a Paul ni a Carl. La velocidad con la que fuimos arrasados fue inexplicablemente veloz. Toda mi vida pasó por delante de mis ojos, como si se tratase de una película. Recordé aquella vez en el cine, mi juventud como cazador de tormentas, los inolvidables momentos junto con todas las personas que conocí. Ya nada importaba realmente. Estábamos muriendo, yendo directo a ese lugar sobre el arcoiris. 



     ¹ En una de sus últimas entrevistas, Tim Samaras describía así sus sensaciones ante un tornado.


N.A. Éste relato lo escribí en honor al cazador de tornados Tim Samaras. Fue un ejercicio para un taller literario que se basaba en narrar la historia de una foto y yo escogí la del tornado que coloqué más arriba.

Sophie Black
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http://th07.deviantart.net/fs70/PRE/f/2014/048/e/0/find_you_by_yukix-d76pks3.jpg


Un grito en el aire, la porcelana se quiebra en infinitos trozos. Pero solo somos tú y yo, no importa nada más. El ambiente es cálido, la cercanía irresistible. Cómo me gustaría detener el tiempo, poder sentir los rayos del sol acariciando mi piel.  Llevas el cabello platinado, revuelto como a mí más me gusta. Muero por extender mi mano y acariciarlo. Los minutos pasan y estas más cerca, pero al mismo tiempo te siento tan lejos. Estoy harta de esta espera, de esas manos que te acarician y alejan de mí. Esas mismas manos que me apartan y me manipulan a su antojo. ¿Por qué todo no puede ser más sencillo? Un beso, una caricia, un suspiro. Actuar por voluntad propia. Todo eso debería ser fácil. Pero no lo es. Te suplico con la mirada, solo un segundo. No te apartes, no me dejes. Temo ser yo quien se rompa en mil pedazos si no te quedas a mi lado.

La habitación continúa iluminada, tenemos un poco más de tiempo. Al otro lado de la ventana se escucha a las personas pasear. Ellas si pueden salir, experimentar los pequeños placeres que ofrece la vida. Nosotros en cambio permanecemos inmóviles; mi palma en tu pecho, tu mano en mi cabello. Creo que todo mi cuerpo cosquillea de puro deleite. Aún así es imposible experimentar la verdadera felicidad. Por más que lo intente, no puedo evitar pensar en el después. Ese momento en que tú y yo dejamos de ser algo más que presas del deseo. Luego de que ambos nos vemos obligados a apartar del lado del otro. Quiero permanecer así, aunque no sienta mi corazón palpitar y menos el tuyo. Por más que el frío posea nuestros cuerpos a pesar de la calidez del cuarto. No dejes de mirarme, por favor no lo hagas. Solo un minuto más, eso pido.

—Ya es hora, mis preciosos —anuncia una voz en trueno, esa que proviene de todos lados y de ninguno en particular.

El aire se sobrecarga, nuestro espacio es invadido. Quiero llorar, mas no puedo. La criatura que jamás se cansa de llamarnos como si fuéramos obras de arte robadas de un museo, se  inclina con una cámara fotográfica. Otro momento para conservar por el fin de los tiempos, otro suceso que se congelará en una imagen dura y sin vida. El proceso diario que arranca trozos de nuestras almas para dejarnos cada noche sin las energías suficientes como para poder alcanzar al otro. Somos fríos modelos de plástico, y no importa cuanta vida haya en nuestros ojos. Tú y yo estamos destinados al desconsuelo de existir sin llegar a concebir nuestros sueños.

No la mires a ella, no formes parte de su juego. No importa cuánto insista, es inevitable. No somos dueños de nuestros actos, no hay fuerza de voluntad que nos ayude a mover con el único fin de huir. Así que el tiempo se clava como agujas en mi cuerpo, no siento nada. Tu mano se aleja, tu cuerpo ya no está a mi lado. Caigo sobre la mesa, abandonada. En mi mente solo reside la idea de volver a vernos. Mi mirada perdida en el olvido…    
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Un sentimiento que nunca muere

El final puede llegar de un momento a otro. No importa cuánto puedas alimentarte, los cuerpos se descomponen, la piel se reseca, los órganos se pudren, la movilidad comienza a ser limitada hasta que de repente pierdes la poca consciencia que aún te impulsa a continuar con todo aquello y te conviertes en cenizas. Nadie renace, todos desaparecen con el paso del tiempo. No  existen sobrevivientes. Es entonces cuando te das cuenta que si tienes que afrontar el fin del mundo, esfumarte con el viento y dejar de existir. ¿Por qué no hacerlo en compañía? Quizá exista un sentimiento que nunca muere, a pesar de que el resto del cuerpo lo haga, ese sentimiento solo puede existir entre dos…

