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Es la primera vez que siento el alma tan pesada. No puedo con esta terrible carga. Ni siquiera cuando robé o mentí por primera vez me sentí tan mal. No quiero cargar con esto, estoy más que segura. Hay una diferencia entre la situación a la que debo enfrentarme y mis otras primeras veces, intento ignorarla. Era una niña que actuaba impulsivamente guiada por sus caprichos, ahora soy una adolescente llegando a la madurez y tengo que saber tomar decisiones correctas. Sin embargo no puedo evitar pensar que lo que estoy cargando no es correcto.
Todo comenzó hace poco. Faltaba medio año para que cumpliera la mayoría de edad. Algunas de mis amigas me envidiaban, por ser la más joven del grupo. Creía comprenderlas, sólo deseaba poder retrasar el tiempo y volver a mi niñez. Estaba segura que la universidad no era lo mío, que las responsabilidades no iban conmigo. Sin embargo nada había evitado que me inscribiera en una. Tenía una familia que se enorgullecía de mí, no podía defraudarles, iría a una de las mejores universidades. Tendría que adaptarme a un nuevo mundo, uno donde mis compañeros de secundaria no estarían, donde mi familia no estaría, donde el estudio era lo primordial. Me alejaría de todo lo que había conocido hasta ahora para tener un extraño nuevo comienzo…
El sitio donde estudio es un establecimiento común y corriente. Puedes presenciar a estudiantes y profesores ingresar en él y marcharse del mismo con sus expresiones de cansancio o seriedad. El rumoreo inunda todas las salas, los pasillos, los aseos, los jardines. Cuando no se escuchan voces el sonido es reemplazado por el del rasgueo de las plumas sobre los papeles o las tizas sobre las pizarras. Si uno se detiene a oír puede distinguir hasta el sonido de los trapeadores manipulados por los asistentes de limpieza. Nada fuera de lugar, excepto ese siniestro presentimiento.
La ciudad es de lo más normal. Soy muy nueva así que aún no la conozco del todo. Pero donde vivo, cerca de la universidad, es muy tranquilo. A cierto horario pareciera que todas las personas se fueran a dormir, como si se desconectaran del mundo. Las únicas luces que alumbran la ciudad son viejos faroles, al menos en el distrito en el que me mudé. Los vecinos son amables y tranquilos. Puedo llegar a creer que no tienen niños o que éstos son muy obedientes ya que no se oyen gritos ni llantos. En el aire solo puede sentirse una atmosfera demasiado tensa. Al menos así es como pienso yo, la seguridad es lo que más me importa así que acostumbro a encerrarme en el mono ambiente que alquilo. Habitúo pasar largas horas sentada en la ventana y jamás he visto a mucha gente pasar. Es muy fácil sentirse solo.
Podría decirse que he tomado una de las decisiones más exitosas de mi vida. En unos años obtendré una licencia y comenzaré a trabajar, tendré gran éxito y muchas opciones de trabajo porque voy a estudiar en una universidad prestigiosa que me brindará las mejores salidas laborales. Mis padres podrán estar orgullosos de su hija mayor. Sin embargo mi vida no es tan sencilla como parece. En ningún folleto, ni siquiera en internet, decía sobre lo terrible que debía enfrentar en aquella anormal clase de sociedad donde había acabado. Desearía poder regresar a mi vida anterior, mi ciudad natal, al abrigo de mis padres, a mi infancia. Mas estoy atrapada en esta situación sin salida.
El primer día de la universidad fue cuando comenzó mi tormento. Comenzó como cualquier otro día. Me vestí sencilla y desayuné, luego partí hacia la institución. Al llegar el tumulto de gente no me asombró, ni siquiera me incomodó, ya que todos estaban ensimismados en sus problemas o estaban con sus respectivos grupos de amigos. Yo no era la única nueva, todo un gran alivio. Un hombre apareció en la entrada, tomó un megáfono y solicitó que primero ingresaran únicamente los novatos. En seguida me apresuré a ingresar, creyendo que nos explicarían algunos términos importantes antes de que comenzáramos a estudiar allí.
Mi primera sospecha, más bien lo primero que me incomodó, fue el extraño sujeto que nos había llamado. Con una seña nos obligó a seguirle hasta una extraña habitación que al principio no supe reconocer. En lo único que pude fijarme era la andanza descolocada del hombre, parecía que era cojo, y sus ojos eran desiguales, uno era definitivamente de vidrio. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza cuando en su rostro se dibujó una sonrisa afilada como una navaja y dio a conocer la ausencia de unos numerosos dientes. Pero lo que más me impactó fue lo que cargaba en su cintura, un revolver del cual no apartaba su mano izquierda. ¿Cuál era el peligro para estar tan pendiente?
Mi pregunta resonó varios instantes en mi cabeza hasta que él se dignó a hablar. Su voz era gruesa y algo incomprensible, pero todos procuraban hacer un silencio sepulcral. La explicación fue sencilla, todos asintieron ante la última palabra y comenzaron a retirarse. Aunque yo no lo hice, no asentí, no me moví, yo no aceptaba aquellas palabras. Estaba helada, la temperatura de la habitación parecía haber bajado notoriamente, o la idea que representaban las afiladas palabras de aquel hombre me helaron la sangre.
-¿Qué edad tienes, pequeña?-consultó sin preocuparse en la mirada de terror que le devolvía, lo había observado cómo se acercaba rengueando, y aún así su voz no había cambiado ni siquiera un poco, parecía monocorde y desinteresada, eso logró que reaccionara.
-Diecisiete, señor-contesté con voz firme, como si me hallara en un reformatorio, o algo por el estilo.
No quise burlarme, tampoco sonar graciosa.  Simplemente estaba nerviosa, asustada, me sentí demasiado pequeña y mi voz sonó algo cortada. Él sólo rió, fue algo escalofriante ya que se asemejaba al sonido de la cama vieja de mis padres al moverse, había noches en que ese ruido no me dejaba dormir. Estaba segura de que aquella noche no dormiría nada después de haberlo conocido, después de haberme enterado de lo que tendría que soportar durante unos largos años. Su mano huesuda se aferró a mi hombro y me dirigió una directa mirada de seriedad, parecía querer transmitirme confianza, pero con eso sólo me espantaba aún más. Tomó mi mano izquierda, con cierta solemnidad, y en ella depositó su arma. Las luces del sitio aumentaron y pude distinguir como la habitación crecía dejando, para mi mal gusto, ver una sala de práctica de tiro.   
-Te enseñaré a utilizarla, así te acostumbrarás. Es sencillo, sólo tienes que elevar las manos así…-comentó depositando sus manos en lugares de mi cuerpo donde nadie más que mis hermanos o padres habían tocado y guiándome en una posición demasiado complicada.-No tengas miedo, con mis indicaciones le darás fácilmente al blanco.  
Si me detenía a fijar en las reacciones de mi cuerpo, podía compararme con una gelatina. Temblaba demasiado, no podía mantener firme los brazos. Me esforcé por mantener la cordura, respirando hondo. Pero él tomó unos objetos y se acercó tomándome desprevenida. Sentí cómo me colocaba unas orejeras en mi cabeza y unas gafas. Sus acciones no eran torpes, sino seguras, podría haberle considerado un padre de no ser porque uno no me enseñaría a disparar un arma. Contuve las lágrimas, cerrando los ojos y jalé del gatillo.
-¡Estuviste cerca! Eres fantástica ¿Esta es tu primera vez? Es difícil manipular a esta preciosidad, pero tú no has tenido muchos problemas..-comentó con un extraño orgullo en la voz desordenando mi cabello como si fuera un niño.
Mi cara se contrajo del asco al oír la manera en que se refería el hombre a aquella aberración que sujetaba con fuerza entre mis manos. No comprendía nada, sólo deseaba que todo fuese un sueño. Respiré hondo y suavicé el agarre, dejando que mis manos colgaran sin vida a ambos lados de mi cuerpo. Tenía tantas preguntas sin respuestas en mi cabeza que comenzaba a dolerme. La sonrisa del extraño hombre aumentaba mis dolores…
-¿Por qué? ¿Por qué hay que recurrir a las armas? ¿Qué clase de vida es esta?
-Es una manera segura de brindar paz a los ciudadanos, solo tienes que vivirla para comprenderla.
Un estruendoso golpe sonó por toda la habitación, retumbando en mis oídos. Inevitablemente pegué un brinco y grité del susto. Alguien se sostenía sobre sus rodillas, realmente agitado tratando de componerse en la puerta del recinto. Miré aterrada al muchacho y solté un suspiro. Aunque no había motivo para azotar la puerta de tal manera estaba aliviada de que el sonido no fuera proveniente de un disparo.
-Señor, nos falta alguien… Morgan Shizuko…-explicó con la respiración entrecortada y sin darme cuenta levanté la mano.
-Presente.
Mi reacción tan poco usual en una joven de mi edad, como había explicado el hombre entre escalofriantes risas, cortó el ambiente de tensión que se había instalado ante mis incómodas preguntas. Deseaba saber más pero al parecer debía descubrirlo por mi cuenta. Estaba molesta aunque no lo demostraba. El joven que irrumpió se marchó más tranquilo y mi acompañante se acercó a la puerta, riendo mientras me daba la espalda.
- Tú nombre dice que eres una niña tranquila, sin embargo te manejas bien con las armas… ¿Cómo es que tu origen es distinto al de tu nombre?
-Una madre aficionada…
-Cuida bien del regalo que te di, ya nos veremos más adelante-se limitó a contestar con una sonrisa menos horripilante y más compasiva de lo que merecía…
En realidad me gustaba mi nombre. No importaba que fuera japonés mientras que toda mi persona, mi familia, hasta mi apellido fueran ingleses. Tampoco importaba que el significado del nombre tuviera algo que ver conmigo misma o no. Yo era Shizuko y nadie podría cambiar eso. Pensando en mi inusual nombre me olvidé de preguntarle el suyo al hombre que terminó regalándome la pistola y dejándome sola en aquella sala de tiro.
Un a vez hube estado sin nadie a mi alrededor mis piernas fallaron y caí de rodillas al suelo, sin poder contener las lágrimas. Yo no quería portar un arma, no quería estar pendiente de las acciones de los demás, no quería vivir en un sitio donde cualquiera podía pegarte un tiro ante la más mínima provocación. Había podido fingir bien mi incomodidad, pero ya sin nadie que pudiera verme no podía contener mi angustia. Ver el arma tirada en el suelo me desesperaba. Con movimientos rápidos la oculté en la mochila y sollocé un largo rato más. En ese momento estaba demasiado asustada como para continuar con una vida normal…  
A pesar de que comenzaba a pensar que todo era irreal, que equivocadamente estaba soñando que formaba parte de alguna extraña película de acción donde las armas eran tan comunes, me puse de pie y fui a clases. Primero me detuve en un aseo y me encargué de limpiar el rastro de lágrimas. Aunque desde cualquier punto de vista mis ojos rojos e hinchados me hacían ver fatal, como si no hubiese dormido en toda la noche. Igual asistí a todas las clases, ese primer día y luego volví a encerrarme en la seguridad de mi pequeño hogar, si es que podía llamarlo así.
Dormí al lado de la ventana, con el teléfono celular junto a mí. Estuve debatiendo durante largas horas la idea de llamar a casa y contarles todo, o de llorarle a mis padres que me dejaran volver. Pero cierto orgullo me lo impidió, acabé profundamente dormida con las mejillas húmedas. La ventana aún permanece siempre abierta, a la espera de que se pueda oír algún tiro, pero nunca ocurrirá.
Actualmente llevo tres largos meses tratando de acostumbrarme a este estilo de vida. No es nada sencillo vivir en un sitio donde es común cargar un arma de fuego. Uno está consciente del peligro, de que en cualquier momento alguien puede disparar y darte. Es tan desesperante andar todo el tiempo preocupada por el hecho de que puedes perder la vida en un instante. También temo presenciar el acto en que alguien muera en frente de mis ojos, en que alguien dispare a una persona ajena a mí. Sin embargo ninguna de mis preocupaciones se hace realidad, solo viven en mi cabeza y se alimentan de mi miedo y angustia.  

