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El sillón, ese maldito sillón. Me avisó que lo iba a tirar, quizá como pidiendo permiso. ¿Sabía todo el significado que guardaba ese sillón? Para mí era verlo y notar que respiraba, cargado de memorias de todos los colores y aromas. Momentos tristes, atorados entre lágrimas y temblores incontrolables, sucesos increíblemente lindos, de risas y ojos brillantes. Horas aburridas, de brazos enroscados y minutos eternos, pesados y cansados. Los pelos de gato, las manchas de zapatillas, las películas infinitas y las conversaciones sinceras, ruidosas, abiertas, de añoranzas pasadas y deseos disfrazados. Muchos besos, mucho sexo y también tardes de siestas. Todo estaba a simple vista en ese sillón, toda esa historia de amor. No podía permitir que lo abandonara a su suerte, tirado en la calle junto al contenedor de basura. Aun cuando eso mismo había hecho, ya hace tiempo, con nuestra relación…


En cuanto me decidí a actuar ya era de noche y al otro lado de la ventana asomaban unas nubes de mal augurio. Miré el teléfono y el mensaje con la triste noticia volvió a sentirse como una bofetada. ¿Haría diferencia si rescataba el mueble de su final trágico? Pasado el instante heroico sería todo un estorbo, puesto que el lugar escaseaba y sillones no me hacían falta. Si lo pensaba detenidamente, ni siquiera tenía dónde transportarlo y siendo mi fuerza la única intencionada a moverlo ni podría arrastrarlo muy lejos. Compartir mis planes era impensable y aun así resultaba un accionar sumamente público.

Poco importaba la gente que me viera peleando con un mueble abandonado en la calle. Sólo debía encontrar la forma de acomodarlo a mis planes, salvarlo de una triste vida. ¿Y cuando la gente preguntara de dónde había sacado al sillón? No existiría respuesta, sólo recuerdos, suspiros y el misterioso crujir de los trozos de mi corazón esparcidos por el suelo y siendo pisoteados una y otra vez. ¡Qué hermoso mueble! Exclamarían todos. ¿Dónde lo conseguiste? Silencio, nada más doloroso, a veces, que el silencio como opción de respuesta. 

Entonces allí estaba, de todas formas. De pie en la calle. El cielo partiéndose sobre mi cabeza y el sillón observándome con toda esa vida palpitando en cada partícula que lo confeccionaba. Obvio que lo fui a buscar. No. Quizá no era del todo claro lo que había ido a hacer. En mi interior hacía eco la palabra despedida. Porque si, en realidad estaba ahí para decir adiós. Porque la más pura verdad era que todo tenía su principio y su fin. La muerte acababa entregando su ineludible abrazo tarde o temprano.

La motosierra ronroneó y no lo dudé siquiera un instante. Los afilados dientes lamieron la madera, rasgaron el cuero, desmembraron poco a poco al condenado sillón. Los recuerdos quedaron expuestos, las tripas se esparcieron por la acera y al aire cargado. Las nubes se echaron a llorar; yo, en cambio, chillé de dolor.

Mucho ruido y luego nada, ya no quedaba nada a lo que aferrarse. Nadie crearía nuevos recuerdos sobre los viejos. Me astillé y reí, porque en nada se comparaba ese dolor físico con lo que me ardía el alma hecha jirones. Junté algunos pedazos de madera y me reí. Cual cerdito haría una casa y le abriría la puerta a otro lobo, cualquier lobo que supusiera un consuelo de aquel letal olvido. Ardería la hoguera, arderían las heridas, ardería la casa de madera una y otra vez hasta que el viento decidiera llevarse hasta la última ceniza. Tiempo, sería cuestión de tiempo y dejar de juntar basura.




Sofía Macarena Diaz


*Escrito por diciembre de 2018.
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—¡Ahí va!

Asentí en silencio, de manera inconsciente, sabiendo que el grito provenía del interior de la casa y no podían verme. Me asomé para espiar a través de la ventana. La figura de mi abuelo se levantaba del sillón y comenzaba a moverse lentamente hacia la puerta de entrada. La mía era una visita inesperada.

No existía apuro. Sin embargo, el sonido inquieto de las llaves buscando un agujero confiable donde introducirse provocó en mí un ligero golpe de ansiedad. La puerta se abrió lo suficiente para dejarme pasar y me adelanté. Mis ojos revisaron la pequeña sala amueblada y pronto tuve que volver a prestar atención a las llaves. Mi abuelo ahora peleaba por cerrar la puerta, siendo una pequeña ceguera culpable de sus dificultades. Me apresuré en hacerme cargo de la situación.

—¿Y la abuela? —pregunté.

—Se fue recién. Tendrías que haberla cruzado en la parada, ¿no estaba? —me respondió.

El hombre ya avejentado hablaba a medida que volvía a su trono: un sillón forrado de terciopelo, ubicado junto a la ventana. Desde otra parte de la casa se oía una radio a todo volumen. Las noticias, una detrás de otra, contaminaban el aire. Nada más deprimente que aquel escenario.

¿Qué podía hacer yo? Sentarme en el sofá, pretender una vaga conversación. Por supuesto que al comienzo me dediqué a ello. La charla acarició los tristes aspectos económicos del país. Como no tenía mucho que opinar busqué alguna salida. Mis pies brincaron en dirección a la cocina.

—¿Querés pan tostado? —ofrecí.

Mis manos fueron de acá para allá, abriendo alacenas, cajones, heladera. Encontré una mermelada. Pero el pan no estaba por ningún lado. Existía la opción de salir, ir a la panadería. Aunque antes podía fijarme en el quincho. Mientras, mi abuelo se movió y fue a apagar la radio. No le hice mucho caso, seguí buscando por cuenta propia.

El jardín poseía unas buenas proporciones. Aunque, de todas formas, se lo aniquilaba en cuestión de unas siete u ocho zancadas. Aquel espacio verde y floreado era lo que separaba la casa del quincho. Una de las puertas de este último estaba abierta, algo muy común. Aun así, una sensación extraña me recorrió de los pies a la cabeza. Como una especie de escalofrío, aunque ahí afuera la temperatura era bastante cálida, digna de un día de primavera. No le hice caso y seguí.

El escenario que me encontré fue demasiado doloroso para ser cierto. Intenté pestañear para que la imagen desapareciera, pero quedó grabada en mis retinas. No pude gritar, ni siquiera fui capaz de llorar. Empecé a ser víctima de un ataque de pánico que no me dejaba respirar. Mi abuela, tirada en el suelo, no se movía ni mostraba señal alguna de estar con vida. ¿Cuánto tiempo llevaba? Lo suficiente para que fuera demasiado tarde.

Quise actuar, pero la figura de mi abuelo apareció detrás de mi sin que pudiera reaccionar. No lo escuché acercarse, pero si me llegaron con claridad sus palabras, justo antes que todo se volviera negro.