Andrea murió a sus veintiún años, en el momento más pleno de juventud y energía, cuando su vida podía tener un futuro envidiable, un presente con diferentes caminos por tomar y una meta fija. No era un muchacho perdido, indeciso, más bien sabía lo que hacía, luchaba por sus convicciones. Como podía llegar a tenerlo todo, incluso aquel coche deportivo que tanto había soñado, su vida fue arrebatada sin sentido, junto con aquel caos repentino que se desató en el mundo. No fue uno de los primeros en caer victima de aquella pandemia, luchó todo lo que pudo hasta que fue mordido. Su muerte no fue dolorosa, de un momento a otro había perdido prácticamente cualquier motivo para existir, cualquier pensamiento coherente que lo guiara por el plano de la realidad, solo existía para mover un pie delante del otro y saciar aquella feroz hambre que amenazaba con hacer estallar cada uno de sus huesos. Andrea se convirtió en un zombie, pero a pesar de que carecía de juicio alguno, era consciente de una sola cosa: el fin estaba cerca.

Elena acaba de morir, con diecinueve años y ningún motivo del cual arrepentirse no continuar con vida, ya que prácticamente nadie la va a extrañar, ni siquiera ella misma se puede echar de menos. No sabe lo que ocurre, no esta segura de cómo debe actuar, pero allí esta, sin vida alguna. A su alrededor se encuentran los restos de quienes fueron sus compañeros, personas que alguna vez conoció, con las cuales compartió momentos que se suponía eran inolvidables, pero ahora solo aplasta sus trozos de carne, patea sus huesos, mientras que intenta alejarse, buscar algo que la consuele. Sus pasos son torpes, los movimientos le cuestan demasiado, su cerebro demora en dar las órdenes correctas, los estímulos son lentos y parecen distraídos. No hace más que vagar, merodear por aquella ciudad fantasma. Aún no siente esa hambre insaciable, solo se mueve como lo que es, se impulsa a seguir caminando porque no quiere sentir la verdadera muerte. Sus órganos han dejado de funcionar, esta casi segura de ello porque si intenta respirar de sus labios escapan ronquidos, como si se atragantara, y eso es lo único que puede escuchar, los complicados ruidos que escapan de su boca y las fuertes pisadas de sus pies. No hay ningún corazón latiendo, ese músculo ha dejado de bombear sangre por su cuerpo, lo que implica que se debe ver pálida y cadavérica. Debería importarle, quizá si encontrara el modo de verse en el reflejo de un vidrio, podría intentar arreglarse el cabello y hacer algo con ese hilillo de saliva que hay por debajo de sus labios, manchando parte de su barbilla. Debería buscar la manera de vendarse las heridas, encontrar una solución a su pronta descomposición. Pero no es del todo consciente, por supuesto que no le importa nada más que continuar moviéndose. Y a pesar de que no ha visto cómo los zombies van perdiéndose a si mismos, hasta convertirse en polvo, no esta segura de aquel extraño presentimiento que la invade, pero sabe que es cierto: el fin se acerca.

La descomposición es parte de la muerte, es parte de la existencia de un zombie. Andrea lo sabe, por eso ha aprendido a aceptarla, a vivir con ella. No esta seguro de cuántas partes de su cuerpo faltan, pero mantiene las dos piernas, los diez dedos de las manos, y la mandíbula prácticamente intacta aunque su mejilla derecha lleva la piel rasgada hará meses y puede verse el interior de su boca. Varias zonas están destrozadas de aquella manera, los músculos abiertos, cortados, mostrando órganos en desastroso estado o vislumbrando huesos que aún conserva. No recuerda cuántas costillas le quedan, ni qué ocurrió con su páncreas, incluso ha perdido el dedo gordo de su pie izquierdo, allí donde el zapato se ha roto. Igualmente se alegra demasiado de conservar ambos ojos en un perfecto estado, si se podría decir que la mirada muerta es agradable a la vista de cualquiera. Incluso se siente afortunado de conservar el cráneo intacto, con una sucia, despeinada pero igualmente bonita mata de abundante cabello negro y grasiento. Desde que fue mordido viste aquellos jeans desgastados, que con el tiempo adquirieron nuevos tajos e innumerables manchones de sangre reseca. La camisa que llevaba era sin mangas, bastante bonita, ahora le falta un gran trozo que deja al descubierto su costillar izquierdo, mientras que el otro lado esta intacto y mugriento. La tela es de un color azul que combina con la tez verde pálida de todo su cuerpo. Comparado con otros cadáveres andantes, aún le falta para caer rendido y hacerse polvo. Por eso continúa caminando hasta que encuentra un motivo que lo paraliza en su sitio.