Continuará...






Jessica C. Black
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Nunca supe cómo se sentía ser fuerte, hasta que ser fuerte fue la única opción que me quedó. Cuando más quise llorar: fue en ese momento que aprendí que las lágrimas no iban a solucionar absolutamente nada. No importaba lo que pudiera llegar a hacer, nadie me devolvería a mis seres queridos. Porque si existía un Dios había sido tan egoísta como para arrebatármelos sin cuidado. Así fue como terminé con un corazón destrozado, sin rumbo alguno en el futuro. ¿Crees que alguien podría rescatarme?
He intentado olvidar esa noche y continuar adelante. Pero por más que lo intente no consigo lograrlo. No me arrepiento de lo que he hecho, sino de lo que no hice. El remordimiento de haberlos matado, es nada comparado con la culpabilidad de no haberles salvado la vida. Porque estoy convencido de que pude haberlo hecho.
¿Por qué sus fantasmas no dejan de atormentarme? Llegué tarde, siempre fui de retrasarme, e incluso ahora mi muerte se ha demorado… Si no hubiese aceptado conversar con aquella chica ahora estaría descomponiéndome bajo tierra, junto a mi familia. ¿Eso era lo que realmente quería, estar muerto?
Juro que cuando vi la figura de aquella joven deslizarse por entre la multitud supe que debía agradecerle. Es por eso que la seguí a través de las personas y acabamos en una callejuela. Pero me asustó que ella supiera que lo seguía…
— ¿Al final vas a matarme?
Las finas palabras lanzadas al aire por aquella diminuta boca me dejaron un momento helado. No entendí a qué se refería hasta que noté mis manos en forma de puño, mis dientes chirriando. ¡Ella había evitado que yo llegara a tiempo! ¿Pero acaso podía hacerla responsable de todo? Las dudas se arremolinaban en mi rostro tensado. Aquella preciosa mujer, que ya no era una tonta niña enamorada, no era culpable de que un par de psicópatas se metieran en mi casa en aquel preciso momento en que decidió citarme… ¿Por qué no podía dejar el pasado atrás?
— Puedes tener en claro que no ha sido culpa mía. Que hayan entrado…
— Detente.
— Ven a matarme.
Pude escuchar claramente los gritos de mi madre y mi hermana. Incluso visualicé cómo mi padre se desplomaba en el suelo, victima de uno de aquellos sujetos. Luego fue el turno de mamá, ella no diría ni una sola palabra, no luego de haber visto cómo la vida de su esposo desaparecía en un abrir y cerrar de ojos. Ninguno de los dos se preocupó por la niña que abandonaban a merced de aquel par de hombres. ¿La habrán violado? De seguro disfrutaron haciéndola llorar, gemir… La mataron lenta y dolorosamente. Por más que hubiera llegado a tiempo no podría haberlos salvado. Habría muerto para defender a mi hermanita, habría muerto por mis padres. En conclusión: yo debería haberme ido en lugar de ellos.
— No me queda nada. Ni siquiera sed de venganza, ni ganas de vivir. Te agradezco que me hayas retenido aquella vez… Pero ahora estás hablando con un espíritu vagabundo…
— ¿Has pensado en una respuesta?— preguntó curiosa, ignorando mis profundas palabras. ¿Me molestó? En absoluto…  
Por un instante creí ver la ingenuidad de mi hermana. Estaba volviéndome completamente loco. Pero sabía a qué se estaba refiriendo y era algo completamente irreal. ¿Por qué habría de interesarle mi respuesta si habían pasado trece años? Una mujer tan bella como ella debía estar casada, formando una familia que jamás sería asesinada…
— ¿Es tan importante? — consulté nervioso, luego de tanto tiempo.
Su sonrisa fue deslumbrante. Como un rayo de luz en medio de la oscuridad me proporcionó la calidez necesaria para un frío día de invierno como aquel… ¿Qué le causaba tanta gracia? Se había metido con un tipo problemático ¿No lo sabía? Aún así no parecía molesta ni cansada. Simplemente asintió con su cabeza, expectante a mi tan esperada respuesta. Trece años y jamás se me había ocurrido pensarlo, cuando le había dicho que lo haría…
— Solo si estarías dispuesta a morir conmigo. Esa es mi respuesta.
Esta vez sonreí yo y volví por dónde había llegado. Realmente no deseaba conocer lo que seguía, no esperaba escuchar que le habría gustado recibir mejores palabras, trece años atrás. No quería pensar en lo que habría pasado si… pero lo estaba haciendo, me estaba imaginando si le hubiese dicho que si. ¿Habríamos vivido felices hasta que la muerte nos separase? Era algo difícil de imaginar, no podía ver el futuro.
— ¿A dónde nos dirigimos?—consultó su vocecita infantil, a mis espaldas.
Si no hubiese estado acostumbrado a esperar que la muerte me tomara por sorpresa en cualquier momento, su repentino comentario me hubiese asustado. Pero por el contrario me asombró. ¿No la había dejado atrás? Lo más importante era otro tema: ¿Por qué hablaba de un nosotros? No deseaba averiguarlo… Aunque en lo más oscuro de mi ser gozaba con su atractiva presencia, ella conseguía hacerme olvidar por pequeños instantes... 
—Yo a donde sea que mis pies me lleven. Tú a tu vida repleta de perfección.
— Para jugar con la muerte se necesitan dos personas. ¿No crees? ¿Quién dijo que la perfección existe y que yo la prefiera antes que a ti? Yo solo quiero danzar en el limbo contigo…
— Esperemos que tus sueños no terminen convirtiéndose en tus peores pesadillas, querida. Ni que tus acciones sean menos fuertes que tus palabras… Puesto que te haré sentir lo que es el amor en medio del infierno, mi pequeña princesa condenada…