—Fue un accidente…

Sofía Macarena Diaz


*Escrito por noviembre de 2018.
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Una silueta coronaba el centro mismo del jardín. Aquella noche su piel fluía como las aguas de un río bajo el tenue resplandor de la luna. Un centenar de cadáveres de fuego parpadeaban en lo alto con la atención puesta en esa escena que se representaba. El teatro acababa de abrir sus puertas al público. Sobre el tierno césped la figura principal danzaba y a su alrededor los animales en círculo participaban.
Una actividad macabra podría decirse. Las criaturas de distintos pelajes y tamaños se movían como jaladas por hilos invisibles. Nunca vistos aquellos movimientos tan diáfanos. Podía notarse a la distancia el brillo en los innumerables ojos, el deseo que corrompía por dentro a las bestias. Actuaban todos hipnotizados por el perfume femenino. Aquel que desprendían las lágrimas al caer con sensualidad de los pétalos florecidos en el vientre vibrante. Ella lo sabía, podía presentirlo a través del cargado aire que arañaba su tensa piel. Por eso no tardaría en entregarse al placer prohibido.
Cada pisada y cada latido creaban en conjunto una música magnética que seducía a continuar. Pero la mujer detuvo sus movimientos danzantes. Con delicadeza acabó recostada sobre el suelo, pequeñas carcajadas brotando de sus labios ante el roce del pasto. Las sombras dibujaron runas de un antiguo idioma sobre su cuerpo. Ella abrió las piernas dando la bienvenida al mundo de lo malintencionado y una a una las criaturas se asomaron.
Bajo un coro de plácidos jadeos la silueta se curvó hasta imitar un perfecto puente. La conexión con el averno mismo fue otorgada por medio de las lenguas que acariciaron con ansiada gula cada rincón de sus entrañas. Los demonios se arremolinaron en su garganta mientras los gritos iban en aumento. El lejano testigo estuvo tentado a desviar la mirada, más le fue imposible.
Increíble cómo un ser de luz podía entregarse a tanta oscuridad. Doloroso como la espina clavada en el corazón intruso que contemplaba con mudo asombro, oculto en la distancia. Una criatura que no había sido invitada a degustar el manjar que era ofrecido esa noche. En su forma animal, como un lobo de fino pelaje, decidió entonces poner fin al maltrato interminable. Aunque, ante el primer paso, sus intenciones se tambalearon presas de un fuerte soplo. Su voluntad cayó cual castillo de naipes. Así, gracias a la fatalidad, la bruma obligó a la fiera a retozar sin piedad sobre la carne ya rota.  
Todo pareció perdido. Un alma inocente estuvo a punto de consumirse por completo. Hasta que una pregunta rodó más allá de las quejas y el dolor. ¿Cuánto sería necesario para abrir los ojos? La respuesta no parecía querer llegar a los labios deshechos. Así que la silueta recobró el movimiento lentamente, sacudiendo primero las extremidades de sus dedos y luego aferrándose con sus brazos a la espalda del animal que tenía encima. Lo reconocía. Lo necesitaba. Las embestidas se tornaron delicadas hasta cesar por fin.
Un aullido quebró la oscuridad que los aprisionaba. La mujer se abrazó al lobo y sollozó. Todo ese tiempo deseando huir de lo inevitable, todo ese tiempo irremediablemente enamorada. Sólo ellos dos quedaron en el jardín, sus trozos desperdigados sobre la vegetación decorada por el rocío del amanecer.

Sofía Macarena Diaz


*Escrito por enero de 2018.
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Lloran los dioses al ver en lo que los humanos se han convertido. Ed se paraliza ante el descubrimiento. A su lado el río crece, se alimenta del dolor. El viento ruge y lo ahuyenta, Ed lo presencia todo. Pero nadie tiene dónde esconderse, así que el río corre lo más rápido que puede, cargando consigo la sangre de la ciudad y Ed se estremece. El veneno está en el aire, mezclado con el frío reptante. Tiene forma de sonido, aturde sus oídos. Autos, camiones, motos. Se deslizan sin piedad sobre el asfalto mojado. Radios, música, conversaciones y risas. Es un día como cualquier otro para una ciudad que nunca descansa. Ed suplica por un receso. ¿Cómo llegó a ese punto? Donde la carencia se retuerce dentro suyo y nada es suficiente. Qué difícil es diferenciar los colores del reinante gris. Tan complicado como recordar el comienzo de esa caída sin retorno. Ed sólo es consciente de que está ahí, de pie en la calle junto al río y a lo lejos contemplando la ciudad. Todo es decadencia. El agua cae sobre su figura y se lleva consigo una parte de Ed. Ya casi no queda nada, casi… Entonces echa a correr. De lo poco que queda, Ed huye. Atraviesa las paredes de agua que se van interponiendo en su camino. Deja atrás la ciudad, sigue el camino que lo lleva hacia un espacio más natural. Pero sigue siendo la misma desilusión. Un trozo de algo verde que carece de sentido. No puede alejarse lo suficiente de sí mismo. Se obliga a detener sus pasos en ese punto exacto en que la perdición lo abraza. El parque húmedo se encuentra en la misma lucha por su supervivencia. Ed termina de descubrir que no tiene a dónde escapar. Dolor. Es imposible de definirlo todo con esa simple palabra. Es mucho más que eso. El agua lo acaricia casi con ternura mientras busca definir esa marea de emociones que se atoran en su asfixiada garganta. El río clama por su atención. La ciudad lo contempla de lejos. Ed se mira las palmas de sus manos y no las reconoce. La voz de los dioses susurra a su oído como un coro de almas sin descanso. Su corazón se detiene.

Sofía M. Diaz

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Se me antojó compartirles mi 'parcial' de filosofía. Porque me parece re interesante y quizá a alguien le agrada leerlo. Porque sí. Acá va:

Mi elección para el trabajo de filosofía fue Judith Butler, una filósofa norteamericana post-estructuralista y feminista del siglo xx. Ella escribió el libro “El Género en disputa. Feminismo y la subversión de la identidad” en 1990 y “Cuerpos que importan. El límite discursivo del sexo” en 1993, entre otros. Ambos que menciono describen lo que hoy se conoce como Teoría Queer. Ésta apunta a cuestionar lo que nuestra cultura da por supuesto, lo que asume como “lo normal” o “lo natural”. Así es que Butler destaca la opción de desnaturalizar los conceptos de género, sexo y deseo, para entenderlos como construcciones de un imaginario social.

Tomé la decisión de elegirla a ella ya que abarca un tema que se conecta con la actualidad e involucra al completo colectivo de la sociedad en una lucha contra la opresión del poder. Desde un punto revolucionario, esta filósofa plantea la ‘performatividad’ de género. Indicando que el mismo, lejos de ser una identidad fija, es cambiante y se define a medida que se pone en acción, siendo víctima de un contexto predefinido. Entonces construimos nuestra propia identidad de género en base a una normatividad heterosexual y patriarcal que excluye, en gran medida, a quienes viven, o intentan vivir, en la marginalidad sexual.

“Cualquiera que sea la libertad por la que luchamos, debe ser una libertad basada en la igualdad”—Judith Butler.  

En base a la teoría de género de Butler, podemos decir que no todo lo que creemos que existe tiene que existir y no tiene que existir lo que se cree que es verdad. La supuesta libertad de elegir el género con que uno quiere vivir suele llegar a ser un engaño, fácilmente extraído de un cuento de hadas danés. “El traje nuevo del emperador”, escrito por Hans Christian Andersen explica cómo todo el mundo es capaz de creer en una verdad que no existe. Esto se aplica en muchas situaciones, como la de la misma identidad.

¿Qué es ser mujer? ¿Qué es ser hombre? ¿Por qué ser argentino, católico, homosexual? Vivimos de un conjunto de categorías, o etiquetas, que adquirimos para formar nuestra propia identidad. Sin embargo nada de esto define realmente quiénes somos o cómo somos. Son variaciones que adaptamos de la construcción cultural en la que nos movemos. Nos movemos con la aspiración de poder cumplir con el modelo de sujeto universal impuesto. Lo que no llegamos reparar es que tal objetivo es imposible y nadie está exento de correr el riesgo de acabar perdido en el camino.

No se trata sólo de género sino también de derechos humanos. Butler reflexiona sobre vivir en libertad, alcanzar una vida que no nos someta. Una búsqueda, quizá, por liberar a las personas de su sexo. Por esto se involucra el feminismo. Una doctrina social muy incomprendida y tergiversada por muchos. Cabe destacar que se trata de  una corriente de pensamiento que lucha por la defensa de la igualdad de derechos y oportunidades entre ambos sexos. Sin verdaderas intenciones de diferenciar mujeres de hombres y buscando incluir a todos aquellos que desbordan el género normativo.