Cuando Elena logra que su columna vertebral la obedezca, consigue que su rostro se eleve en el ángulo exacto y sus ojos muertos enfoquen lo que a simple vista es otro de esos cadáveres vivientes, un zombie que ha decidido dejar de moverse. Pero a ella no le importa si aquel atractivo muerto sigue o no en movimiento, porque Elena no piensa dejar de caminar. Continúa hacia delante, directo hacia el joven que parece estar contemplándola pero su mirada esta tan lejos de allí que nadie podría asegurarlo. La muchacha siente que no tiene nada de lo que avergonzarse, ya que no esta para nada podrida como la mayoría de las mujeres zombies que ha visto. Su cabellera negra seguramente se ve brillante y fuera de contraste con el vestido rosado y decorado con sangre y trozos de algo más consistente como si se tratara de algún esponjoso relleno humano. Quizá podría haberse sonrojado si la sangre corriese por sus venas muertas, pero tal cosa era imposible. Solo se choca contra el fornido cuerpo del zombie que tiene delante suyo y abre la boca mostrando una mueca, lo que debería ser una especie de sonrisa. ¿Los zombies interactúan entre si? No esta segura, pero le gustaría poder comunicarse con aquel chico, conocer su nombre, su historia, dejar de sentirse sola y sin rumbo.

Andrea y Elena se encuentran tan cerca uno del otro que podrían llegar a olfatear el olor putrefacto de sus alientos. Pero a ellos no les importa, no piensan, simplemente se guían por un estímulo, una voz interior que les obliga a moverse por inercia, como si aquello fuese lo más normal del mundo y estuvieran destinados a que fuera de aquel modo. Estiran sus brazos muertos y rodean sus cinturas. Cuando estaban vivos hacían aquello muy a menudo, era algo natural, un gesto de cariño al cual llamaban abrazo. Ahora no saben exactamente qué ocurre pero, como siempre, continúan adelante. Ambos inclinan sus cabezas hasta que sus frentes se golpean de manera fuerte, produciendo un sonido sordo. No les importa, no sienten dolor ante aquellos movimientos torpes y bruscos. Los labios de Elena, aún suaves, se encuentran con los ásperos y resecos labios de Andrea que se presionan con fuerza sobra la boca femenina, hasta que comienzan a moverse de manera extraña, como si intentara morderla pero si necesidad de usar sus dientes. ¿Qué esta ocurriendo? Ninguno sabe por qué de repente comenzaron con aquel beso, pero los impulsos son más fuertes y no pueden separarse, no aún.   
  
Cuando por fin Andrea se echa hacia atrás, como si de repente hubiera sufrido una descarga eléctrica, Elena aparta las manos del chico muerto y permanece quieta en su sitio. Ninguno sabe qué hacer en el segundo siguiente, que se extiende entre ambos provocando un incómodo silencio. Es imposible hablar, no hay palabras que puedan salir de sus labios, no hay modo que sus cuerdas vocales, carentes de vida, logren funcionar. Como no existe magia que los ayude a conversar, que les indique cuál es el nombre de cada uno, la historia, el motivo por el cual están haciendo aquello, entonces deciden continuar adelante. Pero Andrea no desea hacerse a un lado y seguir con el camino que estaba haciendo, no quiere permitir que aquella chica que lleva poco y nada muerta se aleje en otra dirección para nunca más volver a verla, porque sabe que en cuanto haga mas de un paso lejos la olvidará como hace con todo lo demás que lo rodea. Ya se ha olvidado de la cantidad de muertes que provocó desde que fue mordido, no recuerda los rostros de las personas antes de que los hubiera matado para poder alimentarse de ellas. ¿Entonces cómo piensa mantener en su memoria el recuerdo de aquella chica que apenas vio antes de que su instinto lo obligara a besarla? Es prácticamente imposible, así que decide actuar de la manera más descabellada jamás pensada. Esta cansado de existir de aquella manera, sin sentido alguno hasta que el tiempo se lo lleve a quién sabe dónde, dejando en su lugar penosas cenizas. Es por eso que su mano cobra vida para sujetar la muñeca de la chica, aferrarse a ella como si la necesitara para existir, jalar con fuerza para llevarla con él a un lugar donde puedan estar juntos y afrontar el fin. Elena no opone resistencia.