Jessica Black
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Creí que iba a poder. Tenía la firmeza para hacerlo. La ayuda necesaria. Lo tenía todo. Pero no conté con sus interferencias. No supuse que me buscaría hasta dar conmigo. No creí que no pensaba dejarme ir tan fácilmente. Simplemente esperaba alejarme, huir como hacía siempre y dejarle en paz. Aún así él me lo impidió. Siguió hablándome, proponiendo de vernos, susurrando palabras tiernas a mi oído. Y todas mis barreras se derrumbaron. ¿Cómo iba a separarme de aquel hombre?  
Ahora podía despertar con una falsa tranquilidad instalada en mi interior. Sabía que volvería a verlo. Aunque aún tenía cierta inseguridad aferrada con garras a mi pecho. Nunca sería real un por siempre juntos. En cualquier momento él podía ponerle fin a todo aquello. Y el sufrimiento volvería, pero más profundo que nunca antes. Aún así parecía dispuesta a arriesgarlo con total de seguir a su lado.
No es nada difícil concentrarse en el trabajo. Simplemente de vez en cuando se me antoja ver la hora. A veces pasa rápido, a veces no. Aún así cuento los minutos que restan para volver a verlo. Intento no pensarlo, no necesitarlo en mi cabeza las cuarenta y ocho horas del día. Si, mis días son tan largos que parecieran tener el doble de horas que los días normales. Todo por su culpa. Más bien por la mía y de mis sentimientos. Pero es más fácil culpar a los demás que hacerse cargo de los problemas. Y por más responsable que sea de ellos, no puedo solucionarlos. Es demasiado triste…
Todo transcurre con normalidad. No puede decirse que bien o mal. Estaríamos en un punto neutro. El tiempo sin él es un completo martirio. Hasta que lo veo y puedo ser feliz por un momento. Son pequeñas dosis de su presencia lo que me mantienen en paz con la vida. Sin esa droga no podría con el día a día. Y volvería a vivir un completo infierno. No comprendo por qué dependo tanto de él, sin embargo tampoco puedo evitarlo. Debería de acostumbrarme, pero sé que llegará la hora de separarnos y quisiera poder dejarlo marcharse sin sufrir. Simplemente quisiera…
Podría, pero es imposible, tratar de tomarlo todo con menos seriedad. Como de seguro lo hace él. Si solo no estuviera tan involucrada sentimentalmente sería posible. Me detesto. No puedo odiarlo a él, no tiene la culpa. Me odio a mi misma por sentir tantas cosas, por hacerme sufrir, por ser una completa tonta. Quisiera dejar de ser una niña, corregir tantos errores. Pero es tan difícil. No puedo hacerlo, solo estoy segura de eso y de que lo amo. Ironías de la vida.  
Continúo siendo esclava de mis acciones. Yo fui a enamorarme de él. Pude haberle dicho que no, haberme ido con cualquier excusa tonta y haber evitado volver a conocerlo. De haber sabido que me volvería completamente loca por él, lo habría evitado a toda costa. Y me hubiera perdido de amar a una persona tan especial, de pasar momentos preciosos, noches hermosas junto al hombre de mi vida. Por que sí, ese hombre es el amor de mi vida. No hay nadie que pueda reemplazarlo. Se ha ganado el puesto por más que no lo quiera. Es decisión suya aceptarlo o no. Me rompe el corazón la mera idea de recibir un rechazo de su parte. Sufro porque estoy más que segura de que eso es lo que sucederá. No importa cuanto intente retrasarlo.
Cuando creí que ordenando las ideas podría ser todo mejor, me equivoqué rotundamente. Pues hice una limpieza de cerebro. Y sigo totalmente rendida ante esa persona. Es cuestión de un solo día sin verlo o tener señales de él, para que caiga en un profundo abismo. Aún así, si lo veo todos los días sigo siendo esclava de sus palabras, de su cuerpo, de todo su ser.
Ni siquiera puedo ser libre cuando intento alejarme. Siento las frías cadenas aferrando mi corazón, mis manos, mis piernas. Ejercen una fuerza increíble sobre mí, me hacen sufrir sin dejar marcas. El extremo de esas cadenas lo tiene él. Y ni cuenta se da de ello. Es un eterno sufrimiento, ligado a este amor que jamás será correspondido. 
Puedo soñar con falsas palabras de amor. Puedo embobarme ante sus pequeños actos de afecto. Y puedo ahogarme en un vaso de agua sin ver la verdad oculta. Supongo que es inútil esperar a que él me quiera como algo más que una mujer para pasar el rato. Solo son sueños que nunca formaran parte de la realidad. No puedo engañarme por siempre. 
Aunque disfrute de él, aceptando su compañía, sus caricias, sus sonrisas y palabras cargadas de algo incomprensiblemente sentimental. Todo es un simple y distorsionado reflejo de lo que en verdad deseo. Nunca llegaré a estar conforme con esto. Termino siendo esclava de mis propias pretensiones y de su aparente indecisión. No importa cuanto me esfuerce por formar parte de su vida. Soy patética y trabajo en vano. Jamás lograré cambiar las cosas. Creí que iba a conformarme, pero mi corazón egoísta pide más y más. Que alguien lo calle, por favor...    
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Abrir los ojos cuesta. Ni siquiera sé qué día es. ¿Es de día ya? Si, el sol da de lleno en mi rostro. Olvidé cerrar las cortinas. No puedo moverme. Sino iría rápido a impedir que la luz ingrese. Observo a mí alrededor y una sensación de vacío se instala en mi interior. Hay algo pesado en mi pecho, que no consigo quitarlo ni con el pasar del tiempo. ¿Cuánto hace desde que no lo veo? Ni siquiera durmiendo puedo apartar mis problemas. Y las otras alternativas son tentadoras pero poco factibles.  
Objetos pequeños, con bastante poder sobre el cuerpo, adorables y tentadores ante la vista de un niño. Las píldoras para dormir tienen bonitos colores. Hay de distintas clases, unas más potentes que otras. Se acumulan sobre la mesita de luz. Me llaman silenciosamente, me piden que las tome todas juntas. Pero el vaso que las acompaña esta vacío. Debería ir hasta al baño a por agua, y el valor que logro acumular se desvanece en esos pasos que doy lejos de las pastillas.
Por el momento las extremidades de mi cuerpo no responden. Se rebelan contra mi cuerpo y no responden. Necesitan de esa persona para funcionar. Mi cerebro intenta reconocer que no se puede tenerlo. Mis ojos no dejan de buscarlo hasta que el corazón sufre punzadas por su ausencia. Y al fin, luego de tanto dolor llega el reconocimiento: No está y no estará. Comienzo a moverme y realizo la rutina de todos los días. Cual robot sin sentimientos.
Otro día sin verlo, es un completo infierno. Me obligo a encerrarlo con llave en un sitio profundo de mi mente. Mientras me dedico a intentar trabajar. Las horas pasan con extremada lentitud. La vida se me hace interminable si no tengo la seguridad de que él forma parte de ella. Es un interminable sufrimiento. Sólo existe un calmante. No pienso aplicármelo. La decisión está tomada y no volveré a esas noches húmedas.
Esperar es una posible solución. El tiempo cicatriza las heridas. No importa cuanto sangre ésta. En algún momento dejará de doler. Y alguien más ocupará ese sitio tan importante. Aún así el tiempo es lo que provoca que duela más. Por que transcurre con tanta lentitud que me hace más consciente de su ausencia.
Sigo soñando con imposibles, sigo deseando que él aparezca y me salve de este malestar. Aunque no quiero ser la princesa encerrada en la torre, desearía que él fuera mi príncipe azul y venga a rescatarme. Ya estoy bastante adulta para estas pavadas. Y no puedo dejar de pensarlas. Algún día me encerrarán en un manicomio por soñadora compulsiva. Quizá allí me proporcionen algo para olvidarlo…
Sin embargo me es inevitable no pensarlo de vez en cuando. Él consigue la manera de escaparse del encierro y vagar libremente por mi cabeza. Hasta me traiciona el inconsciente y me encuentro buscándolo con la mirada. A los ojos de mis amigas finjo estar bien. Paseamos juntas por las calles de la ciudad, para invertir en algo el tiempo libre. Solemos charlar de cosas sin sentido. Intento prestarles atención. Pero mis ojos se desvían. Nunca lo encuentro, y eso es lo mejor. Así podré olvidarlo. O al menos me engaño a mi misma pensando que es posible.
Todo debía ser algo pasajero. No estaba en mis planes involucrarme tanto. Él era celoso, posesivo, no me merecía su amor. No podía devolverle el cariño que el me daba. Sabía a ciencia cierta que necesitaba a una mujer mejor. Yo no era la indicada, sólo lo hacía sufrir. Nos separamos y cada uno siguió con su vida por su lado. Intente borrarlo de mi vida, de todas las maneras posibles. Aunque el quiso corregir sus errores, volver conmigo, yo lo rechacé y lo traté horriblemente. Y luego de años tuve que volver a encontrarlo. Aunque ésta vez era un hombre distinto. ¿Cómo no volver a enamorarme de alguien tan distinto y perfecto?
Entonces se interpone en mis planes. Lo veo a lo lejos. Camina con total naturalidad. Él también va acompañado de su grupo de amigos. Parece mucho más feliz de lo normal. ¿O es todo obra de mi imaginación? Mis amigas también lo ven. Advierten mis claras intenciones de ir a saludarlo y me detienen. No debo. Está mal. Mi corazón lucha por salirse de mi pecho y correr hacia él. Pero mi cuerpo se deja arrastrar por mis fieles compañeras de vida. Es lo mejor, intentó pensar. Aún así me apena tanto. No poder formar parte de sus días, de sus noches, de su vida…
La realidad se estampa contra mí duramente. Es como si me estrellara contra una fría pared. Él no me necesita, no me quiere. Está tan bien sin mí como si nunca hubiera existido para él. Ni siquiera le preocupa por qué no contesté su llamado. No volvió a intentar contactarme. Para él todo anda perfectamente, con o sin mí. Tiene la conciencia bastante limpia. Y no creo que sea porque tiene mala memoria. Él simplemente me ha borrado así sin más. O tal vez nunca he formado parte de ella. Me inclino más por la segunda idea. Solo fui una mujer de entre muchas otras. Cuesta abrir los ojos y enfocar la crueldad que debo vivir…
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Es bonito despertar a su lado. Observarlo dormir con tamaña tranquilidad. Es encantador detener la mirada en tan apacible rostro. Reparar en el leve vaivén de su pecho, producido por la profunda respiración. Contemplar detalladamente la hermosa escultura griega que yace a mi lado. Hace tanto calor que las sabanas descansan en la punta de la cama. Comienzo a sofocarme con tan atractiva vista. Desearía que esto pudiera durar para siempre…
Pero las preocupaciones no me invaden aún. Todo puede durar unos minutos más. Aunque haya salido el sol, y ya sea un nuevo día. Los minutos son flexibles y se extienden. Prefiero dedicar un pequeño rato a recordar. Los momentos de la noche pasada se arremolinan en mi mente. Listos para hacerme sentir la mujer más feliz que puede encontrarse en la faz de la Tierra. Es cuestión de cerrar los ojos y volver el tiempo atrás. Todo con tal de retrasar la partida…
La felicidad comienza cuando nos encontramos. Él deseaba verme, así lo había expresado, y yo había acudido a su pedido. Antes era una rutina distinta. Primero salíamos a cenar. Ahora seguía siendo rutinario. Pero directamente me llevaba a su departamento. Podíamos jugar un rato, fingir que comíamos. Aunque lo que importaba era empezar con lo otro. No importaba cuán reacia estuviera a aceptarlo, la relación que teníamos nunca llegaría más lejos de la atracción física. Sólo era un bonito cuerpo a la vista de esos ojos.
Inevitablemente estaba rendida ante aquel hombre. Lo mío no era algo carnal. Debía admitir que lo adoraba tanto por  fuera como por dentro. Podía llegar a decir que lo amaba en cuerpo y alma. Era esclava de aquel par de perfectos labios. Prisionera de aquel fornido cuerpo, de aquel dulce ser. Víctima de un amor que jamás sería mío.
Aún así no podía apartarme. Iba a él siempre que me solicitaba. Comenzábamos con leves caricias. Que luego de recorrer la ropa se colaban en busca de más. El contacto de nuestras pieles siempre quemó. Él sabe cómo tocarme, conoce dónde hacerlo y tiene el don de volverme loca. Desearía tener la misma influencia sobre él. Pero parece que suelo soñar con imposibles. Sólo yo estoy tan loca que siento que el suelo se mueve bajo mis pies con solo percibir una mirada suya.  
Luego nos recibe acogedoramente la cama. Allí es donde pasamos la mayor parte del tiempo juntos. Conozco cada detalle de su cuerpo como si fuera el mío propio. Quisiera que fuera completamente mío. Como yo soy suya. Sin embargo eso no sucede. Y me dedico a disfrutar de las horas que compartimos allí. Llenas de pasión y deseo. En esos momentos es cuando abandono cualquier atisbo de realidad o razón. Los encierro en un frasco y los dejo a un costado de la cama. El vidrio impide que puedan gritarme frases como: ‘Está mal’ o ‘Cuando te toca piensa en otra’. Sé perfectamente que no debería estar haciendo esas cosas, que nunca ocupare un sitio en su corazón, por más especial que sea o haya sido. Por eso abandono todo, hasta las prendas caen lejos de la cama…
No importa pasado ni futuro. El presente y la necesidad de tenernos el uno al otro nos dominan. Nunca acabaré de comprender el motivo por el cual sigue llevándome a su cama. Como jamás comprenderé el por qué lo volví a amar después de tanto tiempo. En su momento fuimos una pareja feliz. Ahora sólo somos un par de torpes amantes. No hay normas, está todo en manos del azar. Caemos rendidos luego de una noche de amor momentáneo. Y nos abandonamos a los brazos del cansancio, soñando con nuestros más profundos deseos. En mis sueños vuelve a estar él.
Entonces una bella sonrisa se dibuja en su rostro. Parece ser que se ha despertado y se ha dado cuenta de que no puedo dejar de mirarlo. Aún así no abre sus ojos. Ya es la hora. Comienzo a vestirme, mientras le doy la espalda. No quiero que vea mi rostro lleno de tristeza. No hay lugar para mostrar sentimientos. Ya ha pasado el tiempo acordado y es hora de marcharse. Una mujer de una noche, eso es lo que siento que soy. Pero no me llega a molestar en absoluto. Ya que sólo para él puedo llegar hasta este punto. Aunque él nunca lo vaya a saber…
Simplemente ya nada importa. Fui feliz durante tres meses exactos. No puedo pedir más nada. No me arrepiento de haberme cruzado con él hace doce semanas atrás. Pero todo debe llegar a su fin. Y no puedo seguir alargando esto por mucho más tiempo. No si quiero dejar de sufrir. Por eso es hora de continuar adelante, sin él. Ha sido la primavera más bonita de mi vida. Aunque voy a extrañarlo, debo hacerlo. Ya he tomado la decisión. Es hora de apartar el dolor, de apartarlo de mi vida. Es bonito despertar a su lado, pero oprime el pecho…
-Adios.
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Empezamos con una tabla:

1.- El amor eterno dura aproximadamente 3 meses.
2.- Tener la conciencia limpia es síntoma de mala memoria.
3.- La esclavitud no se abolió, se cambio a 8 hs diarias.
4.- Lo importante no es ganar, sino es hacer perder al otro.
5.- Los honestos son inadaptados sociales.
6.- Pez que lucha contra la corriente, muere electrocutado.
7.- No soy un completo inútil... Por lo menos sirvo de mal ejemplo.
8.- Errar es humano...pero echarle la culpa a otro, es mas humano todavía.
9.- Ningún tonto se queja de serlo. No les debe ir tan mal.
10.- Trabajar nunca mató a nadie...pero, para qué arriesgarse?
 
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El silencio sepulcral reina. Nada puede romperlo. Ni siquiera existe el silencio. No puedo oírlo, no puede oírme. Es algo que no se puede escuchar. Va más allá del sonido. ¿Puedes entenderme? Estamos tú y yo enfrentados. Es algo que puede verse, pero no tocarse. ¿Por qué no podemos romper la distancia? Esos sentimientos encontrados, luego perdidos, enterrados en la tierra del olvido. ¿Puedes volver a sentir lo mismo? No hay palabras, no hay verdades ni mentiras. Solo nosotros dos. Más allá de palacios, espacios verdes, y extensiones de aguas profundas. El tiempo corre rápido y nos vamos alejando, acercando y volviendo a alejar. Las fichas están listas para que se realicen los movimientos. El tablero está en ruinas.  ¿Qué clase de juego es este?
Tus ojos son profundos. Tu alma es inquieta y no me corresponde. Existe el resentimiento, el dolor y el sufrimiento. No todo puede curarse,  no todo puede arreglarse. Aunque estés tan cerca de mí, sé que jamás podré alcanzarte. Yo misma te aparté. Ahora debo hacerme responsable de mis actos. ¿Sin embargo qué clase de juego es este? En el que tus palabras dicen algo, tus acciones dicen otra cosa y tu distancia me enloquece.
¿En verdad merezco participar de esto? Yo misma me he ganado el puesto, soy la candidata a sufrir. Gracias público divino, por venir a presenciar el final de lo que nunca empezó. Quise esperar, pero la paciencia me venció. Quise regresar, pero ella se me adelantó. ¿De qué sirve jugar si los movimientos hechos están y yo no he de ganar? Es más sencillo renunciar, cuando tan tarde aún no es.
Con una mano extendida, intento alcanzarte. Con la otra me aferro a la realidad de olvidarte. Deséenme suerte. Pues va a ser difícil abandonar, cuando mi corazón no quiere escuchar que él ha elegido a otra y la vida ha de continuar. Lastimosamente mis palabras voy a callar, una estaca me pienso clavar y el amor de una vez por todas se extinguirá.  

Jessica Black
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El aroma pestilente que expulsa el esmalte para uñas atrofia su respiración. Se encuentra en el otro extremo del sitio, pero su increíble olfato no puede contra tres frascos llenos de esa sustancia tan apestosa. Desde lejos puede distinguir los colores. Azul, verde y naranja, demasiado chillones y extravagantes para su gusto. Incluso, si se fija detenidamente, la chica está vestida con colores semejantes, una remera bastante ajustada, una pollera bastante corta… ¡Y lleva el cabello verde! Se obliga a desviar la atención porque teme marearse de las nauseas que le provoca mirar a aquella chiquilla. Niega con la cabeza pensando en lo que ha decaído la juventud de hoy en día.
Sin embargo no puede disfrutar tranquilamente de su té. Es algo bastante molesto. Así que opta por ponerse de pie y caminar hasta la mesa en la que se encuentra su problema.  Se aclara la garganta y prepara un pequeño discurso en el cual le pedirá amablemente si puede detenerse o marcharse. Aunque la sonrisa que le dirige la chica lo deja inmovilizado. ¿Por qué esa alegría tan natural?
-Te estaba esperando…
Él solo atisba a enarcar una ceja. Algo no termina de concordar con la historia. No comprende lo que está sucediendo. Es difícil ejercer movimientos cuando estás paralizado. Es complicado evitar un ataque cuando no puedes reaccionar. Tiene la mitad de las manos pintadas, y con ellas se aferra a sus hombros. Observa con ojos colosales cómo se eleva en puntitas de pies y desliza su pequeña y traviesa boca sobre sus labios.   
Una cálida lengua se introduce y comienza a juguetear con la suya. Parece ser experta en ello, comienza a volverlo loco. Entonces reacciona vorazmente y sosteniéndola por la cintura y la espalda la eleva para poder intensificar el beso. Sintiendo cómo cede ante la perdición…
Todo comienza con un pequeño sonido. Algo se ha rajado. Un pequeño agujero que desencadena una serie de problemas. El beso se interrumpe. El hombre gime adolorido. Con ambas manos en el estomago cae de rodillas. ¿Acaso sus ojos se vuelven carmesí? De su boca sale expulsado un coagulo de sangre que cae a los pies de la niña. Quien se relame los labios, un poco disgustada por haberse salpicado las preciosas zapatillas converse, pero encantada con el espectáculo. 
Entonces se coloca de cuclillas y deja una sutil marca de pintalabios en su frente. Luego toma un bonito recorte de cabello que guarda en su bolso, junto con sus demás cosas.  Vuelve a estar de pie y suelta un profundo bostezo. Su trabajo está hecho, así que se marcha. Su corazón late rebosante de alegría a medida que deja atrás a otra preciosa victima. Se encamina fuera del café mientras intenta planear una mejor muerte.
-Jamás me cansaré de este juego-canturrea a medida que danza por las calles de la ciudad.
Es una simple niña a la vista de todos los mortales. Es la peor pesadilla para todos los hombres. Sus ropajes se mueven, producto de una ráfaga de viento, y vuelve a estar vestida con un largo y bonito vestido de época. Ha recuperado estatura, un cabello lacio y más oscuro que la noche junto con sus bellas curvas. ¿Qué edad tiene? Ha perdido la cuenta, pero sabe mantenerse en perfecto estado. Encuentra un callejón y decide tomar un atajo. Se interna en una pequeña mancha de sombra y desaparece. Debe llegar pronto y cumplir con su siguiente trabajo. Ser una Valquiria conlleva responsabilidades...

Jessica Black
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No tiene título. Salió de lo que debería haber sido una historia sobre alucinaciones. Y quedó en lo que leerán a a continuación y el nombre del archivo de word fue: Concientización.. y un carajo.. Supongo que lo llamaré: Realidad...