En conclusión, el tema en que se sumerge la filosofía de Butler resulta en su totalidad complejo pero interesante, ya que cuestiona el funcionamiento del sistema en que estamos habituados a adaptarnos y vivir.  ¿Qué ocurriría si resulta haber más de lo que conocemos y nos enseñan? Existen muchas llaves e innumerables puertas, sólo es cuestión de encontrar la forma correcta de abrirlas. Quizá lo sea desde el cuestionamiento de lo que definimos o no como “normal”.

“¡La vida no es la identidad! La vida resiste a la idea de la identidad, es necesario admitir la ambigüedad. […] No puedes saturar la vida con la identidad”—Judith Butler.

Sofía M. Diaz


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Ante el brillo colorado achiné los ojos y puse todo mi esfuerzo en adivinar el número del colectivo. No fue hasta que casi estuvo en la esquina cuando logré ver cómo a punto estaba de perder el viaje más pronto de regreso a casa. Hice entonces, con máxima aceleración, la señal universal para pedir a un transporte público que frene. El mundo se detuvo y pude ascender dentro del animal de metal.

La tarjeta marcó un viaje, el dinero pasó a ser de la empresa de colectivos. Un fino cuadradito de piel de árbol definía mi derecho a viajar ahí. Tomé a continuación un asiento ubicado por el medio. Es decir, ni muy lejos del chófer ni muy cerca del fondo, para evitar malos tragos. Luego perdí la mirada por la ventana un buen rato. 

De vez en cuando la curiosidad me obligaba a fijar en las personas que se sumaban al viaje. Una buena variedad de personajes era tragada en cada parada. Aun así todavía quedaban asientos vacíos en el colectivo. Por lo que siguió siendo un viaje tranquilo, a eso de las siete y media de la tarde, con el sol ya oculto entre los edificios y el cielo como algodón de azúcar.

En una de esas paradas subió un sujeto que atrajo por completo mi atención. Lucía de negro y las letras grabadas en la espalda de su chaleco se veían ya desgastadas. El policía se sentó adelante mío, impidiendo que pudiera pensar en otra cosa. Yo no era una de esas personas que hablaban con todo el mundo, más si se trataba de desconocidos. Prefería reservarme las charlas para momentos particulares. Para ocasiones espaciales, como esa que tenía delante. Así que no lo pude resistir. Mi mano fue derecho al hombro uniformado.

—Disculpá —le dije sin más, encontrándome con una mirada clara y curiosa—, ¿te puedo hacer unas preguntas donde me tenés que contestar mintiendo?

Un pedido muy intrigante era el mío. En una situación así eran muy pocos los que se negaban a prestarse. Desde luego el policía afirmó con su cabeza. Ni siquiera me interrogó sobre cómo planeaba proceder. Entonces no desaproveché un solo minuto de mi tiempo.

—¿Tus botas son negras? —cuestioné, mirando atento las facciones de su rostro.

—No.

—¿Sos mujer?

—Sí.

De acuerdo, ya casi tenía lo que deseaba de él. Hasta ahora los gestos faciales estaban más que claros. Sólo un paso más y lo dejaría en paz.  

—Ahora necesito que me respondás con sinceridad, ¿sos policía?

—Claro que sí —afirmó con una sonrisa, toda la confianza en lo que decía.

Eso fue demasiado fácil. A continuación venía la peor parte. Deseé demorarme un poco. Temía lo que pudiera llegarme a encontrar. Sin embargo corría el riesgo de que en la siguiente parada mi sujeto de prueba tuviera que irse. No lo pensé dos veces. Quería que me respondiera una única cosa más y lo dejaría tranquilo. Esta vez ni falta hacía aclararle que me mintiera o dijera la verdad, podría sacar la conclusión por mí mismo.

—Entonces, ¿sos corrupto? —le pregunté.

¡Oh, su respuesta! Tendrían que haberle visto la cara…

Sofía M. Diaz
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17/04/2017

Un objeto volador no identificado apareció sobre el Monumento a la Bandera y abdujo a un joven que se encontraba junto a la entrada de la Galería de las Banderas. El viernes por la noche Manuel Fernandez asistía a un recorrido guiado nocturno que se organizaba en el Monumento cuando desapareció de manera muy misteriosa.

Varios vecinos afirman haber visto una extraña nave sobrevolando el cielo, muy diferente a cualquier avión o helicóptero. “Estuvo alrededor de una hora moviéndose entre el río y la torre central del Monumento, hasta que a las 20 horas se detuvo a unos cincuenta metros de altura, por calle Santa Fe”, dijo una mujer que vive en un edificio cercano. Fue entonces que los destellos de luz iluminaron al joven Manuel, de veinte años, que ante la vista de unos atónitos transeúntes desapareció sin dejar rastro.

Las autoridades creen que se trata de una broma de mal gusto, desacreditando lo ocurrido. Sin embargo los padres de Manuel denunciaron la desapareción de su hijo al que no han visto desde el viernes pasado.

Cientificos comenzaron a investigar el caso. Mientras que un video del suceso, filmado desde un celular, ha comenzado a circular por Internet alcanzando ya el millón de visitas. En éste se puede observar el ovni congelado sobre el firmamento y el rayo de luz que provoca la desaparición de Manuel.

También se vislumbra una camioneta, de la cual descienden dos hombres de traje. A partir de lo cual circula una teoría sobre los hombres de negro, agentes secretos del Estado que pueden guardar relación con el caso. Aún no sé sabe si se relacionan con la desaparición.

Sofía M. Diaz

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Necesito orinar. Las copas suben y bajan acariciando los labios de los presentes y se deleitan sacudiendo el líquido en su interior, haciendo música con los inquietos cubos de hielo. Comienzo a temblar como una gelatina. Hay demasiada agua en mi interior. La represa puede estallar en cualquier momento. Muchos adolescentes bebiendo alcohol. Yo soy un hombre viejo, fuera de lugar. Las carcajadas explotan dentro de mi cabeza. Es el cumpleaños de mi sobrina, por supuesto que todos se divierten. Excepto yo. Nadie más es consciente de que debo ir al baño. Una urgencia, de eso se trata. Pero todos me ignoran. Tal vez no existo. Intento pedir un trago, aprovechando el momento de distracción. Dos bonitas camareras pasan de largo con bandejas repletas de comida. Allí la gente va a engordar, como si quisieran ser llevadas al matadero cuanto antes. Mientras más grasa menos años de vida. Mi plato es un intrincado diseño de color verde. Estoy cansado de comer hojas. 

Llamo la atención de una chica que pasa justo a mi lado con una bandeja vacía. Ella se queja, creo que he rozado con mi mano en un sitio poco correcto. Me gustan esas clases de lugares. Es agradable ver el rostro enfadado y colorado. Ella es flaca y no le sobran lugares donde agarrar. Todos los empleados del lugar parecen delicadas figuras de plástico. Están pensados para hipnotizar. Sacudo la cabeza a un lado y al otro. Le intento pedir un trago. Mi hermana Laura repara justo en lo que estoy haciendo. Me echa un largo vistazo, como si recordara haber nacido un par de años después de alguien con un ridículo parecido a mí. Se interpone en el camino que me separa del éxito y cancela todo. ¿Por qué no puedo beber alcohol? Soy el único que no ha tocado uno solo de esos vasos con colores llamativos. Estoy cansado de tomar agua. Realmente tengo que ir al baño.

El bar es un laberinto. Pasan los minutos y solo quiero perderme. Las caras están por todos lados. Ocho, dieciocho, veintiocho pares de ojos clavados en mi espalda. Laura me dio claras indicaciones para llegar al otro lado del lugar. Sin embargo no contó con los obstáculos. Es difícil concentrarse en esquivar a las personas con bandejas. Encima hay sillas en el camino, estoy seguro que no deberían estar justo por donde quiero pasar. Alguien me está manipulando. Se me antoja regresar con Laura. Siempre sabe decir lo que necesito escuchar. Por ella estoy en este bar. No puedo estar lejos de mi hermana. Me apresuro en llegar al baño. 