La pareja de zombies invade la primera casa que encuentran con la puerta destrozada, quitada de su sitio, adornando el suelo como si de una alfombra se tratara. Con pasos decididos aplastan la madera húmeda y mohosa, ingresan en el que alguna vez fue hogar de alguien, observan con su mirada perdida las distintas habitaciones y encuentran lo que buscan. La cama parece intacta, como si esperara a su bella durmiente, fiel a pesar del paso del tiempo. Pero las princesas que se duermen son comida para los zombies. No hay ninguna joven que muerda manzanas. Cada muchachita envenenada, cada jovencita que muere, se mantiene en pie y continúa adelante, olvidando lo que alguna vez fue aquel lugar de descanso, aquel objeto en el cual acostumbraban a reposar. Pero Elena no es como el resto, ella se siente especial, cuando creía que estaba completamente muerta siente el atisbo de algo más allá de la muerte, algo increíblemente vivo se remueve en su interior. Disfruta el momento en que Andrea la empuja hacia la cama y ella cae de espaldas sobre el colchón que se mantiene en una condición razonable. Incluso intenta reírse, produce un sonido estrangulado con su destrozada garganta cuando Andrea se sube a la cama, aplastándola bajo su peso muerto. Una extraña felicidad la invade cuando las manos masculinas, podridas y lastimadas, mostrando a simple vista algunos huesos, comienzan a acariciarla lentamente, subiendo por debajo de su vestido, sintiendo su intacta y fría piel. Andrea es presa de una lujuria que no debería sentir, no siente hambre, no siente muerte, siente un deseo inexplicable por poseer a aquella extraña chica recién muerta y lo demuestra con sus actos, con sus caricias. Lo demuestra cuando la mira, porque sus ojos parecen brillar y le gustaría poder aunque sea preguntarle su nombre, decirle un cumplido, explicarle lo bonita que se ve con los cabellos revueltos y esparcidos sobre la cama, mientras que él la desnuda como mejor puede.

El sexo no es algo que pueda llevarse a cabo entre dos muertos. Elena lo sabe, lleva recordando que no hay sangre que corra por sus venas desde que ha perdido la vida. No necesita ser inteligente para darse cuenta que a pesar de lo mucho que ella pueda acariciar el miembro masculino de aquel zombie, nunca logrará que endurezca o que en algún momento expulse algún fluido corporal. Pero Andrea no quiere entenderlo, no parece importarle, él continúa con su trabajo de arrancar el bonito y mugriento vestido de la chica muerta. Las manos de Elena, cansadas de descansar inertes sobre el colchón, deciden comenzar a moverse y se dirigen hacia el cabello lacio del muchacho, enredándose en él y disfrutando del tacto que se imagina debe tener. Cuando Andrea consigue hacer a un lado la tela que estorba sus lascivas intenciones inclina el rostro hacia uno de los senos femeninos y muerde sin piedad, arrancando el botón erecto de carne y masticándolo con ansiedad. Un gruñido mezcla de gemido y asombro escapa de los labios de Elena al descubrir que aún hay sangre en su cuerpo, que el líquido viscoso y carmesí tiñe los labios del chico muerto y parte de su pecho. Pero en lugar de enfadarse por lo que acaba de ocurrir, se siente más excitada que nunca. Elena acerca su rostro al oído masculino, como si fuera a intentar susurrarle que le gusta aquel juego, pero en su lugar abre su boca y con sus dientes atrapa el borde superior de la oreja. De un mordisco arranca la carne, el cartílago, y descubre que a pesar de estar muerto no sabe nada mal, quiere incluso más.