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Un callejón húmedo y sucio. Harapos rotos y pies desnudos. La piel manchada, rasgada y lastimada. Cabellos enmarañados, mugrientos. Apesta a mugre. Eleva la mirada inyectada en sangre y maldice. Debe ser la séptima semana que ronda por aquel sitio. Nadie puede librarlo de aquel inmundo infierno. Destinado a vagar hasta la muerte. Le han robado hasta la más pequeña esperanza de vida.
A esa clase de personas hay que hacerles un favor. Agradecerían conciliar el sueño y no despertar jamás. Sin embargo siquiera pueden pegar un ojo, temiendo recuperar un poco de humanidad. Eterno caminar, huyendo de los sentimientos. ¿Quién puede interrumpirlo y dar color a esas almas?  
Posee muchos nombres, ninguno es el exacto. Aparece de las sombras y no tiene una propia. Sencilla silueta negra, voz seductora y embriagante. Lo único que puedes ver es su esquelética mano. Dicen que pertenece a la mismísima muerte. Pero ella te proporcionará el boleto a lo eterno. Nadie la ha visto y muchos la hablan. Es salvadora, los cuerpos ansían el néctar de sus palabras, sus obsequios. ¿Negar tan jugosa proposición cuando no tienes nada que perder? Sabe negociar con los espíritus condenados a vagar en pena.  Ha llegado la hora de danzar, sólo haz de aceptar. La manzana morderás y el veneno te guiará.
Cuando habitas la más cruel realidad, todo atisbo de magia desaparece de tu ser. Es difícil creer, ansiar, soñar si sabes que es imposible y todo a tú alrededor te lo recuerda. No eres nadie, no eres nada. No importa si en algún momento lo fuiste. Es obvio que nunca volverás a serlo. Entonces ese pequeño trozo de algo y nada, en tono pastel, con una bonita cara sonriente, es la mejor escapatoria.
Porque morir no es solución. Le das el gusto a aquellos buitres, que no ven la hora de encontrar tu cadáver y sentir el orgullo de decir: uno menos. Como no saben solucionar el problema esperan que se extinga en algún momento. No hay que dejar que sea así de fácil. No se habla de luchar, se habla de resistir. Quizá no sirva de nada, quizá logré un importante cambio. Por ahora parece ser la única solución tangible. La verdad está en la diminuta píldora que se desliza por la garganta de cientos de personas necesitadas de vivir.
La droga atrofia la mente. Expande todas las barreras que pueden existir. Eres libre. Aquel que todo lo tiene termina perdido en una incoherencia de existencia. Alucinando con atrocidades que pueden llegar a matarlo. Sin embargo está quien no tiene siquiera la certeza de tener nada. Esa clase de personas acaba teniendo una vida. Se ahogan en una fantasía semejante a la realidad de cualquier persona normal. Acaban de manera espantosa viviendo en un sueño que jamás se hará realidad y del que nunca podrán escapar.  
Todo es resultado de la sociedad. Del conjunto de seres humanos que sólo piensa en sí mismo y espera poder, en algún momento, llegar a controlarlo todo. El egoísmo es culpable. Las personas también lo son. Los sentimientos que dominan a éstos seres, que poco utilizan la razón, son parte del problema. Y la solución parece que jamás va a llegar. De nada sirve si no se piensa en cambiar los errores, sino se considera corregir lo incorrecto y elegir el buen camino. Comencemos evitando que tú tengas el poder de mi alma… ¿O ya es demasiado tarde?


Gracias por leer.

Jessica C. Black


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Advertencia: Es un fan fic de Naruto para mi sempai.
Los personajes son: Sasori y El Tercer Kazekage.
Contiene: Pedofilia y Homosexualidad.

Primer Capitulo:

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Era un hombre inteligente, se decía mentalmente. Llevaba varios días, semanas o quizás meses dejándose llevar por aquellas sensaciones. El destello rojizo lograba hipnotizarlo. La profundidad que hallaba en aquella miel, que carecía de dulzura, era demasiado para él. Había creído que era imposible, una jugada de su mente. Sin embargo no podía apartar la vista. Pasaba noches sin poder dormir porque, aquel tamaño pequeño y angelical, no lo dejaba en paz. Y aun que luchara con todas sus fuerzas, no podía dominar aquellos instintos salvajes que tenía. Sabía que en cualquier momento se traicionaría a si mismo. E inconscientemente ansiaba aquel momento como ningún otra cosa…
En aquel instante mantenía la vista lejos de aquel salón de clases. Pensando en quién sabe qué cosas. Quizá sólo observara los sutiles pétalos de cerezo deslizarse por el aire, anunciando el comienzo del hanami. Cuando se encontraba así de distraído aprovechaba para embriagarse con cada detalle de su perfil. Ni siquiera se detenía a compararlo con la bonita y perfecta flor que caía para morir joven. Por que sabía que él era lo más bello que podía llegar a existir. La idea de que se hallara en la flor de la vida, hacía que su mente se fuera lejos de la clase, junto a la de su alumno. Sus mejillas se teñían de un pequeño rosado, al tiempo que desviaba la vista para poder ocultar aquella reacción. No podía creer cómo un niño podía causar tanto en su persona.
El tercer Kazekage, ése era él.  Un hombre poderoso, un hombre importante. Era todo ello y mucho más. Y cada vez que recordaba, en las sensaciones por las que se estaba dejando llevar, lograba avergonzarse de si mismo. Puesto que nadie iba aceptar tales pensamientos en él, ni él los aceptaba. Había veces que deseaba poder apartarlos de su cabeza, ignorarlos. Pero cada movimiento, el más leve atisbo de su mirada, con sólo observar su lenta respiración, se volvía completamente loco. Lo experimentaba y no lo creía. Deseaba tanto rodear a aquella criatura, proporcionarle el amor que nadie podía darle, lograr que sonriera para él. No sólo quería conseguir aquello, sino que necesitaba hacerlo y muchas otras cosas más también.
La clase finalizó sin que ninguno de los dos se diera cuenta. Los niños comenzaron a marcharse. Muchos se juntaban en pequeños grupos de amigos, salían todos juntos conversando. Todos tenían a sus amigos, excepto él. Le apenaba tanto verlo solo, con un frío vidrio detrás de sus ojos, que lo aislaba de aquel mundo. Quería saborear dulzura en aquel par de iris, pero no guardaba falsas esperanzas. Aquella piel lechosa y virginal era la que pronto rompería el hilo que sujetaba su poca cordura…
-Sasori…-pronunció el Kaze, agradecía que su voz sonara normal en aquel momento. Los alumnos se habían retirado, sólo faltaban unos pocos, de entre esos el pelirrojo. Y algo en su interior lo obligó a llamarlo. Necesitaba conversar con el niño, aunque sólo fuera una charle le vendría bastante bien. Un alivio para el alma, consideró. Pensaba que con sólo oír al niño hablar su cuerpo se calmaría un poco…
-¿Puedes aguardar un poco?
El pedido le pareció de lo más normal. Cuando los fríos ojos del chico se posaron sobre él, lograron hacer que se estremeciera. No le agradaba la idea de mentirle. Aún así no tenía muchas opciones. Aquella simple solicitud podía tratarse sólo de un tema que debía trata con su alumno. Aunque no podía quejarse con él, era todo un genio, más que sobresaliente. Tenía la inteligencia de toda la clase junta. Eso lo hacía ver más atractivo, detrás de la imagen de niño solitario. Un instante luego se maldijo por haber pensado que un niño como Sasori podía ser atractivo…
-Kazekage-sama… No me gusta esperar…-se limitó a contestar el niño.
Un frío balde de agua. No sólo la respuesta, sino la actitud. Trató de sonreír, pero no lo logró. No terminaba de comprender por qué todo debía ser tan difícil. Buscó una manera de retener al chico, pero no encontraba las palabras adecuadas. Él se iría sólo a su casa. Si no se equivocaba, su abuela debía estar esperándolo. Se preguntó lo que haría diariamente, cómo sería el pequeño en la intimidad de su hogar. Con solo imaginar al pelirrojo cenando junto a su abuela, se le hizo agua la boca.
-Si me esperas bajo el sakura, puedo llevarte a comer ramen. ¿Qué opinas?   
Aquella antiquísima táctica no podía fallar. Cualquier niño podía ceder ante un suculento plato de ramen. Ni siquiera el pequeño Sasori podía negar que sería interesante comer junto a él. Sonrió con satisfacción cuando lo observó dudar durante un instante. Solo eso bastó para que el pelirrojo asintiera, provocando que pequeños mechones de su cabello quedaran desalineados. La mano le cosquilleó de deseo, al notar aquel suave cabello levemente despeinado. Aún así logró dejarlo ir, sin tocarle un solo cabello.
Se dejó caer sobre el escritorio, soltando un largo suspiro. Su cuerpo lograba traicionarlo bastante. Calculó un par de minutos, hasta que decidió acercarse a la ventana. Allí, contra el tronco del sakura, estaba sentado el niño. Su rostro alzado, observando el pálido rosa de las flores. Sus piernecillas extendidas, sus brazos igual, cada uno a un lado. Su pecho se movía lentamente cual pacifico mar. Era una pequeña obra de arte, que le tensaba todos los músculos. Lanzó un gemido de protesta al tiempo que se apresuraba a terminar un par de asuntos. No quería hacer esperar más de lo adecuado al pelirrojo, puesto que había dejado bien en claro que no le gustaba esperar…
¿Intentaba quitárselo de la cabeza? Iba por un mal camino. Se apresuro. No dejó de pensar en el pequeño. Terminó sus obligaciones y se encaminó hacia el sakura donde debía de estar esperándolo. Cuando se acercó descubrió que el pequeño retoño había caído rendido ante el cansancio. Se preguntó por qué estaría cansado, pero lo ignoró. Mientras observaba los pálidos labios, entreabiertos, fue acercándose. Acabó de rodillas, con sus piernas a ambos lados suyos. Se inclinó tanto ante el niño, que llegó a rosar con delicadeza el fruto prohibido. Fue un desliz, una súbita caricia, suave y exquisita.
Sin embargo la realidad de su acto le quemó los labios. Se alejó repentinamente, al caer en la cuenta de lo que acaba de hacer. Sus deseos lo habían dominado. Había besado a un niño, y no a cualquiera, a un alumno. Estaba bastante preocupado para notar que el susodicho lo estaba observando con su característica frialdad. ¿Se habría dado cuenta del pequeño contacto que habían mantenido? Imploró que no…
-¿Kazekage-sama? ¿De qué quería hablar?-inquirió poniéndose de pie, ignorando completamente lo que había pasado minutos antes.
En ese momento, el tercero, supo que había robado un beso, pero aún así deseaba muchísimo más. Sentir que el chico apenas le llegaba hasta unos centímetros mas arriba de la cintura, le hacia odiarse. No podía aceptar que quería a un pequeño como él. Aunque, por más que discutiera consigo mismo, no podría cambiar lo que sentía.
Le indicó con una seña que le siguiera. Si permanecían en aquel sitio no podría olvidarse del primero contacto que acababan de tener. Así que lo primero que se le ocurrió fue llevarlo a comer, como había prometido. El camino fue inquietantemente silencioso. El menor con la vista al frente, y él prestándole exclusiva atención. Solo observarlo caminar era un placer. Aquellos pensamientos eran desagradables, pero suyos. Y no podía aguardar a que el chico comenzara a comer. ¿Sería como cualquier niño normal? Lo dudaba. Él había sido criado de una manera distinta, y ante la carencia de padres, de cariño, no podía actuar como los demás chicos. Eso le apenaba tanto, pero aún así no cambiaba sus sentimientos hacia el pelirrojo.
-Eres un chico bastante inteligente, Sasori-señaló el Kaze, una vez habían llegado y les habían servido un plato de ramen para cada uno. Ahora era hora de inventar la excusa, de explicar el motivo por el cual lo había llamado. Aunque ciertamente no fuera ninguno en especial…
-Lo sé-contestó éste, tomó los palillos chinos y los separó en dos- Itadakimasu.
El tercero igualó la expresión, y dividió sus palillos. Le llamó la atención la soberbia con la que le había contestado. Pero no esperaba menos del nieto de Chiyo. Pensó algo útil que decir mientras se llevaba los fideos a la boca. Le pareció bastante extraño ver al chiquillo revolviendo la sopa, como si buscara algo. Observó curioso al chico hasta que notó que pinchaba un huevo hervido y se lo llevaba con aire victorioso a la boca. Los labios infantiles, moviéndose, lograron desestructurarlo por completo.
-Quería saber… si te interesaban unas clases particulares… como te veo tan… aburrido en clases…-comentó buscando un trozo de huevo en su sopa.
-Ya veo…-musitó mirándole fijamente.
Logró pinchar lo que buscaba y sonrió incómodo. Se sentía analizado bajo la mirada del chico. Sin embargo intentaba actuar lo más normal posible. Sacudió el caldo, y luego extendió la mano que sostenía el palillo. La llevó hasta la boca del niño y le sonrió con cierta picares.
-Di ahhh, noté que te gustan éstos-comentó logrando que los pálidos labios se entreabrieran y engulleran el huevo hervido que le estaba ofreciendo.
Por un leve instante deseó que aquel inocente gesto fuera hecho en otras circunstancias. Sintió una pequeña tensión en la entrepierna y se maldijo en voz baja. Se odiaba por pensar cosas tan indebidas e imposibles. Pero había valido la pena convidarle de comer en la boca. Todo por ver aquel gesto repetidas veces en su cabeza…
-Acepto.
Elevó la vista de su plato y notó que el chiquillo había comido todo. ¿Cuánto tiempo se había tomado? Alrededor de media hora… Y no lo había visto apresurarse en absoluto. Estaba asombrado por la agilidad que tenía. No sólo comiendo, sino que en muchísimas otras cosas. Estaba al tanto de que era todo un prodigio cuando se trataba de marionetas. Examinó aquella perfección acumulada en un envase tan pequeño. Quería poseerlo…
-Empezamos a partir de mañana.
La respuesta le alcanzó al pelirrojo para marcharse en silencio. ¿Cuántas palabras había mencionado? Muy pocas… Era todo un príncipe del silencio, y le encantaba. Se encargó de pagar mientras recordaba la delicada espalda alejarse, marcharse de la tienda. Hacia un par de minutos se había ido y ya lo extrañaba… ¿Qué le estaba sucediendo? No podía estar tan ansioso por el día de mañana… ¿O sí? A partir de ese entonces comenzaría a conocer todos los aspectos de su encantador alumno Sasori. Ya no podía esperar!