Los minutos se me adelantan. Me encuentro corriendo. Esta vez nadie me detiene. Cuando mis pies se aceleran es muy común que me sostengan de brazos y piernas, las manos de varias personas apresando mi cuerpo. Hoy tienen piedad. Es un día especial. Mi sobrina cumple dieciocho años. Yo también bebía alcohol a su edad. Me detengo. Siempre observo el cartel del baño antes de entrar. Me parece ver que hace señas, me invita a pasar. Cuando encuentro los mingitorios vuelvo a dudar. Es tan común en mí. Me lo hacen a propósito, no puedo decidirme por ninguno. Si están muy cerca de la puerta o muy lejos de la pared del fondo, ninguno me agrada. Acaricio el contenido de mi bolsillo. Me decido por un cubículo y juego con las pastillas que guardo con tanto cuidado. A Laura le encanta regalármelas. Es hora de que se vayan por el retrete. Tiro de la cadena y el sonido del agua alimentándose me distrae. Entonces alguien entra al baño. Dos voces dialogan entre ellas. Se escucha un disparo. 

Intento calmarme. No es bueno dominarse por el pánico. Tener la mente en blanco es mejor para esta clase de situaciones. No esperaba que me encontraran tan pronto. Comienzo a preocuparme por la seguridad de mi hermana. Es mientras pienso en Laura que decido actuar en lugar de quedarme oculto dentro de aquel asfixiante cubículo. Arranco el hilo de la cadena que cuelga de la caja de agua y ya me siento invencible. Salgo dispuesto a darlo todo con tal de no morir. Sorprendo al asesino estando de espaldas y comienzo a asfixiarlo con la cuerda alrededor de su cuello. En medio del forcejeo tropiezo con el cuerpo del herido de bala. Esta muerto. Lo veo con espanto. Pierdo el equilibrio y me estrello contra un espejo. No deberían haberlo puesto ahí, claramente esta en medio. El asesino logra escapar de mi agarre. Mis manos encuentran pedazos de vidrio en el suelo y lo ataco. La piel se abre, la sangre brota como por arte de magia. Comienzo a temblar tendido en el piso.

Cuando Laura me encuentra ya es demasiado tarde. Ella pega un grito espantoso. Apenas puedo escucharla. Alguien está llorando muy fuerte. Es molesto. No puedo moverme. Siquiera entiendo lo que está ocurriendo. El baño debe ser una carnicería. Me apena que mi hermanita tenga que verlo. 

—¡Alguien ayúdelo, se está muriendo! —grita una mujer. 

Casi juraría que es Laura. Se inclina sobre mi cuerpo y susurra mi nombre. Lo repite tantas veces que parece un canto de cuna. De repente tengo sueño. Pero quiero hablar. Me gustaría explicarme, poder contar lo ocurrido. Soy mi único testigo. 

—Tenía que hacerlo. Sino ellos me mataban —le dije.

Su cabello largo hace cosquillas en mis mejillas. Sonrío como un niño pequeño. Estoy casi seguro de que ella me comprenderá. 

—¿Ellos? —me pregunta entonces—. Acá no hay nadie, Julio. ¿Estás tomando tu medicación? 

Siento la traición atravesando mis venas con sus fríos puñales de hierro. Creo que olvidé arrojar una pastilla. Duerme en lo profundo de mi bolsillo y pesa demasiado. Yo solo quería un poco de alcohol. Pero ellos están por todos lados. Nunca puedo estar tranquilo. 

—Necesito orinar —alcanzo a decir.

Sophie Black
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Profanaron el jardín, irrumpieron al caer la noche. Los hombres del pueblo vinieron sin dar aviso. Arrancaron a mi dueña de su santuario. Blasfemaron en su rostro pétreo, tallado por el repentino horror. La acusaron de asesina; bruja. La juzgaron sin piedad: culpable.

En el jardín procedió el castigo. Los gritos erizaron mi pelaje negro. No pude apartar la mirada. El brillo carmesí me dejó mudo. Igual no me escuchaban, apenas repararon en mi presencia para adjudicarme alma de demonio y propinarme una patada. A ella, la mataron. 

Le arrancaron el cabello y la piel antes. Mi dueña yació en el césped, sin vida. La bruja acudió en vano, presenció el carnal escenario y mostró una total ausencia de emociones. Los hombres la ignoraron. Me ofrecieron parte del sacrificio, me arrojaron la carne y aguardaron. Esperaban que mostrara ser tan animal como ellos, aunque sólo fuera un gato. 

No los defraudé. Mordí la esencia misma de mi dueña. Bajo el brillo de la pálida luna mis dientes se tiñeron de su sangre. Mi corazón se revolucionó con el festejo final de las bestias. Clavé mis ojos en la bruja, por última vez, observé su espalda alejarse. 

La inocencia muerta apestando mis fauces, esa misma noche, en el jardín, juré vengarme.


Sophie Black

Este escrito está relacionado con un texto de Marosa di Giorgio que pueden leer en la reseña que hice de un libro de esta escritora. Se encuentra en la entrada anterior.
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Título: Rosa Mística
Autor: Marosa di Giorgio
N° de páginas: 93
Editorial: El cuenco de plata
Sinopsis: 
Si nada persiste en su ser, cualquier individuo puede fundirse en su contrario y por ello el gran modelo del mundo de Marosa di Giorgio es erótico: César Aira ha intuido que sus relatos eróticos de la última época no difieren mucho de su poesía porque se diría que “toda su obra confluye hacia el erotismo”. [...] En sus historias no hay parejas convencionales de hombres y mujeres: la realidad copula en cualquiera de sus términos femeninos y masculinos, no importa su identidad, sean ángeles, hurones o niñas. Con formas fálicas, concavidades de vulva, humores, bisbiseos, intenciones, raptos, esponsales, todo el dinamismo del amor es la verdadera potencia del cosmos, donde los seres se atraen e interpenetran, y los signos se dilatan, levan, estallan. Rara vez en la literatura puede hallarse semejante éxtasis sexual, esa inocente inventiva obscena, esa alegría ritual, esa sombría y peligrosa corporalidad imantada. Jorge Monteleone

Vengo a presentarles una lectura bastante especial. Llegó a mi por medio del taller de escritura al que asisto. Me sumergí por primera vez en el mundo de Marosa di Giorgio y su erotismo, con un texto breve, poético y muy especial. Desde ese entonces su narrativa es atrapante y las historias que ofrece rozan casi lo perturbador.

Marosa di Giorgio  fue una escritora uruguaya que se aventuró en una prosa sumamente inusual y sin precedentes en la historia literaria de su país, que produjo intriga y fascinación, tanto en la crítica como en los lectores y lectoras del mundo.

En su libro Rosa Mística se la observa explorando desde diversos puntos de vista el rol de la mujer en una silenciosa, y al mismo tiempo llena de gritos, critica al sexismo desde muchas formas. En este libro los personajes tienen relaciones sexuales de mil maneras distintas pero siempre arraigando el mismo acto. No importa si se trata de personas humanas o incluso animales. La violencia y el salvajismo es algo que se repite. Es increíble cómo cada pequeño texto ofrece un millón de interpretaciones, dependiendo de quién lo lea.

Es difícil de explicar lo que esta lectura genera en uno mismo. La narrativa de Marosa es fuerte, causa impacto. Creo que pone todo de cabeza. Tiene un toque poético, lo cual impide que sus escritos terminen de ser cuentos. Y con esta poesía genera un mundo aparte, un mundo sinéstesico donde los sentidos se mezclan, se confunden, no son los clásicos que conocemos. Entonces una manzana sabe aterciopelada y una flor suena como la melodía de un piano. ¿Me explico? Marosa juega con los colores y las flores de forma rara, única. Nada es lo que parece y todo es lo que nosotros mismos interpretamos. Arte.