Una lucha apasionada se desarrolla entre ambos zombies. Los cuerpos se rozan, se acarician, se mueven el uno contra el otro en un acto puramente sexual. Poco a poco se dejan llevar por la situación, adaptando lo que en vida era el más ardiente sexo a la situación que allí tenían, mordiendo partes de sus cuerpos, alimentándose de ellos mismos al tiempo que hacían más excitante el momento. Pero ambos sabían que si mordían todo lo que querían, terminarían dejándose sin nada. Podía llegar a ser un suicidio de lo más atractivo, solo que ninguno de los dos quería aquello. A pesar de que estaban muertos le temían a lo que había después de aquella penosa existencia. Por eso, para intentar mantenerse lo más vivos que podían, hacían aquello. Elena se movía como mejor podía, sin vergüenza alguna a pesar de encontrarse completamente desnuda. Andrea estaba ciego, solo veía aquella extensión de piel pálida, aquellas perfectas curvas que sus manos no podían dejar de recorrer. Había conseguido abrir de piernas a la muchacha, y sus huesudos dedos se turnaban para inspeccionar el interior de la chica, esperando encontrar reacciones por parte de ella, acostumbrado a lo que eran las relaciones sexuales cuando tenían vida. Pero cansado de no obtener quejido alguno, terminó optando por lo nuevo, lo excitante. Volvió a inclinar su cabeza hasta atrapar con sus dientes un trozo de aquella delicada piel que aún se conservaba, y arrancó la pequeña campana que logró extraer extraños sonidos de la boca de Elena. Solo Dios sabía cuán deliciosa era aquella chica muerta, y Andrea por supuesto.

Elena se dejaba hacer, disfrutaba con los mordiscos, las caricias, los juegos que el chico zombie hacia con ella. Se sentía mucho más viva que cuando caminaba por las calles desoladas, sin rumbo alguno. Y qué irónico era, que en ese momento a pesar de sentirse de aquella manera estaba simplemente echada sobre una cama, sin moverse en absoluto. No quería quedarse así, no quería parecer una muerta a pesar de que ya lo hacía. Así que sin previo aviso sacó fuerzas de quién sabe dónde y se incorporó de la cama, haciendo que el muchacho muerto se hiciera a un lado. Parecía que entre sus intenciones estaba la de irse, pero no era así. Se inclinó como pudo sobre Andrea y forcejeó con los pantalones del chico hasta que consiguió rasgar la tela de jean y la ropa interior, apoderándose del miembro masculino que se ocultaba por allí. Y si algo no había dejado de producir, eso era saliva. Extrañamente su lengua no estaba completamente muerta, ya que podía producir uno que otro gruñido. No guardaba ninguna esperanza para poder hablar, pero si que estaba segura de poder hacer cosas un poco más interesantes en aquella situación. Mientras se acomodaba sobre la cama, para inclinarse hasta acabar con la cabeza entre las piernas del zombie, pudo notar que algunos de sus huesos se desencajaban, como por ejemplo su hombro o una vértebra que se movía ligeramente hacia un lado. Estaba segura que eso arruinaría su postura, pero en aquel momento poco le importaba. Había conseguido introducirse el pequeño y arrugado trozo de carne masculina dentro de su boca, llenándolo de saliva mientras procuraba no morderlo. Entonces comenzó a mover su cabeza de manera que pareciera estar haciendo una perfecta felación. Cualquier otra chica zombie habría tenido envidia de aquello, ya que Andrea se sentía morir y renacer mientras recordaba lo que en vida le producían aquella clase de acciones que hacía la chica muerta. Incluso soltó un rugido desgarrador, como si llegara a un punto culminante, cuando Elena hincó sus dientes en la piel y arrancó un gran trozo que comenzó a masticar con gusto. Ambos se sonrieron, haciendo una asquerosa mueca que se suponía debía ser una sonrisa y quizá estuvieron silenciosamente de acuerdo en que el sexo entre zombies no estaba nada mal. 

 Una vez culminada la pasión, la vida comenzaba a extinguirse, la energía se esparcía lejos y ambos caían en un extraño sueño. No estaban seguros si era un simple recuerdo de sus momentos más humanos, cuando luego de una perfecta sesión de actividad sexual se dejaban caer en los brazos de su pareja y dormían plácidamente  Pero Andrea y Elena hicieron aquello. Ya no le encontraban sentido a seguir moviéndose, por lo que se acurrucaron en una especie de abrazo, estirados en aquella cama que parecía haber adquirido nuevos dueños. Estaban muertos, pero existían en aquel momento y no iban a irse dentro de mucho tiempo. Aún les faltaba un largo camino por recorrer, el tiempo debía comerlos lentamente hasta que estuvieran listos para caerse a pedazos por si mismos, abandonando aquel cuerpo al cual estaban encadenados. Pero algo había cambiado. Ya no tenían miedo de lo que les traería el porvenir, ya no les importaba ser inconscientes, dejarse llevar por los impulsos y no recordar absolutamente nada. Incluso el hambre supondría un problema mínimo. A partir de aquel entonces, ambos estaban juntos y se tenían a si mismos para poder superar el obstáculo que se les interpusiera. Porque siendo dos, tanto la vida como la muerte, podía ser mucho más amena…



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