Jessica C. Black
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Traduccion.
Le tengo miedo a la obscuridad.

La oscuridad reinaba el pasillo. La escuela se sumía en un intenso silencio. Sólo un limitado grupo de alumnos solía quedarse hasta aquellas horas de la noche. El taller instrumental se dictaba para aquellos que tenían tiempo libre al salir del colegio y que amaban la música. De entre ellos había una niña en especial, que asistía porque su madre le había obsequiado una guitarra. Aún así, por más que tratara y tratara, nunca lograba dominar las cuerdas con sus dedos.


En ese entonces trataba y trataba, y aunque fallara, seguía intentándolo hasta que las manos le dolieran. Apenas conseguía que le saliera un acorde sin desafinar al bello instrumento. Pero lo que mas adoraba era practicar fuera del salón de música. Se situaba en el suelo, de espaldas a la pared, y observaba el extenso pasillo del subsuelo ceñirse a lo lejos, en la negrura absoluta. Solía acariciar las esbeltas curvas de su guitarra mientras tocaba música en su mente, aislada del grupo, del mundo.

Sin embargo esa noche en particular el fondo del pasillo no era infinito. Al fondo del mismo se vislumbraba una pequeña luz carmesí. Un perfecto cuadrado se delineaba bajo la tenue luz color sangre. La pequeña no podía apartar los ojos de aquel espacio dónde se situaban un par de cuerpos humanos, desprovistos de vida. Aquellas figuras no tenían piernas. Estaban situadas en el suelo, desde la cintura hacia arriba, y miraban fijamente hacia ella. Un escalofrío le recorrió la espalda.

Creía que todo era obra de su imaginación, que aquello no estaba en realidad allí. Quizá fuera una especie de espejismo. Ya que estaba un poco cansada por falta de sueño. Trató de convencerse de que no tenía porqué prestar atención a algo que era falso. Hasta que un sujeto, vestido completamente de negro, apareció de la única puerta en toda la escuela que permanecía cerrada noche y día también. Los ojos la atravesaron desde la lejanía antes de que pudiera regresar al salón y una mano la saludó acompañada de una sonrisa que decía más que mil palabras.

El miedo atenazaba con dormirle los músculos. Deseaba ponerse de pie y salir corriendo. Pero aquella figura a lo lejos la inmovilizaba. Presentía que debía quedarse, y contemplar el acto que se produciría frente a sus ojos. Simplemente observó cómo aquel hombre se situaba entre ambas figuras humanas y realizaba poses extrañas. La voz que despedía de su boca llegaba perfectamente hasta sus oídos. Su cuerpo temblaba al ver aquel acto que fácilmente se denominaría satánico.

-Oremos… Oremos… Oremos…-repetía con voz rasposa aquel sujeto.

Fue cuestión de minutos para que sujetara uno de aquellos cuerpos entre sus manos y lo elevara en el aire. La niña no supo exactamente lo que estaba sucediendo hasta que sus piernas se movieron sin su consentimiento y corrió hacia el interior del salón de música. Un momento luego se sintió lo bastante segura como para contestar las miradas interrogatorias que le dirigían los presentes.

-Un extraño grita cosas en el fondo del pasillo-explicó sin saber qué otra cosa decir.

Se había dejado la guitarra afuera, así que un par de compañeros la acompañaron a buscarla. Todos pudieron ver lo que sus ojos veían, y le confirmaron que no estaba loca. Entonces comenzaron a sacarse conclusiones sobre lo que veían, una mas descabellada que la otra. Su profesora se limitó a decir que debía ser un conserje haciéndoles una jugarreta con maniquíes. Sin embargo todos estaban lo bastante asustados como para dudar de las palabras de la mujer.

Cuando la oscuridad volvió a reinar todos volvieron a sus prácticas. Sin embargo un grupito optó por ir al baño. La niña quiso acompañarlos, pero la obligaron a permanecer en el salón. En un momento comenzó a asustarse porque no regresaban y decidió que iría a ver qué ocurría. Fue ahí cuando oyó ruidos extraños a lo lejos. Se paralizó de inmediato y observó en dirección al fondo del pasillo. Una figura, de sexo indefinido, intentaba forzar una puerta. Si no se equivocaba, estaban intentando entrar en la biblioteca. Y ella no sabía qué hacer mientras veía aquel cuerpo intentar abrir violentamente una puerta.

De repente la figura se detuvo. El silencio reinó por un pequeño instante mientras volteaba para fijar su vista en la pequeña. El miedo aguijoneó el cuerpo de la chica y le advirtió que debía huir. Fue un presentimiento extraño, pareció que alguien susurraba que huyera antes de que la persona que la miraba le diera alcance. Y no se lo pensó dos veces, sus pasos apresurados se oyeron por toda la escuela. Corrió escaleras arriba, subiendo los escalones de par en par y llegó al hall de entrada con la respiración agitada, temiendo que aquello que la perseguía la atrapara.