El libro se divide en dos partes. La primera con textos cortos, que difícilmente llegan a ocupar una pagina o un poco más. Cada cual plasma una idea, una historia, un algo mágico y perturbador en el que detenerse a pensar y analizar. La segunda parte es un relato más extenso, podría decirse que casi una pequeña nouvelle, llamado Rosa Mística. 

Para cerrar esta reseña paso a dejarles el texto que leímos en el taller, con el que conocí por vez primera a Marosa.

Me dijeron que estaban carneando a una mujer. Que fuera. Pregunté si la conocía; no. Entonces, fui.
Ella ya estaba en un círculo, le habían quitado la piel. Había quedado roja como un tomate. Era un tomate gigantesco. Le habían sacado ya varias tajadas grandes, la mitad del pelo negro. Ella aún miraba como una oveja, o un serafín. Daba pequeño jadeo, jaleo, gemido ronco, bajito. La nombraron Amelia, Delia, Rosa, Emilia, Carmen, Libertad, todos los nombres y por uno solo.
Le sacaron la otra mitad del pelo, que ella quiso retener con su mano roja, y aún quedaba un pedazo de señora.
Al fin, la liquidaron.
Al gato, que siempre había vivido en el jardín, le entregaron el sexo, rojo, cerrado, delicado, grueso, rodeado de pestañas negras, y el gato lo comió con miedo y gusto, mirando hacia los hombres como diciendo Vean; vaciló, sí, al principio. Luego, se agazapó mirando a la luna que subió de golpe, casi hecha con granos de uva, y en un lila aterrador jamás visto.  
¿Qué opinan? Ofrece una descripción que ayuda a visualizar lo que ocurre. Genera cierto trauma y terror con lo que plasma. No resulta un simple texto erótico, común y corriente. A mí particularmente me hizo pensar en el juicio a una bruja. Un compañero del taller pensó en la condena a una mujer por 'puta'. Mientras que otra chica pensó en adulterio, una condena por infidelidad. ¿A ustedes que se les ocurrió al leerlo?

Quizá no sea una lectura para cualquiera, pero me parece interesante difundirla y que otros puedan conocerla.

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–Abuela, ¿qué es ese olor tan asqueroso? –preguntó su nieta de siete años, con la pequeña nariz arrugada para acompañar al comentario.

–¡Huele a mierda! –exclamó el hermano mayor, con la adolescencia comenzando a causar estragos en su vocabulario. 

–No lo sé, terminen de almorzar antes que su padre venga a buscarlos. Vamos que se les hace tarde sino... 


Edna también arrugó la nariz y se preguntó, quizá por enésima vez, de dónde provenía aquel espantoso hedor. La presencia poco bienvenida se había ido instalando en el ambiente de la casa desde hacía ya unas semanas. Sus nietos ya no lo toleraban. Ella culpaba a su marido, que llevaba ausente hacía ya demasiado tiempo. El pequeño viaje que Rigoberto había planeado para visitar a su hija, que vivía en la otra punta del país, lo había demorado más de lo esperado. A ese paso ella tendría que hacerse cargo del obvio problema. 

 –Mamá, algo huele a podrido –le advirtió su hijo cuando pasó a buscar a los niños. 

Ese comentario fue el colmo, el empujón necesario para investigar mejor, de una vez por todas, la procedencia de tal pestilencia. Quizá una rata muerta, pensó mientras caminaba por la casa. La peste se hacía cada vez más fuerte a medida que se acercaba al garaje. Abrió la puerta con la misma naturalidad de siempre. Ni se sorprendió al ver la habitación amplia y oscura, sin rastro del auto que su marido se había llevado. 

Entonces un único detalle llamó su atención. Un movimiento casi imperceptible. Al encender la luz sus ojos demoraron en acostumbrarse al brillo y luego se fijaron en el militar camino de insectos. Marchaban con una cadencia hipnotizante, guiaban hacia el objeto que los atraía con una promesa manchada en el aire. Ahora sabía qué desprendía el gran hedor: el viejo refrigerador que Rigoberto había comprado de oferta, un mes atrás, a la hija de la vecina. 

–Ella dijo que es una capsula del tiempo, ¡eso significa que debe congelar de puta madre! –explicó su marido la vez que apareció con el congelador recién adquirido–. Además sólo me cobró cincuenta pesos… 

Parecía que hubiese sido ayer cuando discutieron por culpa de ese trasto. Sin embargo allí estaba ahora, luego de haber perdido media batalla contra su esposo. Habían acordado que el freezer se quedaría en el garaje y sería utilizado en casos de extrema necesidad. Edna comprobó que no estaba enchufado y, por ende, no se encontraba en funcionamiento. Así que el problema residía en el interior de aquella caja blanca e inútil. 

Cuando abrió la puerta del refrigerador notó el aire condensado y apestoso que se lanzó sobre su rostro, como si quisiera atacarla. Se vio obligada a retroceder un par de pasos y sacudir una mano para ventilar. Tosió, se demoró en volver a llenar sus pulmones y enfocó la vista en su descubrimiento. Los insectos estaban por todas partes, se revolvían sobre el gran festín de carne. Por un instante la imagen fue nauseabunda y luego el reconocimiento trajo al pánico. Edna volvió a cerrar la puerta y se alejó a toda prisa. Sus manos temblaban mientras discaba los números en el teléfono. 

–¿Policía? Creo que tengo a la vecina en el refrigerador, la vecina… ella está… en el refrigerador… 

Lo repitió, una y otra vez, presa de un llanto silencioso. Al otro lado de la línea intentaron calmarla, Edna aceptó permanecer en la puerta de su casa hasta que llegara la patrulla. 

Sophie Black

Escribí esta historia en base a un ejercicio del taller de escritura, donde debíamos basarnos en una noticia insólita y crear la historia detrás. Así que yo encontré esta que me pareció re interesante. Es decir que más o menos este cuento se basa en hechos reales ♥
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VERBORRAGIA MENTAL


La vida es una mentira. Desde el comienzo hasta el final. Promesas falsas. Deseos insaciables. Sueños inalcanzables. Horas inacabables. La vida es una farsa. El peor engaño de todos. Ficción pura y frustrante. La vida es esa historia que te cuentan al principio, cuando eres apenas un niño. Ser adulto, la gloria misma. Un castillo en medio de las nubes. Alas de papel. La vida es una venda sobre los ojos y llevarse por delante todo lo que se interponga. Es esa rosa con espinas. Esas cadenas que te amarran al suelo. La vida es un peso en la espalda, una soga al cuello. ¿Qué es la vida? Una ilusión. Un problema sin solución. 

Quitenme la vida, que quiero volar. En busca de libertad, más allá de la existencia.

9:59 pm on sunday, february 14, 2016
Almost happy birthday to me...
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Título: Que el mundo me conozca
Autor: Alfred Hayes
N° de páginas: 155
Editorial: La bestia equilatera

Sinopsis: 
Todo comienza con un guionista de Hollywood durante una fiesta en una casa frente al mar. Está solo y aburrido, y para evadirse de la charla convencional sale a la terraza y ve a uno de los invitados, una chica, que camina hasta la orilla. Primero no hace más que admirar su figura, pero en seguida advierte que ella quiere suicidarse y se precipita a la playa para intentar rescatarla. Un acto de compromiso, que tiempo después va a lamentar.
En esta nueva novela, Alfred Hayes toma a dos personajes característicos, el escritor cínico y una aspirante a actriz, y describe la relación entre ellos revirtiendo todos los estereotipos de las historias de amor desencantado. Hayes sabe retratar como nadie a las personas que no pueden ayudarse a sí mismas y que tampoco pueden resistir la tentación de lastimar, y tiene el don de analizarlas y diseccionarlas con una precisión lapidaria. Esa visión de la conducta humana es, como en Los enamorados, despiadada pero admirable. Con su arte refinadísimo, Que el mundo me conozca proyecta en la página un relato conmovedor en el que ningún valor permanece inalterado, salvo la verdad y la belleza.