La luz la recibió con los brazos abiertos. Una portera paseaba por el sitio cuando la vio llegar corriendo. Le ordenó que caminara y la dejó tranquila. La niña volteó asustada y no vio a nadie detrás de ella. Se adentró en el baño y se encontró con sus compañeras. Todo parecía estar en orden…

Así fue como descubrí que por alguna razón vamos al colegio de mañana o tarde. Que es preferible que los niños concurramos de día, cuando todavía hay luz que nos mantenga seguros y a salvo. Pues nadie sabe lo que se puede encontrar en lo oscuro de un colegio. Nunca nadie supo lo que vi de pequeña aquella noche. Y así los misterios siguen siendo solo eso, misterios…

Jessica C. Black
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Il buio regnaba nel corridoio. La scuola si immergeva in un intenso silenzio. Solo un ristretto gruppo di alunni soleva restare fino a quell’ora di sera. Il laboratorio istrumentale si dettava per quelli che avevano tempo libero dopo scuola e che amavano la musica. Tra di loro c’era una bambina in particolare, che frequentava il corso perchè sua madre le aveva regalato una chitarra. Tuttavia, e per quanto tentasse, non poteva mai dominare le corde con le sue dita.

Allora tentava e tentava, e anche se falisse, continuava a provare fino a che le mani le dolessero. Quasi non riusciva fare un accordo senza fare stonare l’istrumento. Ma quello che adoraba di più era esercitarsi fuori dall’aula di musica. Si sedeva per terra, con la schiena sulla parete, e osservava l’estenso corridoio del sottosuolo restringersi nella lontananza, nel buio assoluto. Soleva accarezzare le svelte curve della sua chitarra mentre tocava musica nella sua mente, isolata dal gruppo, dal mondo.

Ma quella sera in particolare il fondo del corridoio non era infinito. Al fondo di questo si intravvedeva una piccola luce cremesí. Un perfetto quadrato si delineava sotto la pallida luce colore di sangue. La piccola non poteva separare le occhi da quello spazio dove si situavano alcuni corpi umani, sprovisti di vita. Quelle figure non avevano le gambe. Erano sul pavimaneto, dalla vita in su, e guardavano fisso verso di lei. Un brivido le percorse la schiena.

Credeva che tutto fosse opera della sua immaginazione, che quello non fosse in realtà li. Forse era una sorta de miraggio, giacchè era un po’ stanca per mancanza di sogno. Tentò di convincersi che non doveva fare attenzione a quelcosa che era falso. Fino a che un soggetto, nerovestito, apparve dal’unica porta di tutta la scuola che restava chiusa giorno e notte. Gli occhi la attraversarono dalla lontanza prima che potesse tornare in aula e una mano la salutò accompagnata da un sorriso che diceva più di mile parole.

La paura minaciava con dormirle i muscoli. Voleva mettersi in piedi e uscire di corsa. Ma quella figura nella lontanza la immobilizzava. Presentiva che doveva restare e contemplare l’atto che si sarebbe svolto di fronte ai suoi occhi. Semplicemente osservò come quell’uomo si collocaba tra entrambi le figure umane e realizzava delle pose strane. La voce che emanava della sua boca arrivava perfettamente alle sue orecchie. Il suo corpo tremava nel vedere aquell’atto che facilmente si nominerebbe satanico.

-Preghiamo... Preghiamo... Preghiamo...-ripeteva con voce ruvida quel soggeto.

Bastarono alcuni minuti perchè prendesse uno di quei corpi e lo elevasse per aria. La bambina non seppe essattamente ciò che estava succedendo fino a che le sue gambe si mossero senza il suo permesso e corse verso l’interno dell’aula di musica. Un attimo dopo si sentì abbastanza sicura per rispondere agli sguardi interroganti dei presenti.

-Un estraneo grida cose in fondo al corridoio...-spiegò senza sapere cos’altro dire.

Aveva lasciato la chitarra fuori, per cui alcuni compagni la accompagnarono a riprenderla. Tutti poterono vedere ciò che i suoi occhi vedevano e le confirmarono che non era pazza. Allora cominciarono a fare delle ipotesì su quello che vedevano, una più assurda dell’altra. La professoressa si limitò a dire che doveva essere un portiere giocando a un tiro mancino con i manichini. Tuttavia tutti erano abbastanza impauriti per dubitare delle parole della donna.

Quando il buio regnò nuovamente tutti tornarono ai sui affari, ma un piccolo gruppo decise di andare in bagno. La bambina volle accompagnarli, ma la obbliagarono a restare in aula. In un dato momento cominciò a spaventarsi perchè non tornavano e decise che sarebbe andata a vedere cosa succedeva. Fu in quel momento che sentì dei rumori strani lontano. Si paralizzò immediatamente e osservò verso il fondo del corridoio. Una figura, di sesso indefinito, tentaba di forzare una porta. Se non sbagliava stavano tentando di entrare nella biblioteca. E lei non sapeva cosa fare mentre vedeva quel corpo tentare di aprire violentamente una porta.

All’improvviso la figura si fermò. Il silenzio regnò per un attimo mentre si voltava per fissare la vista sulla bambina. La paura pungolò il corpo della ragazza e le avvertì che doveva fuggire prima che la persona che la guardava la raggiungesse. E non lo pensò due volte, i suoi passi premurosi si udirono per tutta la scuola. Corse su per le scale, salendo gli scalini in due e arrivò all’ingresso con la respirazione agitata, temendo che quello que la perseguitava la acchiapasse.

La luce la ricevete con le braccia aperte. Una portiera passeggiava da quelle parti quando la vide arrivare di corsa. Le ordinò che camminasse e la lasciò tranquilla. La bambina si voltò temerosa e non vide nessuno dietro di lei. Andò in bagno e trovò le sue compagne. Tutto sembrava di essere in ordine...

Fu così che scoprii che per cualche motivo andiamo a scuola al mattino o al pomeriggio. Che è meglio che i bambini ci andiamo durante il giorno, quando c’è ancora luce che ci mantiene sicuri e salvi. Perchè nessuno sà cosa si può trovare nel buio di una scuola. Nessuno mai seppe ciò che vidi da piccola quella sera. E così i misteri continuano ad essere solo quello, misteri...

Jessica C. Black. 4ta classe
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Ciertamente lo prohibido sabe mejor, así dicen muchos. Yo aún no lo experimenté (?) Pero no por eso significa que no pueda escribir sobre placeres prohibidos. Hace poco mas de un año que descubrí una cierta fascinación hacia las relaciones de homosexuales, gracias al anime (yaoi). Y he aquí mi primer escrito sobre una pareja de hombres, que secretamente son dos personajes de Harry Potter, para ser más especifica: Blaise Zabini y Draco Malfoy. Espero que les agrade, y sino lo lamento... Muchas gracias por lee!

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Encuentro:


El vidrio se estaba humedeciendo. No era lo único húmedo en aquel sitio. Era imposible contener su agitada respiración. El cálido aliento empañaba el vidrio a pesar de que afuera helaba. La temperatura experimentada por ambos era altísima. Rebeldes mechones de su cabello le cubrían el rostro. Sus mejillas ruborizadas eran algo de lo que se avergonzaba. El reflejo que le devolvía el cristal era completamente deshonroso. Jamás se había encontrado en una situación tan extraña. Sentía que todo su cuerpo se derretiría y no era precisamente por el bochorno que estaba pasando.

Todo había comenzado como un inadvertido encuentro. Habían comenzado a charlar bien, a pesar de su mal humor al tenerlo cerca. Desde hacía meses que no podían estar juntos en una misma habitación sin saber bien el motivo.


El vidrio se estaba humedeciendo. No era lo único húmedo en aquel sitio. Era imposible contener su agitada respiración. El cálido aliento empañaba el vidrio a pesar de que afuera helaba. La temperatura experimentada por ambos era altísima. Rebeldes mechones de su cabello le cubrían el rostro. Sus mejillas ruborizadas eran algo de lo que se avergonzaba. El reflejo que le devolvía el cristal era completamente deshonroso. Jamás se había encontrado en una situación tan extraña. Sentía que todo su cuerpo se derretiría y no era precisamente por el bochorno que estaba pasando.

Todo había comenzado como un inadvertido encuentro. Habían comenzado a charlar bien, a pesar de su mal humor al tenerlo cerca. Desde hacía meses que no podían estar juntos en una misma habitación sin saber bien el motivo. Luego de dirigirse unas cuantas palabras sucedió lo inevitable: comenzaron a discutir, como siempre hacían. Aunque de las palabras afiladas comenzaron a utilizar sus manos. En aquel inhóspito pasillo nadie los detendría, no tenían limites. El moreno se abalanzó sobre su persona y no pudo evitar detenerlo, lo dejó llegar hasta el punto en el que se encontraba en aquel momento. A pesar de que no comprendía para nada la situación era un experto dejándose llevar. 

Había perdido toda su ropa en el enfrentamiento con manos, algunos puños siendo más precisos. No se había dado cuenta de la situación en la que se estaba metiendo hasta que los movimientos bruscos y los golpes cesaron para convertirse en leves caricias. Intentó resistirse pero él estaba demostrando ser más fuerte. Se sentía desfallecer con el roce de las masculinas manos sobre su pálida piel desnuda. No deseaba admitir que estaba disfrutando de aquellos besos y mordiscos llenos de pasión.

Simplemente se negaba a creer que lo que estaba viviendo era cierto. Se sostenía con todas sus fuerzas del ventanal tratando de que sus piernas no le fallasen. Lo tenía a sus espaldas, con su asquerosa pero a la vez sensual lengua recorriendo todo su cuerpo. Parecía que quería que fuera él fuera totalmente suyo. Estaba dejando pequeñas marcas en los lugares más insólitos de su cuerpo y lo repugnante era que ambos lo disfrutaban. Los gemidos que escapaban de su boca lo hacían sentir enfermo pero a la vez liberaban el fuego que ocultaba en su interior. 