Alfred Hayes (1911-1985) nació en Inglaterra, pero fue criado en Nueva York. 

No puedo ofrecerles una reseña imparcial y objetiva, no después de quedar completamente obsesionada con la narrativa de este hombre. Así a continuación les diré con mis palabras cuán maravilloso y perturbante resultó para mí este libro y este autor.

La historia comienza con un protagonista cínico y en apariencia cansado de la sociedad de la que se ve rodeado. Es un fuerte critico que, al mismo tiempo, parece tener destellos de alguien que esta perdido y no sabe lo que dice. Este hombre es quien termina rescatando a una mujer que a punto estuvo de ahogarse en el mar, por un posible suicidio. Y así es cómo se desarrolla todo, con este personaje sintiendo una extraña conexión hacia la mujer que salvó pero viviendo una de muchas aventuras. 

El modo en que se critica a la sociedad, en que se critica al mundo hollywoodense y en que las venas quedan abiertas para sangrar es sencillamente exquisito. Se trata el romance desde un punto alejado, con pinzas, con critica, con mucho cuidado. Lo importante esta en lo psicológico, en el constante disgusto que oculta cierto gusto, casi resignado, por mucho de lo que ocurre. 

"Se oyó el agua en el baño, y ella reapareció en seguida, lista para la noche, con una sonrisa que, pensé, había elegido de la pequeña colección de sonrisas que reservaba para esos casos." 
Hay que saber apreciar las imágenes que el protagonista va arrojando aquí y allá a medida que narra la historia. La forma en que lo hace tiene un ritmo atrapante. Así que se trata de una lectura fugaz, adictiva. Al igual que uno se enamora del patetismo del personaje narrador, él se enamora del patetismo que encuentra en ella: una joven mujer dañada.

"Posiblemente había oído lo mismo en una escena que era un duplicado fiel de esa: el coche estacionado sobre una colina, dos cigarrillos, y abajo la ciudad, que lucía como luciría el infierno si tuviera un electricista."
Por favor, el sujeto salta con este tipo de frases para dejarte sin aliento.  Cada vez que avanza la historia siguen apareciendo y uno necesita saber cómo sigue, qué ocurre a continuación, si las cosas cambian. Entonces es fácil identificarse con él o con ella, identificarse en la historia de una novela que fue escrita hace casi sesenta años atrás.

"Estaba encantada. Un alma: un alma de verdad. Nadie había usado esa palabra en años. […] Pero había sido un desperdicio haberse molestado en darle una, ¿no? Algo tan superfluo. Era una de las cosas que menos falta hacía. Un alma, qué tontería. ¿De qué servía, salvo para enredársele a una y hacer que tropezara en momentos difíciles, como un camisón demasiado largo?"

Es una novela que apunto a lo realista pero desde un sitio en la ficción y critica sin muchos tapujos. Eso queda más que claro. Sin embargo hay un par de detalles complicados. Primero está que en toda la novela es difícil dilucidar de qué trabaja el protagonista si no se lee la sinopsis. Segundo está el final que, personalmente, resulta un poco traumático porque se espera mucho más de este hombre y resulta que las esperanzas quedan aniquiladas. No quiero hacer mucho spoiler, así que sólo diré que el final deja un gusto raro en la boca. Pero al mismo tiempo es una deliciosa cuchilla que aporta al trauma y el goce absoluto de principio a fin de este libro.

¿Lo leyeron? Sino pueden conseguirlo a un buen precio y creo que no se van a arrepentir. Al menos yo no lo hice. Me gustaría tener otras opiniones, así que son más que bienvenidos a comentar al respecto.

Sophie Black
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Ya ni siquiera sé lo que significa luchar.

No sé cómo te sentís vos, pero yo siento que soy un pez. Con un anzuelo bien agarrado en la mejilla y una lancha alejándose por el mar. Y yo salgo del agua y vuelvo a sumergirme y salgo del agua y vuelvo a sumergirme. No alcanzo a que me suban a la lancha pero no puedo estar tranquila en el agua...

Yo a eso no le llamaría luchar.

Igual creo que, quizá, con un enfoque diferente tendría alguna pequeña solución y, quizá, eso de cambiar el enfoque es lo que más me molesta. No quiero que me suban a la lancha y al mismo tiempo parece la única solución, porque como en medio está el anzuelo...

¿Podría subir y bajar cuando quisiera? ¿Sería capaz? ¿Tendría la fuerza suficiente?

Sophie Black
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En cuanto la tinta sobra,
se derrama de sus heridas.
Esas que la vida le cobra,
sin lugar a despedidas.

Entonces las marcas gritan,
ese lamento sin palabras.
Las rosas se marchitan,
brincan en su cabeza las cabras.

Amor desquiciado,
con fecha de caducidad.
Aire viciado,
con tu perfume a soledad.

Existió un pasado,
se inventó una verdad.
Se lamenta haber dejado
que ganara la ansiedad.

Matame,
pidió con dulzura.
Ámame,
pidió sin cordura.
Dejame,
decidió con soltura.

Si haz de partir:
no mires atrás.
Si haz de sentir:
no mientas más.
Deja de sufrir,
con cada paso que das.

Sophie Black
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La sonrisa de la azafata es igual a una patada en el estómago. Me cansa los ojos, rojos e hinchados. Ella se percata y suaviza el gesto. Me sorprende descubrir que es la misma muchacha, delgada y rubia, que estuvo en el vuelo anterior; que me trajo a esta tierra olvidada en donde, hace bastante tiempo, llegué a nacer. Me pregunto si alguna vez alguien escribió sobre ella: la azafata, no el país que estoy dejando atrás. Hace una semana podría haber dicho que tiene una sonrisa sin igual. 

Aún no puedo quitarme el recuerdo de ese olor. Lo sentí primero con la nariz, luego vibró por todo mi cuerpo como una realización: así es como huele la muerte. Me lo dije en el pasillo del geriátrico donde aguardaba para despedirme de mi madre. Hacía meses que estaba atrapada allí y yo me rehusaba a visitarla. Tiene un corazón fuerte, decían. Pero ya no la dejaban despertar y tampoco le permitían morir. Se encontraba ausente cuando pasé a verla. Las drogas, se suponía, debían ayudarla. No me querían dejar hablar con ella. La imagen que yacía en la cama con los ojos cerrados y una respiración dificultosa no era más mi madre. No lo supe en cuanto la vi. El olor me lo dijo todo.

Aquel encuentro fue el casillero final de un extenso juego. Uno que a mi madre y a mí nos había gustado jugar. Donde las malas decisiones abundaban. Cuando mi padre murió comenzó la historia. Fue entonces que fui a un internado mientras que mamá se pasaba los días enteros trabajando. Fue entonces que un eslabón de nuestra relación se partió y la distancia comenzó a crecer. Quizá ahí fue que nació mi pasión por la escritura, cuando hacía unos vanos intentos por acercarme a esa madre ausente, mediante cartas. Esas que escondí en lo más profundo de mi armario y jamás envié. Al final, la mujer que me apoyó en mi sueño de convertirme en escritor, e iniciar una vida en el extranjero, fue una completa desconocida para mí; al igual que el cascarón vacío al que tuve que decir adiós. 

¿Cómo se despide uno de su propia madre? Aún sigo preguntándome eso. No puedo perderla, si es que nunca la tuve. No sé qué me llevó a terminar en este avión, ahogando el llanto entre el sonido de las turbulencias. Es demasiado tarde para enmendar mis errores. Ya todo está dicho y hecho. Mi madre no iba a despertar. De hacerlo no me iba a perdonar. La abandoné. Yo la convertí en lo que ahora es. Ella hizo de mí un gran hijo. Uno que realizó su vida lejos y regresó cuando ya era tarde. La metí en ese geriátrico como ella me dejó en aquel internado. Y regresé, quizá, para matarla, pero esa es mi forma de liberarla. Espero que no sufra más, porque vine a verla después de tanto tiempo y le susurré al oído la verdad absoluta: que siempre la amé. 


Sophie Black


Este relato fue un ejercicio del taller literario que consistía en una re-escritura del texto Madre de John Berger desde el punto de vista de un alter ego. Así que escribí esto pensando en mi tía que falleció este mes y su hijo que fue a verla por última vez. Personalmente no creo haber cumplido con el ejercicio...
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"Paren el mundo, me quiero bajar."


Resulta que llevo desde casi siempre huyendo a la verdad, a la figura de mi misma, a la realidad que me rodea constantemente y no puedo evitar de por vida. Pero se supone que ya no más.

Este es mi blog personal, al cual nunca me atreví a dedicarle mucho trabajo. A medida que pasaban los años siempre fui subiendo historias que escribía. Sin embargo ahora le dedicaré mucha más atención y no sólo va a tratarse de mis cuentos sino que ocuparé el espacio para subir otros escritos y hasta quizá reseñas o compartir cultura y arte con los que deseen leer. 

Como primer paso haré una breve introducción a mi persona, colgando dos autobiografías que escribí en el transcurso de este año. No dicen absolutamente todo de mi, pero tienen un poco de todo. Y estoy abierta a recibir preguntas. Al comienzo del blog firmaba cono Jessica Black, mi primer seudónimo pero luego pasé a firmar como Sophie Black y puede que en algún momento dado termine aceptando mi nombre. La primer autobiografía está ambientada en el futuro. La segunda en la actualidad. Las fechas indican cuándo fueron escritas. Ojalá disfruten la lectura.

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“So love is about finding the right person to hurt you?”

“Pretty much.” —Matt Haig 

Hay veces que conoces a una persona y sabes que es inevitable enamorarse de ella. Lo intentas, procuras mantener una distancia prudente y un pensamiento frío. Pero va más allá de todo eso. Así que, lo quieras o no, escapa de tu control. Es cuestión de tiempo para que caigas en su red. Tarde o temprano: terminas enamorándote.

Luego, llega el miedo. Los temores primero hacen fila y al rato se abalanzan para aplastarte. Millones de dudas te impiden pensar con claridad. Arriesgarse no es opción, te repites constantemente. Una vez que es acepada la idea, guardas esos sentimientos, que son tan confusos, sólo para ti. Mantienes el peso sobre tus hombros a como dé lugar. No hay confesión que valga. No lo dirás. Tienes tu propio mantra para evadir el asunto.

Prefieres alejarte y mantener una horrible distancia antes que caer en el peor error de tu vida. El segundo si contamos haberte enamorado. Las palabras se atoran en tu garganta y los sentimientos te asfixian. No hay llave para ese sangrante corazón que llevas dentro. Buscas la primera puerta de salida. Es mucho más sencillo efectuar una huida. El camino que debes tomar, si liberas y sigues a tus emociones, se encuentra lleno de matorrales con filosas espinas. No estás dispuesto a hacer el sacrificio de circular por ahí. Prefieres no intentarlo. Crees que cualquier otra opción es mucho más confiable y mejor, crees que no merecen la pena tantos rasguños. Parece tan fácil largarse en la dirección contraria.

Así es cómo terminas perdiendo a esa persona que una vez amaste y que ahora no puedes olvidar. Lo único que logras conservar es el recuerdo de lo que una vez fue y la agonía de lo que nunca pudo ser. Sin embargo ya es tarde para echarse atrás. Cuando la decisión fue tomada tu ya sabías con certeza cuáles serían las consecuencias y aun así seguiste adelante hasta este ineludible punto. La duda puede carcomer tu cerebro, muchos quizá y tal vez asomen por tu cabeza de vez en cuando. Pero intentas convencerte de que hiciste lo correcto. Haces el mejor esfuerzo por seguir adelante.

Hay veces que conoces a una persona, te enamoras y aceptas perderla por temor a salir lastimado. Crees que así te ahorras muchos dolores, que así estarás más seguro. Pero, luego, el daño es irreparable. Por eso mismo, a veces, es mejor que estés atento y no conozcas a esa persona. Ese hecho tan factible puede ahorrarte un millón de problemas. Aunque así te pierdas de conocer a alguien sensacional y el precio a pagar sea, en efecto, no enamorarte. Hazme caso y voltea, no la mires. Deja que siga con su camino y se vaya lejos de tu vida antes de que sea demasiado tarde. Hay veces que tienen que hacerse tales sacrificios…

La pregunta del millón, la mayor parte del tiempo, es cómo ignorarla si continuamente aparece ante ti, lo quieras o no. Es entonces que uno llega a la trágica conclusión de que el destino juega en su contra. Y quizá todo sería mucho más simple si, en lugar de tantas vueltas y miedos, uno simplemente es sincero consigo mismo y con esa persona. Porque la verdad es sencilla, tan fácil como decirle a ese alguien tan especial que te gusta de un millón de formas distintas y que no lo cambiarías por nada en el mundo, ni siquiera por la oportunidad de tener un poco de seguridad sin ningún enamoramiento.


Enfrentarse al rechazo ya es otro tema muy distinto. Nadie es perfecto. La tristeza no dura para siempre. El mundo está plagado de personas especiales de las que puedes llegar a enamorarte y algún día encontrarás a la indicada. Sólo tienes que hacer las cosas bien. Enamórate. Di las cosas sin dudarlo. Levántate sin importar las veces que puedas tropezar. Y, si quieres llorar, hazlo. No te avergüences de nada.