Aquel encuentro que había sido eso, sólo un entrecruzamiento de dos personas, se había convertido en un sucio pero deleitoso acto sexual. Algo que ninguno pensaba detener hasta que degustasen del placer más enloquecedor que jamás habían tenido en su corta vida. Lo que estaban por vivir no se comparaba con ningún otro suceso. 
Sintió su lengua saborear su miembro y creyó que explotaría. Jamás había sentido aquello al estar con otra persona. El cuerpo que estaba por poseer el suyo estaba hecho para provocarle miles de sentimientos jamás experimentados con nadie. Él, a pesar de la relación que tenían, era la persona con la que deseaba compartir su cama por el resto de la vida. 

Pero sabían que aquello no duraría más de una noche. Cuando dejó de hurgar en su interior con sus húmedos dedos pudo disfrutar de la maravillosa sensación de su miembro al ingresar dentro de su cuerpo. Una vez estuvo dentro suyo no pudo evitar soltar un gemido de gran goce, que resonó por el pasillo desierto. El sonido fue callado por su encantadora boca que además de saber muchos insultos sabía besar cómo nadie más.

Los movimientos suaves y dulces fueron sustituidos por unos mas acelerados que revelaban cuanto se necesitaban el uno al otro. Pequeños sonidos escapaban de sus bocas cuando no estaban unidas, besándose. Las caricias se habían vuelto más solicitadas al igual que los besos. Inconscientemente se habían dado cuenta de que aquello no se volvería a repetir y debían disfrutarlo al máximo. Ambos habían entrado en un frenesí total. Deseaban sentirse unidos, estaban unidos, experimentaban uno de los lazos más profundos y prohibidos. 

Cuando de pronto todo se volvió mucho más apresurado aún. Ambos estaban por cumplir lo que en un principio jamás se habían imaginado. No podían esperar más. El ambiente se había vuelto más cálido, la temperatura había aumentado tanto que ambos sudaban. Sus perfectos cuerpos se exigían a cada momento más y más. Si continuaban así no podrían seguir conteniéndose ninguno de los dos. Formaban una esplendida obra de arte digna de ser contemplada, no eran sólo dos muchachos teniendo una noche de sexo, eran más que eso. 

-Juntos…

La suplica conmocionó al muchacho quien tomó al otro por la barbilla para acercarlo a su rostro. Se fundieron en un beso tan profundo que sus lenguas se amaban como lo estaban haciendo ellos mismo. Ambos lograron llegar al máximo placer juntos como había sido acordado. El mejor y más perfecto éxtasis había sido deleitado por la pareja de amigos. Los movimientos comenzaron a hacerse más pausados mientras que uno se dejaba caer en los brazos del otro. A pesar de que no se aceptaban entre sí lo habían disfrutado demasiado. Como para que en algún futuro pudiera volver a repetirse...

-Gracias…

Sintió como los besos del moreno llenaban su rostro, su cabello y lentamente bajaban por su cuerpo. Él aún deseaba más y no pensaba resistirse. Se dejó manipular por las magnificas manos. Su rubor no lo había abandonado y odiaba tener el cabello tan corto como para no poder ocultar su rostro en él. Pero agradecía ser la clase de chicos que le atraían al moreno. Ya que si no hubiese sido rubio, pálido y de ojos color mercurio jamás hubiese disfrutado de hacer aquello.

-No hay de que. Te ves hermoso…

Con aquella frase, desprendida de su sensual boca, con una gutural y excitada voz, comenzó nuevamente a recorrer su cuerpo con su lengua. El moreno pensaba disfrutar un rato más del bello cuerpo de su amigo. Aquello era mucho mejor que sus sueños más húmedos en los que cierto rubio aparecía constantemente…    

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Saludos a todos aquellos que me lean!
   Luego de una larga ausencia, no tan larga como anteriores, estoy aquí de vuelta. Esta vez con una remodelacion. Si, como me leen, y pueden ya ver, he hecho unos grandes cambios. Mi blog actualmente está más centrado en un estilo light donde colocar varios escritos o cosas por el estilo. 
   Aún así permanecen debajo de todos algunas cosillas que me gustaron demasiado, pueden seguirme, y todo lo encontraran descendiendo al pie de la página. También quiero aclararles que la imagen nueva es de Japón, algo realmente necesario de hacerles notar, ya que no es cualquier sitio...
   También les comento que las entradas anteriores se quedan, pero a partir de ahora comienza una nueva etapa! Cualquier queja se la mandan por correo al horóscopo de una revista... Y si tienen sugerencias no duden en compartirlas conmigo!
   Comenzamos este nuevo inicio con un mónologo que leí hace poco para realizar un trabajo práctico en la escuela. Y que me impactó tanto, me encantó, me fascinó, me dejó pensativa y maravillada. Lo más fantástico es el hecho de que ha sido escrito mas o menos rondando el año 1635, y aún así puede causar dudas en tantos siglos seguidos. Una idea que es cuestionada hasta hoy en día, realmente fantástico. Lo siguiente lo dice el personaje Segismundo:


Es verdad; pues reprimamos
esta fiera condición,
esta furia, esta ambición
por si alguna vez soñamos.
Y sí haremos, pues estamos
en mundo tan singular,
que el vivir sólo es soñar;
y la experiencia me enseña
que el hombre que vive sueña
lo que es hasta despertar.
Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe,
y en cenizas le convierte
la muerte, ¡desdicha fuerte!
¿Que hay quien intente reinar,
viendo que ha de despertar
en el sueño de la muerte?

Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.

Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

¿Acaso no es eso cierto? Quisiera comprender mis sueños, saber lo que soy, pero es tan complicado como intentar comprender a los famoso matemáticos que nos complicaron la existencia con sus despiadadas teorías y formulas... ¿Qué es la vida? Sino que otra cosa más que existencia de un soñador. Aspiro a  poder aprender de un maestro sueño, y llegar a saber aprovechar mejor las cosas... Tal como la dice la reflexión final del protagonista Segismundo. Que podrán leer a continuación:

¿Qué os admira? ¿Qué os espanta, 
si fue mi maestro un sueño, 
y estoy temiendo en mis ansias
que he de despertar y hallarme
otra vez en mi cerrada
prisión? Y cuando no sea, 
el soñarlo sólo basta; 
pues así llegué a saber
que toda la dicha humana, 
en fin, pasa como sueño. 
Y quiero hoy aprovecharla 
el tiempo que me durare, 
pidiendo de nuestras faltas
perdón, pues de pechos nobles
es tan propio el perdonarlas.

Se despide atentamente:
Jessica C. Black
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A continuación una historia que escribi, estando aburrida. Está inspirada en una mezcla de lo que serían mis días normales, una ficcion de mis días normales y los días que tendría en unos años futuros... ^^
___________________________________________________________________________________

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El día comenzó realmente bonito. A través de la ventana se filtraba un cálido rayo de sol. Bajo las dos frazadas y las sabanas, que me mantuvieron calentita durante toda la noche, sonreí. Aún con los ojos cerrados y mucha modorra extraje una pierna fuera de la cálida protección de la cama. Un intenso dolor se instaló en mi rodilla y me quejé en el silencio del departamento, soltando improperios hacia todos lados.  
-¡Duele!-chillaba mientras rodaba en la cama, desarmándola por completo.
Después de todo el jaleo logré superar el dolor y entrar en calor al mismo tiempo. Con una pollera y una camiseta con mangas cortas me dirigí a almorzar. Estuve a punto de quemar toda la cocina, junto al departamento entero, como siempre. Y aún cabía la posibilidad de acabar intoxicada por mis tan extraños métodos culinarios.
Cuando salí a la calle un pequeño sopló de viento me recorrió causando un escalofrío y me rodeé con los brazos temblando. El sol provocaba que el ambiente estuviera tibio a pesar del engañoso viento. Sin embargo el indiferente comentario de un transeúnte terminó de convencerme de que no era buena idea partir así vestida. Con sólo oír: “Hace frío”, corrí a mi cuarto a colocarme más ropa.
Volví a salir a la calle con varias ropas como para caminar bajo la nieve y sonreí. Parecía que no habría más complicaciones en el día. Llevaba puestas más de cinco remeras de distintos grosores, tres camperas, dos pantalones, con tres medias y unas resistentes botas. Y no podía faltar mi bonito gorro. Mas un pequeño niño que caminaba tomado de la mano de su madre comenzó a señalarme insistentemente.
-¡Mami, Mami! ¿Qué es eso?-preguntó curioso, mirándome como si fuera parte de la exhibición de un museo.
Así que despotricando hacia todos los niños del mundo volví a entrar en mi departamento con la definitiva decisión de no salir por ese día. Busqué el helado de chocolate que guardaba en el refrigerador para aquellos momentos tan especiales en que uno se deprimía con tanta facilidad y me arrojé en el sofá a ver televisión.
Luego de buscar cosas interesantes en una caja mágica donde estaba segura de que no las había, de bajarme todo el helado y de dormir por un par de horas, llegó la hora de encargar comida. La cena consistía en buscar un buen delivery en el receptáculo que había en la cocina y encargar cualquier comida que realmente apeteciera.
La pizza llegó y con ella el atractivo repartidor. Me dediqué a dejar una pequeña propina y comerme con los ojos al muchacho antes de volver al departamento y cenar unos cuantos trozos de pizza con muchísima mozzarella, gran cantidad de aceitunas, jamón, bastante salsa de tomate y apenas una pizca de orégano. El resto, que no tenía el privilegio de llenar mi estómago, quedaba en la heladera aguardando al momento en que el hambre volviera al ataque y no hubiera otra cosa comestible que no fueran esas viejas y húmedas porciones de pizza.
Al día siguiente tocaba trabajo. Debía realizar algunas cosas pero el cansancio estaba primero. Y luego de no hacer nada más que vagar requería unas largas horas de sueño. Es decir, que arrastrando los pies, me dirigí a la cama y me arrojé sin siquiera armarla. Me envolví como un capullo con el lío de frazadas y sabanas y cerrando los ojos me quedé absolutamente dormida. Esperando que el día siguiente fuese diferente…
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