Sophie Black



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Ante mí todo es verde. Los árboles, el interminable césped. El aroma a tierra y hojas de pino se pelea contra la punta de mi nariz, mecido por el viento. En el cielo existe una sola nube que lo cubre todo. O más bien un conjunto de cúmulos oscuros que fácilmente se apoderaron del firmamento que alguna vez fue azul. Lo único blanco es aquella casa en medio de la nada, donde trabajo. Una enorme cabaña de madera blanca con techo de tejas rojas. Un recinto para enfermos que nadie quiere volver a ver. Se ve tan fuera de lugar, estando en medio de la nada. Quizá tanto como yo, recostada contra el marco de la puerta y contemplando el cielo gris. Es difícil sentir que uno encaja cuando las piezas del rompecabezas están perdidas.
El paciente que estoy tratando últimamente sufre de una severa acuafobia. Es un hombre de avanzada edad, que debe estar rondando los setenta años. Su cuerpo no demuestra demasiado deterioro por el paso de los años. Sólo está un poco encorvado y arrugado, con el cabello todo canoso. Sigue siendo más alto que yo. Cuando elevo la mirada para buscar sus ojos me encuentro con dos charcos azules. A simple vista parece un sujeto tranquilo y agradable de conversar. Rara vez sonríe. Parece ser que siempre fue alguien inteligente y serio. Sin embargo pierde el control y la cordura cuando se trata del agua.
Debería preocuparme ante el claro pronóstico del tiempo. Adentro de la casa debe de haber a un señor Benson caminando con demasiada prisa de un lado a otro, poseído por el nerviosismo. No importa cuántas veces le asegure que la lluvia no puede alcanzarlo si permanece dentro y resguardado, Earnest Benson no quiere ni oír el sonido de las gotas de agua estrellándose contra el techo y las ventanas de la casa. La mera idea lo perturba. Así que lo más sensato es darle su medicación, ayudarlo a acostarse y procurar que se duerma. De todos modos sigo clavada al suelo de madera, junto al marco de la puerta. Es sólo otra tormenta más y yo continúo sin poder ayudar al pobre señor Benson.
No me muevo hasta que comienzo a oír los gritos. No suenan realmente desesperados, sino más bien son un llamado de atención. La voz rasposa y perturbada de Earnest rebota contra las paredes de la casa y rueda hasta mis pies. Consigue que cierre la puerta a mis espaldas y me dirija hacia la sala de estar, donde él se encuentra sentado en una mesa.
—Señorita Harper, señorita Harper —repite esas dos palabras sin cesar, es lo único que parece decir. Lo miro intrigada.
—¿Qué ocurre, señor Benson? —le pregunto con verdadera intriga. Porque sus ojos parecen tener un brillo fuera de lo común. No entiendo lo que ocurre.
—El agua está viniendo, quiere llevarme. No descansará hasta llevarme —dice con notable paranoia. Echa un vistazo a su alrededor, se rasca la nuca con ansiedad y luego vuelve la mirada al tablero de ajedrez que descansa sobre la mesa delante suyo. Mueve un peón.
Las furiosas nubes negras espían desde la ventana, pero todavía no descargan su violenta agua contra la casa. Sé que es cuestión de tiempo antes de que Earnest pierda los estribos. No ha tomado su medicina, no está durmiendo, no es alguien que yo pueda manejar con facilidad. Me dobla en tamaño y fuerza, aunque este ya viejo. Lo que voy a hacer es una completa locura. Pero estando rodeada de enfermos que la padecen es fácil contagiarse un poco. Me justifico pensando que nunca tendré una oportunidad igual. Deslizo un peón negro y contengo el aliento por un instante.
—¿A dónde quiere llevarlo el agua, señor Benson? —pregunto a continuación. Él nunca contesta a mis preguntas, pero yo tampoco desisto.
Por supuesto que no obtengo respuesta alguna. Earnest mueve su mano huesuda y desliza un alfil blanco sobre el tablero. Luego me mira de manera insistente, espera a que yo haga mi siguiente movimiento. No quiero concentrarme en el juego. El tiempo está siendo considerado conmigo y aún la lluvia no se desata. Debo fingir que le sigo la corriente si espero sacar algún atisbo de información a mi paciente. Muevo otro peón. El abuelo que tengo delante mío se muestra decepcionado.
—No lo sé, querida. Si lo supiera no me aterraría tanto, ¿sabes? —comenta aquello con extrema tranquilidad, mientras mueve otra pieza blanca.
De no ser por el temblor de su cuerpo habría jurado que es un hombre completamente distinto y superado. Le aterra pensar y hablar del tema, eso está más que claro. Incluso yo me siento nerviosa debido a la proximidad de la tormenta. Sin embargo estoy mucho más emocionada por aquel pequeño avance. El señor Benson acaba de hablar y eso sólo puede significar que planea abrirse. Sólo así podrá superar al fin su fobia: confiando y prestándose. De manera automática muevo otra pieza negra y esta vez ni siquiera tengo que abrir la boca para formular una pregunta. El anciano se encuentra sumido en sus pensamientos, mirando el tablero de ajedrez al tiempo que comienza a narrar su historia.
—Volvía del trabajo, un día como cualquiera —me explica—. El sol comenzaba a hundirse en el horizonte, jugando a las escondidas entre las casas. Busqué a mi mujer en la cocina, donde siempre solía estar cuando yo regresaba del trabajo. Pero nadie había estado allí preparando la cena. Así que la busqué en el jardín, esperando verla entre las flores, con las rodillas hundidas en el barro y el rostro manchado por el esfuerzo. A ella le encantaban las plantas, siempre las cuidaba con mucho esmero. Pero aquel día nadie las había regado —su frente se arruga ante el recuerdo—. Entonces comencé a llamarla por su nombre, esperando que respondiera desde el cuarto de baño o nuestra habitación en el primer piso. No la escuché mientras subía las escaleras de dos en dos. Me percaté del rumor del agua en cuanto pise el último escalón. Sentía gran alivio al creer que simplemente se estaba duchando. Volví a llamarle, me cansé de repetir su nombre. Como ella nunca contestó decidí abrir la puerta y fue entonces que la encontré —parece que ahí se detiene.

Sus dedos danzan en el aire sobre la figura de un caballo. Aguarda, duda y prefiere continuar la historia antes que el juego.

— Estaba en la ducha. El agua se había llevado todo su color —le toma esfuerzo decirlo, se estremece—. No pude hacer nada para salvarla. La rodeé con mis brazos, sacudí su cuerpo tieso. Intenté que abriera sus ojos, que moviera sus labios para respirar. El agua seguía corriendo sobre nuestros cuerpos y el color se iba por el desagüe. El amor de mi vida se encontraba sin vida. El agua se la llevó… —eso es todo lo que dice antes de mover, al final, a la reina blanca—. Jaque.
—Siento mucho su pérdida, señor Benson —me atrevo a decirle mientras intento salvar a mi rey—. Pero tiene que darse cuenta de que sólo fue un accidente, el agua no va a llevarlo a ningún lado, no puede dañarlo a no ser que usted lo permita. Los accidentes ocurren, Earn. No fue culpa suya, ni de nadie. Ella no murió para que se convierta en esto, tiene que superar su fobia al agua —termino de decir.
La verdad: no creo que mis palabras puedan ser suficiente para ayudar al señor Benson. Su pérdida y su dolor son un peso demasiado importante en su vida como para hacerlo a un lado con tanta rapidez. No espero que en este preciso instante él comprenda lo que le estoy diciendo y tampoco espero que supere de inmediato su fobia. Lo he visto espantado cuando abrían el grifo de la cocina o cuando escuchaba correr el agua del baño. Le he obligado a bañarse sin tomar sus pastillas y contemplé impresionada cómo sufría un verdadero ataque de pánico al sentir las gotas de agua correr por su piel. Incluso cuando se baña medicado no deja de repetir que el agua lo limpia demasiado, que el agua le roba su color. Nunca entendí aquella extraña metáfora en la cual él aseguraba que su piel se desteñía. Hasta este preciso instante, luego de oír la historia tan triste que Earnest llevaba oculta.
El viento sigue soplando contra las ventanas mientras que Earn y yo continuamos jugando al ajedrez, ahora en absoluto silencio. Sin embargo el agua no llega a caer del cielo. Las nubes comienzan a dispersarse lentamente, aburridas por la inminente victoria del señor Benson. Un rayo de sol alcanza a filtrarse por una ventana y los ojos azules del anciano se sienten atraídos por ese brillo dorado. Yo también fijo la mirada en el día soleado que lucha por reinar el cielo.
—Parece que va a llover —comenta Earnest.
Estoy a punto de contradecirlo, pero entonces me fijo mejor. Los charcos azules que son sus ojos están derramando gruesas corrientes de lágrimas. Su cuerpo se estremece y él llora en silencio. No demuestra temor alguno a que su rostro se destiña o a que el agua se lo lleve. Ha desatado el nudo que amenazaba con ahogarlo. Llora porque le han arrebatado lo más preciado de su vida y no pudo hacer nada para evitarlo. No puede hacer nada ahora tampoco, más que llorar.

La pena me embarga por completo. Duele pensar en cómo me gustaría poder ayudar en verdad. Pero no puedo traer de vuelta a su mujer. Ni siquiera alcanzo a comprender el profundo dolor que debe de pasar cada día al despertar y recordar. Así que, tan pronto como lo realizo, también rompo en un silencioso llanto. Me doy cuenta que Earn tuvo razón. Realmente comenzó a llover…

Sophie Black
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